Capítulo 16 Desventuras de la pobre Chon

La Privada Moderna Capítulo 16 Más desventuras de la pobre Chon

Chon había sido nacionalista de toda la vida. En la República lo había pasado mal y fue almacenando odio y acumulando agravios. Por eso, cuando el glo­rioso acontecimiento, ella se tomó la revancha. Aquel día de julio bajó al puerto antes del alba. Se tomó una taza llena de aguardiente con unas gotas de café. Esco­gió unas cajas de sardinas para que se las asaran para el almuerzo que tomaría hacia las siete de la mañana. No quería cargar el estómago. Por eso no le añadió su habitual docena de huevos fritos con tocino. Aunque nacionalista, tenía algunas costumbres anglosajonas. Como, por ejemplo, bostezar y otras parecidas liberta­des. Cuando la Chon se estiraba, si había amanecido había eclipse y si no cambiaba el orden de las estrellas llenando de confusión a los marinos mientras se repa­raba. Cierto que los barcos alemanes ya tenían noticia de ello, pero los ingleses y franceses se desesperaban.

Cuando llevaron el aviso a la Chon de que el alza­miento había estallado, se subió a una pila de cajas de pescado vacías y lanzó un impresionante rugido que hizo que todos lo estibadores de la UGT, CNT, FAI y afines se lanzaran al mar y aún hoy es el día que conti­núan nadando. A no ser que vuelvan a reclamar dere­chos pasivos y el patrimonio sindical, que, evidente­mente, les habían de disputar los de Comisiones cuan­do nacieran y no digamos las/los Nosotras podemos. Por eso, en el puerto de aquella ciudad no hubo realmente enfrentamientos. La Chon se convirtió en la Corleone del puerto. ¿Qué digo? En la hermana del jefe de Marlon Brando de la Ley del Silencio aun­que sin palomas. La verdad es que era una mujer de pocas palabras.

Ella se sentaba en cuatro banquetas y decidía con el pie qué barcos se descargaban y cuáles no. Asimis­mo, ella establecía el orden de carga de los camiones que iban con el pescado “a la fecha” a la capital. Es de­cir, los que tenían que llegar con el pescado fresco y cargado de hielo en veinticuatro horas a la puerta de Toledo. ¡Ay del camión que por cualquier causa no lle­gase! Por eso, como solían ir dos conductores por ca­mión para turnarse, hubo alguno que tuvo que hacer de palier, o de diferencial o de cigüeñal, si estos fallaban. Y no fueron pocos lo que se enrollaban y hací­an de ruedas cuando las siete de repuesto que llevaban se habían pinchado. En aquellos tiempos, después de la guerra, ir a la capital por carretera era una proeza porque los rojos, al retirarse, habían dejado las carrete­ras llenas de clavos y, lo que es peor, torcidísimas, lle­nas de curvas y con puentes de través. Se necesitaron doce siglos para ir enderezándolos.

Chon también se ocupaba de los “retornos”. Y unas veces era harina, otras, espías disimulados, y las más, chatarra para embarcar con incierto destino aun­que no desconocido. Lo de incierto era porque salir sa­lían los barcos, y la carga iba asegurada pero casi nunca llegaban. De ahí surgió la leyenda o rumores de que la Chon y un cierto banquero balear pero que “funcionaba” en El Palace de Madrid habían tenido algo que ver. En el buen sentido se entiende. Ya se sabe que ese señor, en eso de las mujeres, era escrupuloso y muy mirado. Hombre, no tanto para la “financiación” y “aseguramiento” de los barcos cargados de wolframio… o de arena. Estos últimos iban bien asegurados porque el chivatazo a los contrarios funcionaba siempre. ¿No iba a funcionar si, con la antelación suficiente, un agente del banquero avisaba a los “supuestos recipiendarios del wolframio” por donde iba a navegar, la ruta y el punto detallado el barco, ya pagada la mercancía en Suiza, sí, la de siempre, que en realidad iba cargado de arena. Y con los otros hacia, de vez en cuando, otro tanto. Parece que los de los submarinos de uno y otro bando eran tremendamente eficaces. Ah, y no se olvide que un banco que dependía de un entramado en un paraíso fiscal que estaba, como quien dice, a la vuelta de la esquina … era el encargado de “asegurar” a unos y a otros… en una empresa de Suiza. Sí, la misma. Y ahora vienen estos, unos y otros, a contarnos historietas de paraísos fiscales. Es que es para m… y no echar nada. Pero lo de que el tal banquero, antes de firmar cualquier contrato (imagino que leonino) subía a una habitación que tenía siempre alquilada en El hotel Palace y con una suripanta, lumia o entretenida que hacía calceta mientras esperaba a que el banquero subiese para que le hiciese un alivio, así como estaba, de pie y sin desvestirse…antes de firmar un contrato… bueno lo de contrato, habría que ponerle comillas. Al menos así lo cuenta uno de sus biógrafos a los que no pudo acallar con wolframio mezclado con arena. Y como por entonces no había cremalleras para pretinas pues la coima lo abotonaba y volvían ella a su calceta y él a sus finanzas.

Lo de lo submarinos alemanes surtos de incógni­to en puerto también dependía de la Chon, o, al menos, ella era un importante eslabón de aquella cadena en la que también figuraba Gonzalo Fontela. Sí, el hermano de Lily, aquel que paseaba a los contrarios al amanecer y los dejaba literalmente con los huevos en la boca, y que, años más tarde, había de aparecer el pobre de se­mejante guisa en una cuneta. Era tan burro que, des­pués de un paseo, se iba afeitar a la peluquería y, sa­cando un reloj o una pitillera de plata, le decía ufano al barbero “El dueño de esto aún tiene calientes los hue­vos”. Y se reía el muy necio.

Lo cierto es que la Chon imperaba en el puerto y fue siempre muy patriota y muy dolida de haber naci­do mujer. Ella hubiera querido ser caballo. Lo que la perdía era el genio. O el temperamento, como ella de­cía. La Chon casi no hablaba. Pero cuando se incomo­daba… Un día había acabado de descargar a los pes­queros y se suscitó una pequeña discusión entre dos camioneros y otra remitente que no tenía los antece­dentes muy claros. Por si sí o por si no, el caso es que ésta, no se sabe por qué, aunque con muy mala idea, le gritó a la Chon “¡Te voy a llamar lo que nadie te lla­mó!” La gente enmudeció. El mar se retiraba. Los bar­cos quedaban escorados como gaviotas con un ala rota. Los camiones se subieron a los cables de la luz, como en una partitura de golondrinas. Las cajas de pescado, que estaban apiladas por millares, se conmovieron y formaron un gigantesco Yugo con las flechas flanquea­das de una Svástica monumental y la Concha de San­tiago vistos de perfil.

Sea de ello lo que fuere, la Chon tomó todo el aire que pudo con sus chatas y casi aindiadas narices, pro­vocando más de una lipotimia entre los circunstantes, mientras ponía los brazos en jarras ocasionando el des­carrilamiento del ferrocarril de Vigo a la capital, por un lado, y un corrimiento de montes en la Penín­sula de Morrazo, por el otro. Que aquí habría mucho para contar, pero basta por hoy que tengo que oír el “parte” en la radio …¿en qué estaría yo pensando si lo que voy es a cualquiera de las teles a ver sus diz que informativos desde su piscina azul y su ambiente de cabaret, saliendo y entrando personajes inverosímiles a los que uno casi se espera cantando lo de “Compre usted nardos, caballero si es que…” Me he salido algo del plató de variedades, Ay la Gámez y sus legiones.
Entonces, estalló la voz suicida de la remitente ro­ja, “¡Mujer honrada!”

Lo dijo con tal odio, con tal fuerza, con tal despe­cho que se le saltó uno y salió disparado hasta las islas Cíes, ese es el origen de la playa diz que de los alemanes, pero, en realidad, debería llamarse de la Chon. Esta es la historia del misterioso torpedo que produjo tal marejada que hundió un convoy americano duran­te la guerra y que hasta ahora traía locos a los del Pen­tágono.

Todos miraron hacia la Chon. A lo lejos, mugieron las vacas indias y se escuchó el bramido de los toros de Guisando. La leche se les retiró a las mujeres que esta­ban criando. Una cochina parió pentallizos. Las nu­bes se arremolinaron y el sol se metió por el ombligo del Budha de Rasmachinaputra.

En aquel silencio, la Chon lanzó un rugido, un gri­to, un trueno que retumbó en las montañas Rocosas e hizo salir a los indios de sus reservas y extenderse por las praderas. Por eso, los americanos tardaron tanto en entrar en la guerra, aunque lo mantuvieron en secreto.

Se oyó también el eco del retumbar de los cosacos del Volga que, atolondrados, cargaron con los caballos y llegaron a los Urales. Pero allí no les había llamado nadie y tuvieron que seguir hasta Siberia dando lugar así a uno de los primeros capítulos de la ópera omnia de Soljenithzin.

Después… no hubo nada. Todo volvió a su cauce. Nadie se atrevió a comentar nada. Se lavaron las me­morias, se las puso en remojo con salmuera, se las pasó por varias aguas con aguarrás y lejía. De ahí que en los libros de historia no figuran todas estas noticias que yo os cuento.

No. Entonces, no llovió. No se atrevió el cielo y se llevó las nubes cerca de Las Malvinas, de ahí lo que habría de suceder después con aquel Secretario de Estado gringo que había cruzado el Atlántico seis veces seguidas en dos días sin reponerse.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Higos carmesies

Con los últimos calores de aquel noviembre anómalo, el Maestro los animaba a recoger higos carmesíes, muy propios de aquella región de China. No se trataba de brevas, si no de higos redondos que destilaban almíbares disputados por las abejas.
Así, cada tarde, al regresar de la charla del Maestro a los monjes del monasterio, los tres se arremangaban sus túnicas, ataban sus mangas con una cinta y se echaban a la espalda cestos de mimbre que habían tejido durante el verano. Salían del recinto del monasterio apoyados en largos cayados y, cubiertos con sombreros cónicos de fina rafia, seguían los senderos menos frecuentados para no coger los frutos que estaban al alcance de los aldeanos.
Una tarde, cuando regresaban cargados y cansados, a Sergei no se le ocurrió otra cosa que gritar “¡Paso! ¡Abran paso!” a una comitiva de paisanos que se dirigían a enterrar a un familiar. El Maestro depositó su cesto en el suelo. Soltó sus mangas y los bajos de su túnica, saludó al cortejo y los acompañó con salmodias y cantos hasta el lugar del sepelio. Con toda la calma del mundo, saludó a los familiares y después regresó para recoger su cesto y dirigirse en silencio al monasterio.
– Alma noble – musitó Sergei -, lo siento. Pensé que deberíamos estar en el monasterio para la hora de la meditación.
– ¿Y qué hemos estado haciendo, alma de Dios, qué hemos estado haciendo durante todo el paseo? ¿No crees que acompañar en su duelo a una familia es tan importante como sentarse en silencio en la ribera del río?
– A mí me parece que es más.
– Tampoco, Sergei, tampoco es eso. En la dimensión auténtica el más y el menos no existen. Nos organizamos con algunas reglas para facilitar la convivencia. Eso es todo. Las reglas, los horarios y los supuestos deberes ceden ante la espontaneidad del vivir con transparencia y sencillez.
– ¿Para qué existen, entonces, las reglas, Maestro?
– Por causa de aquellos que creen que no son necesarias. Recuérdame mañana que te cuente una historia que le sucedió al mulá cuando estuvo en Bombay.
Prof. Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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El Sereno de Asilah. cap. 2

Así amanece cada día.

A las cinco, con la llamada del almuédano, me levanto, me alivio y refresco. Cambio la gandura de dormir por el tchamir y la chilaba, blanca porque hoy es viernes, y subo a la terraza. Mientras se hace el té, me postro ante las últimas estrellas que parpadean conscientes de que seguirán ahí pero que no las veremos. Por eso, seguiremos como si no existieran, como si no nos acompañasen día y noche. Como si no formasen parte viva de nuestra existencia. Sobre la estera hago los asanas buenos para mi espalda. Todo ejercicio y cualquier trabajo se pueden transformar en asanas.
Al frente, el mar y el cielo se funden y envían su aliento. Es impresionante la energía que envían, la fuerza que los conmueve. Oigo el sonido de las olas cuando se estrellan contra las rocas sobre las que se alzan los salientes de las murallas que rodean mi ciudad. Desde aquí sólo diviso la cúpula del mausoleo y cementerio Sidi Ahmed al Mansur. Todo lo demás todavía duerme. Bebo el té caliente, saludo y me siento envuelto en mi capa de lana ligera.

Después, recorro las callejuelas de la medina tirando hacia la izquierda desde el palacio de Raisuni. Sigo la muralla y me asomo al saliente que se adentra en el mar, el torreón de la Krikia, que está junto al mausoleo. Subo calle arriba hasta llegar a la puerta más profunda de la ciudad, la que hace codo bajo la muralla y se abre al mercado, Bab Houmar. La “abro” para que se pueda escapar la noche, y regreso mientras dejo unas monedas junto a los mendigos que duermen envueltos en sus albornoces temiendo que no los sorprenda la luz del día. Miserables vidas, llenas de soledad y de tristezas, enfermedad y necesidades, pero cómo se aferran a ella. Salgo a la plaza de Abdallah Gennun, dejo a mi izquierda la Torre del homenaje y me meto a la derecha bajo los arcos para “abrir” la puerta de que da al paseo en donde todavía se pueden ver los restos de un gran caravan serail que acogía a los viajeros con sus camellos y caballerías en espera de poder bañarse en el hammán cercano, cambiarse de ropa y negociar con sus mercaderías, fuera de la medina, en la que no entran los animales de carga. Regreso sobre mis pasos y camino, junto a las blancas paredes de la Gran Mezquita de Asilah, para alcanzar la puerta que se alza airosa junto a las antiguas caballerizas de la guarnición española, hoy convertidas en Centro de Encuentros Internacionales. Esta puerta se “abre” hacia la avenida y está considerada como la principal de acceso a la ciudad.

Vuelvo hacia la plaza de Abdallah Gennun, dejo la torre portuguesa a mi derecha y bajo a abrir la puerta de Bab Abarre, junto a la deliciosa mezquita de Lalla Saïda. Saludo con un gesto de la mano a Aixa que ya se dirige para atender a su hermana Fátima, inválida, pero que habita en la casita que tiene arrendada a los administradores de la mezquita desde hace más de setenta años, y que se la quitarían si la hermana se fuese a vivir con Aixa. Fátima tiene 97 años y su hermana Aixa “sólo 96”, me dice. Avanzo por la placita del Majzén hasta la Avenida de Ibn Khaldun, mi preferida, y regreso disfrutando de las pinturas murales que alegran la ciudad amanecida.

Ya puede entrar el día. La brisa borra los fantasmas de los sueños, limpia el polvo fijado por el rocío sobre las hojas de las plantas. Se van abriendo algunas contraventanas en silencio, y puertas por las que asoman sombras con una bolsa olvidada. Pronto pasarán los del servicio de limpieza que actúan rápidos y sin hacer ruido, regando con profusión detrás de la furgoneta de las basuras, limpias y modernas, importadas de Europa. Se recogen los gatos golfos y ya se oyen pájaros que saludan al día. Las golondrinas vuelan rasantes y en lo alto planea alguna cigüeña que otea las posibilidades de las riberas del pequeño río. Todavía no abren sus puertas los comercios ni los bares, salvo al otro lado de la muralla, pasando por la puerta de Bab Houmar, en donde desde muy temprano trabaja el churrero y abre somnoliento el local que ofrecen los primeros cafés con leche en vaso largo a los madrugadores en busca de trabajo de cuerda (a los que se contrata para la jornada) o a quienes esperan un transporte de favor hacia Tánger o hacia el interior.

Regreso a casa. Iré al zoco hacia las 9 para comprar lo necesario para la comida de cada día. Trabajo hasta mediodía. Como es viernes, iré a la mezquita a pesar de no ser adepto de religión alguna. Pero me acoplo como en un acto cultural y social más. Termino de preparar la comida y duermo una reparadora siesta. Tarde, lectura y envío de originales, o corrección de textos etc. Té. Hacia las 8 cena y me preparo para ir a la terraza del Café del Mar para escuchar música, ver a la gente, fumar un narguile y contemplar la puesta de sol antes de irme a hacer la ronda del sereno para “cerrar” las puertas de la medina.

Me encuentro en Asilah la hermosa medina amurallada de la que se dice en Asilah, un amor apasionado: “Situada en la costa atlántica de Marruecos, al sur de Tánger y al norte de Larache, Asilah o Zilis, de origen fenicio, fue reconstruida en 966 por el califato omeya de Córdoba, El Hakim II. Los portugueses la toman en 1471 y la amurallan. En 1578, el rey Sebastián I desembarca en Asilah con 20.000 soldados para conquistar Marruecos. Será vencido y muerto en la batalla de los Tres Reyes. Los españoles suceden a los portugueses y, en 1589, ceden la ciudad al saadiano Ahmed el-Mansur. Vuelven a tomar Asilah a finales del siglo XVII, pero el alauita Mulay Ismail la reconquista en 1691, la repuebla y construye dos mezquitas, un centro de enseñanza religiosa, baños, etc.

En 1829 Asilah será bombardeada por los austriacos y en 1860 por los españoles. Ahmed Raissuni toma la ciudad en 1906 y construye en ella su palacio, antes de dejarla en 1924.”
Este es el lugar de mi retiro y de mi descanso.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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Cómo conseguir una mayor cooperación internacional

Qué preguntas son importantes para usted?, le preguntó Cristina Galindo en ELPAIS cuando el autor promovía el nuevo libro, y Harari respondió: “El mayor problema político, legal y filosófico de nuestra época es cómo regular la propiedad de los datos. En el pasado, delimitar la propiedad de la tierra fue fácil: se ponía una valla y se escribía en un papel el nombre del dueño. Cuando surgió la industria moderna, hubo que regular la propiedad de las máquinas. Y se consiguió. Pero ¿los datos? Están en todas partes y en ninguna. Puedo tener una copia de mi historial médico, pero eso no significa que yo sea el propietario de esos datos, porque puede haber millones de copias de ellos. Necesitamos un sistema diferente. ¿Cuál? No lo sé. Otra pregunta clave es cómo conseguir una mayor cooperación internacional.

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VATICANO denuncia abusos sexuales y quemadas por el trabajo a monjas y religiosas.

La Iglesia creará una comisión para ayudar a las religiosas “quemadas” por el trabajo

LORENA PACHO
Roma 24 ENE 2020 – 19:51 CET
El papa Francisco saluda a un grupo de monjas en una audiencia en el Vaticano el pasado 15 de enero.
El papa Francisco saluda a un grupo de monjas en una audiencia en el Vaticano el pasado 15 de enero. FRANCO ORIGLIA GETTY IMAGES
Los abusos, tanto sexuales como de poder, cometidos contra las monjas en el seno de la Iglesia católica es un tema espinoso que el Vaticano aún no ha abordado plenamente, como sí ha hecho con los abusos sexuales a menores que han sacudido a la institución en las últimas décadas y han desatado una de sus mayores crisis. El suplemento mensual femenino del diario vaticano L’Osservatore Romano se acerca en su próximo número de febrero —se publicará el 26 de enero— a las condiciones de vida de las religiosas en la Iglesia y ofrece una panorámica demoledora de los abusos y la explotación laboral que sufren las monjas. Constata que se dan casos de agotamiento laboral y estrés postraumático, un tema que hasta ahora había sido tabú.

En una entrevista, el prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el cardenal João Braz de Aviz, admite que a su dicasterio llegan informes de casos de abusos a religiosas por parte de sacerdotes y que se están investigando. Si las víctimas de este tipo de crímenes son religiosas o religiosos, las denuncias las gestiona este organismo de la Santa Sede, a diferencia de los abusos a menores o a adultos laicos o seminaristas, de los que se ocupa la Congregación para la Doctrina de la Fe, con mayores competencias. Cuando se trata de monjas faltan reglas precisas que dicten cómo proceder y protocolos actualizados de prevención.

El purpurado responsable del ente que gestiona los conventos también muestra su preocupación porque “empiezan a aparecer casos de abuso sexual entre monjas”, un “fenómeno que ha permanecido más oculto”, pero que “tendrá que salir a la luz”. “En una congregación nos han señalado hasta nueve sucesos”, apunta. Y recuerda que el papa Francisco ha pedido “transparencia total” en los casos de violencia sexual sobre las monjas.

Braz de Aviz también saca a la palestra otras cuestiones punzantes como el abuso de autoridad o el abandono y repudio que sufren las religiosas cuando dejan el convento. “Cuando la autoridad se interpreta como poder y no como servicio se puede llegar a situaciones dolorosas. Creo que las personas que desempeñan funciones de liderazgo también deberían aprender a compartir la vida y todas las necesidades con la comunidad como cocinar o limpiar”, apunta el cardenal. Y explica también que en Roma, a petición del Pontífice argentino, existe una casa de acogida para exmonjas, que han decidido apartarse de la vida religiosa o que han sido expulsadas y no tienen recursos, sobre todo si son extranjeras. “Nos enfrentamos a personas heridas con las que tenemos que reconstruir la confianza; debemos cambiar la actitud de rechazo, la tentación de ignorar a estas personas, de decir ‘ya no es nuestro problema”, reivindica. Y señala que ha visto un caso en el que la exreligiosa se ha visto obligada a prostituirse para poder mantenerse después de colgar los hábitos.

La revista vaticana, que se llama Mujeres, mundo, Iglesia y que en el pasado también ha denunciado abusos y explotaciones a monjas, aborda además el problema del agotamiento laboral y el estrés postraumático que afecta a un gran número de religiosas, un tema tabú hasta el momento. El asunto se trató en el último encuentro de la Unión Internacional de Superiores Generales (UISG), que decidió establecer una comisión internacional de cuidado personal que durante los próximos tres años estudiará el fenómeno y propondrá medidas para resolverlo.

Vacaciones, paga y vivienda
Según explica a la publicación la monja australiana Maryanne Lounghry, psicóloga e investigadora del Boston College y la Universidad de Oxford, las religiosas, muchas afectadas por el llamado síndrome del trabajador quemado, esperan que, al igual que en los casos de abusos a menores, se establezcan unas “líneas guías” que delimiten sus obligaciones y sus derechos en sus lugares de trabajo. También reclaman algo que se parezca a un contrato de trabajo. “Cada religiosa tiene que tener una especie de código de conducta, una carta de acuerdo con el obispo o el párroco para poder decirle: ‘Sabe, trabajé 38 horas esta semana o no puedo trabajar el domingo y vuelvo el lunes, necesito un día libre’. Un contrato de negociación te hace más fuerte”, añade Lounghry.

Invertir en el bienestar de las monjas y, por ejemplo, concederles dos semanas de vacaciones, una paga, una situación de vivienda digna, acceso a Internet o “incluso, un año sabático después de cinco años de trabajo” son otras de las cuestiones que necesitan regulación con urgencia. “Trabajar en la ambigüedad, sin ciertas reglas, puede hacer que me sienta intimidado, abusado, molestado”, señala la psicóloga.

El papa Francisco, que en su primera homilía del año lanzó un fuerte alegato contra la violencia que sufren las mujeres, dentro y fuera de la Iglesia, admitió el año pasado que existen casos de abusos a las monjas por parte de sacerdotes y obispos. “No es algo que todos hagan, pero hay sacerdotes y obispos que lo hicieron, y aún lo hacen”, dijo en el vuelo de regreso de su viaje a Emiratos Árabes Unidos. “¿Tenemos que hacer aún más? Sí. ¿Tenemos la voluntad? Sí. Pero es un camino que viene recorriéndose desde hace tiempo”, añadió.

Los abusos sexuales dentro de las congregaciones religiosas no son un fenómeno nuevo ni reciente. Comenzaron a denunciarse en los años noventa. En 1995 la religiosa Maura O’Donohue presentó un informe sobrecogedor que destapó un panorama desolador, sobre todo en África: casos de novicias violadas por sacerdotes; médicos de hospitales católicos que se ven asediados por curas que les llevaban “a monjas y otras jóvenes para abortar”; o superioras que denunciaron la situación y acabaron suspendidas. En los últimos años han salido a la luz casos en todo el mundo, que aún no han recibido respuesta.

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El Sereno de Asilah, cap. 1

Amigos: vamos a cambiar de tercio, pero ya regresaremos al relato de los “cuentos ancestrales”. Y es que, ayer y hoy, algo me entristeció después de haber pasado una mañana inolvidable en el Museo del Prado con mi querido amigo David Calzado y el Director de Comunicación del Museo. (Ya contaré esa deliciosa jornada otro día porque, la tarde de ayer la pasé “en las nubes” contrastando en hermosos libros lo que la noche anterior había hecho hasta las tres de la madrugada preparando mi enésimo encuentro con la obra del genial y sufrido Goya. Nunca me cansaré de repetiros, una y mil veces, que aprovechéis todas las ocasiones que tengáis de visitar los grande museos del mundo, una y otra vez, comenzando por los de Madrid y otras ciudades de España y por los maravillosos que os abren sus puertas en otras grandes ciudades del mundo. De ahí, creo yo, viene una gran parte de mi formación, además de en las universidades y en la vida de cada día.

Como os digo, esta mañana una mala interpretación, creo yo, amenazó con entristecerme un día que comenzó…. flipando. Medité largo rato en silencio, acordándome que tenía por delante los días ganados a la muerte con el lío del Sintrón y el follón de la sangre que echó por la borda el viaje a Rabat, entre otros avisos.

Así que hoy me senté a comer a las cinco de la tarde. Decidido a transformar el estado de ánimo, algo pasajero y privado, en la recuperación de unos cuadernos de viaje que nunca di a la imprenta pero que os enviaba a los RDM por Internet. Así se pueden atajar las penas y los golpes… poniéndote a trabajar y a escribir para los demás, rescatando algunos de los cahiers de voyâge escritos durante tantos años, y que atiborran varios de los anaqueles de mi biblioteca.

EL SERENO DE ASILAH, la medina amurallada

Capítulo 1. El lugar

Aquí comienza la historia de El sereno de Asilah. Esta medina se encuentra a 40 kilómetros de Tánger, según bajas, a la derecha. Es blanca y transparente como las olas del mar que la bañan, es misteriosa y sabe guardar los secretos de los enamorados. Como Mogador, como Tombuctú o como la isla de Lemu, cerca de Zanzíbar, y tantas otras. Son espacios que sólo se abren para acoger a quienes caminan con el corazón a la escucha, a los buscadores de luz y de silencio, a las gentes de paz. Encerrada entre murallas, es sabrosa como la sal y dulce como las vigilias de los enamorados.

En esta medina hay un Sereno que recibió el cargo por mensajero real. Como aquel jardinero que quiso llegar cuando ya todos se habían ido porque sólo pretendía ser jardinero de su jardín, de Tagore. En Asilah, las gentes lo conocen y lo saludan con respeto al pasar, pero todos saben que no es hombre de palabras sino de silencios y ellos agradecen que él se ocupe de “abrir” y de “cerrar” las cinco puertas de la medina. Al menos, pueden dormir tranquilos y los niños no tienen pesadillas, ni las mujeres nostalgias ni los hombres urgencias. Todo funciona como debe ser. Cada cosa a su tiempo, como el curso del sol, las mareas y los desplazamientos de la luna.

Pero antes de nada fijaos bien en esta fotografía, miradla bien y permaneced atentos para estar seguros de que no pasaréis de largo cuando el corazón os lleve en busca de lo mejor de vosotros mismos. envuelta entre estas murallas se encuentra la medina blanca de Asilah:

Esto había escrito yo en mi Blog en septiembre de 2005 para los amigos que me habían acompañado en febrero de ese año a un largo viaje de estudios por Marruecos y que, como siempre, se detuvo unas horas en Asilah. Yo había de regresar en agosto para participar en el Mussem y así lo participaba a los bloggers:

Volveremos a Asilah:
Ayer, entré en mi casa y me encantó; me gustó su ambiente, su disposición y estructura. Apoyé la maleta y la mochila, y me fui derecho a la terraza a saludar a las plantas y a las flores que, en nuestra ausencia, cuida un jardinero. Todo estaba en orden, fresco, limpio y fragante. Toqué aquí y allá, removí alguna hoja seca y me fui a cambiar. No se puede saludar a las cosas con ropas de viaje.
En África y en otros países de Oriente, cuando llega el viajero se le saluda a la entrada de la ciudad, se le ofrece de beber y agua para sus cansados pies. Después, se le conduce hacia la estancia que se le ha preparado para su descanso. Se le muestra lo que contiene, se le presenta a la persona designada para ayudarle si necesitara algo, y se le deja en paz… para que se recupere. Recuperarse uno a sí mismo… ¡qué de sugerencias!

Al cabo de unos días, depende de las circunstancias, se le va a buscar para presentarlo ante la comunidad que aguarda bajo el árbol de la palabra. Al llegar al centro, se le señala a la persona principal a la que saluda con una inclinación de cabeza, recibida la sonrisa y el gesto de bienvenida, el viajero fuente de noticias, saluda a los tres lados de la plaza restantes. Luego, se le conduce a su asiento que ocupa después de haberse descalzado en señal de respeto. Coloca las palmas de sus manos sobre sus rodillas y espera. La voz del Jefe, rey o mayor notable, presenta al viajero ante la comunidad, explica quién es, sus señas de identidad que no pueden reducirse a los datos de DNI sino a aspectos personales y curiosos que os sorprenderían, su itinerario a grandes trazos, y nunca habla de la razón de su viaje ni comete la grosería de referirse a la fecha de su partida. El Jefe o rey nunca hablan directamente sino por medio de otra persona de su máxima confianza que será la responsable de cualquier error que se produzca – de ahí el origen de que los Reales Decretos vayan siempre refrendados por la firma de un ministro que es el responsable pues el Rey es irresponsable ante la Ley, y así figura en nuestra Constitución.

Después, ofrecen bebida al huésped y flores o alguna tela propia del lugar o un vestido o bastón o un espanta moscas pequeño. Y, el Jefe hace una señal a su portavoz que traduce como el permiso para hablar. Entonces, se suspende el tiempo, ya no hay prisas ni nada más importante que escuchar al viajero. Las madres amamantan a sus niños o los limpian o los mecen, los hombres asienten con sus cabezas, los ancianos permanecen inmutables y atentos a que no se introduzcan elementos de desorden y desasosiego con las palabras del viajero, pues ellos son los depositarios de la justicia que trae la paz y la prosperidad a las gentes. Nunca interrumpirán, pero saben lo que después tendrán que precisar o aclarar en sus ambientes propios…

Y así continua un proceso que puede durar horas, pues nada gusta más a las gentes de culturas y tradiciones orales que una historia bien contada.
Así me encontraba yo ayer al regresar de mi viaje a Asilah. Contra mi costumbre, dejé la maleta en el vestíbulo, la abrí y saqué toda la ropa que debería de meter en la lavadora. Después, llevé a mi despacho los casi diez quilos de notas y de libros que traía, abrí ventanas y levanté persianas, me duché y me vestí adecuadamente para caminar descalzo y recuperar mi casa. Sentí como si le debiera algo, la necesidad de darle las gracias por esperarme, por estar todo en su sitio, por los cuadros y los muebles, las alfombras recogidas en verano y los libros, la loza y las porcelanas en la cocina, los dormitorios vacíos, por supuesto, que no hablo con las paredes, pero sabía que caminando entre ellos y con esa sonrisa agradecida que sin duda llevaba se sentían gratificados.

Esa sonrisa… uno de esos días plenos de Asilah, caminaba yo por la avenida de Ibn Kaldum de regreso al Palacio Raissouni, y de frente venía el Ministro de AAEE de Marruecos y Alcalde de la ciudad, Mohamed Benaïssa, acompañado de su séquito, como siempre.

Nos paramos uno enfrente del otro, extendí mi mano para saludar y él dijo en alta voz y con una sonrisa admirada: “Profesor, ¿qué ha sucedido? Votre mine est resplendissant! Vous avez de la lumière dans votre visage!

Le sonreí y comprendió que no me había sucedido nada especial, que sería el rostro de felicidad que habría de ver durante toda mi estancia en Asilah. Por eso, a los pocos días, en otro de esos encuentros en medio de tanta gente en salones y conferencias, se acercó y me dijo: “Vous pouvais rester à Asilah autant que vous voudrez, si vous êtes à l’aise au palais… restez pendant tout le temps que vous désirez!…
Le respondí convencido: “Je suis aux ânges, vous le savez, cher frère, mais je ne voudrais pas abusser de votre hospitâlité… et aussi je dois rentrer chez moi…”

“Je le sais mais vous nous faites l’honneur avec votre presence et vous savez que vous pourrez retourner à Asliah quand vous le désirez!

“Je le sais, cher Ministre et ami. Je le sais! ¡Elhamdullah!

Y todos los sabían en Asilah, las gentes, los oficiales, los invitados y los sirvientes.

En la casa de Benaïssa, su esposa Lalla, mujer adorable, gran señora en el trato y en la forma de acoger, de atender y de hacer sentirse cómodo a todo el mundo, vestida con uno de sus espléndidos caftanes hablaba a cada uno en su propio idioma. Es dulce y sonríe sin alzar nunca la voz, dirige a todo el servicio con una mirada, no se apresura, se desplaza sin caminar.

Te sientes acogido y agasajado con ese colmo de la hospitalidad que es hacer que el huésped se sienta desbordado por las gracias que le dan ¡por haber venido!

Así fue mi estancia en Asilah, cada día y cada noche, cada amanecer y cada “puesta” de estrellas.

Después de cumplir mis deberes como Sereno de la ciudad, habiéndome cambiado de ropa y desayunado, me iba caminando al Centro de Estudios Internacionales Hassan II en donde se desenvuelven los cursos de verano de la Universidad Al Moutamid Ibn Abbad, que fuera el cultivado y encantador rey de Sevilla. Personalidades políticas y diplomáticas, escritores y pensadores, profesores y artistas…se reúnen en la paz de Asilah para debatir grandes temas como los que nos ocuparon durante mi estancia aquí de casi diez días.
(Continuará)

Prof. José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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La historia fue escrita por los blancos

Una de las realidades más perversas de la historia humana ha sido el carácter milenario de la esclavitud. Ahí se muestra que también podemos ser no sólo sapiens, portadores de amor, empatía, respeto y devoción, sino también demens, odiadores, agresivos, crueles y sin piedad. Este lado sombrío nuestro parece dominar la escena social de nuestro tiempo y también de nuestro país.

La historia de la esclavitud se pierde en la oscuridad de la noche de los tiempos. Hay toda una literatura sobre la esclavitud, popularizada en Brasil por el periodista-historiador Laurentino Gomes en tres volúmenes (sólo el primero ha salido ya a la luz en 2019). Las fuentes históricas de personas esclavizadas son casi inexistentes, pues se las mantenía analfabetas. En Brasil, uno de los países más esclavócratas de la historia, las fuentes fueron quemadas por mandato del ingenuo “genio” Ruy Barbosa, en el afán de borrar las fuentes de nuestra vergüenza nacional. De ahí que nuestra historia haya sido escrita por la mano blanca, con tinta de sangre de las personas esclavizadas.

La palabra esclavo deriva de slavus en latín, nombre genérico para designar a los eslavos, habitantes de una región de los Balcanes, al sur de Rusia y a orillas del Mar Negro, gran abastecedora de personas esclavizadas para todo el Mediterráneo. Eran blancos, rubios, con ojos azules. Sólo los otomanos de Estambul importaron entre 1450-1700 cerca de 2,5 millones de esas personas blancas esclavizadas. En nuestro tiempo las Américas fueron las grandes importadoras de personas de África que fueron esclavizadas. Entre 1500-1867 su número es espantoso: 12.521.337 hicieron la travesía transatlántica, 1.818.680 de las cuales murieron en el camino y fueron arrojadas al mar. Brasil fue campeón del esclavismo. Él solo importó, a partir de 1538, cerca de 4,9 millones de africanos que fueron esclavizados. De los 36 mil viajes transatlánticos, 14.910 se destinaron a los puertos brasileros.
Estas personas esclavizadas eran tratadas como mercancías, llamadas “piezas”. La primera cosa que el comprador hacía para “tenerlas bien domesticadas y disciplinadas” era castigarlas: “haya azotes, haya cadenas y grilletes”. Los historiadores de la clase dominante crearon la leyenda de que aquí la esclavitud fue blanda, cuando fue crudelísima.

Basta un ejemplo: el holandés Dierick Ruiters, que en 1618 pasó por Rio de Janeiro, relata: “un negro hambriento robó dos panes de azúcar. El amo, al saber eso, mandó amarrarlo de bruces a una tabla y ordenó que un negro le azotase con un látigo de cuero; su cuerpo quedó como una llaga abierta de la cabeza a los pies y los sitios por los que no pasó el látigo fueron lacerados a navajazos; terminado el castigo, otro negro derramó sobre sus heridas un pote de vinagre y sal… tuve que presenciar –relata el holandés– la transformación de un hombre en carne de buey salada; y como si eso no bastase, derramaron sobre sus heridas brea derretida; le dejaron una noche entera de rodillas, preso por el cuello a un bloque, como un mísero animal”. Con tales castigos la expectativa de vida de una persona esclavizada en 1872 era de 18,3 años.

El jesuita André João Antonil decía: “para el esclavo son necesarias tres pes, a saber: palo, pan y paño”. Palo para golpearlo, Pan para no dejarlo morir de hambre y Paño para esconderle sus vergüenzas.
Sería largo enumerar las estaciones de este viacrucis de horrores por el cual pasaron estas personas esclavizadas; son más numerosas que las del Hijo del hombre cuando fue torturado y levantado en el madero de la cruz, aunque había pasado entre nosotros “haciendo el bien y curando a los oprimidos” (Hech 10,39).
Es siempre actual el grito desgarrado de Castro Alves en Voces de África: “Oh Dios, ¿dónde estás que no respondes? ¿En qué mundo, en qué estrella tú te escondes/embozado en los cielos? Hace dos mil años te mandé mi grito / que en balde, desde entonces, recorre el infinito… / ¿Dónde estás, Señor Dios?”
Misteriosamente Dios calló como se calló en el campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, que hizo al Papa Benedicto XVI preguntarse: “¿Dónde estaba Dios en aquellos días? ¿Por qué hizo silencio? ¿Cómo pudo permitir tanto mal? ”

Y pensar que fueron cristianos los principales esclavócratas. La fe no los ayudó a ver en esas personas “imágenes y semejanzas de Dios”, más aún, “hijos e hijas de Dios”, hermanas y hermanos nuestros. ¿Cómo fue posible la crueldad en los sótanos de tortura de los varios dictadores militares de Argentina, de Chile, de Uruguay, de El Salvador y de Brasil, que se decían cristianos y católicos?
Cuando la contradicción es demasiado grande y va más allá de cualquier racionalidad, simplemente callamos. Es el mysterium iniquitatis, el misterio de la iniquidad, al que hasta hoy ningún filósofo, teólogo o pensador le ha encontrado una respuesta. Cristo en la cruz también gritó y sintió “la muerte” de Dios. Incluso así, vale la apuesta de que todas las tinieblas juntas no consiguen apagar una lucecita que brilla en la noche. Es nuestra esperanza contra toda esperanza.
L. Boff

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