Los dueños de fuego: Caldereros y herreros

La palabra sumeria an.bar, el más antiguo vocablo para designar el hierro, se escribe con los signos “cielo” y “fuego” que se traducen como “metal celeste” o “metal estrella”. Los egipcios no conocieron otro hierro que el de origen meteórico. Igual sucedía entre los hititas que utilizaban “el fuego negro del cielo”. Como era escaso y tan caro como el oro, se utilizaba como elemento ritual. Hasta que no se descubrió la fusión de los metales no comenzó una nueva etapa en la historia de la humanidad.
Quisiera detenerme en la “domesticación” del fuego, producirlo, transportarlo y conservarlo pues señala la separación definitiva de los paleontrópidos con respecto a sus predecesores zoológicos.
El “documento” más antiguo data de Chu-Ku-tien (unos 600.000 años antes de Cristo), pero ha debido producirse mucho antes y en muchos lugares diversos. ES apasionante.
 
Los primitivos aprendieron a trabajar el hierro meteórico como simples piedras. Cuando Cortés preguntó a los jefes aztecas de dónde sacaban sus cuchillos, ellos señalaron el cielo. De hecho, las excavaciones no han encontrado rastro de hierro terrestre en los yacimientos precolombinos.
 
La metalurgia del hierro va a tener efectos religiosos pues, aparte de la sacralidad celeste, propia de los meteoritos, se impone la sacralidad telúrica, propia de las minas, donde se crían los minerales. Las cavernas y las minas son asimiladas a la matriz de la Tierra, Madre nutricia. Extraer los minerales es como una operación practicada antes de tiempo. Si se les dejara madurar, se desarrollarían como los organismos vegetales o animales, pero al ritmo geológico de las tinieblas telúricas.
 
Esta idea va a ser fundamental para entender la alquimia y su aparente búsqueda de la transformación del hierro en oro cuando, en realidad, buscaban la piedra filosofal; esto es, la sabiduría del despertar a la realidad real sin confundirlo con el elixir de larga vida. Es cierto que los verdaderos alquimistas, como los maestros de la Cábala, no quisieron deshacer los equívocos para poder trabajar con más tranquilidad.
 
En todo el mundo practicaban los metalúrgicos unos ritos que exigen el estado de pureza, el ayuno, la meditación, la plegaria y ciertas prácticas de culto, pues se introducen en un ámbito sagrado que se supone inviolable. Las mitologías de las minas y de las montañas, de las cuevas, las hadas, los genios, elfos, fantasmas y espíritus son otras tantas epifanías de la presencia sagrada a la que se enfrenta quien se aventura en sus entrañas.
 
Cargados de esta sacralidad, los minerales son llevados al horno para acelerar el “crecimiento”. El horno viene a ser como una segunda matriz en la que el mineral concluye su gestación. De ahí, las innumerables precauciones, tabúes y ritos que acompañan a la fusión. En África, la tarea de fundir los metales se asimila al acto sexual, con toda su parafernalia de penetraciones, ardientes transformaciones al rojo blanco y fusiones que darán lugar a nuevas formas de existencia; teniendo en cuenta la concepción animista que dota de vida a todas las cosas, en concreto a los metales.
 
El metalúrgico, como el herrero y, antes que ellos, el alfarero, son “dueños del fuego” del que se sirven para hacer que la materia cambie de estado. Por eso, en las sociedades primitivas, el fundidor y el herrero son equiparados a los chamanes, los curanderos y los magos. De ahí que el carácter sagrado-demoníaco del ambivalente metal se transmita a los metalúrgicos y herreros que son muy estimados, pero, a la vez, temidos. Hasta el punto de que se les mantiene viviendo alejados de la ciudad, y son objeto de menosprecio por el temor que inspiran. Pero, como son necesarios para mantener el progreso social y la defensa de la comunidad mediante los utensilios y las armas que fabrican, también son respetados. A veces pienso que la antigua tradición de que los caldereros y, en su tiempo, los gitanos se asentasen extramuros de la ciudad tenían algo de prevención mágica pero también de sensatez porque durante milenios las maderas eran los materiales más utilizados en la construcción, y los más inflamables.
 
En muchas mitologías aparece la figura del herrero divino encargado de forjar las armas de los dioses. En la Ilíada, Tetis va al fondo del mar para que Vulcano forje una armadura nueva para su hijo Aquiles. Igual sucede entre los cananeos que forjan para Baal los bastones de oro para abatir al señor de los mares. O en el mito egipcio, Path forja las armas que permiten a Horus vencer a Seth. O en la India, el herrero divino Tvastri prepara las armas a Indra y, en Grecia, Hefesto forja el rayo con que Zeus triunfará de Tifón.
 
Curiosamente, el herrero divino tiene relaciones con la música y el canto. No es extraño que, en tantas sociedades, los herreros y caldereros sean también músicos, bailaores y cantaores, magos y echadores de la buenaventura, que practican el nomadismo y que se asientan en las afueras de las ciudades. De ahí, también, mi alusión a los zíngaros y gitanos modernos.
 
¿Qué mueve a un hombre a salir de su casa y echarse a andar? La conciencia de que toda la Tierra es sagrada y puede acogerlo como un hogar sin límites. Durante la Edad Media había edictos por los que se prohibía a los gitanos acampar dentro de las murallas de las ciudades, más que por prejuicios raciales, por temor a sus prácticas como caldereros, nigromantes y adivinos.
 
Ellos cultivaban el fuego en las herrerías, lo contemplaban y pasaban las noches en sus campamentos alimentándolo mientras cantaban y bailaban. Todo un componente de desasosiego en gentes dominadas por la magia blanca de prácticas religiosas impotentes ante lo que les decían que era magia negra, porque no la podían controlar sus sacerdotes. Miles de años más tarde, los alquimistas serán perseguidos como brujos y llevados a la hoguera. Y no digamos en tiempos de las misiones cristianas la tendencia, a veces, a interpretar la eucaristía, como una especie de rito mágico para poder imaginar la conversión del agua y del pan nada menos que en cuerpo y sangre del nuevo dios que les predicaban. En no pocas ocasiones los indígenas de algunas tradiciones “comprendían” con cierta facilidad el uso del agua para el bautismo o para expulsar los demonios mediante la aspersión, los óleos para ungir a reyes y a sacerdotes, curar a enfermos y preparar a los difuntos para su viaje ungidos con los santos óleos.
 
En muchos lugares de África, el herrero, amado y temido, solía ocupar el puesto de jefe del poblado con capacidades de sanador y de mago. En cambio, entre los tuaregs, los masáis o los somalíes se les relegaba al fin de la escala social; pero siempre libres. Inimaginable un herrero esclavo.
 
Entre los yorubas, de Nigeria, cuando se iban a fundir objetos de gran tamaño y sobre todo en la técnica de la “cera perdida”, nadie osaría comenzar sin rituales previos para prevenir explosiones y roturas.
 
Los ogbonis practican ayunos y la abstinencia sexual, así como sacrificios rituales en los días previos a la fundición del latón, tan estimado en sus esculturas. Y si habían tenido alguna polución, voluntaria o nocturna, procedían a purificaciones rituales. Al fin y al cabo, el semen tenía mucho que ver con el mineral que se extraía de la tierra, así como con los metales fundidos. En bastantes pueblos americanos, como los quimbayas, se entendía que el oro era como el semen de la tierra. Por eso, una vez utilizados los objetos de oro por los chamanes, se volvían a enterrar para que “madurasen”; con gran desesperación de los conquistadores en sus rapiñas.
 
El herrero mantiene buenas relaciones con los espíritus que le asesoran en la recogida de plantas medicinales. Pasando tantas horas en la selva, y en espera de que los hornos realicen su cometido, no es extraño que estén familiarizados con plantas y animales, así como con los cazadores tenidos por magos o brujos en muchísimas tradiciones. Por eso mantiene el secreto sobre los venenos y sus antídotos y dirige las ceremonias rituales del poblado, entierros, iniciaciones de paso en las que realiza las circuncisiones de los jóvenes o los tatuajes de los bebés para alejar a los malos espíritus.
 
Esta implicación en la vida de la comunidad hace de él el genealogista, mediador en los conflictos, intermediario matrimonial y consejero conyugal; o remediador de mujeres estériles pues solían tener buenos bíceps y estar bien dotados. No se concibe un metalúrgico castrado o equívoco.
 
Los talleres de los herreros son lugares de trabajo, pero también una especie de santuarios que inspiran temor, fascinación y respeto. En no pocas etnias africanas, se hace remontar sus orígenes a un individuo extraordinario, un rey-herrero que proveía de armas y de utensilios para la agricultura.
 
Desde la infancia a la tumba, los objetos de metal protegen, salvan, defienden y adornan a los seres humanos transformándolos en obras de arte. Pero, por encima y más allá de los límites de la existencia, hunden sus raíces en los mitos que sustentan los imaginarios colectivos.
 
José Carlos Gª Fajardo
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Simbología en los enterramientos

Simbolismo de los enterramientos

El hombre prehistórico mata para sobrevivir y establece una relación especial con sus víctimas; dar muerte a una fiera cazada o a un animal domesticado equivale a un sacrificio en el que las víctimas son intercambiables. Esta experiencia fundamental se ha conservado a través de los siglos disfrazada en las culturas más diversas. La creencia en una vida más allá de la muerte parece estar demostrada por el uso del ocre rojo, sustitutivo ritual de la sangre, y por ello símbolo de la vida en los cuidados enterramientos del Paleolítico. Y en la costumbre universalmente difundida de espolvorear con ocre rojo los cadáveres.

El emplazamiento de los enterramientos y la colocación de los restos ofrece indudable testimonio de la esperanza de un renacimiento. Siempre orientados hacia el Este, indican la intención de solidarizar la suerte del alma con el curso del sol. Hay infinidad de mitos entre las religiones más alejadas entre sí. Existen rituales funerarios, objetos simbólicos, dibujos y colores, así como la equiparación de las ofrendas “alimento para la muerte”, con el acto sexual. Para los indios kogis de Colombia, la tumba se identifica con el útero de la madre tierra y, por consiguiente, constituyen una simiente que fecunda a la Madre.

Los cazadores primitivos creen que el hombre puede transformarse en animal, por eso cultivan misteriosas relaciones entre una persona y su animal totémico (nagualismo). Los enterramientos de animales son muy curiosos, la colocación de los cráneos y de los huesos largos en lugares elevados tiene un valor ritual; así como ofrecer a los seres supremos un bocado del animal al que se ha dado muerte. Todavía se conserva entre los cazadores modernos el ritual de embadurnar al joven cazador que ha dado muerte a su primera presa con la sangre y las entrañas del animal, al igual que se hace en muchos pueblos primitivos. Si el animal se ha destacado por su fiereza, por su lealtad y su valentía, se le cortan los genitales para ser devorados ritualmente y hacerse con la fuerza del bravo animal. En nuestros días, no pocos toreros, cuando han matado a un toro noble, con casta y que embistió bien, mandan a su mozo de espadas al desolladero para que le traiga las criadillas que cenará esa noche. Esa relación con el toro bravo llega a extremos de un profundo erotismo como han narrado muchos toreros que se han atrevido a hablar de sus experiencias íntimas después de haber leído la descripción que Juan Belmonte hizo de sus noches de lunas, cuando toreaba desnudo y furtivo en las dehesas. Hacer lunas y sentir una profunda identificación con el animal es un tema para iniciados.

La importancia de una idea religiosa arcaica se confirma por su capacidad de sobrevivir en épocas posteriores.
José Carlos Gª Fajardo
Prof. Emérito. U.C.M.

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Sabiduría y creencias. Cazadores primitivos

 
Lo sagrado, lo numénico o misterioso, es un elemento de la estructura de la conciencia, no un estadio de la historia de esa conciencia. Parece que, en los niveles más arcaicos de la cultura, el vivir del ser humano es ya de por sí un acto religioso, pues alimentarse, ejercer la sexualidad y trabajar son actos que poseen un valor sacramental. Mircea Eliade apoya su argumento en la dificultad de imaginar cómo podría funcionar el espíritu humano sin la convicción de que existe algo irreductiblemente real en el mundo; y es imposible imaginar cómo podría haberse manifestado la conciencia sin conferir una significación a los impulsos y a las experiencias del hombre. La conciencia de un mundo real y significativo está íntimamente ligada al descubrimiento de lo sagrado. En la historia de las creencias, toda manifestación de lo sagrado es importante; todo rito, todo mito, toda creencia refleja la experiencia de lo sagrado y por eso implica las nociones de ser, de significación y de verdad. Se trata de la realidad real de que hablan todos los místicos, maestros, chamanes, hechiceros (no los brujos) y hombres sabios en todas las tradiciones religiosas de la humanidad para distinguirlas de todo lo demás desprovisto de esas cualidades, del fluir caótico de las cosas, de sus apariciones y desapariciones vacías de sentido. Sin que pueda hablarse de un estricto orden cronológico, se pueden seguir las manifestaciones de esas experiencias en los soportes de las diferentes culturas. Mircea subraya la unidad fundamental de los fenómenos religiosos junto a la inagotable novedad de sus expresiones.
 
La incultura religiosa es un fallo enorme en la formación del hombre moderno, que se desgaja de unas estructuras religiosas determinadas, porque ya han perdido para él su sentido, y se encuentra desarraigado y perdido en una soledad existencial cuando podría recuperar en todo momento el sentido profundo de un vivir en armonía con todos y con todo.
 
Las estructuras, como los andamiajes, no son más que eso; llega un momento en el que el hombre ha de enfrentarse desnudo ante su destino y atreverse a saber, a crear y a jugar pues, en no pocas tradiciones, la vida es un juego que se descubre demasiado tarde.
 
Así hay una unidad perceptible y enriquecedora que va desde los himnos védicos, los Brahmanas y las Upanishads, después de haber pasado por las creencias del Paleolítico, el Megalítico, Mesopotamia y Egipto. Se puede percibir alentando en Sankara, en el tantrismo de Milarepa, en Zaratustra, Buda y el taoísmo, en los misterios helenísticos, en el cristianismo, el Islam o en el gnosticismo, la alquimia, la cábala o la mitología del Grial; o allende el océano en Quetzalcoatl, Viracocha o en los apasionantes ritos del vudú afroamericano. Lo que importa es no perder de vista la unidad profunda de la historia del espíritu humano. “La conciencia de esta unidad de la historia espiritual de la humanidad -dice Mircea- es un descubrimiento reciente, no del todo asimilado aún”, sobre todo por las castas sacerdotales de eunucos que se pretenden custodiando un arcano en el que encierran a sus dioses. La liberadora experiencia de que en el Arca de la Alianza que llevan por el desierto no había nada, como en la cima del Horeb, o del Olimpo, del Khailasa o del Tabor. O en otras arcas idolátricas bien cercanas a nuestra cultura. La realidad real no está allí ni aquí, arriba ni abajo, dentro o fuera, es todo en todas las cosas. De ahí que el gran descubrimiento del sabio y de la persona sencilla ya se narra en el shivaísmo de Cachemira: “El gran secreto es que no hay secreto”. Y que la muerte de Dios fue un formidable acontecimiento que nos preparó para atravesar el camuflaje de lo sagrado identificado con lo profano. Probablemente, la más profunda experiencia de lo divino nos la proporcionen los “ateístas”, más que ateos, que se atrevieron a limpiar las cuadras del argonauta Augias de todo el estiércol acumulado; como hiciera Hércules desviando los ríos Alfeo y Peneo. Y no es un juego de palabras. Juan de la Cruz, al igual que los maestros Zen, sufíes o los auténticos chamanes, convienen en el famoso “neti, neti” “ni es esto ni es lo otro”. Como en el Tao, “el que habla no sabe, el que sabe no habla”, pero se pueden transmitir experiencias que alumbren el sendero que no se puede recorrer más que a solas. Aunque, por supuesto, pueden ayudar las muletas de cualquiera de las auténticas tradiciones, que no de las supersticiones o de las enfermizas fantasías de las sectas. Pero sin olvidar que todas y siempre no dejan de ser más que eso, muletas; de las que puede y debe desprenderse un espíritu liberado.
 
José Carlos Gª Fajardo
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La vida me ha hecho fuerte

Cuando miro hacia atrás, al pasado, me siento orgullosa de lo que soy. Soy fuerte. La vida me ha hecho fuerte. Una vez que todo lo malo ha pasado uno puede afrontar cualquier cosa.
Jennifer Lauck, (Las cenizas de Ángela)
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Una gran oportunidad de escuchar a un Maestro

Amigos RDM que residís en Madrid o alrededores y que queráis conocer a un Maestro de la sabiduría, a quien sigo de cerca desde hace unos años como hasta su muerte mantuve una entrañable relación con Raimon Pániker. Es de origen español, desde niño ha vivido en EEUU y amplió sus estudios en India y en otros países. Tuvo la suerte de estar muy cerca del Dalai Lama y de ser su intérprete en América del Norte y del Sur.
Se trata de Lama Richen y es una oportunidad poder escucharlo y preguntarle personalmente. Luego no podremos decir que… nunca logramos escuchar y hablar con un auténtico Maestro de la meditación, del maindfullness o de la sabiduría y de la vida diaria para conocernos mejor a nosotros mismos y sabernos capacitados para desarrollar nuestro yo más personal y en relación con los demás y con el medio. Por supuesto que podéis invitar a vuestros amigos.
Conferencia: La solidaridad, el fundamento de la felicidad
Madrid (España)

Conferencia gratuita en la que Lama Rinchen expondrá cómo el altruismo es la garantía de una vida plena y beneficiosa, así como el modo de integrarlo en la vida cotidiana.

UNED Madrid: Escuelas Pías. C/ Tribulete, 14.
19:00
Acceso gratuito

José Carlos Gª Fajardo
Profesor Emérito U.C.M.

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Grandes tradiciones: Animismo en las religiones primitivas

Los africanos son esencialmente religiosos y cada uno de los tres mil pueblos africanos tiene su propio sistema de creencias. La religión es el elemento más importante en la vida tradicional y conforma su manera de pensar, de sentir y de actuar. No existe una distinción radical entre lo profano y lo sagrado, pues todo está inter relacionado, lo espiritual y lo material. Allí donde se encuentre el africano, allí está su religión pues ésta es inseparable del medio: la lleva a los campos cuando va a trabajar, la lleva a la escuela o a la universidad. Los nombres de las personas, los sonidos del tambor o los eclipses evocan significados religiosos. No comprenderlo así es contribuir al desarraigo personal y a la frustración social con la pérdida de sus señas de identidad que son la esencia de su universo.

Las religiones tradicionales no son para el individuo sino para la comunidad de la cual se sabe parte. Una de las fuentes de la tensión que padecen tantos africanos procede de la separación de su ambiente tradicional que los desgarra entre la vida de sus antepasados, que tiene raíces históricas y tradiciones firmes, y la vida de nuestra era tecnológica. En opinión de uno de los mejores estudiosos de las religiones tradicionales, el kenyata John Mbiti, “Ni el islamismo ni el cristianismo parecen eliminar los sentimientos de desarraigo y frustración. No basta con abrazar una fe que es activa un día, domingo o viernes, mientras que el resto de la semana se encuentra virtualmente vacío. Las religiones tradicionales ocupan a toda la persona y toda su vida, la conversión a las nuevas religiones debe comprender su propio lenguaje, sus modelos de pensamiento y sus relaciones sociales”.

No hay sagradas escrituras, pues cada persona lleva la religión en su mente, en su corazón, en la tradición oral, en los rituales y en personajes como los jefes, los sacerdotes o los ancianos. Las religiones tradicionales no tienen misioneros que las propaguen ni pueden pasar de un pueblo a otro. Las religiones pertenecen a los pueblos y a las personas como el alma al cuerpo, como las tierras o el aire que los vieron nacer. Arrancar a los africanos de sus tierras, por la fuerza o por presión cultural, es arrancarlos de sus raíces.

En todas las religiones tradicionales se encuentra la creencia en una forma de vida después de la muerte, pero lo que cuenta es vivir, aquí y ahora, con coherencia. Ni existe la esperanza en un paraíso ni miedo a un infierno pues, como no existe el concepto de culpa judeo cristiano o el de karma para purgar en una encarnación presente culpas pasadas, no se comprende el concepto de redención que tanto les ha costado introducir a los misioneros. Como decía el fundador de los Padres Blancos, “hay que convencerlos de su culpa para que acepten el mensaje de redención”.

El animismo se remonta a los orígenes de la humanidad. Para el hombre primitivo, los fenómenos que no puede comprender son movidos por fuerzas ocultas que él se representa a su imagen. Así hay espíritus buenos y malos, manes protectores, etc. Este animismo ancestral conduce a la hechicería o acción de hombres buenos o a la brujería de los perversos, a la magia para dominar esas fuerzas misteriosas (magia blanca y magia negra), a los tabúes que protegen las señas de identidad de la comunidad, al tótem que las representa, y que pueden derivar en supersticiones vulgares nacidas de la ignorancia y del miedo y que, no pocas veces, son promovidas por los poderes fácticos para dominar al pueblo. Ninguna religión tradicional o revelada se libra de ellos pero los camufla para aliviar la tensión ante lo desconocido y la angustia ante la muerte. Por eso, los hechiceros, los sacerdotes, los reyes y los magos se aprovechan de la natural tendencia a no tomar decisiones que comprometan y confiarse a los dioses que habitan las lagunas de la ignorancia de los pueblos, como señalaron Epicuro y Lucrecio. “Fábulas consoladoras ante el miedo cósmico y existencial”.

El animismo no define un tipo de religión sino que coexiste con formas teístas avanzadas. El concepto fue utilizado por el antropólogo inglés E.B. Taylor, en 1866, como “creencia en seres espirituales” que “animaban” el universo, personas, animales o cosas. De ahí se progresó hacia el politeísmo y el monoteísmo de las religiones que se consideran a sí mismas reveladas: judaísmo, cristianismo e islamismo. Otras teorías parten de la concepción originaria monoteísta que derivó hacia el politeísmo y, de ahí, a formas elaboradas de animismo. Quizá la atracción que experimentamos por las concepciones orientales ateístas, más que ateas, reflejen el cansancio de un abuso de antropomorfismos, rituales, dogmatismos, clericalismos, moralismos y supersticiones acientíficas en que han degenerado no pocas religiones pretendidamente reveladas. ¿Por quién? Por su dios, que se complace en exterminar a los que no se someten a sus dictados: pretensiones monopolizadora y totalizadoras judaicas, cristianas y fundamentalistas islámicas.

De ahí la gran importancia de conocer los componentes de los fenómenos religiosos originarios de la humanidad para mejor valorar nuestras convicciones y respetar y acoger a los demás con las suyas, que son inseparables en su expresión de un contexto social, económico y cultural de cada época.

Aunque la “experiencia de lo sagrado” trasciende las culturas, no puede expresarse más que con lenguajes simbólicos. Símbolos son los mitos y los ritos que, cuando degeneran, se pervierten en ídolos y supersticiones por haber perdido su contacto con el misterio.

Caso peculiar es el del judeocristianismo que pretende un encuentro con el Dios único y salvador en un contexto histórico.

Consideraremos los deísmos, politeístas, panteístas o monoteístas, con el fundamento último trascendente al mundo. Mientras que, en los animismos y en concepciones que trascienden a los dioses, ese cosmos se relaciona con la plenitud del vacío y la armonía de la naturaleza a través de la inmanencia que resuelve toda contradicción en un aquí y ahora sosegado y fecundo.

Hay unos momentos, lugares, gestos o personas que sirven de manifestación de lo religioso. Y hay desviaciones inhumanos que conducen al ridículo, a esteticismos, ritualismos y sacralizaciones indebidas de otros valores humanos.

Consideraremos, sin prejuicios, la magia, el culto a los antepasados, el totemismo, fetichismo, hechicería y los ritos de iniciación a la pubertad, a la vida sexual, al matrimonio, a la responsabilidad de adulto, a la muerte y al más allá, los sacrificios y libaciones, los grupos étnicos y el parentesco, la función de los curanderos, hacedores de lluvia, magos y hechiceros así como los fundamentos de un anhelo religioso de relación con la divinidad, el universo y la naturaleza de la que nos sabemos parte responsable que no quiere ser confundida ni absorbida por el todo.

Al menos, nadie nos quitará habernos atrevido a saber mediante una búsqueda desapasionada, razonable y enriquecida por la intuición y la experiencia del misterio.

José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito U.C.M.

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Necesitamos a los inmigrantes

 

En algunos países europeos parece que se considera a los inmigrantes como a marginados, al lado de los sin techo, de los toxicómanos o de los reclusos. Pero los inmigrantes son personas con una vida normalizada en sus países que lo único que persiguen es un puesto de trabajo para mejorar su nivel de vida.
Muchos padecen la exclusión social. Los que no tienen acceso a la educación, los que no cuentan con servicios sanitarios; los que son explotados laboralmente, sin contratos o amenazados por empresarios inicuos. Por no hablar de los que son maltratados por el color de su piel o los que caen en redes de tráfico inhumanas o los que son inducidos a delinquir aprovechando su pobreza. Las Asociaciones de Derechos Humanos trabajan en Europa con creciente eficacia contra esas actitudes xenófobas. Cada día cuentan con una mayor presencia en medios de comunicación o en centros de enseñanza, como labor preventiva ante la propagación de brotes intolerantes que nacen de la ignorancia y del miedo a lo desconocido.
Las ONG proporcionan muchos servicios asistenciales que deberían ser exigidos a las administraciones públicas. El papel de las organizaciones humanitarias debe centrarse en la promoción de los valores del intercambio cultural. A los voluntarios se les pide una actitud que eduque, que sensibilice y que acoja al inmigrante sin prejuicios.
Es justo que cada país organice su ordenamiento legal para regular esas inmigraciones y adaptarlas a sus circunstancias sociales, económicas y políticas. Pero no lo es mirar a quienes parecen amenazar las fronteras de este caduco imperio como un peligro sino como una oportunidad. Debemos escucharlos, respetarlos y compartir riquezas. Sin imponerles un modelo cultural que les haga renunciar al suyo, y mucho menos tratar de absorberlos. La historia demuestra que la sangre joven revitaliza las estructuras anquilosadas por el tiempo.
El emigrante siempre tiene razones poderosas para dejar su tierra. Conviene hacer un ejercicio de abstracción y situarse en una realidad económica y social hostil. 0 tener memoria y acordarse de por qué salieron riadas de españoles de los que hoy siguen viviendo fuera casi dos millones.
Lo que no se les reconozca en justicia nos será arrebatado por la fuerza en nombre de esa misma justicia. Ya no caben neocolonialismos ni ayudas paternalistas Es precisa la solidaridad como determinación firme y perseverante de trabajar por el bien de todos. Por el nuestro también, porque los necesitamos.

José Carlos Gª Fajardo

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