Maquilas, otra forma de explotación inhumana

Maquilas, otra forma de explotación inhumana

Mientras la opinión pública recibe el anuncio de que 34 países de América establecerán la mayor zona de libre comercio del mundo, nuevos modelos de explotación destrozan a la sociedad civil de muchos países centroamericanos. La tímida apuesta de los países que pusieron una zona de libre comercio a través de Mercosur nunca fue del agrado de EEUU que ahora controlará el mercado de todo un continente. Los excedentes de producción del coloso del norte no encontrarán obstáculos para invadir los mercados de 800 millones de personas. ¿En qué situación queda el resto de los países ante este monopolio de un continente?
Mientras tanto, algunas islas caribeñas han sido convertidas en paraísos para blanquear capitales y eludir al fisco. En otros lugares, la instalación de las llamadas zonas francas muestra hasta dónde puede llegar la codicia salvaje para extraer la máxima ganancia sin necesidad de invadir militarmente un país.
Una nueva explotación es la de las maquilas que, en países centroamericanos, se ha transformado en fuente de riqueza para capitales transnacionales en las zonas francas creadas por gobiernos complacientes.
Mano de obra barata y ningún pago de impuestos al país anfitrión es la máxima de estos negocios. Las zonas francas son consideradas como situadas fuera del territorio nacional a efectos fiscales, mientras tampoco están sometidas a la legislación laboral. Las maquilas son empresas subcontratadas y que se instalan en estas zonas de esclavitud; se encargan de una parte de la producción textil, de calzado, aluminio, orfebrería o del tabaco, que luego se exporta al mercado norteamericano.
El año pasado, las ganancias fueron varias veces superiores a lo obtenido por la producción conjunta de café, banano y caña de azúcar.
La vida de miles de trabajadores transcurre en jornadas de más de 10 horas frente a una máquina, cobrando muy bajos salarios. El 85% de los empleados son mujeres porque los patronos las consideran más sumisas. Bajo amenaza de despido, trabajan sábados y domingos, y están obligados a hacer horas extras, para cumplir las entregas.
Proliferan los contratos de menores sin respetar las normas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Cada protesta se considera “un ataque a la inversión extranjera, algo que no favorece el desarrollo del país”. Igual sucedía en los países comunistas con las huelgas, eran crímenes de Estado.
Ante la inminencia del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), no podemos perder de vista esos ghetos de explotación. El desarrollo ha de ser endógeno, sostenible y equilibrado para que sea humano.

José Carlos Gª Fajardo

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La “saudade” de Dios, del mysterium, del origen y del sentido

La “saudade” de Dios… o del misterio, del Ens, …

“Saudade”, en português, no se puede traducir a otros idiomas, porque no es una cosa que se define, sino que se vive y se sufre. La describimos: es una melancolía tierna, una mezcla de un dolor suave por un bien que fue vivido, que ya no vuelve más, pero que regresa dulcemente a la memoria: el primer beso de la persona amada, la mirada profunda de una mujer que, en un andén de la estación del tren, se encontró con la mirada también penetrante de un hombre y surgió un amor inmediato; el tren partió y nunca más se volvieron a ver, pero aquella profunda mirada mutua, que llegó hasta el fondo del alma, nunca pudo ser olvidada. En su máxima intensidad, saudade es la experiencia de ser tomado totalmente por el Ser de Dios y no sentir ya el cuerpo propio. Esa saudade es dolorosa cuando no se consigue volver a renovarla. Dejó sólo una saudade infinita de suprema bienaventuranza. La saudade no deja que el pasado sea sólo pasado. Aunque ausente, lo vuelve presente, sólo que invisible.

En nuestro peregrinar por la vida, todo lo que de bello, realizador, impactante y profundo nos toca, deja un rastro de saudade. Un niño con cáncer, dijo muy bien: saudade es el amor que queda cuando ya todo pasó.

La sociedad moderna tardía y letrada ha saturado a muchos de bienes materiales, los ha llenado de vanas promesas de felicidad y hasta les ha forjado un falso evangelio de la prosperidad, para el cual entregan tiempo, entusiasmo y un sacrificado dinero, como en las iglesias neopentecostales fundamentalistas, explotados por pastores que son verdaderos lobos con piel de ovejas. El mercado conscientemente los mantiene ocupados con mil ofertas de consumo, de viajes, de experiencias nuevas que les hacen difícil encontrarse consigo mismos. Se vive etsi Deus non daretur, “como si Dios no existiese” o como si hubiese sido borrado del horizonte de la existencia.

Pero no todo es manipulable en el ser humano. En él hay misterios, rincones impenetrables que guardan memorias y arquetipos ancestrales. De ahí puede surgir una saudade muy particular, la saudade de Dios, del Self que habita lo profundo. Durante muchos siglos daba cohesión a la sociedad y ofrecía un fundamento a la existencia humana.

Por razones muy complejas que no cabe analizar aquí, irrumpió el ser humano nuevo de la modernidad, que prescindió de Dios. Se presentó como un deus minor in terra, como “un dios menor en la tierra”. Su experiencia fundacional se definió por la voluntad de poder, el poder ejercido como dominación sobre los otros, sobre la mujer, sobre los pueblos, sobre la naturaleza, sobre la vida y sobre el espacio exterior. Asumió tantas tareas en la nueva conformación del mundo que, de repente, se dio cuenta de que ya no podía realizarlas. El pequeño dios cayó en “el complejo de Dios”. Ya no tiene fuerzas, se siente frágil, impotente, temeroso de sí mismo, pues ha creado una máquina de muerte que puede terminar con él de múltiples formas distintas. Ha inaugurado lo que llaman el antropoceno, una nueva era geológica en la cual la gran amenaza a la vida y al planeta es él mismo. Hizo guerras que sólo en el siglo veinte mataron a 200 millones de personas. Devastó la naturaleza, que ahora se vuelve contra él con huracanes, calentamiento global, aumento de los océanos, escasez de bienes y servicios, sin los cuales no se sustenta la vida.

Ahí surge lo que estaba escondido en aquel rincón recóndito de su interioridad: la “saudade de Dios”. El nombre “Dios” no importa, sino lo que representa: aquella Energía poderosa y amorosa que sustenta todo y que, por eso, debe ser viva e inteligente, aquel Valor Incuestionable vivo e irradiante que orienta los comportamientos humanos y controla las fuerzas de lo Negativo. El mantra de la cultura ilustrada es engañoso: «Anunciamos la muerte de Dios porque nosotros lo matamos». Y lo matamos para ocupar su lugar, y para ser el Superhombre que se ha convertido en “el pequeño dios”, que vive más allá del bien y del mal. Él decide todo. Durante más de dos siglos ha tratado de realizar ese propósito y ha fracasado. Ha sucumbido al propio peso de las tareas que se impuso. Ahora anda errante, solitario, buscando a qué agarrarse. Vive la ilusión, ya referida por un místico: «El enemigo del Sol subió a una terraza, cerró los ojos y gritó a todos: ya no hay más sol; el Sol murió porque yo lo maté». Ignorante, no ve más el sol, no por culpa del sol, sino de sus ojos cerrados. El Sol estará siempre allí iluminando, pues ésa es su naturaleza. Tal vez Dios entró en un eclipse. Y eso exacerba aún más la saudade de Dios, de que Él finalmente penetre la nube de la arrogancia humana y venga humildemente a ser acogido por nosotros.

Esa saudade de Dios no existe en la inmensa mayoría de los pueblos que no pasaron por la circuncisión de la modernidad. Jamás se les pasó por la cabeza la absurda arrogancia de «matar a Dios». Mucho menos pretendieron ser “el pequeño dios” dominador de todo y de todos. “Viven la saudade de Dios” sintiéndolo en sus trabajos cotidianos, en el convivir amoroso con la familia, en la dura lucha para asegurar día tras día los medios de subsistencia. Ellos no necesitan creer en Dios, pues saben de él, lo sienten y lo viven en la piel del cuerpo, en el espíritu, en el sufrimiento y en la discreta alegría de vivir.

Estos son los guardianes de la sagrada memoria del Dios de mil nombres (Tao, Shiva, Olorum, Javé, Alá, Dios…). Son los profetas y maestros para los hijos de la modernidad tardía, capaces de humedecerles las raíces para que reverdezcan y superen la triste soledad que los devora. Basta que los encuentren y los escuchen. Entonces también ellos “sentirán la saudade de Dios”.

Qué saudade tenemos de ese Dios, humano, vivo y verdadero. ¡Qué saudade…!
De mi gran amigo, sabio y maestro Leo Boff que supo de la persecución y del castigo más ignominioso: SER CONDENADO POR LA CURIA ROMANA…¡al SILENCIO y a la no publicación de sus escritos durante mucho tiempo! y uno de los hombres más laureados y con títulos de magister en universidades de muchos países de Europa y de otros países…tuvo que abandonar su cátedra, en silencio, y dedicarse en cuerpo y alma a los más pobres y explotados de los seres, fue perseguido, denunciado, escarnecido y aquí sigue, en su Brasil natal iuminándonos y confortándonos a millones de seres sin preguntar cual es nuestro pasado o presente… sino adonde quieres que vayamos juntos en pro de una auténtica justicia social, koinonía. Bendito seas, Leo, amigo

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Bajo el volcán

Este texto forma parte de las Remembranzas El sereno de Assilah

capítulo 11 Bajo el volcán

Los enfermos mentales de la Clínica Bellevue, de Nueva York, en la que estuvo internado Malcolm Lowry, gritaban de alegría cuando veían que un barco atracaba en el puerto, y caían en un silencio desesperanzado cuando un barco se hacía a la mar. ¿Qué pensaría el autor de Bajo el volcán de esta reacción de sus compañeros de dolencias, él que toda su vida la empleó en embarcarse y en huir? ¿Por qué me viene hoy a la mente este autor maldito que nunca me gustó y cuyo alcoholismo tuvo tanto que ver con su miedo a la vida y a su perfección final que es la muerte? Por supuesto que fue un enfermo mental y que estuvo internado en más de doce ocasiones en diferentes clínicas, pero quisiera saber qué le movió, en lo más profundo de su existir, a huir de semejante manera, a destrozarse hasta la aniquilación suprema de una sobredosis de somníferos, en su Inglaterra natal en junio de 1957 después de haber deambulado por medio mundo. Aquí no pruebo el alcohol, porque no quiero, pero ayer después del paseo por las playas, no escribí nada durante el resto del día. Voy a rememorar algunos datos de Malcolm Lowry para ver si encuentro por qué me ha venido a la mente.
Nació en Inglaterra, en 1909. Era hijo de un rico comerciante (broker) en algodón con plantaciones en Egipto, Perú y Tejas. Su abuelo, por parte de madre, había sido capitán de barcos noruego. Al igual que sus tres hermanos fue a los mejores colegios privados y al Leys school de Cambridge. Ganó un campeonato de golf a los quince años, vivió con todas las comodidades de su elevada condición social, y después de rebeló contra sus orígenes burgueses e interrumpió sus estudios. Aquí hay algo que me falla. No se interrumpe una carrera universitaria por esta causa, solamente. No, tiene que haber otras más profundas. Se hizo a la mar como marinero en un buque mercante que se dirigía a China y hacía escala en Oslo, en donde Malcolm quería visitar al escritor Nordahl Grieg.
Después, continuó sus estudios en la universidad de Cambridge en donde alcanzaría una diplomatura de primera clase en inglés y donde comenzó su fama de prometedor joven escritor. Allí escribió su primera novela Ultramarino cuyo título nos da una pista. Se sirvió del material acumulado durante su viaje a Yokohama en el navío Pyrrus. Nunca ocultó que este libro se inspiró en la novela de Grieg, El barco zarpa (1924), y también en la novela Viaje azul, de su amigo Conrad Aiken. La vida de este escritor norteamericano tampoco tiene desperdicio. La mayor parte de su obra como poeta, novelista y crítico refleja su enorme interés por el psicoanálisis y por el desarrollo de la propia identidad. Conrad Aiken había nacido en Savannah, Georgia, adonde regresaría para morir.
El nombre de esta ciudad me encanta porque es donde se desarrolla uno los más bonitos relatos del cine XX sobre el golf llevado al cine como director por Robert Redford con un intérprete genial, el ángel negro Will Smith que, en la noche, ayuda a Matt Demon, que regresaba de la guerra y quería recuperar su juego. Voy a buscar esta película y saborearla a ver por qué me había impresionado tanto en el pasado.
En su infancia, Aiken padeció un terrible trauma cuando descubrió los cuerpos de sus padres. Su padre, un medico brillante, había matado a su esposa y después se suicidó. Fue educado en casa de una tía bisabuela, y después en la universidad de Harward. Cuando alcanzó la edad en la que su padre consumó la tragedia, Aiken también tuvo dificultades para controlar una fuerte depresión. En su relato autobiográfico Ushant: An essay (1952), Aiken confesó que, cuando encontró a sus padres muertos, “se encontró a sí mismo poseído por ellos para siempre”. En esta autobiografía, el mismo Malcom aparece bajo el personaje de Hambro.
Lowry vivió en Londres y después, en París hasta 1935, no con las ganancias de su trabajo personal sino con la ayuda de su familia; así es más fácil repudiar los propios orígenes y el medio social que le va a servir durante toda su vida para mantener su nivel de vida, y también sostener sus neurosis y pagar las clínicas mentales en donde trataba de recuperarse. Viajó a España y aquí encontró a la escritora norteamericana, Jan Gabriel, con la que se habría de casarse en 1934 y marcharse a vivir en Estados Unidos. Allí pasó algún tiempo en la clínica psiquiátrica Bellevue, de Nueva York, que ha dado lugar a tan larga disquisición. Lowry marchó a México, en dónde encontró el marco adecuado para su más famosa novela, Bajo el volcán. Las cumbres nevadas del volcán Popocatépetl, fueron para Lowry como un símbolo de sus anhelos mientras que las profundidades boscosas de sus alrededores le parecían la atracción opuesta.
Aunque sea otra digresión dentro de la primera, fue en Cuernavaca, en 1963, a mis 26 años, en donde descubrí un poco del alma india que tanto habría de atraerme más tarde. Allí fui a descansar en casa de amigos próximos al ministro de la República Indalecio Prieto, al terminar mi estancia en Nueva York durante el verano. Cabalgaba yo un día muy temprano e iba solo. No sé cómo se me ocurrió que, puesto que tenía tiempo, podría “acercarme” a San Miguel Allende. Como tantas otras veces, pensado y hecho. Cerca de una encrucijada de caminos adelanté a un indio vestido de blanco que con su correr característico se diría que no iba a llegar a ningún sitio, ya ya, y le pregunté, cándido de mi, por San Miguel Allende. “Ahí, no más, tras lomitas”, me respondió sin alterar su marcha. Le di las gracias y puse el caballo al galope para alcanzar “las lomitas” y descansar allí antes de regresar. Ingenuo de mí, al cabo de dos horas seguía sin ver más que las jodidas lomitas hasta que un criollo, cazurro y algo socarrón, me dijo “¿Tras lomitas? Je je, pues no le quedan a usted días de marcha, Patroncito”. Me debió quedar la cara a cuadros porque el viejo me dijo “No se lo tome a mal. El indiecito no le engañó, pues tras lomitas está San Miguel Allende”. “Pero ¿cómo no me dijo que quedaba a tanta distancia?” “¿Usted se lo preguntó?” “No, claro”. “Ese claro, tan español y tan europeo, no tiene por qué interpretarlo un indio cuándo se dirigen a él en la lengua de Castilla. Un indio nunca deja de responder a un blanco que le pregunta, y como los blancos son tan suyos que igual les da por llegar en unos barcos y ponerse a conquistar un imperio…” “Déjelo, déjelo. Está bien así. Aprenderé para otra vez”.
Siempre he recodado esa anécdota en mi trato con los nativos en los largos viajes que me esperaban, aunque yo entonces no lo sabía, por todos los países de América, excepto Haití, y por la mayoría de los de África y Oriente Medio. Aprendí a preguntar lo que debía, cuando se debía y a quién debía. Di las gracias y volví grupas para deshacer el camino y regresar a la casa en donde se rieron un buen rato con la historia que ya he contado en algún otro lugar. Más tarde, cuando su esposa Jan Gabriel se divorció de Malcolm y publicó Dentro del Volcán, lo cual no dejó de ser un abuso pues la obra de Malcom ya se había convertido en un best seller, escribió que “Malcom podía beberse cualquier cosa. Un día, había tirado una botella de alcohol que yo utilizaba para darle masaje en la espalda y que la cocinera había rellenado con aceite de cocinar y él se lo bebió de un golpe…” En Los Ángeles, Lowry encontró a su segunda esposa, la novelista Margerie Bonner, que le habría de ayudar a la publicación de su obra más famosa. Cambiaron varias veces de país y de domicilio. Pero, ya en 1940, Lowry había escrito una temprana e impublicable edición de Bajo el Volcán que había enviado a su agente Harold Matson. Después de que doce editores rechazaran el manuscrito, Malcom empleó parte de los cinco años siguientes en rescribirlo y enriquecerlo con los profundos y mágicos elementos que habían de iluminar la redacción definitiva, diez años después de haberla comenzado. No deja de ser interesante, aunque en este caso, como en otros muchos que se conocen, la revisión o editing del texto por una mano amiga del editor puede ayudar mucho a su éxito. Recordemos lo que le pasó a García Márquez cuando, cansado de que varias editoriales rechazasen el original de Cien años de soledad, la envió a un editor argentino que le ofreció publicarla si admitía las sugerencias de “cambiar la carpintería” del cual le había enviado una copia a máquina. Gabo, casi desesperado y cansado, lo aceptó si el editor se comprometía a devolverle la copia original que le había enviado para destruirla él mismo. Así fue acordado, la edición fue un éxito mundial que se consagraría mundialmente con el Nobel y con las condiciones económicas resueltas para seguir su gran obra literaria. Ya sabemos que “esa” primera copia no se destruyó, pero no se dio a conocer nunca en vida de Gabo.
Lowry trabajó en varios proyectos de obras incapaz de llevarlas a cabo. La neurosis, de una clase o de la otra, aparece en cada palabra que escribe, ambas la neurosis y una especie de orgullosa salud. Quizás su tragedia, consista en que es el único escritor normal dejado sobre la tierra y a esta soledad se añade a su profundo sentimiento de culpa.
La historia se desenvuelve en Cuauhnáhuac, México. Describe las últimas doce horas, en noviembre de 1938, en la vida de Geoffrey Firmin, Cónsul británico en una ciudad mexicana situada al pie de dos volcanes. Firmin es un alcohólico que rechazó el amor de su esposa Priscilla y a sus amigos refugiándose en la bebida para escapar de la inhumanidad del mundo moderno y del propio sentimiento de fracaso. La novela, escrita en sus momentos de consciencia, muestra la influencia de Joseph Conrad y de James Joyce, y a pesar del sombrío argumento, el libro está escrito en un aparente estilo lírico y hasta de humor.

El alcoholismo de Lowry y sus problemas mentales ensombrecieron su carrera de escritor. Bajo el volcán se publicó y tuvo un gran éxito, pero el comienzo de su carrera fue muy difícil. Durante los últimos diez años de su vida, Lowry entró y salió de clínicas y de hospitals en más de diez ocasiones. Lowry murió en Ripe, Sussex, Inglaterra, el 27 de junio de 1957 a causa de una sobredósis de pastillas para dormir. Fue enterrado en el Cementerio de la iglesia local.

En su obra inacabada, Dark as the grave wherein my friend is laid (1968) el protagonista, Sigbjørn Wilderness, es el alter ego de Lowry, un escritor incapaz para dedicarse a escribir, pero cuyo viaje a la auto destrucción está dominado por la desesperación y la culpa, temas de muchos de sus poemas publicados en 1992.

José Carlos Gª Fajardo. Profesor Emérito U.C.M.

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La Privada moderna

Capítulo 23

El boxeo

En El Calvario había un amplio local llamado la Curva en el que se celebraban los encuentros de boxeo. Las gentes de la Privada moderna y de sus alrededo¬res eran asiduos los sábados por la noche. Don Guzmán era un gran aficionado y el señor Aureliano, allá en sus tiempos, había sido “manager” de jóvenes pro¬mesas. El boxeo era algo increíble.
Las gentes se apretujaban para entrar. Las mujeres gritaban y empujaban más que nadie. Nosotros entrá¬bamos por una puerta lateral porque mi padrino, si no arbitraba, era uno de los jueces. Y ahí me tenéis por los vestuarios, escuchando a masajistas, entrenadores, “managers” y toda la morralla que vive a la sombra de esos pobres desventurados que se largarían felices y contentos con un contrato de trabajo en el bolsillo y una buena cena por delante. Pero no. “¡Hala! ¡a pe¬garse!” Esta podía ser la noche.
“Está fulano que ha venido a verte. A ver esa zur¬da”. “Dale fuerte, que no ves un duro más. Los Reyes Magos se acaban”. “Piensa en lo que dijo de ti a los de la prensa. Fuerte, mantén la guardia y castiga el híga¬do. Mira, así”.
Esto lo decía un escuchimizado alfeñique al que llamaban Vicente Goliat, que todavía era más escuáli¬do que el Satur y que, encima, tenía chepa y era corto de piel. Allí todos opinaban.
Olía bien. A mí me gusta el olor de linimento de Sloan. También me gusta el olor de la bencina y del pe¬tróleo. Pero esto era porque mi padrino se lo echaba al pelo y se friccionaba delante del espejo con su camise¬ta de tirantes y canelones.
La gente entraba y salía de los vestuarios y todos daban consejos y describían a los infortunados gladia¬dores cómo iba a ser la secuencia de la pelea. ¡Qué sal¬vajes! Estos no hacían más que ir al wáter. Y se enjuaga¬ban la boca haciendo gárgaras, porque el entrenador no les dejaba beber. Pegaban golpes al aire, sorbían por la nariz, movían el morro como los conejos, avanzaban el hombro, bajaban la cara, ladeaban la cabeza, esquiva¬ban un imaginario directo, saltaban sobre el propio te¬rreno y hacían fintas con amagos de esquivar un golpe que venía certero. Se les caían, a lo mejor, los pantalones porque se los habían prestado. Eran de raso o de satén y estaban recién planchados. Entonces, había que lla¬mar a una mujer para que viniera a darle unas punta¬das. Esta, mientras cosía, algo andaría haciendo con la mano izquierda, que se le distraía poniéndose tonta, di¬go yo, porque el entrenador le espetaba “¡No lo calien¬tes, leche!” “Pues si sale frío, contestaba la frescachona muy plantada y sacando el pecho, quien lo va a calen¬tar va ser el Angelito que dice de éste que está sonado”.
¡Dios la que se armó! El Nene, que era el púgil del calzón ancho, comenzó a decir en un puro ataque de histeria “¡Sujetadme!, ¡sujetadme!, que no sé lo que me hago. ¡Sujetadme, que no soy dueño! ¿Sonado yo? ¡Su¬jetadme, que lo mato, que lo mato…!”
Armó tal alboroto que entró el señor Vitelino. Es¬te era un guardia con la nariz vinosa y que estaba or¬gulloso de ser el máximo representante de la autoridad en el barrio. Durante la guerra, cuando llegaba a una trinchera, lo primero que hacía era subirse al parapeto y echar una meada mientras insultaba a los “rojos, ma¬sones y ateos”. Cuando éstos reaccionaban y se deci-dían a disparar, ya estaba el Vitelino en el suelo de la trinchera pisado por la bota del sargento que no sopor¬taba aquellas chuladas en su Compañía.
La verdad era que el sargento era carlista y aque¬llas obscenidades de Vitelino le parecían propias de ro¬jos y no de cruzados. El Vitelino se tiraba todo el com¬bate (el de verdad no el del ring) tumbado en el suelo de la trinchera porque, claro, los rojos se cabreaban y, una vez iniciado el tiroteo, no paraban hasta que no se les acababan las balas. Y de na¬da valía que Modesto ni el Campesino ni la Pasionaria ni Margarita Nelke les dijeran “¡Apuntad bien, compañeros cabrones, que se nos acaba la munición! ¡Apuntad con ira!”
Esto lo decían para contrarrestar al Ángel del Al¬cázar que, según la propaganda fascista, decía a los soldados “¡Hijos míos, apuntad bien, pero sin ira!” “¡Toma ya!”, decía Pasionaria, mientras se echaba un pulso con el General Rojo o con Miaja, “Así aciertan, en cambio estos hijos de puta con la furia y todo eso, no dan una, vamos, es que no dan una”, terminaba Pasionaria, después de haber tumbado al general, en la mesa de juego se entiende, aunque ella no era mu¬jer que se parase en un quíteme allá unos rojos. Y se arreglaba el moño que llevaba sujeto con horquillas envenenadas que, decían las malas lenguas, se las mandaba de Rusia el compañero Stalin.
Bueno, pues el señor Vitelino, intentaba poner or¬den, calmaba al Nene y salía frotándose las manos “Esto se va a poner bueno, pero que muy bueno. Al Angelito le han ido a contar que el Nene decía de él que era marica, es que me meo”. El señor Aureliano lo cal¬maba “No, Vitelino, aquí no, ahora no hay rojos ni es¬tamos en las trincheras”.
Y es que, al señor Vitelino, en una de estas, le decí¬as que entre el público había algún rojo encubierto y lo mismo se subía al ring y sacaba la gaita y empezaba a llamarle masón, judío y ateo. Era así.
Del vestuario del Nene nos íbamos al del Angelito. A un kilómetro se oían sus gritos “¿Marica, yo? ¿Marica yo? Brrrrr. Ya verá ese lo que es bueno. Lo voy a destro¬zar. Le voy a dar así y así y así…” Y accionaba con tanto brío que a mi padrino le pasó una rozándole el pelo.
Cuando vio que éramos nosotros, el Angelito quedó más corrido que una mona en un concurso de televisión. Se le cayeron con tal fuerza los brazos que yo creí que tendríamos que recogerlos del suelo, sacó el labio inferior, sorbió los mocos, hundió el pecho, em¬pezó a sacar la quijada, más y más, hasta que casi se le descoyuntó y entre el masajista y el entrenador venga a colocársela en su sitio; la quijada, digo. Pero no había forma.
Le sobresalía una cuarta. Pa¬recía una burra preñada. El fotógrafo del diario local, que era más bien pequeño, se le subió en un bíceps y ayudaba lo que podía usando la correa de la máquina. Nada. La quijada seguía saliéndole al Angelito, que co¬menzaba a poner los ojos en blanco y a gimotear. “¡Eso no, eso no! Angelito, por tu madre, no llores. ¡Que don Guzmán te perdona!”, le decía el entrenador. “Ange¬lito, por Dios, no seas niño, si no fue nada”, decía el masajista. “¿Verdad que no, Don Guzmán?”
Y mi padrino, los rasgos duros, los pies algo sepa¬rados, los brazos caídos, las manos tensas junto a las pistolas, el mentón hacia delante, la mirada de acero, moviendo, de vez en cuando, una de las aletas de la na¬riz… de repente, dio un paso al frente. Es decir, avanzó la punta del zapato derecho, que era su forma de desa-fiar. “¡No, por favor don Guzmán!”, decían todos los del vestuario, “que fue sin querer, el Angelito no sabía que iba a entrar usted. Que, si no, a buenas horas, iba a hacer el pobre chico algo semejante”.
Entonces, mi padrino comenzaba a relajar el pe¬cho, se iba relajando poco a poco, les dejaba algo de aire a los demás para que fueran respirando y decía, con voz ba¬ja, suave, mortífera, “Angelito, hoy te va a matar el Nene en el quinto asalto, ¿entendido?”… Tenso silen¬cio… “Bien. Te perdonamos. Y mañana, de nuevo a tra¬bajar en la fábrica de don Alan”.
Miraba a todos, se volvía en silencio y yo seguía comiendo orejones que me había comprado Isolda en la señora Domitila la Luenga. Mi padrino metía la mano en el bolsillo, sacaba unos cacahuetes y una piña de plátanos y se los tiraba por el aire al Angelito que los cogía en la mandíbula inferior y luego daba saltos de contento.
Nos dirigíamos a nuestros puestos. Al pasar por cerca de Alan, Belisario y demás compañeros de parti¬da, mi padrino levantaba el sombrero tantas veces cuantos fueran el número de asaltos que le hubiera di¬cho al Angelito de turno. Y ellos tiraban del puro muy circunspectos.
La canalla vociferaba, gritaba y aullaba para res¬ponder a los saludos del Nene que iba envuelto en un albornoz prestado, de color azul noche y con unas le¬tras que anunciaban una marca de Vermout. Mi padri¬no se sentaba entre los jueces, talmente como Débora la de Israel, o como Sansón o como un circunciso piado-so. Yo me dedicaba a mirar al público, sobre todo a las mujeres que se desgañifaban gritando y accionando y jurando en caldeo. Por aquel entonces nadie se atrevía a usar el hebreo. Por si acaso.
Cuando apareció el Angelito, se oyó el retumbar del trueno. Todos habían apostado por él y el ruido era ensordecedor. Yo recordaba el aviso que le había dado mi padrino y lamentaba no disponer de algunos dóla¬res sueltos para apostarlos a favor del pobre Nene, ya que la inversión era segura.
Sonó el gong. Comienza el primer asalto. Arbitra¬ba el señor Sebastián, que era trompetista en la banda municipal de Valladares y que había sido seminarista y todavía le quedaba un no sé qué… que parecía que, al andar, iba dándole al vuelo de la sotana para no pisarla. Iba en mangas de camisa y llevaba pajarita.
El Angelito iba perdiendo ante el asombro del Ne¬ne y de todo el público que bramaba. El Nene que se anima y le lanza un gancho que casi coloca en el híga¬do de Angelito.
La gente echa espuma por la boca. Ya se han co¬mido los puros, ahora están mordiendo los cojines de esparto. El Nene se envalentona y hace un amago de uno dos tres cuatro y la gente ya no sabe qué comer, la mayor parte tiene los sombreros hechos trizas. Las mu¬jeres aúllan. El gong, una vez más, los salva del desastre.
Cuando va a comenzar el segundo asalto, el An¬gelito hace como que juega y pone al Nene boca abajo, con el culo para arriba y los brazos cruzados debajo. El árbitro empieza a contar, el Angelito palidece y un ca¬bo de vela se le enciende en su micro mollera, sin dejar de mirar al Nene al que con sus vibraciones ayuda a le-vantarse. El Nene se tambalea. Un ojo le ha quedado prendido junto a la nariz y empieza a moverse presa de un tic que contagia al Angelito y al árbitro. Una mujer grita, “¡En guardia, Angelito, que eso es una treta!”
Pero el Nene, en una de éstas resbala y, para no ca¬er, extiende las manos que van a dar en el estómago del Angelito que no lo esperaba. La gente ríe. Las mujeres ululan. “¡Toma castaña!”, dice una a la que llamaban “la Chata”. Y ya era mala idea porque para leer el pe¬riódico tenía que apoyarlo en una silla y, mientras ha¬cía calceta, pasaba las páginas con la nariz. Angelito se recupera y el gong lo salva. El público comienza a in¬quietarse. La Chata dice que aquí hay tongo. “¡Tongo, sí señor! ¿Qué pasa?” Y nadie le responde, porque na¬die había dicho nada. “¡A ver!”, dice otra que no pue¬de moverse de apretada que lleva la faja.
El marido era más pequeño que el Satur y le lla¬maban “milhomes pequeno”. La gente es que es mala. Porque a ella, él le llamaba “Nenita”. Tenían un puesto de castañas y frutos secos junto a la parada de tranvía. Dentro había un gran cartelón que ponía: “Hoy no se fía, mañana sí, porque si fío, pierdo lo que es mío. Si doy, pierdo la ganancia de hoy. Si presto, al pagar ponen mal gesto. Para librarme de esto: Ni doy, ni fío, ni presto.”
Y “Nenita” se sentaba en una silla a la entrada y fulminaba con la mirada a todas las mujeres que entra¬ban. Estaba convencida de que todas iban atraídas por su Fidel. Y éste sonreía dentro de su mandilón a rayas que le habían hecho entre Nenita y su madre.
Al tercer asalto, el Angelito se da cuenta de que tiene que hacer algo para que no se le vaya a romper el Nene. Tiene que durarle hasta el quinto asalto. Le va a colocar un directo algo templado al Nene cuando este, de improviso, y sin venir a cuento no se le ocurre más que llamarle “¡Marica!”, al Angelito. ¡Oh cielos! El Angelito se revuelve, los ojos le bai¬lan en las órbitas, la gente es traspasada por el silencio que precede a las tormentas. Algunos piensan en un paralís. Pero, de repente, el Angelito empieza a recoger quijada, bate el terreno con el pie derecho, escarba y se va a por el Nene.
¿Para qué seguir? ¿Sabéis cómo queda un sello de correos después de que lo aplaste un elefante? Pues así tuvieron que sacar al Nene, casi con quitamanchas. Cuando se lo quitaron de entre los guantes, el Angelito se echó a las cuerdas y se puso a morderlas. Se daba cuenta de la que había hecho. Aquella fue su última pelea. No se podía andar jugando con un suspicaz que pegaba por un quítame allá ese insulto. Total… si lo decía, algo sabría.

José Carlos Gª Fajardo. Profesor Emérito U.C.M.

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La privada moderna. Cap 21 Doña Claudia

Capítulo 21 Doña Claudia

Era un caso curioso en cuanto a los niños. No se podía decir que nos odiase, como la madre del general. Pero tampoco nos quería. Es decir, casi no nos prestaba atención. Nunca se paraba a hablar con nosotros ni, por lo demás, participaba en la vida de aquella peque­ña comunidad. Nos resultaba un personaje singular­mente extraño. Siempre con las ventanas cerradas y acechando detrás de los cristales. Lo curioso es que tampoco nos infundía miedo como la Chon. Pero no abria sus ventanas ni su sonrisa hacia nosotros, como doña Amancia y sus hijas. Estas parecían como si vieran en todos nosotros al hijo que se había ido a la guerra apretando los puños para no llorar al despedirse de los paisajes que recorriera con su padre.
¿Qué ocurría con doña Claudia? Porque lo cierto es que los padres de todos los niños les inculcaban un claro respeto. Quizá porque vieran la consideración con que la trataban Don Guzmán y Doña Margarita. Y eso pesaba. Por eso nadie se hubiera atrevido a llamar a su puerta y echar a correr.
Tendría unos cincuenta y tantos años, pero apa­rentaba muchos más. Era alta y morena. Estaba avejen­tada y en su mirada se traslucía esa angustia que que­da después del mucho sufrir y de las ilusiones perdi­das. No se pintaba ni se arreglaba. Vestía de oscuro y daba la sensación de pasar necesidad. Vestía batas es­tampadas sobre fondo negro, abotonadas por delante y de manga larga. Como casi siempre estaba en casa, cal­zaba zapatillas de piel o una especie de zapatos bajos.
Su marido, debía frisar los sesenta y era calvo, al­to y de ojos claros. Tenía varios dientes de oro, fumaba mucho y tenía los pies bastante grandes. Siempre ves­tía con traje y corbata. Tampoco participaba ni andaba por el medio. Se le veía entrar y salir de su casa a horas probablemente de trabajo, pero nadie sabía dónde tra­bajaba.
También me parece recordar que tenían dos hijos de veintitantos años a quienes apenas veíamos. Quizá vivían fuera o estaban casados. Era la familia más mis­teriosa de los Gazules. Pero todos los respetaban y los niños hubiéramos querido hacerle recados a doña Clau­dia, no se sabe por qué, ya que nunca se paraba con no­sotros para hablar o para hacernos preguntas. Pero al­go nos decía que aquella señora, detrás de los cristales, no nos espiaba ni jamás nos denunciaría, aunque nos viera haciendo las mayores travesuras en el campo de atrás.
Vivían en el primer piso izquierda del número seis. Encima de la señora Escolástica la rara y enfrente de Don Guzmán. Ya sabéis que en el bajo izquierdo vi­vía la señora Martina la dentista.
Doña Claudia era víctima de la Revolución Fran­cesa. Sí. Lo que pasa es que se había equivocado de si­glo. Tanto ella como su marido se habían educado en el espíritu liberal de la Institución libre de Enseñanza. A eso habían añadido la más sana inquietud social que les acercara peligrosamente a la otra revolución. A la de Octubre en San Petersburgo. Pero habían reacciona­do a tiempo porque, por encima de todo, veneraban y respetaban la libertad.
Los dos se habían hecho maestros antes de la dic­tadura del General Primo de Rivera y no se habían ca­racterizado por sus simpatías hacia la Institución mo­nárquica. Aquí era donde se sentían ciudadanos fran­ceses celosos de la Declaración de Derechos del Hom­bre y del Ciudadano. Por todas las escuelas por donde habían pasado habían colgado de sus muros el texto enmarcado de la Declaración. Y aunque no hubieran votado por la ejecución de Luis XVI y de María Antonieta, sí consideraban esa forma de gobierno y el en­torno que la asfixiaba como algo anacrónico y carente de sentido. La monarquía, para ellos, era obsoleta y no soportaba el menor análisis lógico.
Sus hijos habían aprendido a leer en las Actas de las Cortes de Cádiz y jamás se habían privado de cri­ticar como algo insólito y absurdo a aquel Rey Fernan­do VII y a su descendencia. Para ellos, nuestra patria vivía con siglo y medio de retraso y, a veces, se querían convencer de que no había existido el siglo XIX. Y es que, en el fondo, no lo aceptaban y les parecía una la­mentable regresión en el progreso de la nación y en la madurez cívica de los ciudadanos.
Por ello, habían saludado con contenida esperan­za los sucesos de Rusia y todos los movimientos revo­lucionarios y libertarios. En alguna ocasión, habían bordeado la utopía anarquista y se entregaron con de­dicación plena a la formación de los hombres del ma­ñana.
Revolucionaron los sistemas de enseñanza. Saca­ron a los niños al campo para que vivieran en contacto con la naturaleza. Le daban clases al aire libre, les ex­plicaban los momentos estelares de la humanidad co­mo hitos de un proceso grandioso en la conquista de la justicia, de la libertad y de la cultura. Les contaban la historia como una peripecia personal que les acuciaba a todos en el presente. Los hacían sentirse responsables del mundo y de la humanidad en marcha. Su palabra clave era solidaridad. “Todos somos ciudadanos del mundo, les decían, somos parte del cosmos. Lo que su­cede es que todo cambia, nosotros somos cambio, sin cesar. Por eso, “nuestro destino es universal”. Y se atre­vían a explicarles que universo provenía unus-vertere, regresar a la unidad. “Vivid, vivid apasionadamente el instante presente. Eso es lo que cuenta. Nada perma­nece”. “Las clases sociales son un invento del egoísmo humano.” “La propiedad privada es germen de dis­cordia, de desigualdad y de explotación de unos hom­bres por otros”. “Nada es de nadie. Sólo somos admi­nistradores”. “Todos los seres son iguales por naturale­za, es la sociedad la que nos corrompe. Nadie nace es­clavo ni siervo ni proletario. Nos hacen”. Y así seguían con las más hermosas frases de Sócrates a Epicuro, de Zenón a Milton y a Stuart Mili o a Rousseau, de Weitling y de Proudhon o al más grande de los poetas, se­gún ellos, Walt Withman. Les leían poemas de Neruda y páginas de Tagore. Se olvidaban de la edad de sus alumnos y dejaban que de sus corazones brotase el an­sia de libertad, de justicia y de verdad. “Ah, solían ter­minar, si hubieran seguido las enseñanzas de aquel hombre…” Pero no decían más porque se sentían pro­fundamente anticlericales. Toda esta burocracia, como ellos le llamaban, son el mayor mentís a aquellas pa­labras de amor entre todos los hombres y entre todos los seres. Eran unos santos laicos.
Y no vacilaban en volver los ojos a Inglaterra y en­salzar el espíritu de comprensión y de respeto que ha­bían sabido llevar a América. Así, en sus escuelas, ha­bían organizado a los chicos como “boy- scouts” y can­taban las canciones de Mowgli, el niño de la selva. Cualquier niño, después de haber estudiado con ellos, se sabía de memoria el poema “If”, de Kipling.
Todo era una mezcla de liberalismo, socialismo, anarquismo, naturalismo y alegría. Sobre todo, ale­gría. La primera obligación de los educadores era for­mar niños felices supliendo las eventuales limitacio­nes en sus hogares, de niños de escuelas estatales que no podían acceder a los colegios privados donde les hablaban de un cielo, de un infierno y de una felici­dad para ultratumba. Doña Claudia y su marido que­rían formar generaciones de hombres y mujeres feli­ces aquí en la tierra con su trabajo, con sus familias, con su parte de responsabilidad en esta formidable aventura de la creación en la cual se hallaban insertos y de la que, en cierta medida, les hacía sentirse res­ponsables. El pájaro, la estrella, el trigo, la sonrisa. Todos eran dones del ser Supremo. En su estilo eran un matrimonio de una sensibilidad cósmica, profun­damente religioso.
Pero no se habían integrado en el sistema tradi­cional de este país y tuvieron que pagar siempre el tri­buto a la incomprensión de los detentadores de la ver­dad y de la luz y nada menos, que de la salvación eter­na. Para ellos la luz era la del conocimiento, la de la ciencia, la de la razón y la del corazón. Amaban todo lo creado y habían hecho de sus vidas una consagración por medio de la enseñanza. A uno de sus hijos le habí­an puesto Juan Jacobo y al otro Emilio, aunque bien sa­bían lo alejada que estaba la literatura de la realidad “Pero hacen falta ideales, utopías y sueños, para poder vivir una existencia que tenga sentido”.
La curiosidad del marido los llevó a indagar en to­da suerte de movimientos humanos y filantrópicos. Ella, por su parte, siguió muy de cerca la peripecia de la Revolución Rusa sin decidirse a militar nunca en las filas de sus epígonos porque, desde muy pronto, intu­yó que se amenazaba la libertad que, para ellos, estaba por encima de todos los demás valores. Era un bien no pactable, un derecho indiscutible. Habían renunciado a muchas cosas para poder seguir difundiendo ese mensaje de fraternidad universal, de comprensión y de respeto.
Y llegó la ansiada República. Pareció que el ama­necer se hacía realidad. Llenaron de flores la escuela y, felices por no haber sido necesario ningún derrama­miento de sangre, cantaron con los niños canciones de primavera. Y redoblaron su esfuerzo pues, al fin, en­treveían el fruto de sus anhelos.
Ya comenzaron a sufrir cuando comenzaron las persecuciones religiosas y la quema de iglesias. No lo entendían. No les cabía en la cabeza semejantes actitu­des de intolerancia en nombre de la libertad. Se dolie­ron de la cerrazón de las clases poderosas, anquilosa­das en su letargo secular. Era precisa la transformación agraria, la revolución social, pero sin derramamiento de sangre, como querían Condorcet y Holbach: “La ra­zón no derrama sangre”.
La locura de la intransigencia y de la persecución, el totalitarismo extremista y los maximalismos que agostaban la vida y abortaban las esperanzas les su­mieron en un profundo abatimiento. Sobre Doña Clau­dia y sobre su marido cayó un velo de tristeza. Sentían como una losa por la incomprensión y la barbarie. Ellos eran castellanos y pronto fueron “liberados” pero no comprendían muy bien de qué.
Allí comenzó su personal calvario. Cárcel, inte­rrogatorios, depuración. Fueron “depurados”. Y no sabían de qué ni por qué ni por quienes. Ella nunca su­po lo que su marido tuvo que ceder a cambio de con­servar la vida. Lo que sí sabía era que ya nunca más podrían enseñar en las escuelas estatales ni en ningún sito. Para ellos no había lugar en el nuevo orden. Y co­menzaron a arrugarse, a encerrarse en sí mismos, a no comprender nada. Se les acababa el sentido de sus vi­das y comenzaba a carecer de sentido el mero vivir. Pe­ro había que hacerlo por los chicos. “Por los chicos”. Habían sido educados para otro mundo, para otras co­ordenadas y se veían de hoz y coz sumidos en el siste­ma que, desde casi dos siglos antes de nacer, habían re­pudiado.
No se sabe cómo vinieron a parar a la Privada moderna. Ni tampoco pudo nunca saber Doña Claudia en qué se ocupaba su marido, en ese diario salir para traer un po­co de dinero con el que sobrevivir. Salía blanco y regre­saba gris.
“No me hagas preguntas, Claudia, por favor, no me preguntes. Por los chicos”.
La puerta cerrada, las contras echadas, el silencio se adueñó de aquella casa. El miedo a cualquier ruido, a toda persona, a los pasos de cualquier mendigo. Siempre podía volver a comenzar el torvo juego del amanecer, el dejar de ser. ¿Más todavía? “Los chicos, por los chicos. Sí. Por los chicos”. Qué estafa, que frus­tración, haber estado cosiendo sin hilo. Condenados a dar vueltas a una muela sin trigo, a una noria sin can­gilones. Y cuando nadie la veía, se asomaba detrás de las contras entreabiertas y contemplaba a los niños mientras jugaban. A sus labios afloraban mudos los viejos poemas, se marchitaban en sus lágrimas secas las viejas canciones.
Por eso, quizá, los niños jugábamos bajo su venta­na y cantábamos canciones y romances al coro o a la comba o sentados en el suelo. Ella nunca nos hablaba, pero ahora comprendo que de aquella ventana bajaba un efluvio, había un aura que nos encantaba y nos cau­tivaba.
Doña Claudia no se mezclaba, no participaba. Pe­ro todas las personas la respetaban. Y la mujer de don Guzmán la ayudaba con una gran delicadeza y la visi­taba a menudo. Ahora comprendo. Sí, su inmenso co­razón y su insondable tristeza. “Por los niños, Clau­dia, lo he tenido que hacer por los niños…” “Pero si ya son hombres”. ” … “. “Habrá un mañana…” ” … “. “De nuevo…” “…”. “Tal vez, Claudia…” “…”. “Tal vez”. Por eso, desde la calle, veíamos empañados los cristales de aquellas semiocultas ventanas. Y en ellos, cuando llovía, rebotaba el agua. Era como si estuvieran encerados. Esto nos daba mucha tristeza. ¡No podían mojarse! ¡No podían mojarse!
Menos mal que, cuando llegaban los vientos, sa­caban las hopalandas.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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PODEMOS SALVAR LA ANTÁRTIDA

Permitidme que ceda hoy mi espacio a esta carta enviada por Javier Bardem y que suscribo “desde la cruz a la fecha”, como decía mi madre.

Lo acabo de firma uniéndome a esa imprescindible tarea y os pido, amigos y lectores, que la suscribáis y que apoyemos entre todos a esta admirable ONG Green Peace

Hola josé carlos:

Nuestros océanos están ahora más amenazados que nunca en la historia. La contaminación por plásticos, la sobrepesca, la minería en fondos marinos y por supuesto la crisis climática están acechando a unos océanos que cada vez necesitan protección más urgente.

Por esa razón, la semana que viene estaré con Greenpeace en la sede de Naciones Unidas, donde representantes de los gobiernos de todo el mundo tienen una oportunidad histórica: van a negociar un Tratado Global de los Océanos que podría proteger las aguas que se extienden más allá de las fronteras nacionales. ¡Únete a mí para decirles que el mundo entero está pendiente de lo que pase en la ONU! >>

El año pasado me uní a Greenpeace en su expedición a la Antártida, para investigar el estado de los océanos y acercar toda esa increíble biodiversidad a la gente que quizás nunca tenga la oportunidad de contemplarla. Vi pingüinos sumergirse en el agua, un mundo de majestuosas ballenas y el hielo brillar en infinitas tonalidades de blanco y azul. Junto al equipo científico, me metí en un pequeño submarino para bajar a las profundidades del océano, donde muy pocas personas han estado antes. Me siento un privilegiado por haber podido visitar las gélidas fronteras de nuestro planeta.

Después de todo lo que vi en la Antártida, no podía volver a casa y seguir con mi vida como si nada. Siento que estoy en deuda con todas esas maravillosas criaturas del océano Antártico y del resto de los mares del mundo.

La ciencia lo tiene claro: tenemos que crear santuarios marinos en al menos el 30% de nuestros océanos para 2030. Como si fuesen parques nacionales en el océano, esas áreas quedarían fuera del peligro de la actividad humana y así podrían recuperarse tras años y años de sobreexplotación y hacer frente a los peores impactos del cambio climático y la contaminación plástica. Necesitamos un tratado ambicioso que permita todo esto, y esta vez no podemos fallar.

Por favor, únete al movimiento de más de un millón y medio de personas que están pidiendo la protección de nuestros océanos y de las ballenas, tortugas y pingüinos que ven en peligro su hogar. Firma la petición para que los líderes políticos de tu país apoyen un Tratado Global de los Océanos antes del próximo 19 de agosto >>

Javier Bardem,
Actor y embajador de los océanos con Greenpeace.
(Por la traslación, Prof, Gª Fajardo. Eméritus U.C.M.

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Sergei lee a Confucio

Sergei lee a Confucio

Andaba Sergei ocupado en leer los Aforismos de Confucio y se atrancaba al querer establecer su relación con Lao Tsé. Se dirigió al Noble Ting Chang en busca de enseñanza y éste le dijo:
– Si quieres, Sergei, podríamos comentar algunas de las máximas de Confucio que vienen en sus Analectas. Verás que no se trata sino de una manera de comportarse la persona educada.
– ¿Acaso no es una religión?
– ¡Ni mucho menos! Confucio es la sensatez en persona y algunas tradiciones religiosas no tienen muy en cuenta al ser humano con los pies sobre la tierra. Reenvían los problemas a un hipotético paraíso.
– Y tú, Noble señor, ¿cómo te organizas?
– Antes de venir al monasterio junto al Maestro, trataba de conducir mi vida según la vía del taoísmo, pero si hubiera tenido que gobernar un reino seguiría las ideas de Confucio.
– Rostro sereno, ¿Y desde que has topado con la enseñanza del Buda?
– Ahora, cuento cuentos para que Sergei se gane algún dinero cuando los publique.
– ¿Yo? ¡Noble Señor!
– Primero el té, y luego…
– …, las lecciones, pero antes, dame una pista, Ting Chang.
– “Nueve son las cosas en las que piensa la persona virtuosa: ver claramente cuando mira; escuchar con precisión; ser cortés; tener un porte respetuoso y digno; ser reverente en sus ocupaciones; preguntar cuando duda; pensar en las consecuencias de su ira; pensar en la justicia siempre que haya una posible ganancia”.
– ¡Voy de vuelo, Noble Ting Chang!
José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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