El Taoísmo como liberación y armonía

 

El Taoísmo es el sistema filosófico y religioso fundamental en China. Su origen se suele atribuir al maestro Lao-Tsé, que vivió hacia el siglo V antes de Cristo y fue contemporáneo de Confucio y de Chuang-Tsé.
Algunos de sus seguidores aventuraron que la doctrina del Maestro se dirigió hacia la India y que su pensamiento habría influido en el budismo. Como posteriormente este llegará desde India, en contacto con el taoísmo, dará lugar al Chang que, más adelante, en contacto con el sintoísmo, dará lugar al Zen en Japón.
Así como la auténtica realidad vive en lo hondo de las cosas, pretender escribir sobre el Tao es desconocer el Tao y, sin embargo, no hay realidad fuera del Tao, por eso “quien sabe, no habla y quien habla, no sabe”. Sin límites ni substancia, sin adjetivos ni definición, sin arriba ni abajo, sin adentro ni afuera, sin bueno ni malo, justo o injusto, yang o ying, la mayor felicidad consiste en no hacer nada para obtener la felicidad porque “el gozo perfecto es carecer de él”. Así, está bien.
Si uno está en armonía con el Tao –el Tao cósmico, el que no puede nombrarse -, la respuesta llegará en el momento de actuar pues uno actuará con arreglo al modo espontáneo del wu wei que, según Thomas Merton, es el modo de acción propio del Tao y es la fuente de todo bien, “hacer sin hacer” y plegarse a la naturaleza de las cosas sabiéndose uno con ellas.
El Taoísmo, como otras profundas sabidurías, admite que lo real es Uno: hay un principio de orden y de unidad que es misterioso e inefable, trascendente e inmanente, al que “por no saber su auténtico nombre, sólo lo llamamos Tao”, o el Camino. “Hay algo que lo contiene todo. Es antes que el cielo y la tierra, es inmóvil, incorpóreo, en sí, inalterable, lo penetra todo, por siempre moviéndose. De modo que puede actuar como Madre de todas las cosas. Si ha de ser nombrado, que su nombre sea Grande. La grandeza significa seguir adelante, seguir adelante significa llegar lejos, y llegar lejos significa regresar”.
El Taoísmo es la realidad suprema que reabsorbe todas las contradicciones, es principio de liberación para quien lo capta. El hombre del Tao escapa al mundo ilusorio y alcanza la plenitud. Después de la época de los emperadores Han, se constituyó el Taoísmo religioso. Por desgracia, posteriormente se mezclaron prácticas mágicas y supersticiones populares que lo desvirtuaron.
El Taoísmo adquiere relevancia en nuestro tiempo porque ayuda a resolver la crisis ecológica creada por la visión judeocristiana que pretendió “dominar y someter la naturaleza”. Necesitamos recuperar el contacto con los ritmos de la naturaleza y con el fluir de las energías en el cuerpo. Lo que el Zen denominará “recuperar el rostro originario”, la identidad perdida.
Pero su esencia está ahí, aquí, en el silencio, en el vacío, en el ritmo y en el caminante que se sabe Camino, Verdad y Vida. Como dirá el shivaísmo de Cachemira, “el secreto es que no hay secreto”. Por eso, saberse Krishna, Buda, Tao, Cristo es saberse necesario, como el hueco vacío del eje en donde confluyen los radios de la rueda, o el vacío que da su ser a la olla de arcilla, o el de las puertas y ventanas que se lo dan a la casa.
El Taoísmo excluye el concepto de Ley, tan querido para Confucio y no digamos para el Judaísmo, y prefiere el de Orden como ritmo que armoniza una infinidad de ritmos menores. Su concepto clave es el de Estructura. Las cosas están relacionadas, más que causadas, “el pensamiento chino desarrolló el aspecto orgánico, visualizando el universo como una jerarquía de partes y todos, infundidos por una armonía de voluntades”. Lejos quedan también el concepto judaico cristiano de la “culpa”, y el de un inventado y absurdo “pecado original” que arrastraríamos los humanos, y que necesitará de una imaginaria “Redención” para salvarnos. ¿De qué o de quién? De la condenación eterna, dicen, y se quedan tan panchos abusando del miedo a dejar de ser, común a todos los mortales.
El sabio (el que sabe por experiencia) ve todas las cosas a la luz de la intuición. Está en el centro del círculo y ahí se mantiene mientras el “sí” y el “no” se persiguen en torno a la circunferencia. “Los hombres verdaderos no tenían miedo cuando se encontraban solos en sus puntos de vista… respiraban profundamente desde los talones”.

José Carlos Gª Fajardo
Profesor Emérito U.C.M.

 

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Excelencia

Tengamos un criterio de calidad. Algunas personas no están acostumbradas a un entorno en el que se espera la excelencia. Ojo, excelencia en lo que somos, leemos, hacemos, compartimos, amamos, pensamos. Muchas personas no tienen una idea cabal de ellas mismas. Somos nuestro peor amigo y debemos ser nuestro mejor amigo, para comunicarnos, realizarnos y tratar de ser nosotros mismos. En esto la fantasía y no la suficiente autoestima pueden afectarnos negativamente.
J. C.

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No quedes atrapado en el dogma

Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto. No quedes atrapado en el dogma, que es vivir como otros piensan que deberías vivir. No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición.

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Hinduismo: una actitud ante la vida

 (No hay prisa… adonde vamos no es preciso ocuparse del camino: este se hace al andar, al sentarnos y al abrazarnos. La virtud más eminente es hacer sencillamente lo que tenemos que hacer.. e pois, mais nada)
El viajero que llegue a India con mentalidad occidental encontrará una “religión llena de dioses”, de los cuales los más conocidos son Brahma, Visnú y Shiva, la Trinidad hindú. Pero esto nada tiene que ver con la realidad. En India, más que panteísmo existe un panenteísmo. La divinidad lo es todo en todas las cosas. Lo que los extraños llaman dioses no son más que aspectos del único Dios que está en nosotros, y “en el que vivimos, nos movemos y somos”, como escribiría San Pablo mil años después.
“El hinduismo no es una religión -dice el filósofo Raimon Panikkar- ni una doctrina, ni siquiera una esencia: es aquello que queda cuando se excluye todo lo demás. En términos occidentales, el hinduismo es una ex-sistencia”, una actitud que nos abre a las puertas del conocimiento mediante el silencio y la quietud. Aunque haya deformaciones populares con templos, ritos e imágenes, es una manera de considerar las cosas y la propia vida. Ni hay un dogma establecido ni un clero organizado.
De los 750 millones de hindúes que hay en el mundo, unos 700 viven en India. Es la tercera “creencia” del mundo, después del cristianismo con 1500 millones y el islamismo con 1.000 millones. En India también viven 150 millones de musulmanes, 15 millones de sijs y dos millones de seguidores del jainismo, aparte de minorías cristianas y budistas.
Sus libros sagrados más conocidos son los Vedas. El Rig- Veda fue escrito hace más de tres mil años. Muy popular es la Bhagavad- Gita, una de las epopeyas más hermosas de la literatura universal. Es El canto del Señor que recoge las enseñanzas del “dios” Krishna, un avatar de la divinidad, una de tantas manifestaciones del Absoluto inefable. Nada de dioses personales que serían ídolos. Por eso, pueden reconocer a Buda y a Cristo como avatares de la divinidad.
Los cuatro conceptos fundamentales del hinduismo son: karma, maya, nirvana y yoga. Karma es la ley de la causa y del efecto encadenados entre sí porque todo está inter relacionado. Es la justicia inmanente del mundo.
Maya es ilusión de las interpretaciones de la realidad porque desde pequeños nos hemos desconectado de lo real.
Nirvana es la liberación de la ignorancia. El anhelado despertar a la realidad real, que se alcanza por medio de técnicas adecuadas.
Yoga, un método psicofísico encaminado a un retorno sobre sí mismo, trabajando sobre la mente con la respiración. Su difusor por medio de los Aforismos, a comienzos de nuestra era, fue el indio Patanjali que lo definió como “la tranquilidad de los movimientos del mundo exterior”. Para esa auto realización hay que unificar el espíritu y abolir la dispersión.
Ramakrishna, maestro que enseñó en Occidente, afirma que “a través del yoga, un hindú se vuelve mejor hindú, un cristiano mejor cristiano, un musulmán mejor musulmán y un judío mejor judío”. Su discípulo Vivekanada, añade que “se puede practicar el yoga lo mismo si se es teísta que ateo, agnóstico o seguidor del Vedanta, cristiano o musulmán”. Hay diversas clases de yoga pero todas consisten en adoptar ciertas posturas; respirar y aquietar la mente. Hay caminos morales: no violencia activa; veracidad; respetar al otro; ser puro o auténtico y ser desprendido. Dhyana es la meditación y Samhadi es la plenitud que todos podemos alcanzar, aquí y no en un hipotético futuro.
Dice el gran sabio de las religiones, Mircea Eliade, que en la Bhagavad-Gita está la clave de la bóveda del hinduismo, la síntesis del espíritu hindú y de todos sus caminos. El gran problema era si, para encontrar el sentido de la existencia, sería preciso abandonar la sociedad como los yoguis o dedicarse a la devoción. Krishna revela que todos pueden encontrar el sentido de la existencia superando esta nada de ilusiones y de pruebas con tal de que no se persiga un objetivo personal, de que no se actúe por odio, ira o codicia. Si se renuncia al fruto de sus actos. Así se supera el ciclo del karma, de causa y efecto.
En La prueba del laberinto Mircea Eliade escribe: “Lo sagrado no es una etapa en la historia de la conciencia, sino un elemento de la estructura de esa misma conciencia. En los grados más arcaicos de la cultura, vivir como ser humano es ya en sí mismo un acto religioso, puesto que la alimentación, la vida sexual y el trabajo poseen un valor sacramental. La experiencia de lo sagrado es inherente al modo de ser del hombre en el mundo”
Al final de sus días, como director del Departamento de Historia de las Religiones en la Universidad de Chicago, afirmaba: “Estoy seguro de que las formas futuras de la experiencia religiosa serán completamente distintas de las que ya conocemos en el cristianismo, en el judaísmo, en el Islam, que ya están fosilizadas, desvirtuadas, vacías de sentido. Habrá otras expresiones. La gran sorpresa es siempre la libertad del espíritu, su creatividad”
Porque lo sagrado es la revelación de la realidad, el encuentro con lo que nos salva al dar sentido a nuestra existencia. Es “la contemplación del cielo inmenso lo que revela al hombre la trascendencia, lo sagrado”.
Se lee en el Katha Upanishad “Esta serena quietud de los sentidos se llama Yoga. Hay que estar muy atento, porque Yoga viene y se va” como humo que flota ocioso hacia el cielo, o los copos de nieve cayendo cada uno en su sitio.
Occidente busca la verdad por medio de la razón. En Oriente saben que, más allá de la razón, hay otro nivel de conciencia que es posible despertar. Occidente pone el Paraíso después de la vida, Oriente lo pone aquí y ahora. Mientras que en uno se va desde la vida hacia la muerte, el otro proclama el paso de la muerte hacia la vida.
En este valle de lágrimas puede brotar el Jardín del Edén.
Viajó un discípulo para visitar a su maestro, llamó a su puerta y éste preguntó “¿Quién eres?” “Soy yo” “Vete, no te conozco”. Volvió varios días e hizo la misma pregunta, respondiendo ambos lo mismo que la primera vez. Se preguntaba el discípulo si habría olvidado la doctrina del maestro hasta que cayó en la cuenta de su error. Regresó junto a su maestro que de nuevo le preguntó “¿Quién eres?” El discípulo respondió “Soy tú” “Pasa entonces”, respondió el maestro.
La vida no contesta nunca con palabras, sino con la misma cosa que preguntamos.
José Carlos Gª Fajardo
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Chamanes del Círculo Polar Ártico

 

El chamanismo es una práctica esotérica originaria del círculo polar ártico, sobre todo de Siberia. Allí constituye el centro de la actividad religiosa en donde la ayuda del chamán es vital para asegurar el orden en la vida de la comunidad. Su actividad como “sanador” arranca de una enfermedad acompañada de fenómenos paranormales de la que no se curará hasta que no acepte su vocación al servicio de las gentes. En vano diagnosticarán los médicos modernos que se trata de la histeria ártica, no se es chamán por estar enfermo sino por haber superado durísimas pruebas iniciáticas.

La palabra chamán (saman) deriva del pueblo siberiano Tungús y, gracias a los rusos, llegó al lenguaje científico europeo. Se ha extendido por otros pueblos del círculo polar ártico, desde los lapones hasta los inuit, desde Groenlandia hasta Alaska. En el Tíbet, es muy fuerte la tradición chamánica que subsiste a pesar del budismo que llegó hace mil quinientos años. Desde esa franja circumpolar, el chamanismo se ha extendido entre los indios de las praderas de Norteamérica y, más hacia el sur, encontramos formidables tradiciones entre pueblos indios de Centroamérica y de Colombia, como los Quimbaya. Gran parte del tesoro de este pueblo fue donado a España y se encuentra en el museo de América. Allí puede contemplarse el más impresionante “curso” de chamanismo camuflado en las joyas de oro que representan los vuelos chamánicos y que sólo se desenterraban para bailar con ellas al sol que les daba vida, porque el oro es como el semen de la tierra. Los codiciosos e ignorantes conquistadores españoles no entendían por qué los indios no comerciaban con el oro ni se adornaban con él sino en el curso de “demoníacas” celebraciones “con figuras en forma de murciélagos”, que es como interpretaban el extático vuelo chamánico.

Como quiera que también se encuentran instituciones similares en la Tierra del Fuego y entre aborígenes australianos, algunos antropólogos han aventurado que su naturaleza corresponde a ancestrales anhelos del hombre que añora su pasado vinculado a animales y árboles que luego transforma en totémicos.

Pero no hay que confundir su actividad con la de los magos, hechiceros, o adivinos, aunque tengan rasgos comunes, como común es el sustrato humano que soporta todo el andamiaje.

Todos los poderes del chamán dependen de sus experiencias iniciáticas. Las pruebas soportadas durante su iniciación, el conocimiento del dolor y la precariedad del espíritu humano, su muerte ritual, el descenso a los infiernos y su resurrección después de haber experimentado el viaje al cielo, hacen de él un auxiliar imprescindible para conservar las raíces de una etnia determinada representadas por sus tótems y conservada gracias al respeto de los tabúes. Por eso, el chamán sólo puede actuar eficazmente con los miembros de su clan. Se llega a chamán por vocación espontánea, por transmisión hereditaria de la profesión y, más raramente, por decisión personal. Un chamán no es reconocido como tal sino después de haber recibido una doble instrucción: de orden extático (sueños, visiones, trances, etc.) y de orden tradicional (técnicas chamánicas, mitología y genealogía del clan, lenguaje secreto, etc.) De esta iniciación se encargan los espíritus y los viejos maestros chamanes.

El futuro chamán se singulariza por su comportamiento extraño: se vuelve soñador, busca la soledad, vaga por bosques y parajes desiertos, tiene visiones, canta durante el sueño, etc. Es el período de “incubación”. La llamada “locura” de los futuros chamanes, su caos psíquico, significa que el hombre profano está en trance de “disolverse” y que está maduro para adquirir una nueva personalidad. A veces, dejan de respirar y algunos han estado a punto de ser enterrados. Cuando el neófito yace inconsciente en la tienda o en la yurta, la familia llama a un reconocido chamán que actuará como instructor que le imparte enseñanza esotérica, muchas veces estando ambos en trance. Es la conocida relación entre maestro y discípulo que se lleva a cabo en secreto, casi sin palabras, “de mi corazón a tu corazón (“I shin den shin”, dicen los textos Zen) Y nadie lo toma a broma. A veces, todo se consuma con una ceremonia pública de ascender a lo alto de uno o de nueve abedules en los que practica incisiones que certifican su ascensión a los nueve cielos.

En casi todas las religiones se encuentra este rito de muerte y resurrección a los cielos, el árbol chamánico es el árbol de la vida, como la cruz lo es para los cristianos por todo su simbolismo. Y siempre es para restaurar, religar, un orden quebrantado, un desarraigo de un llamado paraíso que no es sino la nostalgia de una supuesta edad de oro en la que los seres humanos no se habían desgajado de la naturaleza.

El chamán tungús es diestro en manipular los espíritus que habitan a las personas y a los animales, los busca, los cura y los devuelve una vez serenados. Lo característico del chamanismo es que toda esta actividad se realiza en éxtasis, en enajenación natural o inducida con hierbas adecuadas; se ayuda por el batir del tambor y por la danza. Mientras está poseído, realiza proezas sobrehumanas, habla lenguas de animales, se agita su tienda, brota fuego de origen desconocido, su mirada se extravía, pero posee poderes curativos y de adivinación extraordinarios. Es tal su sensibilidad que puede anunciar fenómenos por venir.

Para el profano, así como para los misioneros que perdieron los valores originarios de profetismo, adivinación, taumaturgia, éxtasis y el hablar en lenguas, así como las experiencias de los viajes astrales, toda su ignorancia se resuelve en denominarlos “posesos”, “alucinados”, “alumbrados” o, con la más burda inconsecuencia, “endemoniados”. Como si los “daimones” griegos no fueran espíritus que se relacionaban con los seres humanos.

Pero, como dice Mircea Eliade, “los chamanes desempeñan un papel esencial en la defensa de la integridad psíquica de la comunidad”. Como Freud intuyó, Jung analizó y Lancán aventuró los mitos y los cuentos, ciertas tradiciones y supersticiones difundidas entre el pueblo son los codificados sistemas de transmitir enseñanzas sin que puedan ser manipuladas por la razón; actúan en el psiquismo.

El respeto que en algunas sociedades se mantiene por el tonto del pueblo, del que se pueden mofar, pero al que temen, así como los “ritos de paso” rebautizados con pretendidas gestas de santos cristianos, o costumbres y tradiciones que se repiten sin conocer su significado no son más que medios benignos para mantenernos en paz con el misterio. En el fondo, es bueno que un hombre muera por el bien del pueblo, que cargue con todas nuestras iniquidades, que realice todas las extravagancias que los cuerdos no pueden hacer sino borrachos o bajo los efectos del soma o de otros alucinógenos que conducen a la divina ebriedad.

“Los “milagros” chamánicos no sólo confirman y robustecen las estructuras de la religión tradicional, sino que a la vez estimulan y nutren la imaginación, hacen desaparecer las barreras ente el sueño y la realidad inmediata, abren puertas hacia los mundos habitados por los dioses, los muertos y los espíritus”, concluye Mircea, el más grande historiador de las religiones.

Así habla el chamán Chamalú:

“Y si tuviera un instante más de vida haría lo mismo. Viviría como indígena lúcido enamorado de la plenitud, viajaría por todo el mundo compartiendo la felicidad descubierta, sorprendería, conmocionaría y, desde la cima de la rebeldía, gritaría: ¡Elegí vivir, hermanos!”

José Carlos Gª Fajardo. Profesor Emérito U.C.M.

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La danza del sol

“¡Qué hermoso día para morir!” -exclama el guerrero indio ante un amanecer hermoso-. “¡Y poder cabalgar y cazar en las grandes praderas de Manitú!”
Los pueblos indios de las Praderas celebran una ceremonia para señalar la renovación de la naturaleza. Representa la recreación del mundo, el paso de la muerte a la vida; las danzas y los cantos permiten a la tribu restaurar la armonía con la tierra que da sustento y con el Gran Manitú para tener alimentos y buena salud. También era ocasión para iniciar a los jóvenes en los “ritos de paso” de la pubertad a la juventud y poder asumir sus responsabilidades de adultos y de esposos. 
 
Era un rito de acción de gracias y de renovación pero se desarrolló como fuente perfección espiritual para los capaces de sacrificio. Como medio de iniciación se construye una casa como modelo del universo que funciona. En el centro está un gran poste (el eje del mundo, el árbol enraizado en la tierra y que nos comunica con el cielo). Su piso es la tierra; sus cuatro paredes aluden a los cuatro puntos cardinales; su techumbre es la bóveda celeste. La alegoría del “sendero blanco”, símbolo del paso por la vida, se plasma en el trazo marcado sobre el piso para indicar el camino de la vida que sigue el hombre hasta la puerta del Oeste donde todo termina, para favorecer el viaje de las almas hacia el mundo de los espíritus. 
 
Los participantes se someten a una purificación estricta en la “casa del sudor”, ayunan, se pintan con rico simbolismo y se adornan con plumas que facilitarán el vuelo astral cuando entren en trance. Se proclama la muerte y la resurrección: sed atroz, mirar fijamente al sol, cantos graves y profundos. El sonido del tambor impulsa, la participación de la comunidad respalda. 
 
La danza entre los indios es equivalente a las plegarias y al culto en otras religiones. 
 
La Casa del sudor era el medio de purificación que se llevaba cabo en una estructura cerrada con piedras calientes sobre las que se derramaba agua fría: los cuatro elementos de tierra, aire, fuego y agua actúan para prepararse a las grandes ceremonias de iniciación o de renovación. Así como para penetrar en la “tienda de la agitación” o en la “búsqueda de la visión” o para fumar la pipa de la paz. 
 
La búsqueda de la visión era una Institución muy extendida entre los algonquinos, los pueblo y otros. Se trata de poner a prueba a un joven, después de haberse purificado en la casa del sudor, el fumar sagrado y la oración intensa, la ordalía, el ayuno y la sed; además de un retiro en la montaña para enfrentarse a la soledad y al terror. A cambio, recibiría una visión de su espíritu guardián, a menudo en forma de animal; se le otorgarían poderes especiales y los códigos y tabúes que necesitará para curar, para defender o conducir al pueblo. Los chamanes asistían al neófito hacia su iluminación. Cuando decayó la cultura del guerrero, decayó la búsqueda de la visión por los medios tradicionales y se introdujo el uso del peyote que procede de las tierras al sur de Río Grande, patria del mescal y de los hongos divinos. En todos los pueblos indios floreció la medicina que practicaban los chamanes. 
 
Las pipas y materiales de fumar utilizados en el culto americano se designaban calumet. Fumar como medio de oración y de comunión se deriva de la pipa que aspira el chamán para estimular la visión extática. Los modelos indígenas de comprensión se reflejan en las historias de la pipa arquetípica. La más conocida es la de los sioux oglala que narra el regalo de la pipa por la Mujer Búfalo Blanca. Es bellísima. La pipa representa a la tierra, la vegetación, animales y pájaros. Orar con la pipa significa orar con y por todos. La custodian los indios en Dakota del sur y jamás es mostrada; como tampoco lo es la pipa plana de los arapajoes. Se ofrece el humo a los seres celestes, a la tierra y a los cuatro puntos cardinales para recuperar la armonía de la naturaleza y con ella la salud y el sosiego. 
 
“¡Qué hermoso día para morir!” -exclama el guerrero indio ante un amanecer hermoso-. “¡Y poder cabalgar y cazar en las grandes praderas de Manitú!”.
 
José Carlos Gª Fajardo
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Por las grandes praderas de Manitú

 

Habéis visto el nuevo país que os traigo. La tierra se enrollará como una manta con todas las invenciones maléficas del hombre blanco: las cercas y las vías del tren, las minas y los postes telegráficos; y debajo estará nuestra tierra india con nuestros antepasados devueltos a la vida“. Entonces, el hombre sagrado les enseñó una danza nueva y un canto nuevo. Ahora, bailemos esta Danza del Espíritu por todas partes, para enrollar la tierra y hacer que regresen los muertos.

En esta tradición sioux se encierra el drama que concluiría en la masacre de Rodilla Herida, en 1890. En torno a 1879, el chamán Tavibo, de los paiutes de Nevada, profetizó un cataclismo, la resurrección de los antepasados y unas “tierras nuevas con pastos nuevos, búfalos y alces que remplazaran a la tierra vieja y gastada, profanada por el hombre blanco”. Hacia 1888, el chamán Wovoka reavivó estas enseñanzas; predicó un estricto código ético y la paz con todos, y enseñaba una danza circular arrastrando los pies, en el sentido de las agujas del reloj, aprendida en una visión y que se propagó entre todos los pueblos indios que, desde antiguo, practicaban la Danza del Sol. Pero el gran pueblo sioux, con los dakota, crow, omaha, ponca, creyeron que había llegado la hora de la venganza contra quienes les habían obligado a abandonar los bosques y el cultivo del maíz antes de ser encerrados en las reservas por la codicia del hombre blanco que esquilmó las manadas de búfalos disparándoles desde los trenes, sin tener hambre. El mayor genocidio de la humanidad, sólo comparable a la trata de esclavos, se realizó en América por europeos cristianos investidos de la misión de evangelizar y civilizar a aquellos “salvajes”, ignorando sus tradiciones seculares. La expropiación de sus tierras sobre las que jamás comprendieron el concepto de “propiedad privada”, pues “la tierra no pertenece al hombre, sino que le hombre pertenece a la tierra”, trastornó la sociedad india. Los confinaron en reservas, alcoholizándolos e introduciéndolos en drogas que jamás habían utilizado sino en ceremonias rituales dirigidas por hombres santos.

Hasta los pacíficos indios hopi, que se consideran los habitantes originales de América, lloran la plaga de los blancos. Danzan con máscaras que representan a los kachinas, espíritus de los antepasados, para acelerar la liberación de todos los indios Pueblo.

También los navajos, el pueblo más numeroso, padecieron la masacre dirigida por Kit Carson, después de haberlos encarcelado como animales, reducir sus tierras y sacrificar sus rebaños de ovejas. La cosmología de los navajos es una de las más ricas, así como la de los iroqueses. La religión es para mantener la vida en espera de ir a cazar en las praderas sin fin que Manitú guarda para sus pueblos. Desde el siglo XIX, los navajos son grandes consumidores de peyote para favorecer el renacimiento religioso sin el esfuerzo de las ceremonias tradicionales y la búsqueda de la visión. La familia lingüística algonquina, que incluye arapajoe, pies negros, cheyenne, delawere y ojibwa, participan del concepto religioso clave de manitú, lo misterioso, lo sobrenatural. Creen en un Dios supremo, Kitshi Manitú, que es columna del universo. (Bajo él están el Sol y la Luna, la Madre Tierra y los señores de los animales, La Gran Liebre es el culto a un héroe, creador y benigno; su gemelo el Lobo, representa a las fuerzas más oscuras.)

Los indios Pueblo, (que habitan Arizona y Nuevo México), son pacíficos cultivadores del maíz que, en 1680, fueron aplastados por los españoles en nombre de la civilización y del dios de paz que diz que les llevaban. Tienen un complejo ritual y hermosas tradiciones relacionadas con la agricultura, la fijación exacta de los solsticios y las dramáticas danzas con máscaras de los antepasados para representar la primavera y el invierno. (Mañana os contaré algo sobre La danza del sol y Las gentes del maíz)

Prof. Gª Fajardo, Emérito U.C.M.

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