NO PODEMOS INHIBIRNOS. ESTABA PLANIFICADO

Causalidad de la pandemia, cualidad de la catástrofe
El principal peligro que enfrentamos es considerar al nuevo coronavirus como un fenómeno aislado, sin historia, sin contexto social, económico, cultural.
Ángel Luis Lara

“No volveremos a la normalidad. La normalidad era el problema”
“No volveremos a la normalidad. La normalidad era el problema”

1.

En octubre de 2016 los lechones de las granjas de la provincia de Guangdong, en el sur de China, comenzaron a enfermar con el virus de la diarrea epidémica porcina (PEDV), un coronavirus que afecta a las células que recubren el intestino delgado de los cerdos. Cuatro meses después, sin embargo, los lechones dejaron de dar positivo por PEDV, pese a que seguían enfermando y muriendo. Tal y como confirmó la investigación, se trataba de un tipo de enfermedad nunca visto antes y al que se bautizó como Síndrome de Diarrea Aguda Porcina (SADS-CoV), provocada por un nuevo coronavirus que mató a 24.000 lechones hasta mayo de 2017, precisamente en la misma región en la que trece años antes se había desatado el brote de neumonía atípica conocida como “SARS”.

En enero de 2017, en pleno desarrollo de la epidemia porcina que asolaba a la región de Guangdong, varios investigadores en virología de Estados Unidos publicaban un estudio en la revista científica “Virus Evolution” que señalaba a los murciélagos como la mayor reserva animal de coronavirus en el mundo. Las conclusiones de la investigación desarrollada en China acerca de la epidemia de Guangdong coincidieron con el estudio estadounidense: el origen del contagio se localizó, precisamente, en la población de murciélagos de la región. ¿Cómo una epidemia porcina había podido ser desatada por los murciélagos? ¿Qué tienen que ver los cerdos con estos pequeños animales alados? La respuesta llegó un año más tarde, cuando un grupo de investigadores e investigadoras chinas publicó un informe en la revista Nature en el que, además de señalar a su país como un foco destacado de la aparición de nuevos virus y enfatizar la alta posibilidad de su transmisión a los seres humanos, apuntaban que el incremento de las macrogranjas de ganado había alterado los nichos de vida de los murciélagos. Además, el estudio puso de manifiesto que la ganadería industrial intensiva ha incrementado las posibilidades de contacto entre la fauna salvaje y el ganado, disparando el riesgo de transmisión de enfermedades originadas por animales salvajes cuyos hábitats se están viendo dramáticamente afectados por la deforestación. Entre los autores de este estudio figura Zhengli Shi, investigadora principal del Instituto de Virología de Wuhan, la ciudad en la que se ha originado el actual COVID-19, cuya cepa es idéntica en un 96% al tipo de coronavirus encontrado en murciélagos a través del análisis genético.

2.

En 2004, la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, más conocida como FAO por sus siglas en inglés, señalaron el incremento de la demanda de proteína animal y la intensificación de su producción industrial como principales causas de la aparición y propagación de nuevas enfermedades zoonóticas desconocidas, es decir, de nuevas patologías transmitidas por animales a los seres humanos. Dos años antes, la organización por el bienestar de los animales Compassion in World Farming había publicado un interesante informe al respecto. Para su elaboración, la entidad británica utilizó datos del Banco Mundial y de la ONU sobre industria ganadera que fueron cruzados con informes acerca de las enfermedades transmitidas a través del ciclo mundial de producción de alimentos. El estudio concluyó que la llamada “revolución ganadera”, es decir, la imposición del modelo industrial de la ganadería intensiva ligado a las macrogranjas, estaba generando un incremento global de las infecciones resistentes a los antibióticos, así como arruinando a los pequeños granjeros locales y promoviendo el crecimiento de las enfermedades transmitidas a través de los alimentos de origen animal.

En 2005, expertos de la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial de Sanidad Animal, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos y el Consejo Nacional del Cerdo de dicho país elaboraron un estudio en el que trazaron la historia de la producción ganadera desde el tradicional modelo de pequeñas granjas familiares hasta la imposición de las macro-granjas de confinamiento industrial. Entre sus conclusiones, el informe señaló como uno de los mayores impactos del nuevo modelo de producción agrícola su incidencia en la amplificación y mutación de patógenos, así como el riesgo creciente de diseminación de enfermedades. Además, el estudio apuntaba que la desaparición de los modos tradicionales de ganadería en favor de los sistemas intensivos se estaba produciendo a razón de un 4% anual, sobre todo en Asia, África y Sudamérica.

A pesar de los datos y las llamadas de atención, nada se ha hecho para frenar el desarrollo de la ganadería industrial intensiva. En la actualidad China y Australia concentran el mayor número de macrogranjas del mundo. En el gigante asiático la población de ganado prácticamente se triplicó entre 1980 y 2010. China es el productor ganadero más importante del mundo, concentrando en su territorio el mayor número de “landless systems” (sistemas sin tierra), macroexplotaciones ganaderas en las que se hacinan miles de animales en espacios cerrados. En 1980 solamente un 2,5% del ganado existente en China se criaba en este tipo de granjas, mientras que en 2010 ya abarcaba al 56%.

Como nos recuerda Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC), una organización internacional enfocada en la defensa de la diversidad cultural y ecológica y de los derechos humanos, China es la maquila del mundo. La crisis desatada por la actual pandemia provocada por el COVID-19 no hace más que desnudar su papel en la economía global, particularmente en la producción industrial de alimentos y en el desarrollo de la ganadería intensiva. Sólo la Mudanjiang City Mega Farm, una macrogranja situada en el noreste de China que alberga a cien mil vacas cuya carne y leche se destinan al mercado ruso, es cincuenta veces más grande que la mayor granja de vacuno de la Unión Europea.

3.

Las epidemias son producto de la urbanización. Cuando hace alrededor de cinco mil años los seres humanos comenzaron a agruparse en ciudades con densidad poblacional, las infecciones lograron afectar simultáneamente a grandes cantidades de personas y sus efectos mortales se multiplicaron. El peligro de pandemias como la que nos afecta en la actualidad surgió cuando el proceso de urbanización de la población se hizo global. Si aplicamos este razonamiento a la evolución de la producción ganadera en el mundo las conclusiones son realmente inquietantes. En el espacio de cincuenta años la ganadería industrial ha “urbanizado” una población animal que previamente se distribuía entre pequeñas y medianas granjas familiares. Las condiciones de hacinamiento de dicha población en macro-granjas convierten a cada animal en una suerte de potencial laboratorio de mutaciones víricas susceptible de provocar nuevas enfermedades y epidemias. Esta situación es todavía más inquietante si consideramos que la población global de ganado es casi tres veces más grande que la de seres humanos. En las últimas décadas, algunos de los brotes víricos con mayor impacto se han producido por infecciones que, cruzando la barrera de las especies, han tenido su origen en las explotaciones intensivas de ganadería.

Michael Greger, investigador estadounidense en salud pública y autor del libro Bird Flu: A virus of our own hachting (Gripe aviar: un virus de nuestra propia incubación), explica que antes de la domesticación de pájaros hace unos 2.500 años, la gripe humana seguramente no existía. Del mismo modo, antes de la domesticación del ganado no se tiene constancia de la existencia del sarampión, la viruela y otras infecciones que han afectado a la humanidad desde que aparecieron en corrales y establos en torno al año 8.000 antes de nuestra era. Una vez que las enfermedades saltan la barrera entre especies pueden difundirse entre la población humana provocando trágicas consecuencias, como la pandemia desatada por un virus de gripe aviar en 1918 y que tan sólo en un año acabó con la vida de entre 20 y 40 millones de personas.

Como explica el doctor Greger, las condiciones de insalubridad en las atestadas trincheras durante la Primera Guerra Mundial no sólo figuran entre las variables que causaron una rápida propagación de la enfermedad en 1918, sino que están siendo replicadas hoy en día en muchas de las explotaciones ganaderas que se han multiplicado en los últimos veinte años con el desarrollo de la ganadería industrial intensiva. Billones de pollos, por ejemplo, son criados en estas macrogranjas que funcionan como espacios de hacinamiento susceptibles de generar una tormenta perfecta de carácter vírico. Desde que la ganadería industrial se ha impuesto en el mundo, los anuales de medicina están recogiendo enfermedades antes desconocidas a un ritmo insólito: en los últimos treinta años se han identificado más de treinta nuevos patógenos humanos, la mayoría de ellos virus zoonóticos inéditos como el actual COVID-19.

4.

El biólogo Robert G. Wallace publicó en 2016 un libro importante para trazar la conexión entre las pautas de la producción agropecuaria capitalista y la etiología de las epidemias que se han desatado en las últimas décadas: Big Farms Make Big Flu (Las macrogranjas producen macrogripe). Hace unos días, Wallace concedió una entrevista a la revista alemana Marx21 en la que enfatiza una idea clave: focalizar la acción contra el COVID-19 en el despliegue de medidas de emergencia que no combatan las causas estructurales de la pandemia constituye un error de consecuencias dramáticas. El principal peligro que enfrentamos es considerar al nuevo coronavirus como un fenómeno aislado.

Tal y como explica el biólogo estadounidense, el incremento de los incidentes víricos en nuestro siglo, así como el aumento de su peligrosidad, se ligan directamente con las estrategias de negocio de las corporaciones agropecuarias, responsables de la producción industrial intensiva de proteína animal. Estas corporaciones están tan preocupas por el beneficio económico que asumen como un riesgo rentable la generación y propagación de nuevos virus, externalizando los costes epidemiológicos de sus operaciones a los animales, las personas, los ecosistemas locales, los gobiernos y, tal y como está poniendo de manifiesto la actual pandemia, al propio sistema económico mundial.

Pese a que el origen exacto del COVID-19 no está del todo claro, señalándose como posible causa del brote vírico tanto a los cerdos de las macrogranjas como al consumo de animales salvajes, esta segunda hipótesis no nos aleja de los efectos directos de la producción agropecuaria intensiva. La razón es sencilla: la industria ganadera es responsable de la epidemia de Gripe Porcina Africana (ASF) que asoló las granjas chinas de cerdos el pasado año. Según Christine McCracken, una analista en proteína animal de la multinacional financiera holandesa Rabobank, la producción china de carne de cerdo podría haber caído un 50% al final del año pasado. Considerando que, al menos antes de la epidemia de ASF en 2019, la mitad de los cerdos que existían en el mundo se criaban en China, las consecuencias para la oferta de carne porcina están resultando dramáticas, particularmente en el mercado asiático. Es precisamente esta drástica disminución de la oferta de carne de cerdo la que habría motivado un aumento de la demanda de proteína animal proveniente de la fauna salvaje, una de las especialidades del mercado de la ciudad de Wuhan que algunos investigadores han señalado como el epicentro del brote de COVID-19.

5.

Frédéric Neyrat publicó en 2008 el libro Biopolitique des catastrophes (Biopolítica de las catástrofes), un término con el que define un modo de gestión del riesgo que no pone nunca en cuestión sus causas económicas y antropológicas, precisamente la modalidad de comportamiento de los gobiernos, las élites y una parte significativa de las poblaciones mundiales en relación con la actual pandemia. En la propuesta analítica del filósofo francés, las catástrofes implican una interrupción desastrosa que desborda el supuesto curso normal de la existencia. Pese a su aparente carácter de evento, constituyen procesos en marcha que manifiestan, aquí y ahora, los efectos de algo ya en curso. Como señala el propio Neyrat, una catástrofe siempre sale de alguna parte, ha sido preparada, tiene una historia.

La pandemia que nos asola dibuja con eficacia su condición de catástrofe, entre otras cosas, en el cruce entre epidemiología y economía política. Su punto de partida se ancla directamente en los trágicos efectos de la industrialización capitalista del ciclo alimenticio, particularmente de la producción agropecuaria. Amén de las cualidades biológicas intrínsecas al propio coronavirus, las condiciones de su propagación incluyen el efecto de cuatro décadas de políticas neoliberales que han erosionado dramáticamente las infraestructuras sociales que ayudan a sostener la vida. En esa deriva, los sistemas públicos de salud se han visto particularmente golpeados.

Desde hace días circulan por las redes sociales y los teléfonos móviles testimonios del personal sanitario que está lidiando con la pandemia en los hospitales. Muchos de ellos coinciden en el relato de una condición general catastrófica caracterizada por una dramática falta de recursos y de profesionales sanitarios. Como apunta Neyrat, la catástrofe siempre posee una historicidad y se sujeta a un principio de causalidad. Desde comienzos del presente siglo, diferentes colectivos y redes ciudadanas han estado denunciando un profundo deterioro del sistema público de salud que, a través de una política continuada de descapitalización, ha llevado prácticamente al colapso de la sanidad en España. En la Comunidad de Madrid, territorio particularmente golpeado por el COVID-19, el presupuesto per cápita destinado al sistema sanitario se ha ido reduciendo críticamente en los últimos años, al tiempo que se ha desatado un proceso creciente de privatización. Tanto la atención primaria como los servicios de urgencia de la región se encontraban ya saturados y con graves carencias de recursos antes de la llegada del coronavirus. El neoliberalismo y sus hacedores políticos nos han sembrado tormentas que un microorganismo ha convertido en tempestad.

6.

En medio de la pandemia habrá seguramente quien se afane en la búsqueda de un culpable, ya sea en la piel del chivo expiatorio o en el papel de villano. Se trata, seguramente, de un gesto inconsciente para ponerse a salvo: encontrar a quien atribuir la culpa tranquiliza porque desplaza la responsabilidad. Sin embargo, más que empeñarnos en desenmascarar a un sujeto, resulta más oportuno identificar una forma de subjetivación, es decir, interrogarnos acerca del modo de vida capaz de desatar estragos tan dramáticos como los que hoy nos atraviesan la existencia. Se trata, sin duda, de una pregunta que ni nos salva ni nos reconforta y, mucho menos, nos ofrece un afuera. Básicamente porque ese modo de vida es el nuestro.

Un periodista se aventuraba hace unos días a ofrecer una respuesta acerca del origen del COVID-19: “el coronavirus es una venganza de la naturaleza”. En el fondo no le falta razón. En 1981 Margaret Thatcher dejaba una frase para la posteridad que desvelaba el sentido del proyecto del que participaba: “la economía es el método, el objetivo es cambiar el alma”. La mandataria no engañaba a nadie. Hace tiempo que la razón neoliberal nos ha convertido el capitalismo en estado de naturaleza. La acción de un ser microscópico, sin embargo, no sólo está consiguiendo llegarnos también al alma, además ha abierto una ventana por la que respiramos la evidencia de aquello que no queríamos ver. Con cada cuerpo que toca y enferma, el virus clama porque tracemos la línea de continuidad entre su origen y la cualidad de un modo de vida cada vez más incompatible con la vida misma. En este sentido, por paradójico que resulte, enfrentamos un patógeno dolorosamente virtuoso. Su movilidad etérea va poniendo al descubierto todas las violencias estructurales y las catástrofes cotidianas allí donde se producen, es decir, por todas partes. En el imaginario colectivo comienza a calar una racionalidad de orden bélico: estamos en guerra contra un coronavirus. Tal vez sea más acertado pensar que es una formación social catastrófica la que está en guerra contra nosotros desde hace ya demasiado tiempo.

En el curso de la pandemia, las autoridades políticas y científicas nos señalan a las personas como el agente más decisivo para detener el contagio. Nuestro confinamiento es entendido en estos días como el más vital ejercicio de ciudadanía. Sin embargo, necesitamos ser capaces de llevarlo más lejos. Si el encierro ha congelado la normalidad de nuestras inercias y nuestros automatismos, aprovechemos el tiempo detenido para preguntarnos acerca de ellos. No hay normalidad a la que regresar cuando aquello que habíamos normalizado ayer nos ha llevado a esto que hoy tenemos. El problema que enfrentamos no es sólo el capitalismo en sí, es también el capitalismo en mí. Ojalá el deseo de vivir nos haga capaces de la creatividad y la determinación para construir colectivamente el exorcismo que necesitamos. Eso, inevitablemente, nos toca a la gente común. Por la historia sabemos que los gobernantes y poderosos se afanarán en intentar lo contrario. No dejemos que nos enfrenten, nos enemisten o nos dividan. No permitamos que, amparados una vez más en el lenguaje de la crisis, nos impongan la restauración intacta de la estructura de la propia catástrofe. Pese a que aparentemente el confinamiento nos ha aislado a los unos de los otros, lo estamos viviendo juntos. También en eso el virus se muestra paradójico: nos sitúa en un plano de relativa igualdad. De algún modo, rescata de nuestra desmemoria el concepto de género humano y la noción de bien común. Tal vez los hilos éticos más valiosos con los que comenzar a tejer un modo de vida otro y otra sensibilidad.

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Cómo sobrevivir en un mundo incierto e inestable

Lecturas de un viejo profesor

Este es el fin que mueve este atinado texto: diagnosticar el humus cultural y social de nuestro tiempo. “Mundo volátil. Cómo sobrevivir en un mundo incierto e inestable”. Francesc Torralba. Kairós 20 ​​​​​​¿Cómo proyectar una vida con sentido? ¿Cuál puede ser el para qué que sostenga nuestra existencia en contextos de volatilidad? El anhelo de lo sólido subsiste en esta sociedad gaseosa: todo ser humano, para poder asentar su existencia, necesita un punto fijo, inamovible, que le dé seguridad.

El sentido en la sociedad de la incertidumbre tiene su lugar en el presente, en la inmediatez, en la experiencia puntual humana.

Confieso que he devorado este libro, lápiz en mano, sin poder dejarlo hasta el final. Y aún, desde entonces, ideas expresadas en una elegante prosa, aparecen en la meditación y las dejo desplegarse y pasar, mientras camino o en cualquier momento. Es uno de esos libros que, a mis alumnos más próximos, confieso que a veces pongo debajo de mi almohada.
En lugar de una crítica o reseña al uso, preferiría copiarles párrafos que he subrayado; pero no se estila. La modernidad se ha licuado y es la causa de una época en la que todo fluye y nada permanece. Es el diagnóstico del profesor Zygmunt Bauman, pero que en nuestra sociedad ha alcanzado extremos paroxísticos, hasta convertirse en el epítome de una sociedad gaseosa en cuya atmósfera acrítica se diluyen los impactos más inquietantes, en palabras de Ignacio Camacho citado por el autor.

Todo se ha vuelto líquido: la política que padecemos, el poder, la economía, la cultura, la religión, las emociones, los valores y las creencias.

Ni siquiera se respetan los valores que la han sostenido desde el siglo XVIII, como la libertad, la igualdad y la fraternidad, han perdido su consistencia; pero también el espíritu de emancipación, la idea de progreso, de razón y la esperanza de un futuro mejor.

Para no extenderme y que el lector pueda saborear este hermoso y profundo libro, quiero citar uno de los párrafos que más me han conmovido: La hiperestimulación audiovisual también atrofia la capacidad de sentir con profundidad las grandes emociones. No basta con una imagen para activar la compasión; no es suficiente un tuit para despertar la indignación. Sólo quien está atento al relato del otro, a la expresión de su rostro, al tono de su voz, a sus silencios elocuentes, puede hacerse cargo de lo vivido por su interlocutor y experimentar emociones como la compasión o la indignación.
Pero yo añadiría que no basta con la compasión, que ya es mucho, si no somos capaces de asumir un compromiso social y concreto.

Este es el fin que mueve este atinado texto: diagnosticar el humus cultural y social de nuestro tiempo. En este instante de vida que habitamos, debemos aprender a convivir con las características de la historia de nuestra sociedad: heredera de la revolución industrial, una sociedad líquida derivada de la eclosión de la revolución digital y esa sociedad gaseosa del instante presente que va emergiendo.

El autor nos ofrece las claves para afrontar este nuevo espacio vital, la búsqueda y el encuentro con nuevos mapas culturales que nos orienten en un mundo volátil.

La sacralización del instante, del aquí y ahora, es el único camino para dotar de sentido una existencia que ha dejado de ser un relato para convertirse en un punto diminuto de un cuadro impresionista.

Francesc Torralba es profesor de Ética y de Antropología filosófica en la Universitat Ramon Llull de Barcelona. Dirige la Cátedra Ethos de Ética Aplicada de la misma universidad y el Ramon Llull Journal of Applied Ethics.

José Carlos Gª Fajardo
Profesor Emérito U.C.M

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No intentemos saltar por encima de nuestras sombras… ni que estas nos “condicionen”. Adelante siempre.

“En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte, es el escultor y es el mármol, el médico y el paciente.”

Erich Fromm, psicólogo alemán

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¿Quien manejaba ese virus y se le escapó?

¿Hemos considerado por qué esa dispersión, escapada, y ojalá que no mute, del virus estaba siendo tratado en esa región de China y tardaron varios días en mostrarnos la foto del cadáver del supuesto científico que lo manejaba? Con el régimen chino fue drástico el cercar a la población imponer medidas draconianas y “levantar en unas semanas un par de edificios de urgencia médica” Bravo. En China eso y mucho más es posible Con Emperador, Pdte de República, Mao y lo que se tercie. ¿PERO DE DONDE SALIO ESE VIRUS? ¿Qué buscaban?… Sobre esto tenemos que trabajar. Sed cui prodest scelus? A estas alturas… las casualidades y viniendo de donde vienen y con la lucha sin cuartel que tenemos encima… INVESTIGUEMOS.

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Remembranzas El hombre en rebeldía, de Albert Camus

Remembranzas

El hombre en rebeldía, de Albert Camus

“Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene culpa ni razón. Se pueden atizar los hornos crematorios del mismo modo que cabe dedicarse a cuidar leprosos. Maldad y virtud son, entonces, azar o capricho”.

Testigo moral de la Europa destruida por la Segunda Guerra Mundial, las obras de creación y las reflexiones teóricas de Albert Camus (1913-1960) constituyen el anverso y el reverso de una única indagación en torno a la complejidad y la ambigüedad de la condición humana.
El hombre en rebeldía es una ambiciosa exploración del mundo moderno desde la Revolución francesa a la Revolución rusa, pasando por Sade, Marx, el anarquismo, Nietzsche, los nihilistas, el terrorismo y el surrealismo.
Dos siglos de rebeldía, metafísica o histórica, se ofrecen a nuestra reflexión… sus palabras ofrecen una hipótesis que explica la desmesura de nuestro tiempo. Yo, admirador confeso del autor, me he limitado a entresacar algunas de sus reflexiones sobre la rebeldía que parece volver a resurgir en el alma de nuestros pueblos.
¿Qué es un hombre en rebeldía? Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia, es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato. ¿Cuál es el contenido de este no?… Así, el movimiento de rebeldía se apoya, al mismo tiempo, en la negación categórica de una intrusión juzgada intolerable y en la certeza confusa de un derecho justo, más exactamente en la impresión en el hombre en rebeldía de que tiene “derecho a…” La rebeldía no renuncia a la sensación de que uno mismo, en cierta medida, tiene razón.
El hombre en rebeldía, L’Homme révolté, en el sentido etimológico, se revuelve contra todo, sobre todo contra sí mismo. Caminaba bajo el azote del amo. Ahora planta cara. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. Todo valor no conduce a la rebeldía, pero todo movimiento de rebeldía invoca tácitamente un valor.
La comunidad de las víctimas es la misma que la que une a la víctima con el verdugo, pero el verdugo no lo sabe.
El esclavo se subleva por todas las existencias a un tiempo cuando juzga que, bajo este orden, se le niega algo que no le pertenece únicamente a él, sino que es un ámbito común en el que todos los hombres, incluso el que lo insulta y lo oprime, tienen dispuesta una comunidad.
El hombre en rebeldía no se reserva nada, puesto que lo pone todo en juego. Exige, sin duda, el respeto a sí mismo, pero en la medida en que se identifica con una comunidad natural.
La rebeldía no nace sólo en el oprimido, sino que puede nacer asimismo ante el espectáculo de la opresión de la que otro es víctima
En la experiencia del absurdo, el sufrimiento es individual. A partir del movimiento de la rebeldía, cobra conciencia de ser colectivo, es la aventura de todos… El mal que sufría un solo hombre se hace peste colectiva. Pero Camus rechaza el absurdo “Hay que imaginar a Sísifo feliz” pero Sísifo en el desprecio a los dioses del absurdo, vuelve a su roca, hace de ella su destino y encuentra ¿la felicidad? Es decir que la felicidad y el absurdo son dos aspectos de la única existente; depende de la voluntad del ser humano el que se ilumine una u otra cara; para hacerlo dispone de su libertad. Por eso, yo opino que este también es un falso mito, una vez más, para mantenernos sujetos por el miedo. La solución que propongo desde hace muchos años: Sísifo espera a que baje la roca y él, en lugar de la melonada de volver a subirla, se sube el encima, saca la gaita y le mea a placer encima. Jooooo…. ¡Qué alivio!
(“La única manera cierta de equivocarse es hacer daño a los demás”, frase que Calígula joven no pronuncia, sino que es referida por Escipión) Hagamos lo que hagamos, la desmesura guardará siempre su sitio en el corazón del hombre, en lugar de la soledad. Todos llevamos en nosotros nuestros presidios, nuestros crímenes y nuestros estragos. Pero nuestra tarea no está en desatarlos por el mundo; sino en combatirlos en nosotros mismos y en los otros. La rebeldía, la secular voluntad de no soportar, está al principio de este combate. Madre de las formas, fuente de verdadera vida, nos mantiene siempre en pie en el movimiento informe y furioso de la historia.
Lo que suena para nosotros en los confines de esta larga aventura, no son fórmulas de optimismo, que no nos importan en el extremo de nuestra desdicha, sino palabras de ánimo y de inteligencia que, junto al mar, hasta son virtud.
Se comprende, entonces, que la rebeldía no puede prescindir de un extraño amor. Los que no hallan reposo ni en Dios ni en la historia se condenan a vivir para los que, como ellos, no pueden vivir: para los humillados. Esta loca generosidad es la de la rebeldía, que da sin esperar su fuerza de amor y rechaza sin demora la injusticia. Su honor consiste en no calcular nada, en compartirlo todo en la vida presente y a sus hermanos vivos. La verdadera generosidad con el porvenir consiste en darlo todo al presente.
“Al término de estas tinieblas es inevitable, sin embargo, una luz que ya adivinamos y sólo tenemos que luchar para que sea. Más allá del nihilismo, todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacer. Pero pocos lo saben”.
“Desesperan de la libertad de las personas y sueñan con una extraña libertad de la especie; rechazan la muerte solitaria, y llaman inmortalidad a una prodigiosa agonía colectiva. Ya no creen en lo que es, en el mundo y en el hombre, vivo; el maldito secreto de Europa está en que ya no ama la vida.
En el mediodía del pensamiento, el rebelde rehúsa así la divinidad para compartir las luchas y el destino comunes. Nosotros elegiremos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción lúcida, la generosidad del ser humano que sabe. En la luz, el mundo sigue siendo nuestro primero y último amor. Nuestros hermanos respiran bajo el mismo cielo que nosotros, la justicia vive. Entonces, nace la alegría extraña que ayuda a vivir y a morir y que nosotros rechazamos en adelante aplazar para más tarde. En la tierra dolorosa, ella es la cizaña incansable, el amargo alimento, el viento duro venido de los mares, la antigua y la nueva aurora. Con ella, a lo largo de los combates, reconstruiremos el alma de este tiempo, y no Europa que no excluirá nada ni a nadie. ¡Pero si el planeta Tierra no es nada comparado con el Cosmos: ¡Pero lo es todo, comparándolo con la nada! (por eso, tantas veces escuchabais en mis clases la rotunda expresión: Yo sé quién soy). Un ser para los demás, para la justicia, para la solidaridad de hacer propias las miserias ajenas, para la bondad, para el amor… para el camino.
Decidme si estas reflexiones no os conmueven y en algún momento no os han hecho pensar. Pero, esta etapa le lleva a La Revolte después escribir joyas como La Peste, El extranjero o el mito de Sísifo por los que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957, y, poco antes de morir a los 47 años, en un accidente de circulación, también absurdo, había declarado a un periodista: “Mi obra aún no ha empezado”.
Así concluyó una conferencia inolvidable en Paris en donde yo, a mis 18 años, disfrutaba de una beca: “Mi vida se contiene en cuatro etapas: El goce de vivir, El absurdo, La rebelión y ahora me encuentro “en quette de la sagesse” … y en esa espera el cocheen el que iba se estrelló contra un árbol. Y yo lloré cuando lo supe porque algo mío, nuestros, también se tambaleaba. Y en este espacio en donde escribo… también se me ha humedecido algo en mi interior, pero que me anima a seguir adelante.
José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito, Universidad Complutense

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Albert Schweitzer médico suizo en Lambéréné

El sabio y maestro suizo Albert Schweitzer,y creador del Centro médico de Lamberené en África

Estas frases pertenecen a la serie Remembranzas, de las que “ahora” acabo de “perder” en este PC un amplio texto sobre la labor del voluntariado social que yo he vivido. Si logro recuperarlas, mañana las compartiremos

Frases de Albert Schweitzer, médico suizo fundador de Centros médicos en Lambéréné:

Debemos luchar contra el espíritu inconsciente de crueldad con que tratamos a los animales.
Los animales sufren tanto como nosotros.
La verdadera humanidad no nos permite imponer tal sufrimiento en ellos.
Es nuestro deber hacer que el mundo entero lo reconozca. Hasta que extendamos nuestro círculo de compasión a todos los seres vivos, la humanidad no hallará la paz.
Mientras el círculo de su compasión no abarque a todos los seres vivos, el hombre no hallará la paz por sí mismo.
Teniendo respeto y reverencia por la vida, entramos en una relación espiritual con el mundo.
Ninguna religión o filosofía que no se base en el respeto por la vida no es una religión o una filosofía verdadera.
Desde una ingenua simplicidad se llega a la más profunda sencillez.
El miedo reina sobre la vida.
La bondad puede hacer mucho. Como el sol que derrite el hielo, la bondad evapora los malos entendidos, la desconfianza y la hostilidad.
La ética no es otra cosa que la reverencia por la vida.
Cualquiera que ha sido acostumbrado a cuidar de la vida de cualquier criatura viviente tiene una chance insignificante de arribar a la idea de que la vida humana es despreciable.
La tragedia de la vida es lo que muere dentro de un hombre mientras vive.
El verdadero valor de un hombre no se encuentra en el hombre mismo, sino en los colores y texturas que cobran vida en otros.
Hay dos medios para refugiarse de la miseria de la vida: la música y los gatos.
No hay mayor religión que la ayuda humanitaria. Trabajar por el bien común es el mayor credo.
Afirmar la vida es para mí profundizar y exaltar la voluntad de vivir.
Con veinte años todos tienen el rostro que Dios les ha dado; con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen.
Según vamos adquiriendo conocimiento, las cosas no se hacen más comprensibles, sino más misteriosas.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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Contribuyamos a un clima mejor

El 26 marzo Día Mundial del Clima

Vamos como sonámbulos, sin saber lo que estamos haciendo o hacia dónde nos dirigimos. Si podemos despertarnos o no depende de si podemos caminar conscientemente en nuestra Madre Tierra.
El futuro de toda la vida, incluida la nuestra, depende de nuestros pasos conscientes.Tenemos que escuchar las campanas de la atención plena que están sonando en todo nuestro planeta. Tenemos que aprender a vivir de una manera tal que sea posible un futuro para nuestros hijos y nuestros nietos.
He pensado durante mucho tiempo y he reflexionado
sobre el calentamiento global, y la enseñanza de los Maestros es muy clara.
Si continuamos viviendo como hemos estado viviendo,
consumiendo sin pensar en el futuro, destruyendo nuestros bosques y emitiendo gases de efecto invernadero, el devastador cambio climático es inevitable.
Gran parte de nuestro ecosistema será destruido. Los niveles del mar subirán y las ciudades costeras se inundarán, obligando a cientos de millones de refugiados a abandonar sus hogares, creando guerras y brotes de enfermedades infecciosas. (A pesar de lo que en mala e irresponsable hora el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, saliera con la miserable frase de “que su primo era profesor de Física, le pregunté y me dijo que eso era una tontería” ¡Qué irresponsable!
Necesitamos una especie de despertar colectivo. Entre nosotros hay hombres y mujeres que están despiertos, pero no es suficiente; Millones de seres humanos todavía están dormidos, que no es lo mismo que durmiendo (en palabras de Cela). No pueden escuchar el sonido de las campanas, del viento, del mar y de las estrellas.
Cada día, así como cada instante, son para celebrar el clima que nos alienta, pero como “recurso” para no hundirnos sin remedio en la catástrofe se ha instaurado que el 26 de marzo celebremos el Día mundial del Clima.
Si piensas que no sabes cómo cooperar en este movimiento solidario, pasa la palabra, difunde información en Centros especializados. Pero no te quedes de brazos cruzados pensando que tu acción sería como una gota de agua. De eso se trata, de que caigamos en la cuenta de que, sin esa “gota”, el mar, los ríos, las nubes, el aire, la naturaleza y todos los animales y seres vivos la echaríamos de menos.
Pasa la palabra, nosotros, cada uno, podemos aliviar y hasta cambiar este descomunal ataque al clima y al medio ambiente. Sin esa gota de agua, el mar la echaría de menos.

José Carlos Gª Fajardo. Profesor Emérito U.C.M

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