Paredes pintadas en Assilah

Este texto pertenece a El sereno de Asilah, cuadernos de viaje

Cap 6 Paredes pintadas

“¿Qué sucede cuando una ciudad tiene de ediles a dos artistas, uno pintor y otro fotógrafo? El resultado es que, en esa ciudad, el arte se apodera de la calle y rige su destino. Se produce también un profundo deseo de convertir la vida en fiesta, que se ha de producir en cualquier momento, por cualquier razón que se presente”, escribe el poeta congoleño Tchicaya U Tam’si, que descubrió esta ciudad en 1981 y ya nunca pudo dejar de volver una y otra vez. “Yo amo Asilah, escribe, con un amor apasionado. Asilah, no me canso de volver a ella, en busca de serenidad. De paciencia. Enseguida la comprendemos, como a un corazón amado. Y, sin embargo, siempre solicitamos una prueba más de que somos aún y siempre amados. ¡La evidencia tiene la claridad de sus muros encalados de un blanco nieve espumoso! El sol le añade un sabor de golosina. Uno se siente ávido de vida, desearía ser un gato y solicitar sus caricias. Los muros de Asilah son el susurrado canto de las manos que los han construido.”

Mohamed Benaïssa y Mohamed Melehi fueron compañeros de clase desde los 4 años en Asilah. Ambos pertenecían a dos antiguas familias y continuaron estudios en España y en Italia, de pintura, Melehi, mientras Benaïssa, en El Cairo, estudia arte dramático y comunicación, que habría de culminar en EEUU. Pero, al menos Benaïssa, y después ya juntos en Nueva York. El trabajo de Benaïssa en la FAO le lleva a recorrer el mundo, pero cada año pasa el verano en Asilah, que era ya para él “un proyecto de vida”.

“Desarrollé entonces un deseo de emigrar culturalmente”, escribe Melehi. Yo soñaba con evadirme. Escaparme hacia otro mundo. Quería integrarme en ese otro mundo gracias a la imagen: al dibujo y a la pintura”. Y en otro lugar confiesa “¿Qué puede hacer el arte? ¿Qué puede hacer un artista? ¿Cómo realizar un arte capaz de cambiar el mundo?

Melehi, junto con otros artistas, abandonan el Salón de Primavera de Marrakech y montan una exposición paralela en la plaza Jemaa El Fna, que será el inicio de la formidable aventura artística montada en Asilah. Con esos pintores que le acompañaron en su rebeldía al abandonar el salón oficial van a organizar la quimérica tarea de vestir de colores las paredes blancas de la medina de Asilah, que ya nunca dejaron de hacerse a comienzos de verano hasta nuestros días.

Fundan la Asociación Cultural Al Muhit en 1978 y después organizan el Mussem Cultural de Asilah. ¿Por qué mussem? Significa estación, y temporada de fiestas religiosas o agrarias. Se ha preferido este término y no el de festival (mahrajane) porque comporta toda una connotación local. Los dos amigos se presentan a las elecciones al ayuntamiento de Asilah para poder llevar a cabo su sueño de transformar su ciudad para evitar que cayera en manos de unos promotores turísticos que querían servirse del recinto amurallado como de un circo romano. Melehi y Benaïssa, impresionados por el estado de abandono y suciedad de su ciudad, organizaron la “operación de pinturas murales”: participan once pintores que pidieron la colaboración de los niños. Todavía hoy se ven a niños ayudando cada año a los pintores que se turnan para realizar los murales famosos ya en todo el mundo.

Asilah, ciudad de las artes. Asilah es célebre hoy por sus paredes pintadas… Los muros blancos de la ciudad, por tradición secretos, se transformaron en inmensos campos de colores propicios a la evasión, gracias a la complicidad de todos. Los habitantes de Asilah visten de color su ciudad. En unas calles llenas de baches y de porquerías dos grandes artistas, Melehi y Farid Belkahia diseñan baldosas en forma de olas que cubren las calles de esa medina que recorro cada mañana y cada noche. Lo que pudo haber sido una fantasía de bohemios para cubrir los desconchados de las paredes, convierten la medina cada verano en un auténtico museo que cuidan todos los habitantes porque se sienten involucrados en el proyecto de recuperación de su ciudad.

Unas pinturas sobre las paredes de las casas se convierten en artísticos murales en Asilah, mientras que, en otros muchos lugares, esas paredes son robadas por anónimos graffiteros para expresar su dolor, su rabia y su rebeldía ante la situación socioeconómica de gran parte de la humanidad.

Millones de paredes pintadas por graffiteros anónimos producen un comprensible malestar en muchas personas de buena voluntad. Las interpretan como un atentado a la belleza, pero, sobre todo, a la propiedad privada. Cuando un fenómeno se produce en decenas de países, en cientos de miles de ciudades y en muchos millones de fachadas es necesario reflexionar sobre lo que mueve a tantas personas jóvenes a utilizar ese medio de expresión. Gritos de silencio y desde la soledad que no podemos liquidar con un frívolo rechazo. No vaya a sucedernos como a los habitantes del Imperio Romano que no supieron interpretar a tiempo las señales que les enviaban sin cesar los bárbaros y pagaron las consecuencias echando a perder una inmensa cultura que hubiera podido enriquecerse con una relación más justa con los pueblos de las tierras que habían conquistado sin derecho alguno. Sólo en nombre del poder y de la fuerza. Estos conceptos hoy son interpretados de distinta manera, pero con la misma fuerza por los más de mil millones de seres del planeta que padecen hambre, guerras, marginación y explotación por parte de nosotros, los desarrollados, los ricos, los poderosos que pretendemos imponer una concepción de la vida y unos modelos de desarrollo que chocan con tradiciones y culturas, con modos de vida que no siempre conocemos y respetamos como es debido. Por otra parte, este presunto modelo de desarrollo sólo ha producido riqueza, desarrollo y confort para una parte muy pequeña de la humanidad, y a costa del esfuerzo y de las riquezas naturales de millones de seres en más de la mitad de los países de la tierra. Luego, como habitantes de este Imperio del pensamiento único y de la globalización financiera conviene que “nos demos por enterados” de los mensajes que quizás nos están enviando estos nuevos extranjeros. Darse por enterado es una expresión muy española de difícil traducción a otras lenguas.
Prof. José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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La nada ocupa su puesto

Andaba el Maestro ocupado en preparar bien la llegada del invierno, y la partida de Ting Chang, así que los tenía siempre ocupados en el tiempo que no dedicaban a la meditación. Se entretenían en el estanque, limpiaban alcorques, podaba ramas secas, en espera de la gran poda de invierno. Pero Sergei se daba cuenta de que andaba algo preocupado por la partida del Noble Ting Chang, llamado por su padre a su residencia en Shangai. No a Pekín, como habían pensado.
– Maestro – le dijo Sergei -, aunque quizás no andes de humor para contar historias con esto de la marcha de Ting Chang a su casa, pero a mí me gustaría que nos contaras más cuentos.
– Vamos allá -liebre tierna -. En la corte de Tamerlán se celebró un banquete de gran esplendor y los más importantes personajes se aprestaban a participar. Eran enormes las colas, los guardas y las escoltas. Pero, entre ellos, acertó a pasar un humilde ermitaño en el que nadie reparó, quizás por la sencillez de su túnica.
Al ver la puerta abierta, el anacoreta entró, y fue caminando hasta el comedor en donde vio casi todos los puestos ocupados menos los de la cabecera. Y hacia allí se dirigió, sentándose sin más. El maestro de ceremonias se acercó indignado y le espetó:
– ¿Quién eres tú? ¿Acaso tú eres más importante que el Primer Ministro?
– Mi rango es superior al suyo -respondió.
– ¡No me lo puedo creer! ¿Te consideras más importante que el Gran Visir?
– ¿Cómo te lo diría? Mi rango es todavía muy superior.
– ¡Este hombre no sabe nada de nada! Es un ignorante que se cree superior al mismo Emperador.
– Así es, en efecto. En el escalafón que tú utilizas y que te hace padecer tantos quebrantos, mi rango es muy superior al del mismo Emperador, Conductor de los creyentes.
– ¡Por encima del Emir de los Creyentes sólo está el mismísimo Alá! ¡Por encima del Cual no existe nada! ¿Has entendido? ¡Nada!
– Ahora lo has descubierto. ¡Mira que eres corto, chambelán! Ahora ya puedes estar tranquilo y dejar de molestarme. Nada, esa es mi identidad.
Pero llegó el día de la partida y el Maestro se comportó como si fuera uno más en la aparente rutina de las chozas. Se despidió del noble médico con la naturalidad que hacía cuando los enviaba al pueblo con remedios y con alimentos. Pero esta vez, Ting Chang atravesó él solo la pequeña puerta que los separaba del monasterio en donde ya estaban aprestados los coches de la comitiva que los había de llevar hacia el Sureste, el mar de Huang Hai, tan alejado de las tierras entre Wulumuqi y Yumen, cercanas a Mongolia en donde se encontraban ellos. Sin volver el rostro, con un hatillo en su mano izquierda se dirigió a despedirse del Abad y de los Priores que ya esperaban junto con el resto de la comunidad. Ting Chang se inclinó sonriendo levemente, dio las gracias con breves palabras e inclinó su cabeza ante los monjes. Después, sin mediar más palabras, se sentó en la parte trasera del más grande de los vehículos que esperaban desde hacía ya días.
Sergei, a este lado de la verja, también sentía el húmedo frescor del amanecer en sus mejillas. El anciano se había sentado sobre su cojín, pero no en la choza sino en la orilla del río que como lleva trae.

Prof. José Carlos Gª Fajardo.

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“Este Ministro…. es un peligro”

Perdonad si os parece largo pero es uno de los mejores artículos crónicas que he leído. Fascinante, ilustrador, documentado, inteligente y con una enorme calidad periodística. Atentos a la pantalla:
BLOGS14/01/2020 07:03 CET | Actualizado Hace 1 hora
Este ministro es un peligro
Castells es una amenaza para la ‘encopetada’ academia, regida por ‘rectores magníficos’ que rara vez son magníficos rectores.
Ángel Tristán
Periodista
El nuevo ministro de Universidades, Manuel Castells, promete su cargo ante Felipe
CHEMA MOYA VIA GETTY IMAGES
El nuevo ministro de Universidades, Manuel Castells, promete su cargo ante Felipe VI.
El nuevo ministro de Universidades, Manuel Castells Oliván (Hellin, Albacete, 1942), es uno de los sociólogos más reconocidos mundialmente. Un número uno de la especialidad. Sus trabajos sobre la sociedad de la información, comunicación y globalización son un material de referencia. Parece, dicen algunos con prevención y mala idea, que le fascinan los nacionalismos más o menos emergentes en esta era de la globalización. Y es natural que así sea. Es un fenómeno ciertamente contradictorio. De cualquier manera a otros les fascinan las hormigas y, sin embargo, ni se las comen ni les gustaría ser una de ellas.

La unidad europea se ha visto agujereada, esto es evidente, a la vista está, por la resurrección de los que se consideraban viejos fantasmas, que tantas veces asolaron el continente con crueles guerras. Una mezcla de nacionalistas y populistas. Pero el proceso es verdad que es fascinante, y alucinante. Estudiarlo, analizarlo y hasta comprenderlo, filosóficamente hablando, es natural y puede ser inevitable. Ya se sabe: donde no hay una correcta diagnosis la enfermedad avanza y el error se agranda, y agrava. Pero, de cualquier manera, vale más un excéntrico sabio reconocido por todos sus pares que un necio pintoresco.

Este político repentino en los actuales ‘episodios nacionales’ (estamos en el centenario de la muerte de Don Benito Pérez Galdós) estudió Derecho y Económicas en la Universidad de Barcelona; exiliado en Francia, hizo Sociología con Alain Touraine. A los 24 años se convirtió en el profesor más joven de la Universidad de París. Actualmente vive entre California, Universidad de Berkeley, donde enseñó durante 24 años y de la que es catedrático emérito, y Barcelona, donde es catedrático de la Universitat Oberta de Catalunya.

El listado profesional es impresionante, y aparte de sus honores y distinciones, y ser doctor honoris causa por dieciocho universidades, sus 26 libros y miles de citaciones, recoge su actividad en centros e instituciones académicas de 45 países: Instituto Tecnológico de Massachussets, Universidad de Oxford, Universidad de Santa Clara, Universidad de Cambridge… Lo que en lenguaje posmoderno se dice un ‘crack’. Una personalidad científica y académica de primer orden, que ‘mola’, que tiene en su mochila haber trabajado y competido con éxito en algunas de las mejores universidades del mundo. Y que en ocasiones ha expresado ideas muy claras sobre los grandes males de la universidad pública española, que giran, todos, alrededor del ombligo.

Los rectores españoles, como eximios representantes del corporativismo más rancio y aceitoso, han situado a la universidad al ‘margen’ de la Ley Orgánica de Universidades.
Y este es un serio peligro para ‘encopetada’ academia nacional regida por ‘rectores magníficos’ que pocas veces, empero, son magníficos rectores; en el fondo, rehenes de los vicios de un sofisticado sistema de favores mutuos y de una fórmula de elección que ha ido convirtiéndose con el paso de las campañas electorales en un camino hacia una situación de desgobierno o gobiernos rehenes de los tercios (profesores, alumnos, PAS) con honrosas y meritorias excepciones que acercan los campus a la situación de fallo multi-orgánico.

El nuevo ministro conoce a fondo –como profesional de la docencia y la investigación y como sociólogo– el funcionamiento de esas universidades que siempre están en los primeros puestos de los rankings, de los que tienen a Premios Nobel en sus plantillas. Conoce el valor de la competencia, del mérito, de la eficiencia. Es, por lo tanto, un serio (pero afortunado) peligro para la universidad española, para la CRUE, ese poderoso e influyente lobby de los rectores, que confunden la autonomía de las universidades con el soberanismo y la independencia desde mucho antes de que Artur Mas, Carles Puigdemont, Quin Torra y compañía aplicaran esta ‘pecaminosa’ confusión en la comunidad autónoma catalana.

Pronto la CRUE y la ‘casta’ universitaria en las que se entremezclan todas las ideologías, porque el corporativismo y la endogamia no tienen color, empezarán a conspirar contra él, sobre todo si trata de innovar y modernizar a la universidad española para sacarla del furgón de cola donde ha encontrado su zona de confort. La modorra no solo gusta a los canónigos. Eso no se logra, como bien sabe el profesor Castells, con el actual modelo de gobernanza, que fomenta y protege la ‘apropiación’ de la universidad pública por los intereses gremiales o particulares.

La casta universitaria, aunque se vista de progre, con coleta o rapada al cero, con vaqueros o traje de sastrería, con sebagos o chanclas poligoneras, irá a lo suyo y a defender sus intereses transversales.

Presuma de liberal, clásica, neoclásica o vanguardista, de socialista, de comunista, de antisistema y/o podemita, de centro derecha, de derecha extrema y de extrema derecha, o de nacionalista de cualquier alargada sombra de campanario de cura histérico, tratará, como primera medida, de influir en el nombramiento de una guardia pretoriana que le controle, ‘aconseje’ e impida cambiar las cosas en profundidad. Cambiar algo, sí, pero para que nada sustancial cambie en cuanto al ejercicio del poder omnímodo.

Pronto la CRUE y la ‘casta’ universitaria en las que se entremezclan todas las ideologías empezarán a conspirar contra él.
Los rectores españoles, como eximios representantes del corporativismo más rancio y aceitoso, han ido situando a la universidad al ‘margen’ de la ley, de la Ley Orgánica de Universidades. Han conseguido tener el dominio absoluto, sin Montesquieu ni gaitas, sin tener que dar explicaciones a nadie. Han asumido como derecho divino ser a la vez el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial en sus ‘dominios’. Por ejemplo, el Tribunal de Cuentas de España lleva unos quince años recomendando la implantación de una contabilidad analítica, de un control objetivo de las horas de clases y tutorías y de un mayor protagonismo en las tareas de control de los consejos sociales… Y ni puñetero (usan puñetas en sus trajes de solemnidades) caso. Salvo algún caso aislado perfectamente anónimo.

Y eso que la Ley de Reforma Universitaria (LRU, 11/1983 de 25 de agosto) expresa con rotundidad un principio básico: “…esta Ley está vertebrada por la idea de que la universidad no es patrimonio de los actuales miembros de la comunidad universitaria sino que constituye un auténtico servicio público referido a los intereses generales de toda la comunidad nacional y de sus respectivas comunidades autónomas…”, a la vez que establecía la obligatoriedad de la rendición de cuentas a la sociedad.

Su autor intelectual, y manual, fue otro prestigioso sociólogo José María Maravall (Madrid, 1942), ministro de Educación y Ciencia en los dos primeros gobiernos de Felipe González, que experimentó las presiones del stablishment. También contaba con amplia experiencia docente e investigadora en algunas de las mejores universidades, como Oxford, donde se doctoró en Sociología, o en las universidades de Warwick; profesor visitante en la de Nueva York y en el Centro de Estudios Europeos de Harvard; en la cátedra Toinker de la Universidad de Columbia… Desde 1981, además, es catedrático de Sociología en la Complutense.

La LRU fue un primer paso en el intento de acercar la universidad pública española a los sistemas de gobernanza que empezaban a cobrar forma en Europa –donde se han extendido, con una mejora extraordinaria de la eficiencia y calidad– pero que eran habituales en Norteamérica. Una de las llaves maestras parta este objetivo fue la creación de los consejos sociales, recibidos de uñas por la mayoría del profesorado. O más exactamente, del mandarinato del statu quo. La LRU y posteriormente la LOU y el texto refundido configuran estos órganos (en los que está representada la sociedad a través de personalidades de reconocido prestigio y diversos sectores profesionales, económicos, sindicales y sociales) como la supervisión (o ‘alta inspección’) de la eficiencia y calidad de todos los servicios, incluido el docente. Además se le encomienda la aprobación del presupuesto, etcétera.

Los rectores, para salir elegidos, tienen que hacer promesas a profesores, alumnos y personal de administración y servicios, y las ofertas son un continuo ‘black friday’.
Las presiones llegaron muy temprano, en los 90, hasta el Tribunal Constitucional cuyas sentencias, sobre todo las 131 y la 134 de 2013 confirman la constitucionalidad de los aspectos más ‘sensibles’, como la elaboración/aprobación de las normas de progreso y permanencia por su derivada económica: mientras más se tarde en finalizar los estudios más dinero público se gasta hasta llegar al despilfarro. Pero ese aspecto de la LOU no se ‘estudia’, ni se conoce, ni se acata.

¿Por qué? Porque los rectores, para salir elegidos, tienen que hacer promesas que satisfagan a profesores, alumnos y personal de administración y servicios, y las ofertas son un continuo black friday. Claro que en este ambiente hostil también crecen los gigantes. Son unos pocos, comparativamente hablando, los que consiguen la proeza de salvar el honor y el prestigio de la institución.

Desde luego, cantando el Gaudeamus Igitur vestidos de pontifical pero sin saber ni la letra no se consigue ser excelente, que no es una recomendación sino una exigencia universitaria.

Señor ministro, viva peligrosamente.

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Destazador de bueyes

Una tarde de ese caluroso verano, regresaba el Maestro de dar su charla diaria a los monjes que habían regresado de las montañas. A veces, les comentaba un pasaje de las Escrituras indias o chinas; otros días, se sentaba en silencio o les contaba un cuento y, a veces, hacía una seña al monje encargado de los gongs y de las maderas y éste improvisaba una impresionante meditación con sonidos y silencios llenos de agua, de rumores y de viento.
Pero este día, el Maestro, que intuía la curiosidad de los monjes acerca de su nuevo asistente, les comentó de dónde provenía el nombre de Ting, el destazador de bueyes.
– Lo cuenta Chuang Tzú en su Libro – comenzó el Maestro -. No hay nada nuevo. El cocinero del señor Wen Hui estaba despiezando un buey. Cada movimiento de su mano, cada alzamiento de su hombro, cada paso de sus pies, cada sonido de la carne al partirse y cada silbido del cuchillo al descender sobre ella eran perfectos.
El señor Wen Hui le preguntó: “¿Cómo has conseguido esa destreza?”
“Lo que más ama tu servidor, – respondió el cocinero -, es el Tao. Cuando empecé a despedazar bueyes, sólo veía un buey entero. Ahora utilizo la mente y no los ojos. Silencio mis sentidos y sigo a mi espíritu. Veo las líneas naturales de la carne, y mi cuchillo corta por donde hay junturas, utilizando lo que ya hay allí marcado. De este modo, evito los grandes tendones y los huesos. No los toco. Un buen cocinero cambia su cuchillo cada año, porque sabe rebanar. Un cocinero corriente, lo cambia cada mes. Este cuchillo lo ha venido utilizando tu servidor desde hace diecinueve años, y ya ha destazado miles de bueyes. La hoja del cuchillo apenas tiene grosor. Si utilizo lo que no tiene grosor para cortar a través de esas fisuras, al cuchillo le será fácil ir rebanando. Cuando el cuchillo llega a una parte más delicada, lo siento y obro con más cuidado. Lo hago más suavemente, llevando el cuchillo por aquellas partes más blandas de modo que la carne se desprenda como se desprende una laja de tierra cuando crece el torrente. El cuchillo no quiere oponente. Practica el bushido, como el noble guerrero que detiene la flecha en el aire”.
El señor Wen Hui, dijo “¡Me has enseñado a vivir plenamente la vida!”.
Yo no digo nada más, concluyó el Maestro. Saludó a la comunidad con una amplia inclinación, se postró ante el altar silente y se retiró acompañado por sus dos asistentes.
José Carlos Gª Fajardo, Emérito U.C.M.

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Ir al mercado

El sereno de Asilah

Cap 6 Ir al mercado

Ir al mercado, cada mañana, para comprar lo necesario. No es fácil porque estamos habituados a llenar la nevera o la despensa, a comprar para varios días, a aprovechar ese trabajo de tener que ir a hacer la compra. Ahí reside el problema, en que lo convertimos en un trabajo, en un tripalium, instrumento de tortura para los romanos y de donde hemos derivado la palabra trabajo que en español podría denominarse faena, un quehacer que comporta creación, poema. Y toda creación libera, expresa, alivia y consuela.

La tarea consiste en revisar nuestras tareas, hábitos adquiridos y que hemos transformado en costumbre a la que nos sentimos obligados, y cuyo incumplimiento desasosiega.

¿Quién nos obliga? ¿Quién ha tendido las redes de araña sino es la misma araña? Nos sentimos atados a cadenas que nadie nos ha puesto, que no existen más que en nuestra mente, como le sucedía al camellero del cuento.

En una de las largas caravanas que atravesaban el Sahara para ir desde El Cairo a Tombuctú, al llegar la amanecida, buscaban un lugar abrigado por las dunas y descargaban las cabalgaduras. Ponían las mercaderías en círculo y maniataban a los camellos atándolos a sendas estacas para que, después de haber comido y bebido, no escapasen en estampida ante los vientos del desierto. Después, las gentes de la expedición, se aliviaban, comían algo y se tumbaban dentro del círculo para intentar descansar y moverse lo menos posible mientras pasaba el día. Pero, una vez, llegó un camellero corriendo y asustado adonde estaba el jefe de la caravana sentado con sus amigos saboreando el té verde: “¡Sidi, Sidi! Ha ocurrido una desgracia. Se ha perdido la estaca a la que ataba mi camello y no quiere agacharse para poder atarlo y descargarlo”. “¿Entonces?” “Que no podré descargarlo, se agotará y se volverá loco bajo el sol y se echará a correr… ¡Ay, Sidi!” “Escucha: Agarra con tu mano derecha el martillo y adelanta la izquierda con firmeza como si llevaras una estaca. Al ver el martillo, el camello se agachará y podrás descargarlo y maniatarlo con firmeza a esa estaca”. El hombre no daba crédito a lo que oía de su jefe, pero en el desierto nunca se discute una orden porque va en ello la vida. Así, pues, se fue muy decidido ante el camello e hizo lo que el jefe le había dicho. Ante su asombro, el camello Xx relinchó, levantó la cabeza para aspirar con fuerza y se arrodilló como de costumbre. Su camellero lo descargó y lo maniató como le habían dicho. Al atardecer, y cuando ya toda la caravana se aprestaba para ponerse en camino para aprovechar el frescor de la noche, el camellero llegó corriendo ante su jefe. “¡Ay, Sidi!, ¡Ay, Sidi! ¡Qué desgracia!” “¿Y ahora que te ocurre?” “¡Que el camello no quiere levantarse a pesar de estar ya cargado y con toda la caravana ya lista para la marcha!” “Pero ¿tú los has desatado?” “¡Sidi, si la estaca se había perdido!” “Ahmed, Ahmed, ¿y qué sabe el camello?” El criado regresó y se puso ante el camello con el martillo en su mano derecha, se agachó y comenzó a golpear el suelo como si se tratase de una estaca. Miró con fiereza al camello y este se levantó, xx relinchó mientras le ajustaban las cinchas, y se puso en la retahíla, junto a los demás camellos de la caravana.

Así sucede con nosotros. Nos figuramos atados a estacas que no existen más que en nuestras mentes porque un día aprendimos una habilidad o un gesto adecuado a una circunstancia y nos colocamos dentro de un sistema.

Tendríamos que revisar todo cuanto hacemos desde que nos levantamos hasta que nos levantamos de nuevo, porque hasta en el descanso y durante los sueños nos producimos como si estuviéramos amarrados a normas que no existen más que en nuestra imaginación cosificadas por la costumbre.

Es preciso recuperar nuestra libertad mediante la toma de conciencia de nuestros actos más sencillos. No porque estos tengan importancia en sí mismos sino porque forman parte de una serie de condicionamientos encadenados que nos impiden distinguir lo urgente de lo importante y lo fundamental de lo accesorio. Y así nos va.

Despertarnos y maravillarnos de estar vivos. Respirar hondo como si fuera la primera respiración de nuestra vida, y lo es de la vida que nos resta porque sólo es lo que no es todavía. Como le dijo con ternura el poeta inglés John Milton a un discípulo de Galileo Galilei cuando se encontraba como huésped en la casa de éste en Florencia. “Maestro, ¿cuántos años tenéis?” “Tener, tener, unos siete u ocho, joven amigo” le respondió “porque no creeréis que tengo los que ya he vivido”.

Preparase para ir al mercado como si fuese lo único que tuviéramos que hacer en ese día y en el resto de nuestras vidas. Porque si hoy y ahora no vamos a hacer la compra en ese mercado, esa compra quedará sin hacer para siempre. Podremos efectuar otras compras, en otros días pero esa y ese gesto quedarán sin hacer porque tú ya nunca serás el mismo ni las cosas serán las mismas, ni las gentes con las que te encuentres serán idénticas, a pesar de las apariencias o de que no te importe esta pequeña anécdota. No es el hecho en sí lo que importa, ¿qué más da comprar que no comprar, hacerlo hoy u otro día?, sino que afecta a la actitud fundamental que informa tu conducta.

A veces, nos esforzamos por reparar o corregir nuestra conducta, éste o aquel hecho que nos disgusta. No está mal. Pero actuamos siempre sobre los efectos porque nos parece que las causas ya están fuera de nuestro control. Y no es así más que en ese caso concreto, y en la serie de hábitos que, no pocas veces, atribuimos a una supuesta “manera de ser” ante la que no podemos hacer nada. Es decir, actuamos como si se tratase de algo que escapa a nuestra voluntad y que, por lo tanto, he aquí la argucia, nos exime de responsabilidad alguna. Al menos en nuestra conciencia.

A parte de que esa supuesta conciencia, las culpas y responsabilidades bajo las que nos afligimos, son muchas menos de las que creemos, no es negandolas, ni ocultándolas, no es reprimiéndolas ni tergiversándolas sino asumiéndolas y encarándolas, desmontándolas y desmitificándolas cómo logramos liberarnos de ellas.

Quizás haya que comenzar por afirmar que todo es lícito, aunque no todo convenga. Quizás sea hora de reconocer que la moral es una creación de la especie humana, el término de un ascenso genético por un mecanismo de selección natural en el que el pez grande se come al chico y hace que el hombre aparezca en la cima de una pirámide de víctimas, porque el deber moral expresa una necesidad que no se encuentra en la naturaleza. La moral es desconocida para los animales pero los seres humanos, al haber perdido gran parte de los instintos, se han inventado una serie de códigos y de normas para que puedan sobrevivir, al menos, los más aptos y fuertes. Y este concepto de apto y de fuerte ha ido evolucionando con los tiempos en la medida en la que los hombres se han servido de las tecnologías como instrumentos de poder, de las armas y del dinero. Del conocimiento al servicio de los poderosos en nombre de una supuesta raza superior, de una genética determinada, de una religión, de un territorio o de una ideología. Elevaron las anécdotas del poder circunstancial a categorías, y éstas a dogmas.

Esa es la tragedia del hombre moderno que se sirve de la razón para ponerla al servicio de unos intereses, de una concepción de la vida que es contingente y transitoria, por definición, pero que el ansia de poder y el miedo a perderlo llegan a enajenar a los individuos y a los pueblos. En su locura los hombres inventaron dioses a su imagen y semejanza, y no al contrario. Les hicieron hablar y las castas sacerdotales interpretaron sus pretendidas revelaciones.

Así se alcanza la razón y, con palabras de Kant, esta no tiene por qué seguir el orden de las cosas ya que es capaz de configurar un marco de referencia ideal al cual deben adaptarse las condiciones empíricas de la existencia. Ese deber que no es sino un recurso útil para mantener el orden y las reglas del juego establecidas por los que mandan o deliradas por los profetas.

Así llegamos a contemplar a grandes dirigentes religiosos que se preguntan “¿Dónde estaba Dios cuando se producían estas cosas?” Este pontífice alemán se refería a los campos de concentración nazis, pero tenemos derecho a plantear la pregunta ante todas las guerras, injusticias, explotación de unos pueblos por otros, torturas, conquistas, genocidios, esclavitud, imperialismos y religiones fundamentalistas que en el mundo han sido y ante las ideologías que continúan dominando en el mundo. Entre ellas, la del pensamiento único, la del poder de los mercados financieros, la de la seguridad a cualquier precio y por los medios que sean.

No. No podemos admitir la existencia de un dios bondadoso, clemente y misericordioso para reparar todo el daño que en su nombre o, supuestamente, a sus espaldas se ha cometido y se comete.

Por eso, es más cuerdo y coherente tratar de vivir como si no existiera un más allá, ni un cielo ni un infierno, sino el aquí y ahora de una existencia contingente y efímera que dura hasta morir. Y vivir hasta morir es vivir lo suficiente. Despertarnos y caer en la cuenta de que ir al mercado es la cosa más importante que podemos hacer ese día y a esa hora. Es un auténtico acto eterno y trascendente, algo religioso, un sacrificio en el sentido etimológico del término. Una ofrenda y alabanza, una danza cósmica, un orden dentro del orden que rige el universo, no el orden establecido por los hombres instrumentalizando la razón y confundiendo la información con el conocimiento. Co-gnoscere es ver dentro, hacerse uno con las cosas, saberse en comunión, libre y responsable a la vez. Saberse eterno con todo cuanto es y existe. De ahí la importancia de ir o de no ir al mercado.

Pero yo también me pregunto por qué me he inventado la necesidad de huir, intentando romper con mi pasado cuando éste forma parte de mi mismo ser, pero de esto, otro día.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Demasiado fuego

Mucha fiebre

Ya se caían de maduros los membrillos sin que todavía hubieran terminado de trasegar los mostos en las bodegas y en el monasterio había una gran actividad para asegurarse el invierno, como las hormigas. También llegaba el tiempo de la recogida de los monjes vagabundos hacia sus lugares de descanso. En muchos monasterios eran admitidos porque, al igual que las cigarras, alegraban los descansos en los días más cortos que se avecinaban. Cierto que a muchos Abades no les gustaban un pelo porque, entre algunos auténticos místicos Chan, taoístas o budistas, se ocultaban no pocos frescos que preferían vivir sin trabajar. Al Maestro le hacían mucha gracia porque eran auténticos portadores de novedades y de experiencias. Ya había alcanzado una edad en la que para la convivencia en una comunidad las reglas necesarias las tomaba con mucha libertad. Como los monjes giróvagos (así los denominaban en Occidente hasta el siglo V) conocían al anciano maestro de cuando había fundado el monasterio, procuraban visitarlo y contarle las más divertidas historias, mientras disfrutaban de su hospitalidad. Reales o inventadas, ¿qué más daba? Una de éstas fue la que les contó una tarde al regresar de arreglar el estanque de las carpas doradas.
– Esto te va a gustar, Sergei. En algunos países del Cuenco de Oro, el mulá Joha practicaba como médico y tenía una gran fama.
– No me pondría yo en sus manos, Luz de dónde el Sol la toma – lanzó una sergiada la liebre hambrienta de la estepa.
– ¿Y en las de Ting Chang? – le preguntó con algo de guasa.
– ¡Hombre, lo suyo es distinto! Aunque no me curara su ciencia siempre podría decir que me habían atendido las manos de un príncipe.
– Resulta que un amigo llamó al mulá en mitad de la noche – prosiguió el Maestro para no reírse -. El mulá le preguntó al mensajero que cuánta fiebre tenía el enfermo. Le respondió que debía estar a unos cincuenta grados. A lo que el mulá resopló: “Entonces, no me necesita a mí sino a los bomberos”. Y se volvió a meter en la cama.

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La nada ocupa su puesto

Andaba el Maestro ocupado en preparar bien la llegada del invierno, y la partida de Ting Chang, así que los tenía muy ocupados en el tiempo que no dedicaban a la meditación. Se entretenían en el estanque, limpiaban alcorques, podaba ramas secas, en espera de la gran poda de invierno. Pero Sergei se daba cuenta de que andaba algo preocupado por la partida del Noble Ting Chang, llamado por su padre a su residencia en Shangai. No a Pekín, como habían pensado.
– Maestro – le dijo Sergei -, aunque quizás no andes de humor para contar historias con esto de la marcha de Ting Chang a su casa, pero a mí me gustaría que nos contaras más cuentos.
– Vamos allá -liebre tierna -. En la corte de Tamerlán se celebró un banquete de gran esplendor y los más importantes personajes se aprestaban a participar. Eran enormes las colas, los guardas y las escoltas. Pero, entre ellos, acertó a pasar un humilde ermitaño en el que nadie reparó, quizás por la sencillez de su túnica.
Al ver la puerta abierta, el anacoreta se adentró y fue caminando hasta el comedor en donde vio casi todos los puestos ocupados menos los de la cabecera. Y hacia allí se dirigió, sentándose sin más. El maestro de ceremonias se acercó indignado y le espetó:
– ¿Quién eres tú? ¿Acaso tú eres más importante que el Primer Ministro?
– Mi rango es superior que el suyo -respondió.
– ¡No me lo puedo creer! ¿Te consideras más importante que el Gran Visir?
– ¿Cómo te lo diría? Mi rango es todavía muy superior.
– ¡Este hombre no sabe nada de nada! Es un ignorante que se cree superior al mismo Emperador.
– Así es, en efecto. En el escalafón que tú utilizas y que te hace padecer tantos quebrantos, mi rango es muy superior al del mismo Emperador, Conductor de los creyentes.
– ¡Por encima del Emir de los Creyentes sólo está el mismísimo Alá! ¡Por encima del Cual no existe nada! ¿Has entendido? ¡Nada!
– Ahora lo has descubierto. ¡Mira que eres corto, chambelán! Ahora ya puedes estar tranquilo y dejar de molestarme. Nada, esa es mi identidad.
Pero llegó el día de la partida y el Maestro se comportó como si fuera uno más en la aparente rutina de las chozas. Se despidió del noble médico con la naturalidad que hacía cuando los enviaba al pueblo con remedios y con alimentos. Pero esta vez, Ting Chang atravesó él solo la pequeña puerta que los separaba del monasterio en donde ya estaban aprestados los coches de la comitiva que los había de llevar hacia el Sureste, el mar de Huang Hai, tan alejado de las tierras entre Wulumuqi y Yumen, cercanas a Mongolia en donde se encontraban ellos. Sin volver el rostro, con un hatillo en su mano izquierda se dirigió a despedirse del Abad y de los Priores que ya esperaban junto con el resto de la comunidad. Ting Chang se inclinó sonriendo levemente, dio las gracias con breves palabras e inclinó su cabeza ante los monjes. Después, sin mediar más palabras, se sentó en la parte trasera del más grande de los vehículos que esperaban desde hacía ya días.
Sergei, a este lado de la verja, también sentía el húmedo frescor del amanecer en sus mejillas. El anciano se había sentado sobre su cojín, pero no en la choza sino en la orilla del río que como lleva trae.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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