Cuentos 075. Camino del arco

La vida proseguía a su ritmo en las chozas durante el día. El Maestro había suspendido las charlas a la comunidad de monjes en el monasterio y se entregaba de lleno a preparar al Noble Ting Chang en el Arte de la Estrategia. Nadie les interrumpía durante las charlas y sólo el Maestro Tenno los acompañaba, pues también él las necesitaba para el buen gobierno de su monasterio. Ésta fue la causa por la que nuestro Maestro le hiciera llegar el aviso de lo que iba a llevar a cabo en las chozas con el Noble Ting Chang.
El Barrendero de Esmeraldas se ocupaba de todo lo relativo a las armas y al buen estado en el claro del bosque del que habían hecho un auténtico dojo bajo la luna. El Maestro Tenno se encargaba del kyudo y del kendo, o caminos del arco y de la espada, artes en las que había sobresalido pues pudo recibir las enseñanzas del mismísimo Erige.
– Maestro – le dijo un día Sergei, así, como de pasada -, ¿quién fue Erige?
– Mugen Erige fue un Maestro alemán que, junto con su esposa, habían ido a Japón para perfeccionarse. Él, en el camino del arco, y ella, en el de la tibetana, o arreglo floral. Ambos habían alcanzado la iluminación y regresaron a su vida universitaria en la universidad de Erlangen, de la que llegaría a ser Rector.
– ¿Había ido para perfeccionar el tiro con arco?
– No. Había ido para dar clases en la universidad Imperial, pero lo que le movía era el íntimo deseo de profundizar en el budismo Zen. El descubrimiento del Arte de la arquería fue una auténtica casualidad que le ayudó en su camino hacia la iluminación pues, en ese arte, no precisaba conocer la lengua japonesa sino poseer el estado de ánimo que los maestros exigían a cualquier discípulo aventajado.
– ¿Por qué no se quedaron en Japón? 
– Porque comprendieron que su testimonio en Occidente sería crucial para el mutuo enriquecimiento de Oriente y Occidente. Hasta entonces, el Zen había sido enseñado en Europa y en América por el Maestro Suzuki, pero éste era japonés mientras que Herrigel fue uno de los primeros occidentales en ser reconocido como Maestro Zen. Alcanzado el despertar Zen, fue muy famoso su libro El Zen en el arte del tiro con arco. La traducción al chino la había realizado el Maestro Tenno del original alemán.
– ¡Y parecía tan humilde y discreto!
– Lo es, pero tú sólo te quedas en las apariencias. Además, tiene un profundo sentido del humor. Ya lo irás conociendo si eres discreto y no metes las narices en donde no te llamen. Lo que suceda al otro lado del río no te concierne.
– ¡Oído y copiado, Maestro!
– Cuenta Herrigel que, ya siendo estudiante, había sentido atracción por el misticismo pero que no encontró apoyo en el ambiente universitario alemán de la época. Cuando, poco después de haber comenzado su actividad como profesor de la Universidad de Heidelberg, recibió la invitación para enseñar historia de la filosofía en la Universidad Imperial de Tohoku Sendaï, en el Japón, aceptó con entusiasmo y durante seis años se empleó en el estudio del Zen por medio de la práctica del tiro con arco y de la meditación profunda.
– ¿Por eso os aplicáis tan profundamente al tiro con arco y al arte de la espada?
– Sobre todo, al Taichi que es la madre de todas las artes. Él nos da la forma en el vacío, nos revela el poder del espacio en movimiento, nos hace sentirnos otros con todo cuanto existe.
– ¿Hasta con el enemigo?
– No existen enemigos, sino adversarios que hay que reconducir a su verdadera naturaleza. Así, si en el Taichi descubrimos que somos instrumentos de una fuerza inmensa, podremos aplicarla a la espada, al arco, al bastón o al despliegue de la mano desnuda en el judo o en el taekwondo.
– ¿Por qué no les gusta que les llamen artes marciales?
– Porque no lo son, aunque los samuráis las hayan aplicado al arte de la guerra. Mientras que en Occidente han hecho muchos destrozos al convertirlas en disciplinas deportivas con el nefasto objetivo de vencer y derrotar al contrario.
– Entonces, ¿no se trata de vencer?
– Nunca, Sergei. El Bushido es el arte de detener la flecha en el aire, para no tener que responder, al contrario. Para detener su ira, su cólera y su agresión. Al final, todo se resuelve en una danza.
– Hoy nos hemos quedado sin cuento, Maestro.
– ¿Tú crees? Recuérdame mañana que te cuente lo que le sucedió al Maestro indio Narada, porque no debemos hacer esperar a nuestros huéspedes.

La vida proseguía a su ritmo en las chozas durante el día. El Maestro había suspendido las charlas a la comunidad de monjes en el monasterio y se entregaba de lleno a preparar al Noble Ting Chang en el Arte de la Estrategia. Nadie les interrumpía durante las charlas y sólo el Maestro Tenno los acompañaba, pues también él las necesitaba para el buen gobierno de su monasterio. Ésta fue la causa por la que nuestro Maestro le hiciera llegar el aviso de lo que iba a llevar a cabo en las chozas con el Noble Ting Chang.
El Barrendero de Esmeraldas se ocupaba de todo lo relativo a las armas y al buen estado en el claro del bosque del que habían hecho un auténtico dojo bajo la luna. El Maestro Tenno se encargaba del kyudo y del kendo, o caminos del arco y de la espada, artes en las que había sobresalido pues pudo recibir las enseñanzas del mismísimo Erige.
– Maestro – le dijo un día Sergei, así, como de pasada -, ¿quién fue Erige?
– Mugen Erige fue un Maestro alemán que, junto con su esposa, habían ido a Japón para perfeccionarse. Él, en el camino del arco, y ella, en el de la tibetana, o arreglo floral. Ambos habían alcanzado la iluminación y regresaron a su vida universitaria en la universidad de Erlangen, de la que llegaría a ser Rector.
– ¿Había ido para perfeccionar el tiro con arco?
– No. Había ido para dar clases en la universidad Imperial, pero lo que le movía era el íntimo deseo de profundizar en el budismo Zen. El descubrimiento del Arte de la arquería fue una auténtica casualidad que le ayudó en su camino hacia la iluminación pues, en ese arte, no precisaba conocer la lengua japonesa sino poseer el estado de ánimo que los maestros exigían a cualquier discípulo aventajado.
– ¿Por qué no se quedaron en Japón? 
– Porque comprendieron que su testimonio en Occidente sería crucial para el mutuo enriquecimiento de Oriente y Occidente. Hasta entonces, el Zen había sido enseñado en Europa y en América por el Maestro Suzuki, pero éste era japonés mientras que Herrigel fue uno de los primeros occidentales en ser reconocido como Maestro Zen. Alcanzado el despertar Zen, fue muy famoso su libro El Zen en el arte del tiro con arco. La traducción al chino la había realizado el Maestro Tenno del original alemán.
– ¡Y parecía tan humilde y discreto!
– Lo es, pero tú sólo te quedas en las apariencias. Además, tiene un profundo sentido del humor. Ya lo irás conociendo si eres discreto y no metes las narices en donde no te llamen. Lo que suceda al otro lado del río no te concierne.
– ¡Oído y copiado, Maestro!
– Cuenta Herrigel que, ya siendo estudiante, había sentido atracción por el misticismo pero que no encontró apoyo en el ambiente universitario alemán de la época. Cuando, poco después de haber comenzado su actividad como profesor de la Universidad de Heidelberg, recibió la invitación para enseñar historia de la filosofía en la Universidad Imperial de Tohoku Sendaï, en el Japón, aceptó con entusiasmo y durante seis años se empleó en el estudio del Zen por medio de la práctica del tiro con arco y de la meditación profunda.
– ¿Por eso os aplicáis tan profundamente al tiro con arco y al arte de la espada?
– Sobre todo, al Taichi que es la madre de todas las artes. Él nos da la forma en el vacío, nos revela el poder del espacio en movimiento, nos hace sentirnos otros con todo cuanto existe.
– ¿Hasta con el enemigo?
– No existen enemigos, sino adversarios que hay que reconducir a su verdadera naturaleza. Así, si en el Taichi descubrimos que somos instrumentos de una fuerza inmensa, podremos aplicarla a la espada, al arco, al bastón o al despliegue de la mano desnuda en el judo o en el taekwondo.
– ¿Por qué no les gusta que les llamen artes marciales?
– Porque no lo son, aunque los samuráis las hayan aplicado al arte de la guerra. Mientras que en Occidente han hecho muchos destrozos al convertirlas en disciplinas deportivas con el nefasto objetivo de vencer y derrotar al contrario.
– Entonces, ¿no se trata de vencer?
– Nunca, Sergei. El Bushido es el arte de detener la flecha en el aire, para no tener que responder, al contrario. Para detener su ira, su cólera y su agresión. Al final, todo se resuelve en una danza.
– Hoy nos hemos quedado sin cuento, Maestro.
– ¿Tú crees? Recuérdame mañana que te cuente lo que le sucedió al Maestro indio Narada, porque no debemos hacer esperar a nuestros huéspedes.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M. Fundador de Solidarios

Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en garciafajardojc@gmail.com o Facebook Profesor Eméritus Universidad Complutense Madrid, Estudió en universidades Complutense de Madrid Doctor en Derecho, Gregoriana de Roma, Pontificia de Salamanca, Escuela Oficial de Periodismo, Profesor Eméritus Facultad Ciencias de la Información, U.C.M. , Henley College
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