Noches de hopalandas

El policía secreto

Y para terminar con ese número cinco, ¿qué os voy a contar del siniestro policía secreto?
Se llamaba Diego Pinillas, tenía cuarenta y tantos años, ojos claros, glaucos, mentón prominente, con cierto prognatismo que él acentuaba al andar para po­ner énfasis en sus pisadas. Usaba sombrero con la par­te delantera del ala echada sobre los ojos, vestía gabar­dina con cinturón apretado y el cuello subido. Medía 1,62, calzaba un nueve, era Rh negativo, oriundo de Lugo, casado con la Emeteria, mujer de cuidado y, se­gún algunas lenguas, muy suelta de andares y de otras menudencias, y tenían una hija medio enana que se lla­maba Restituta. Pero él, erre que erre, siempre decía que era policía secreto.

No tenía teléfono, claro, y cuando quería transmi­tir un mensaje cifrado se iba a la tienda de abastos y allí montaba el número. La verdad es que él era analfabeto y por eso tenía problemas con las claves. El marido de la tende­ra, que era asturiano como ella, y muy curiosón y has­ta algo cojo, muy leedor de novelas, y con una fantasía digna de mejor causa, era el que le leía las claves y le iba codificando las palabras. Pero no podía dejar de despachar, ya que buena era ella, y así, ora pesando el azúcar, ora cortando el bacalao, o bien dándole vueltas al manubrio del molinillo del café iba deletreándole a gritos las palabras del mensaje cifrado.

Diego Pinillas estaba en el ángulo de la tienda con el teléfono pegado a la oreja, sombrero puesto con el ala caída y el cuello de la gabardina subido. El tendero, que se llamaba Severino, iba y venía entre las mujeres gritándole las pa­labras y así podían estarse seis o siete horas transmi­tiendo el mensaje de marras.

Aunque, la verdad, a veces, eran algo pintorescos. Porque tiene su aquél que a la señora Hipocandria se le moviera el parche de un ojo para el otro. Vamos, como para ponerse a llover diecisiete años seguidos. Pero, esta vez tampo­co. Por culpa de los bomberos. Eran muy suyos. Y co­mo lo que quita el frío quita el calor los bomberos esta­ban hartos de apagar incendios y lo que, de verdad, querían era abortar un diluvio. Por eso, en los Gazules nos teníamos quietos cuando sucedía alguna pequeña extravagancia ya que, de verdad de verdad, lo que a aquellas gentes nos gustaba era ver llover.

Llover a cántaros. Y juntarnos todos para llorar bajo nuestros inmensos paraguas de carpas. Los había muy llamativos y, a veces, los hacíamos girar para provocar el arco iris. Se nos rompían muchos palos de la veloci­dad que les metíamos a las carpas circenses. Pero ¿pa­ra qué estaba allí el aserradero? Pues, claro. Y con las gomas de Alan hacíamos “tira estrellas” y nos largába­mos con el viento. En noches de volandas bajo la lluvia, hartos de llorar a gusto, nos reconciliábamos hasta con la Rusa.

Éramos muy nuestros en los Gazules. Sí. Nos gustaban las hopalandas y todo el mundo tenía una guardada en casa y almidonada para salir por las ventanas en las noches de siroco a dibujar signos cabalísticos en un mutismo imponente. ¡Qué noches aquellas! Hasta la Rara tenía su hopalanda y, en aquellas ocasiones, su hi­ja Ciscla, no bajaba a la ciudad a trabajar, como ella de­cía. Eran gentes curiosas. Cuando soplaba ése viento y vestíamos las hopalandas era como si se firmase una tácita tregua. Desde Encarna hasta Casilda y la Eufe­mia, desde la señora Celeste hasta el Capullo y los die­cisiete hijos del Talabartero, que recuperaban su edad verdadera, todos salíamos envueltos en el silencio y nos dejábamos llevar hasta el convento de las clarisas, que también subían, ya lo creo y con sus hábitos grises y el cíngulo blanco. Nunca nos fallaban el rubio dueño de la fábrica de gomas, a quien llamábamos “Alan” por el del cine, claro, y los del aserradero también se elevaban soltando lluvias de aserrín que llevaban en sacos.

Nadie decía nada, nos comunicábamos por truenos y por variaciones de destellos. Los extraños no nos podí­an ver y por eso se reconciliaban todas las gentes. Era una catarsis, algo nuestro que nunca se había escrito hasta ahora por respeto a Crista y a Doña Margarita. Sí. Todos participábamos, hasta las gallinas, los gatos y los crisantemos. Las pasiones se aquietaban, los instintos dormían y habíamos trascendido las cárceles de la ra­zón sin producir monstruos en nuestros vuelos.
Noches de hopalandas, ¡cuánto os echo de menos!

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M

Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en garciafajardojc@gmail.com o Facebook Profesor Eméritus Universidad Complutense Madrid, Estudió en universidades Complutense de Madrid Doctor en Derecho, Gregoriana de Roma, Pontificia de Salamanca, Escuela Oficial de Periodismo, Profesor Eméritus Facultad Ciencias de la Información, U.C.M. , Henley College
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