El viento Solano

El Maestro se retiró unos días en silencio. Paseaba por la orilla del río, revisaba los desagües de los remansos para que pudieran recibir las próximas subidas de las aguas, acondicionó con algas y rocas pequeñas los refugios de las carpas doradas y fue amontonando hojas secas para hacer un buen compost con ceniza del fogón y desechos de la cocina. Sergei le pidió permiso para acompañar a la ciudad a la viuda de Nanking a visitar a sus parientes. (Como si el Maestro fuera tonto, pero Sergei no era monje sino un pícaro simpático y de buen corazón) .La verdad era que el Maestro se estaba preparando para acoger, de nuevo, al doctor Ting Chang cuando regresase para su especial retiro intensivo.
El Abad había venido a visitar al Maestro, cosa extraña en él porque cuando necesitaba decirle algo le esperaba a la salida de sus conferencias a los monjes, y le “encareció” que no obstaculizase los caminos del Cielo influyendo en la decisión que, al parecer, ya había tomado el noble Ting Chang.
– O el noble y poderoso círculo de su padre por él – le dijo con calma el Maestro.
– No hay que olvidar las decenas de miles de personas que viven del trabajo que les ofrece ese imperio industrial – argumentó el Abad.
– Por supuesto, por eso Vuestra Paternidad y yo nos hemos retirado a un monasterio y hemos descuidado el contribuir a la propagación de la especie. Vivimos en un oasis que, a veces, corre el peligro de ignorar demasiado la vida de las gentes en el campo y en las ciudades.
– Maestro, nosotros somos una reserva espiritual y contribuimos al orden establecido por el Cielo.
– Dime, Honorable Abad, cuando yo resigné mi puesto en el monasterio e “hice que te eligieran” para gobernarlo, ¿estabas seguro de que obedecíamos a los dictados del Cielo o te creías preparado para ese puesto?
– No sé adónde quieres llegar, Venerable Luz de todos nosotros.
– Te veo algo crecido. Escucha esta historia: Había una ostra que reposaba en el fondo del mar con sus valvas abiertas en espera de que entrase alguna arena que la hiriese y estimulase. Pero resulta que una hermosa perla debió desprenderse desde otra ostra y descendía radiante entre las aguas. La ostra la atrapó, pero no se la quedó dentro, sino que la colocó sobre la arena, a su lado. Se dijo, “si los pescadores de perlas la ven, la cogerán y a mí me dejarán tranquila”. Vana ilusión, los pescadores de perlas estaban acostumbrados a distinguir las ostras en el fondo del agua, pero no las perlas reluciendo su nácar sobre la arena. Así que, se llevaron la ostra y la perla sigue reposando tranquilamente sobre el fondo del océano. ¿Lo coges, Abad? ¿Cuidas la perla o te afanas en exceso por el bienestar de las ostras?
– No podemos rechazar la bendición del Cielo expresada en la generosidad del Noble señor Chang.
– Estás tú bueno, Abad, estás tú bueno. Veremos adónde nos lleva todo esto. Me da la sensación de que los monjes andan medio disipados. Por eso he dejado de darles las charlas durante unos días, no son capaces de recibir nada. Sus vibraciones no me gustan. Me llamaré al silencio hasta que pase este viento solano, del que dicen que enloquece.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en garciafajardojc@gmail.com o Facebook Profesor Eméritus Universidad Complutense Madrid, Estudió en universidades Complutense de Madrid Doctor en Derecho, Gregoriana de Roma, Pontificia de Salamanca, Escuela Oficial de Periodismo, Profesor Eméritus Facultad Ciencias de la Información, U.C.M. , Henley College
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