El Sereno de Asilah. cap. 2

Así amanece cada día.

A las cinco, con la llamada del almuédano, me levanto, me alivio y refresco. Cambio la gandura de dormir por el tchamir y la chilaba, blanca porque hoy es viernes, y subo a la terraza. Mientras se hace el té, me postro ante las últimas estrellas que parpadean conscientes de que seguirán ahí pero que no las veremos. Por eso, seguiremos como si no existieran, como si no nos acompañasen día y noche. Como si no formasen parte viva de nuestra existencia. Sobre la estera hago los asanas buenos para mi espalda. Todo ejercicio y cualquier trabajo se pueden transformar en asanas.
Al frente, el mar y el cielo se funden y envían su aliento. Es impresionante la energía que envían, la fuerza que los conmueve. Oigo el sonido de las olas cuando se estrellan contra las rocas sobre las que se alzan los salientes de las murallas que rodean mi ciudad. Desde aquí sólo diviso la cúpula del mausoleo y cementerio Sidi Ahmed al Mansur. Todo lo demás todavía duerme. Bebo el té caliente, saludo y me siento envuelto en mi capa de lana ligera.

Después, recorro las callejuelas de la medina tirando hacia la izquierda desde el palacio de Raisuni. Sigo la muralla y me asomo al saliente que se adentra en el mar, el torreón de la Krikia, que está junto al mausoleo. Subo calle arriba hasta llegar a la puerta más profunda de la ciudad, la que hace codo bajo la muralla y se abre al mercado, Bab Houmar. La “abro” para que se pueda escapar la noche, y regreso mientras dejo unas monedas junto a los mendigos que duermen envueltos en sus albornoces temiendo que no los sorprenda la luz del día. Miserables vidas, llenas de soledad y de tristezas, enfermedad y necesidades, pero cómo se aferran a ella. Salgo a la plaza de Abdallah Gennun, dejo a mi izquierda la Torre del homenaje y me meto a la derecha bajo los arcos para “abrir” la puerta de que da al paseo en donde todavía se pueden ver los restos de un gran caravan serail que acogía a los viajeros con sus camellos y caballerías en espera de poder bañarse en el hammán cercano, cambiarse de ropa y negociar con sus mercaderías, fuera de la medina, en la que no entran los animales de carga. Regreso sobre mis pasos y camino, junto a las blancas paredes de la Gran Mezquita de Asilah, para alcanzar la puerta que se alza airosa junto a las antiguas caballerizas de la guarnición española, hoy convertidas en Centro de Encuentros Internacionales. Esta puerta se “abre” hacia la avenida y está considerada como la principal de acceso a la ciudad.

Vuelvo hacia la plaza de Abdallah Gennun, dejo la torre portuguesa a mi derecha y bajo a abrir la puerta de Bab Abarre, junto a la deliciosa mezquita de Lalla Saïda. Saludo con un gesto de la mano a Aixa que ya se dirige para atender a su hermana Fátima, inválida, pero que habita en la casita que tiene arrendada a los administradores de la mezquita desde hace más de setenta años, y que se la quitarían si la hermana se fuese a vivir con Aixa. Fátima tiene 97 años y su hermana Aixa “sólo 96”, me dice. Avanzo por la placita del Majzén hasta la Avenida de Ibn Khaldun, mi preferida, y regreso disfrutando de las pinturas murales que alegran la ciudad amanecida.

Ya puede entrar el día. La brisa borra los fantasmas de los sueños, limpia el polvo fijado por el rocío sobre las hojas de las plantas. Se van abriendo algunas contraventanas en silencio, y puertas por las que asoman sombras con una bolsa olvidada. Pronto pasarán los del servicio de limpieza que actúan rápidos y sin hacer ruido, regando con profusión detrás de la furgoneta de las basuras, limpias y modernas, importadas de Europa. Se recogen los gatos golfos y ya se oyen pájaros que saludan al día. Las golondrinas vuelan rasantes y en lo alto planea alguna cigüeña que otea las posibilidades de las riberas del pequeño río. Todavía no abren sus puertas los comercios ni los bares, salvo al otro lado de la muralla, pasando por la puerta de Bab Houmar, en donde desde muy temprano trabaja el churrero y abre somnoliento el local que ofrecen los primeros cafés con leche en vaso largo a los madrugadores en busca de trabajo de cuerda (a los que se contrata para la jornada) o a quienes esperan un transporte de favor hacia Tánger o hacia el interior.

Regreso a casa. Iré al zoco hacia las 9 para comprar lo necesario para la comida de cada día. Trabajo hasta mediodía. Como es viernes, iré a la mezquita a pesar de no ser adepto de religión alguna. Pero me acoplo como en un acto cultural y social más. Termino de preparar la comida y duermo una reparadora siesta. Tarde, lectura y envío de originales, o corrección de textos etc. Té. Hacia las 8 cena y me preparo para ir a la terraza del Café del Mar para escuchar música, ver a la gente, fumar un narguile y contemplar la puesta de sol antes de irme a hacer la ronda del sereno para “cerrar” las puertas de la medina.

Me encuentro en Asilah la hermosa medina amurallada de la que se dice en Asilah, un amor apasionado: “Situada en la costa atlántica de Marruecos, al sur de Tánger y al norte de Larache, Asilah o Zilis, de origen fenicio, fue reconstruida en 966 por el califato omeya de Córdoba, El Hakim II. Los portugueses la toman en 1471 y la amurallan. En 1578, el rey Sebastián I desembarca en Asilah con 20.000 soldados para conquistar Marruecos. Será vencido y muerto en la batalla de los Tres Reyes. Los españoles suceden a los portugueses y, en 1589, ceden la ciudad al saadiano Ahmed el-Mansur. Vuelven a tomar Asilah a finales del siglo XVII, pero el alauita Mulay Ismail la reconquista en 1691, la repuebla y construye dos mezquitas, un centro de enseñanza religiosa, baños, etc.

En 1829 Asilah será bombardeada por los austriacos y en 1860 por los españoles. Ahmed Raissuni toma la ciudad en 1906 y construye en ella su palacio, antes de dejarla en 1924.”
Este es el lugar de mi retiro y de mi descanso.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en garciafajardojc@gmail.com o Facebook Profesor Eméritus Universidad Complutense Madrid, Estudió en universidades Complutense de Madrid Doctor en Derecho, Gregoriana de Roma, Pontificia de Salamanca, Escuela Oficial de Periodismo, Profesor Eméritus Facultad Ciencias de la Información, U.C.M. , Henley College
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