Marrakeche, una huida

Marrakech, una huida
 
(Notas de uno de los viajes por Marruecos con 50 estudiantes de Periodismo por Marruecos, junto con una médico inolvidable, Imelda, y ayudantes de mi asignatura) Reproducida para RDM, agosto 17, 2019.
 
 
Puede que la vida no tenga sentido, pero tiene que tener sentido vivir
 
 
“… se hizo pequeño el cielo
 
para los pájaros”
 
(jarcha sefardí)
 
 
La luna es nueva. Amenaza reventar sobre los dos mares. Y desparramarse en suave luz sobre nuestros cuerpos. Agua y cielo. Luna y gozo. Tánger avanza como un ariete o como un tajamar entre el Atlántico y el Mediterráneo. Qué de evocaciones míticas, legendarias e históricas.
 
 
Los griegos no tuvieron otro modo de expresar su admiración y de describir tanta belleza que acudiendo a la mitología. El gigante Anteo, hijo del dios del mar Poseidón y de Gea, la diosa de la Tierra, fundó Tánger.
 
 
Así de sencillo para explicar este encuentro de dos mares, de un camino terrestre que cruza una ruta marítima, de dos continentes que se miran con el contenido aliento del esfuerzo que hiciera el gigante Hércules para separarlos, como el alfarero estira el barro.
 
 
Al sobrevolar el Estrecho sientes la tensión del esfuerzo, el físico dinamismo del final de Europa y del comienzo de África que tienden irremediablemente hacia el reencuentro.
 
 
No más estrecho de separación o de división. La geopolítica se convierte en poesía para cantárnoslo como remanso de aguas y de brisas en que remozar los cuerpos antes del abrazo fecundo con el anhelo de una proyección común. Y sobre estos extremos – que, por definición, se tocan- dos países: España y Marruecos. Es preciso conocerse. El conocimiento engendra el respeto. Y en la libertad consiguiente es donde puede surgir la obra común nacida de la sabiduría.
 
 
Con nuestro hatillo al hombro, peregrinos de realidades ciertas, preñadas de poesía, nos hemos bañado en el aire de este estrecho con el decidido propósito de limpiar los ojos del alma y los oídos del corazón para captar cuanto pueda ofrecernos este país tan añorado. Todavía no podemos hablar de nostalgia porque ésta es el dolor por lo conocido ausente. Pero algo de nuestro pasado y por eso de nuestra esencia, es lo que venimos buscando en este país cuya historia, durante siglos, se mezcló con la de España. También sus sangres, luces, saberes y creencias, se mezclaron con las de los españoles. En nuestras venas bullen, del hontanar profundo, a borbotones, calladas instancias que hablan de inaplazables reencuentros. Con este espíritu nos hemos puesto en marcha. Fuera prejuicios. Ánimo sereno, claro mirar con el corazón abierto y la mente alerta. Vamos de vuelo, aunque con los pies en la tierra. En esta bendita tierra que nos hace sentirnos más y más hombres cuando comulgamos con la creación entera.
 
 
Ya estamos en Tánger la bella, la oriental, la magrebí u occidental, la paradójica, cosmopolita y milenaria Tánger. Sereno brochazo en azul y blanco, en mar y tierra, con uno de los aires más nítidos que se puedan imaginar. Tánger es como un sueño de cuya realidad histórica se hiciera eco el almirante cartaginés Hannon en el siglo IV antes de nuestra era.
 
 
Griegos, fenicios y cartagineses recalaron en este puerto. Los romanos, siempre sabios por prudentes, favoreciendo los deseos de independencia del jefe local Iftas contra Bochus I, rey de Mauritania, concedieron a Tingis una autonomía con la garantía de Roma. Hasta que con el triunfo de Octavio se convirtió en colonia romana. Durante largo tiempo vivió unida en su destino a la provincia de Hispania y fue un próspero centro de comunicaciones y de intercambios entre España y Volubilis. Hacia finales del siglo III d. JC. se convierte en el verdadero centro de la Mauritania Tingitania, tan estrechamente ligada a España que llegará a formar una de sus seis regiones.
 
 
Y así, después de la peripecia del vándalo Genserico en el s. V, hemos de esperar hasta la invasión árabe que la va a utilizar en el 711 como rampa de lanzamiento para su conquista de España…
 
 
Sirvan estos recuerdos históricos como entramado sobre el que ha de bailar la lanzadera del tiempo. Idrissidas, en el 788, y Almorávides, en 1075, van a ocupar Tánger para dar paso, a su vez, a los Almohades en 1149. En el año 1243 pasa a formar parte del joyel de los Merinidas para seguir toda la epopeya de esta dinastía.
 
 
No quisiera cansar con estos datos históricos, pero es que durante nuestro viaje vamos a encontrarnos continuamente con estos hitos fundamentales e imprescindibles para tratar de comprender la evolución de este país en el curso de su Historia. Por ello Tánger va a ser una rica puerta y factoría que en el s. XIV comercia con Marsella, Génova, Venecia y Barcelona. Portugueses y españoles la van a ambicionar y a poseer, y hasta la Inglaterra del malogrado Carlos II la obtendrá en 1661, años claves de la vida política inglesa, como dote de la Infanta Catalina de Braganza.
 
 
Tánger va a ser durante el siglo XIX objeto de presiones y ambiciones de las grandes potencias que se aprovecharon del declive de la monarquía marroquí. Francia, España, Inglaterra y la misma Alemania se interesaron activamente por Tánger como lo demuestra aquel espectacular desembarco que hiciera el Kaiser Guillermo II del crucero Hohenzollern, en 1905, para oponerse a la política de expansión francesa. Todo ello forzará la famosa Conferencia de Algeciras donde en 1906 decidieron, en cierto modo, la suerte de una de las principales puertas del Imperio Marroquí y del mismo Imperio.
 
 
Sin la evocación de esta turbulenta peripecia no se podría comprender el fastuoso esplendor que, a partir de 1923, hiciera de Tánger una de las ciudades más cosmopolitas, variopintas, alegres, misteriosas y legendarias del mundo. Escenario de romances, novelas, películas, intrigas, espionajes, contrabandos, vidas equívocas y disparatadas, Tánger conserva todavía el lejano eco que, jurídicamente, se apagó en 1959 al unirse definitivamente a Marruecos cuando el país alcanzó su independencia.
 
 
En la actualidad, la serena belleza deTánger hacen de ella Bab el-Bahr, puerta del mar, en donde tocan barcos de todo el mundo. Pero también puerta de la tierra. De ese Maghreb el Aksa o “extremo poniente” del Islam, cuyo límite con el Océano Atlántico permitió al conquistador Oqba, en fantástica cabalgada, adentrar su caballo en el mar Océano hacia el 681 y poner a Alá por testigo de que “no iba más allá en la conquista para el Islam porque este mar lo impedía”. Si es mito o historia poco importa para nuestro cometido de captar la esencia de la realidad más que el dato conciso y frío. Me basta con creer que pudo haber sido y que, en su momento, expresó una realidad más grande que los excesos de la fantasía. En las frases atribuidas y no dichas por personajes históricos, hay que buscar ese poso de verdad palpitante y vivo que la tradición y la emoción de las gentes acuñaron con síntesis lapidarias.
 
 
Chilabas blancas, pardas y a rayas, multicolores vestimentas, mujeres veladas, telas a rayas rojas y azules propias del Rif, pastores y niños, minaretes y un Motel Caravan Sérail a la derecha. Armonía de trazo, color sereno, como de rosa tostada, y un apacible atardecer en este declinar de la primavera.
 
 
Hubiera querido tener un caballo para galopar estos campos dignos de un impresionista vencido en su madurez sosegada y tierna. Qué tonos, qué gamas del verde y del fucsia, con ocres y amarillos y, aquí y allá, las pinceladas de las amapolas.
 
 
El autobús sigue y yo dejo en él tan sólo el cuerpo. Me cabalgo estas tierras y estos campos oreados por una brisa tenue que dispersa los últimos rayos del sol.
 
 
Cuando el viajero llega a Marruecos percibe que entra en otro mundo, que se encuentra con costumbres de otros tiempos. El marroquí es un hombre sencillo, amable, efusivo y acogedor que fácilmente puede convertirse en nuestro amigo. Ahora bien, para mantenerse en buena relación con ellos, para estar a la altura de las circunstancias, basta con aprender la quaida: es la costumbre, la tradición, es el estilo, el saber vivir marroquí.
 
 
Como en todos los países musulmanes, la quaida exige que se invoque muy a menudo el nombre de Dios. Nunca se inicia nada importante, una comida, por ejemplo, o una conversación o un viaje etc… sin decir ¡Bismillah!, ¡Alabado sea Dios! Cada buena noticia se saluda con ¡Elhamdullah!, Dios sea alabado. También así habría yo de concluir la cena, pues es la tradicional y diaria fórmula de acción de gracias después de las comidas.
 
 
Y, conociendo la regla de oro de la mesa musulmana y de todo el Oriente, en general, “aceptar el trozo de comida, pan, frutos o bebida que os ofrezcan, aunque estéis ahítos y creáis que no podéis más”, ofrecí el pan, el vino, pasé salsas y dulces, frutas cogidas con tres dedos a mis huéspedes.
 
 
Un europeo puede realizar con cierta torpeza estas fórmulas de cortesía pero estad seguros de que un marroquí, un musulmán, un oriental sabrá mejor que nadie apreciar la verdadera cortesía: la que procede del corazón.
 
 
Inútil describiros su reacción. Entraron en el juego cautivados y vencidos pues nada hay que satisfaga más al hombre que el saberse reconocido y aceptado tal como es.
 
 
Un extraño, más que un extranjero, hubiera tomado su alegría y entusiasmo por simplicidad o ingenuidad de indígena ante la sabiduría del sahib, del twán o del mwana. Nada más alejado de la realidad. La generosidad y delicadeza de sentimientos de un árabe, marroquí o musulmán sólo se puede ponderar cuando se conocen. Y su orgullo y fortaleza son garantía de la autenticidad de su hospitalidad y afecto. No hiráis jamás a un musulmán en sus afectos, en su orgullo o en sus sentimientos. Toda su capacidad de amor se puede convertir en odio implacable y eficaz.
 
 
Había pedido que, en las diversas etapas, me recomendaran y reservaran adecuados restaurantes, de verdad marroquíes y no para turistas, en los que poder ir degustando progresivamente la amplia gama de la rica gastronomía marroquí: desde el cus-cus al mechoui, desde la pastilla a las tajinas, desde la harira a las mejores muestras de la pastelería fasi. Y, por supuesto, servidas con el ceremonial prescrito: lavado de manos, bendición, sentados sobre cojines en el suelo, descalzos “que el pie descalzo descansa al cuerpo”, comiendo con los tres dedos de la mano derecha, bebiendo diferentes vinos de Meknés en cada comida para catar la rica variedad de su buena bodega, y concluir con el azucarado y aromático té a la menta, bie1n recostados sobre las cómodas colchonetas y cojines, previendo el tiempo necesario para la sobremesa en pláticas, música, danzas y buena compañía.
 
 
Después de las once dimos un paseo en coche por Tánger en la noche llena de luna nueva. Fuimos al Cabo Malabata. Al frente, la Alcazaba puntilleante de luces y refulgiendo el mar que la besa. Más allá, la Medina con sus atalayas puestas. Paseo Marítimo, Avenida de España con las palmeras que Alfonso XIII mandara plantar. Hermosa la playa principal que corre, o se desliza más bien, según vamos, a nuestra derecha.
 
 
Silencio en la Plaza de España. Vacío denso. Luz y eco de las mil voces que durante el día la llenan con su ajetreo de autobuses y de gentes. Paseaban hombres con sus blancas chilabas. A Si Tahiri, nuestro amigo, le gustan de fina lana blanca o negra, con blanco serual o pantalón árabe, babucha amarilla y tchamir o larga camisa de cuello cerrado, también blanca.
 
 
– “¡Qué libre se siente uno dentro!”, me decía sonriendo.
 
 
 
José Carlos Gª Fajardo, Profesor Emérito U.C.M. (seguirá, cada día un capítulo revisado)
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Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en garciafajardojc@gmail.com o Facebook Profesor Eméritus Universidad Complutense Madrid, Estudió en universidades Complutense de Madrid Doctor en Derecho, Gregoriana de Roma, Pontificia de Salamanca, Escuela Oficial de Periodismo, Profesor Eméritus Facultad Ciencias de la Información, U.C.M. , Henley College
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