Por qué hacemos lo que hacemos

Nueve calas en torno al periodismo y la compasión ante la epidemia mundial de odio y miedo

Alfonso Armada – 16-11-2018
Ahora. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Natasha Trethewey, poeta laureada de Estados Unidos, dice: “Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que la poesía es lo mejor que tenemos para comunicarnos, o al menos para de verdad escucharnos unos a otros”. ¿Nos escuchamos, o nos dejamos adormecer por el ruido, el humo, los anuncios luminosos, la carga de una vida que no parece tener sentido, pero estamos cansados para ponernos a pensar en lo que supondría tener que hacer lo que cada uno sabemos que podemos y debemos hacer? La distancia que media entre la vida que imaginamos y la vida que vivimos. ¿En qué medida nuestra forma de amar y de vivir es verdadera, es real, o está influenciada de manera determinante por las formas de estar, de actuar, de hablar, que hemos visto en el cine, en la televisión, en proyecciones que nos hacemos, sobre todo cuando estamos a solas y nos vemos obligados a reconocer cuánto nos engañan, pero también cuanto nos engañamos a nosotros mismos, cuánto engañamos a los que nos rodean? Un mundo de sombras que en gran medida es la realidad. Sombras, personajes, acaso sueños de alguien que, aburrido, nos sueña, y juega a construir películas con nuestras vidas efímeras y sin sentido, o con un sentido que, como personajes, que apenas conocemos una parte de nuestro papel, y desde luego no los episodios principales y el desenlace, ni siquiera sospechamos. Aunque nos gusta pensar que tenemos un destino y un carácter para hacer que ese destino sea valioso y nos permita vivir una vida plena.

Desnudarse no es necesariamente una operación obscena. En recuerdo de María Irene Fornés. Había olvidado cómo se escribe una obra de teatro. Entonces conocí a María Irene Fornés en Nueva York. Sus Cartas de Cuba abrieron una trampilla en la que la imaginación y la memoria se daban la mano. Era posible indagar en el pasado, con todas las astucias y correcciones de la memoria y a pesar de todo ser fiel sobre todo a la emoción, al sentimiento, y por ahí buscar una verdad duradera. De ahí a inscribirse en sus clases de escritura teatral en el Intar Hispanic American Arts Center de Manhattan había un paso que era fácil de dar. Así logré vencer mis miedos y de ese roce y de esa liberad surgió una obra que no conseguí dirigir por mí mismo, Los niños no pueden hacer nada por los muertos. Tony Kushner, el autor de Ángeles en AméricaHomebody/Kabul, que compartió aulas con ella en la Universidad de Nueva York, dijo que todo estudiante con el que trabajó allí le confesó que ella le había cambiado la vida. Puedo acreditar lo mismo. Sobre todo en lo que tiene que ver con el miedo a decir. Con el miedo a hacer. Con el miedo a ser. En la vida. En el teatro. María Fornés se calló para siempre a fines del pasado mes de octubre en Manhattan. Por eso, también, admiro tanto a Isabel Muñoz, que me enseñó a buscar la desnudez sin miedo, que me ha acompañado en tantas aventuras desde que nos conocimos hace tantos años, y cuyas fotografías iluminaron el nacimiento de esta revista, y nos siguen alumbrando como yesca en medio de la oscuridad reinante.

La piel del mundo es áspera y frágil. El deseo nos aguija y nos aterra. Es hora de levantarse. “Esta tarea tan vieja de atar las palabras,/ los cuerpos y el sentido”, escribe Nieves Muriel en su poemario Madrid, pan recién cocido, que traigo aquí como una forma preciosa de atención, de guardar silencio. De escuchar. Lo escribía hace apenas cinco días Mario Vargas Llosa en El País: “El asalto de los millones de miserables de este mundo a los países prósperos del Occidente ha generado una paranoia sin precedentes en la historia, al extremo de que tanto en Estados Unidos como en la Europa Occidental resucitan fobias que se creían extinguidas, como el racismo, la xenofobia, el nacionalismo, los populismos de derecha y de izquierda y una violencia política creciente. Un proceso que, si sigue así, podría destruir acaso la más preciosa creación de la cultura occidental, la democracia, y restaurar aquella barbarie de la que creíamos habernos librado, la que ha hundido a Centroamérica y a buena parte de África en ese horror del que tratan de escapar tan dramáticamente sus naturales”.

 Alma Guillermoprieto, Leszek Kolakowski y la verdad. Anota Juan Bonilla “Cuando Guillermoprieto afirma que ‘hemos dado por buena una mentira absoluta: que la verdad existe’ y agrega que cada hecho puede ser mirado desde puntos de vista distintos que extinguen la posibilidad de que haya una verdad, olvida que la reproducción de esos puntos de vista no pueden alterar, sino incurriendo en mentira, los hechos objetivos, y por mucho que cada uno tengamos un punto de vista acerca del asunto, la verdad para todos ellos es que dos aviones pilotados por terroristas tumbaron las Torres Gemelas, que Borges murió, que España se proclamó campeona del mundo de fútbol en Sudáfrica… Por puntos de vista que les eches –los pilotos de los aviones no eran terroristas, creemos en la resurrección y Borges estará en algún sitio ahora mismo…– poner en duda cualquiera de esos hechos es impugnar la historia en aras de un relativismo parvulario al que el periodismo ha servido más y mejor que los maestros del posmodernismo”. ¿Cómo puede una reportera abrazar semejante aberración? Sé que se refiere a la dificultad de aprehender una verdad absoluta, pero es que yo creo que la verdad existe, y que la tarea del periodista es perseguirla a toda costa, por muy esquiva que sea. Ante la modernísima y ultrademocrática tendencia a cuestionarlo todo, a negar que existan verdades, ya advirtió uno de los más avezados y rigurosos estudiosos del marxismo (Main currents of Marxism. The founders. The Golden age. The breakdown),el filósofo polaco Leszek Kolakowski. Lo cita con fervor Julio Villanueva Chang, maestro de editores en Etiqueta negra y otros abrevaderos del buen periodismo: “La idea de que no haya hechos supone que las interpretaciones no dependen de los hechos, sino al contrario: que los hechos son un producto de las interpretaciones”. Y añade: “La doctrina de ‘no hay hechos, sólo interpretaciones’ anula la idea de la responsabilidad humana y los juicios morales; en efecto, considera de igual validez cualquier mito, leyenda o cuento, en relación con el conocimiento, como cualquier hecho que hayamos verificado como tal, de conformidad con nuestras normas de investigación histórica”. Recalca Julio que “cada crónica que se publica es en sí misma una reflexión acerca de los límites del oficio, del problema de la verdad, o de estar en el lugar de la verdad”. ¿Para qué somos periodistas? ¿Para limitarnos a contar lo que ocurre? ¿Cuánto de lo que ocurre? ¿Con qué, con cuántas, con cuáles palabras? Tal vez a eso se refería Alma Guillermoprieto, la gran reportera. Eso quiero pensar.

 Lo que Turgueniev entendió de don Quijote. En Hamlet y don Quijote, el escritor ruso dice que don Quijote representa “ante todo, la fe; la fe en algo eterno, inmutable y puro. En otras palabras, la fe en la verdad que encontrándose fuera del individuo no se le entrega fácilmente, exige de él servidumbre y sacrificio; la fe en la verdad, que es accesible por medio de la constancia en el servicio y por medio de la fuerza del sacrificio. Don Quijote está por entero penetrado de lealtad a su ideal y para servir a ese ideal está dispuesto a sufrir todas las posibles privaciones, a sacrificar la vida. Él estima su propia vida sólo en la medida que ella puede servir como medio para la realización de su ideal, que consiste en implantar la verdad y la justicia sobre la tierra”. Ideales de un caballero andante, ideales –por qué no– de un periodista cabal. Esta apelación a la búsqueda de la verdad que da sentido y justifica una vida de periodista, a una vida cualquiera. El primer ideal, instaurar la verdad, lo compartimos los periodistas. El segundo, la justicia, sería cosa de los políticos, de los hombres de acción, pero no solo de ellos, sino de cada uno de nosotros, con nuestras capacidades y desde nuestro lugar en el mundo. Pero sin la primera no vendrá la segunda. Como consecuencia de la verdad que nos hace libres, que permite que triunfe sobre la superstición, que los hechos prevalezcan sobre las opiniones. Verdad y justicia están estrechamente entrelazadas”. Y eso sin dejar de lado ciertas dosis de ironía ante nuestras propias debilidades y el entusiasmo de ese Quijote siempre empeñado en jugársela por su ideal, por esa pasión de ayudar contra viento y marea a los demás, a veces a pesar de ellos, con los estragos que –no lo olvidemos– a veces se causan con las mejores intenciones.

Quizás en brazos de Nietzsche y un caballo apaleado hasta la muerte. En la más reciente, y celebrada, biografía de Friedrich Nietzsche (I am dinamite!), Sue Prideaux recuerda el desdén que el autor de Más allá del bien y del mal sentía por ser fotografiado. Era como si fuera ejecutado por el ojo único del Cíclope. Y las fotos, las pocas que hay de él, recuerda Prideaux, le muestran incómodo, con las rodillas y los codos fuera de lugar, y como si la ropa que vistiera fuera siempre prestada. Esa incomodidad ante la foto incapaz de verle bien es, recordaba recientemente Parul Sehgal en una reseña del libro publicada en el New York Times, como en gran medida ha sido visto y leído Nietzsche a lo largo del tiempo, apropiado y manipulado por nazis y nacionalistas. “Para ver a alguien en su integridad”, decía el filósofo, “uno debe tener dos ojos, uno de amor y otro de odio”. Recuerda Sehgal, siguiendo a Prideaux, que Nietzsche no estableció ni propuso una escuela ni un sistema de pensamiento, salvo un inagotable espíritu crítico. No en vano se describía a sí mismo como “el filósofo del quizás”. Una lección para periodistas. 

 Lo que buscamos y lo que esperamos. Lo que buscamos en una revista. Me gustaría saberlo. Pero llevamos nueve años dando bandazos, buscando la manera de decir, en medio del ruido de las redes y del ruido general del mundo. A veces nos entra la tentación de callar, de apagarlo todo, de volver a la orilla. Después de toda una vida dedicado a buscar las notas exactas para las palabras exactas, de acompañar a Samuel Beckett, György Kurtág, que como su mujer de toda una vida, Marta, compañera de composición y de viaje, está jugando su última partida, acaba de estrenar en Milán su homenaje al autor que apreciaba cada palabra porque apreciaba el silencio: Final de partida. Hace tiempo que parloteamos demasiado. ¿Cómo no vamos a estar perdidos si no somos capaces de prestar atención al silencio? 

 El ruido que aturde no nos salvará de nuestra cobardía. Por qué hacemos lo que hacemos y por qué no hacemos lo que deberíamos hacer. Por eso ¿nos da tanto miedo el amor? ¿Abrir nuestra casa y nuestro corazón a los otros, a su penuria, a su sufrimiento? Las muchachas belgas que empezaron a abrir literalmente su casa a los emigrantes se dieron cuenta de algo que sabemos desde el principio: que son como nosotros. Por eso el gran test de Europa es el test de la compasión. En Los migrantes que no importan, de Óscar Martínez, uno de los grandes reporteros del admirable periódico digital latinoamericano elfaro.net, recoge esta pregunta de uno de los tres hermanos salvadoreños que, a bordo de La Bestia, ese ferrocarril despiadado que atraviesa México de sur a norte, huyen de la muerte en su país y buscan un lugar en el mundo en Estados Unidos: “Disculpá, espero que no te ofendas, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?”. Se parece a la pregunta que le hace a José Antonio Sánchez Manzano un emigrante marroquí varado en Bulgaria, Hassan, con el que intima y a quien decida muchas páginas en su libro Hostal Europa,una verdadera crónica, también, de largo aliento: “¿Cómo puede la gente que hace la ley cambiar algo si no podemos cambiar las cosas cotidianas de la vida?, ¿cómo puede un reportaje sobre un desgraciado como yo cambiar algo?”. 

 El año de la compasión y el verdadero sentido de la vida. En aquel caballo apaleado hasta la muerte en una calle de Turín al que se abrazó Nietzsche dando con ello, quizá, un paso irreversible hacia la locura, vamos a cifrar el décimo año de fronterad, que hoy comenzamos. En la necesidad de la compasión, ahora que el odio, que nunca se fue, y que con su siamés el miedo es uno de los grandes agentes políticos de nuestra época, queremos cifrar esta noche de la tierra. Empezando por los animales, no en vano si tenemos ese depósito extra de conciencia para incluirlos a ellos debemos hacernos cargo del dolor de los demás, de todo el dolor de todas las criaturas. Hemos de asomarnos con todas las consecuencias a la soledad de los animales, de la que habla Olvido García Valdés, y por lo tanto a su dolor, el que nosotros les infligimos desde que nos convencimos de que éramos los amos de la creación, nuevos dioses de nosotros mismos. Por eso vamos a poner nuestro año dedicado a la compasión en manos de dos guías del siglo XX que nos van a acompañar a lo largo de este año en la red: Albert Camus y Simone Weil. Porque se puede hacer gran literatura haciendo periodismo. El único límite es la verdad. Vamos a seguir intentándolo, persiguiéndolo aquí. Y para ello necesitamos compañeros de viaje. Como Albert y Simone, pero serán muchos otros. Como Svetlana Alexiévich. Como Mariano José de Larra (así definía la buena escritura: “Hermanar la aparente superficialidad de estilo con la profundidad filosófica. La exactitud con la gracia”). El nuestro seguirá siendo un tren lentísimo. Súbete. Desde la máquina y el ténder al vagón de la correspondencia, hay sitio. En ‘A modo de prefacio’, el poema que abre Madrid, el más reciente y hermoso poemario de Nieves Muriel, se lee:
“He llegado hasta aquí,
he afilado mi lengua
con la piedra sin nombre de las madres y
una luz clandestina y muy blanca.Me he limpiado con Sal para decirte”.

 

Posdata. La gratitud.  Esta es una suerte de carta del editor. La que me gustaría que sirviera como una forma de agradecimiento a todos los que nos han acompañado en estos nueve años que fronterad cumple este mes de noviembre. Aquí debería seguir, tras esa mínima lista inicial, una larguísima, formada por muchos más de mil nombres, que nos han acompañado con tanta generosidad, paciencia y entrega a lo largo de estos 417 números, si es que seguimos hablando como cuando soñábamos con ser de papel, lo que nunca fuimos, salvo en las dos antolojías que han intentado mostrar algunos de nuestros hallazgos, que son hallazgos sobre todo de nuestros colaboradores en todas las esquinas y cuadrantes del mundo. Y en nuestros libros. Contra el ruido, prestar atención, guardar silencio, escuchar. Ponerse en el lugar del otro. Así iniciamos nuestro décimo año de vida, apenas un niño que empieza a tomar conciencia de sí. Por eso queremos ahondar en una virtud poco practicada: La compasión.
Vamos.

Alfonso Armada (Vigo, 1958) es periodista y editor de FronteraD,

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cfr en www. garciafajardo.org o en fajardoccs@solidarios.org.es
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