Propuestas ante la grave situación

Lunes 26 de noviembre de 2018

 

El siglo XX asistió a la disolución de las utopías ante la hegemonía del pensamiento único y el nuevo paradigma de la globalización. En Seattle los manifestantes se pronunciaron contra la consideración del mundo como una mercadería.

En ningún otro período de la historia se había logrado el censo de los pobladores del planeta así como la evidencia científica de que es posible la eliminación de la humanidad por un desastre nuclear o por la progresiva degradación del medio ambiente.
Malraux había dicho que “el siglo XXI será un siglo espiritual o no será”. Ante la aporía de un mundo sin sentido, víctima de una espiral desarrollista y consumista, se alzan voces en la sociedad civil que reclaman la recuperación de nuestras señas de identidad como personas responsables que quieren afirmar el sentido del vivir; aunque la vida no tuviera sentido.

De concepciones ilustradas que pusieron toda su esperanza en el triunfo de las luces de la Razón se pasó al poder totalitario de los mercados guiados por el único norte del crecimiento económico, de la rentabilidad y de los beneficios.
Para ello consideraron a los seres humanos y a las riquezas naturales como “recursos” para ser explotados; aunque para ello nos arrancaran el futuro.

Al mito del “cuanto más, mejor” se opone la propuesta de que “cuanto mejor, más”. No se trata de negar los logros de las ciencias y las conquistas de las técnicas, al contrario, el desafío es de servirnos de ellas como instrumentos de libertad, de justicia y de solidaridad que presidan las relaciones sociales.

Las nuevas tecnologías nos han hecho tomar consciencia de vivir en un mundo global en el que todos los seres estamos inter relacionados y de que sólo podemos sobrevivir en simbiosis con la naturaleza. Nos sabemos tierra que camina, vecinos planetarios, ciudadanos del mundo con un corazón a la escucha que, en el respeto y la acogida del otro, podemos establecer redes de solidaridad que sostengan al que cae, lo devuelvan a su puesto y nos extendamos en un progreso humano presidido por la única consigna admisible: el derecho a buscar la felicidad.

Esta convicción creciente transforma las relaciones económicas, políticas y de poder en proyectos comunes de calidad, de serenidad y de realización personal y social.

Ante el malestar que presidió la loca carrera económico financiera, armamentista y competitiva de años anteriores se perfila en el horizonte de nuestro anhelo una aurora que anuncia como posible otra forma mejor de convivencia en la que cada ser humano pueda decir serenamente “Yo sé quién soy y mi vivir es indisociable del de las demás personas, de los animales y las cosas que componen el universo.”

La experiencia de viajar a bordo de un planeta azul nos ha hecho comprender que éste no es ilimitado y de que sólo cabe un desarrollo endógeno, sostenible, equilibrado y global. El ser humano ha recuperado el centro de nuestras preocupaciones, pero éste no es concebible desgarrado de sus raíces en la tierra que lo sostiene.

Vivir es un quehacer y la libertad, como la justicia, son tareas insoslayables. Nadie nos va a conceder los derechos humanos y sociales fundamentales; todo lo demás, podrán reconocerlos. Que no es poco, pues es lo que distingue a un régimen democrático de los que no lo son. Y si nadie nos tiene que mandar, es preciso tomar lo que nos corresponde porque hemos sabido que en la tardanza está el peligro. El gran secreto era que no había secreto, y el nuevo paradigma consistía en que no había paradigma. Mientras esperábamos al amanecer para ponernos en marcha, la luz nos ha invadido junto con los gritos de las gentes que entonan cantos de esperanza y del ansia de plenitud para la que han nacido.

Ya nadie acepta el soborno de sacrificarse por una humanidad o por un paraíso prometido para un mañana que cede ante la impetuosa realidad del presente, aquí y ahora.

No queremos cantos de libertad sino logros de antiguas utopías convertidas en objetivos políticos. Que si algo hubiera al atardecer de la vida lo acogeríamos como bienvenido.

Pero, por encima de todo, las gentes del camino no quisieran tener que lamentarse al considerar las personas que hubieran podido haber sido. Una vez más, en el principio era la acción. La palabra vino después para dar nombre a las conquistas del espíritu y a los logros sociales de las comunidades. Porque nos sabemos con derecho a lo necesario porque existimos, y no para existir.

Tenemos que refundar una nueva economía, más solidaria. Hay que rescatar la vida política de la invasión de los poderes financieros. Es preciso erradicar los paraísos fiscales con la misma decisión con la que se pretende luchar contra el terrorismo, las armas químicas o las mafias de los narcotraficantes. Podemos imaginar entre todos una distribución del trabajo y de las rentas más equitativa en una economía plural que reconozca el papel del mercado, la función del sector solidario y el inaplazable reconocimiento del derecho a disfrutar del tiempo liberado.

Nadie ha nacido para trabajar y para producir sino que trabajamos para vivir y para ser felices. Es preciso invertir en educación, sanidad, vivienda y preservación del medio ambiente. Es preciso reconocer el derecho universal a disfrutar de los saberes acumulados por las generaciones precedentes.

Nadie puede patentar un nuevo conocimiento pues éste descansa siempre en el esfuerzo de quienes nos han precedido. No es descabellado reconocer el derecho a una renta básica para personas sin ingresos, ancianos dependientes, sin hacer distinciones de raza, el estatus familiar, profesional o relacionado con el lugar de nacimiento.

En la aldea global todos somos ciudadanos sujetos de derechos y de deberes, no objetos de la benevolencia de nadie ni de la exigencia de los poderes que jamás serán absolutos sino siempre delegados.

La esclavitud, el poder de unas minorías, la marginación de pueblos por causa de género, la prepotencia de las castas sacerdotales, guerrera o dinástica han sido barridas por la conquista de las libertades expresada en sociedades democráticas y plurales. ¿Por qué no va a ser posible imaginar una sociedad más justa y solidaria si las grandes instituciones se hicieron realidad porque alguien las soñó primero?

Porque la nueva riqueza descansa en la inteligencia, en el saber, en la revolución del conocimiento que nos ofrece la capacidad de innovar en lugar de producir a partir de materias primas.

Einstein sostenía que, en tiempos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento. La vida nos va en darnos cuenta de que estamos en la cima de la mayor crisis que haya afectado nunca a la humanidad. Asumir el desafío conduce a la vida, negar la evidencia nos devuelve a la horda.

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Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en fajardoccs@solidarios.org.es
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