El anticuario de Teherán. Historias de una vida diplomática

El anticuario de Teherán. Historias de una vida diplomática. Ed. Península, 2018
El pasado no pasa nunca.” William Faulkner
“Creo que siempre hay buenas personas, incluso en los peores momentos”. Agnes Heller
“El tiempo presente y el tiempo pasado/ están quizás presentes los dos en el tiempo futuro/ y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado”. T.S. Eliot
Un collar de oro, coral y aguamarinas que un anticuario iraní suplica a Jorge Dezcallar que le haga llegar a su hija abre este libro, en el que el diplomático español pasa revista a sus años como embajador -lo fue en Marruecos, Washington y Roma- y recuerda a algunas de las personalidades -ministros, reyes, actores, presidentes- con las que ha compartido negociaciones diplomáticas y también, en ocasiones, veladas inolvidables. Según el autor, “siempre he sentido que me pierdo algo. Ese algo me hace tener una actitud de constante curiosidad por el mundo y las gentes que me rodean… quizás por eso a los doce años me propuse hacerme diplomático; me puse a aprender idiomas, hice Derecho y acabé ganando la oposición de ingreso en la carrera diplomática. Eso me ha permitido pasarme la vida viajando de un lugar a otro y vivir durante años en países diferentes, lo cual es muy distinto que hacerlo como turista, ya que cobras en lugar de pagar y además te permite conocerlos por dentro, tratar a fondo a sus pueblos y ampliar el horizonte vital, pues ya Cervantes advertía que “el andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”, y añade con Quevedo “nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida”. Ahí dice que, ha “aprendido a ser tolerante, a contrastar mis puntos de vista con otros y a aceptar que por encima de del barniz de razas, religiones y lenguas, los seres humanos somos esencialmente iguales y buscamos las mismas cosas por caminos distintos”. Y me paro aquí porque seguiría citando o copiando al autor en esta maravilla de libro a lo largo de casi 600 páginas, pero, sabiamente, separadas en 11 partes, y estas en 76 capítulos de unas 5 páginas cada uno, que se devoran en un vuelo, y un inolvidable Epílogo.
     Conflictos pesqueros con Marruecos que ponen en serio peligro la relación entre países, torpes intentos de ofrecerle al MoMA un Velázquez a cambio del Guernica, un banquete marroquí que no empieza hasta que llega el cordero enviado por el rey, agradecimientos que se entregan en forma de enorme cajón rebosante de lenguados y merluzas o una declaración de guerra con Rusia de la que nadie se acordó durante más de doscientos años recorren estas páginas, llenas de historias entrañables, divertidas, desoladoras o simplemente surrealistas, pero en cualquier caso apasionantes, escritas por alguien que, a consecuencia de todo lo vivido, ha aprendido “a ser tolerante, a contrastar mis puntos de vista con otros y a aceptar que, por encima del barniz de razas, religiones y lenguas, los seres humanos somos esencialmente iguales y buscamos las mismas cosas por caminos distintos”.
     Y de eso trata este libro, que recoge momentos que ha vivido por la profesión que eligió de diplomático y durante años, dirigiendo el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) lo que le permitió tratar a sus colegas de gran parte del mundo. Ese capítulo, Mis amigos espías, es a veces, desternillante, al estilo de Lawrence Durrell y más reciente, de Mathew Parris con su The Spanish Ambassador’s Suitcase. Lo que hace que ya no puedas dejar de leerlo y, a pesar de estar jubilado pero no inactivo, andes como en la adolescencia “robando momentos” para devorarlo, lápiz en mano, y lleno de satisfacción por una vida vivida con entusiasmo, apasionamiento y cordura, que le hace recomendar a los jóvenes, y a mí con él, “que sigan su vocación, y dediquen su vida a hacer lo que les gusta y no piensen sólo en ganar dinero, que con tener suficiente sobra, sólo se vive una vez y la vida pasa demasiado deprisa”. Porque el autor ha procurado es no ser nunca pesado “porque el mundo está lleno de tipos pelmazos e importanciosos”.
     No se lo pierda, amigo lector, he disfrutado como nunca saboreando esta preciosa narración de viajes con un estilo literario admirable y con una prosodia que desconocen tantos periodistas y profesionales en prensa, radio y televisión; no digo nada de ese seudo lenguaje de primates que practican mis nietos y sus colegas. Y me perdonarán mis amigos, ya entrados en una vejez activa que nos anima y sostiene, al menos, compartiendo saberes. Por eso les copio el último párrafo de esta delicia escrita, pero digna de un narrador de historias, al caer de la tarde, bajo el más frondoso árbol de la plaza de su pueblo:
     “A aquellos cuya vida ha sido muy activa y muy variada, como por suerte fue la mía, les cuesta retirarse, aunque haga otras muchas cosas. Tolstói decía algo así como que el secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que uno quiere, sino querer lo que se hace. Y yo me lo aplico. Una forma de autoengañarme ha sido escribir este libro porque, al hacerlo, he tenido ocasión de revivir, volver a vivir, algunos momentos que me han parecido que pueden ser interesantes también para los demás. Espero no haber defraudo”. Le aseguro que yo, viejo profesor, he aprendido, he sonreído y, aquí entre nosotros, me lo he pasado bomba.

José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito, U.C.M.
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Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en fajardoccs@solidarios.org.es
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