Sabiduría en cuentos

“Si pretendes que te diga la verdad, te mentiría”, le respondió un gallego a otro que comprendió al punto lo absurdo de su pretensión.
Durante décadas he dedicado mi vida a la enseñanza universitaria y a dar charlas y conferencias. Pronto caí en la cuenta de que, si en algún momento quería recuperar la atención de la audiencia, no tenía más que bajar un poco la voz y anunciarles que iba a contarles un cuento. O una anécdota, una historia o algo que le había sucedido a alguien, o a mí mismo. Había comprendido que a la gente sólo le interese lo que le sucede a otra gente. Cuando dos personas se encuentran ninguna expone teoría o abstracción alguna. Hablan de cosas concretos, de ti, de mí, de amigos
o de quien sea con tal de que despierte su interés.
Alguien me contó que, en La Sorbona, dedicaron un seminario a analizar toda la producción dramática de la humanidad. Desde Esquilo, Sófocles y Eurípides hasta Ionescu, Pirandello o Arthur Millar y el resto de contemporáneos. Sin olvidar a los grandes del siglo de oro y hasta los epopeyas indias en la que se mezclaban las peripecias de seres humanos y divinos. Al hombre le interesa lo que le sucede a otro hombre, o a los animales de los que aprendemos sus costumbres, temores y peligros.
Al final del estudio, se encontraron con que se trataban unos veinte temas desarrollados a través de unas gamas de situaciones que no sobrepasaban el centenar. Alguien amaba a alguien o sentía celos o envidia o lo mataba o se arrepentía o se atrevía a robar el fuego de los dioses y lo pagaba con la expulsión del Paraíso que son habían comprendido, caído en la cuenta, de que el árbol del Bien y del Mal, la sabiduría la portaban en ellos mismos.
Por eso toda la historia transmitida oral o por escrito, en la danza o en el teatro, en los sueños o en las vigilias nos la habían contado: Arjuna y Krisna, Laotzu y Chuangtzú, Buda y sus discípulos, los profetas y los augures, el Rabí de Nazareth, Mahoma, los chamanes y los héroes junto a los sabios y las dinastías no eran más que el objeto de la historia cuyo sujeto siempre era, y sigue siendo, el ser humano con sus avatares y peripecias.
El pretender ser como dioses cegaba la capacidad de descubrirnos divinos, inmortales y eternos. De saberse uno con todo lo que existe, y lo que no existe pero que es, para servirnos de los pobres conceptos al uso desde que el ser humano fue capaz de saberse, que iba más allá del conocimiento de las cosas, de los animales y del más allá, más adentro y más plenitud en el silencio y en el trato. El ser humano, a diferencia de lo que conocemos de los animales, de las plantas y de los minerales, vive presa del temor a dejar de ser, a desaparecer, a desintegrarse, a morir. Por eso, inventaron a dioses antropomórficos, destinos y cosmogonías.
Y ese miedo a la muerte hace que las personas asuman los temores como garantías de seguridad. Una seguridad inventada por los poderosos que surgieron como sacerdotes, chamanes, guerreros o dueños de ganados y de tierras, también de seres esclavizados a quienes previamente habían degradado de su humana condición. Así hasta las enajenaciones en ideologías que se fueron sucediendo a través de los siglos hasta nuestros días con los paradigmas de dinastías de origen divino, de las clases sociales, de las razas, de los comunismos, los fascismos, nazismos el capitalismo más salvaje e inhumano que nos controla.
Por eso, mi vida comenzó en la veneración a los dioses que me proponían la familia y la sociedad en la que crecí, para transformar mi vida en la búsqueda de la verdad y de la  justicia, de la bondad y de la libertad movido por la compasión y por la piedad. Pero, al fajarme en el servicio a los demás en el compromiso solidario más allá de discriminación alguna comprendí que el sentido del vivir era ser felices, esto es, ser uno mismo.
Pronto caí en la cuenta de que la solidaridad era hacer propias las miserias ajenas, sus necesidades y sus justos anhelos. Entonces, muertos en buena hora los dioses, las dinastías y los poderes que someten y humillan y esclavizan y explotan a los demás seres comprendí que las ideologías no eran más que eso, hueros fantasmas para perpetuar el dominio de unos sobre otros. De ahí el paso fundamental a la experiencia del silencio, de la contemplación y de la acogida mediante el compromiso social que fundamentaba la denuncia de las injusticias con la aportación de propuestas alternativas para restaurar el orden originario y armonioso, el equilibrio de todos y con todo cuanto existe.
El estudio, el preguntar, el echarme a recorrer tierras y escuchar a los pueblos con sus tradiciones y leyendas, con sus costumbres y fenómenos religiosos y sociales, políticos y económicos me llevaron del escepticismo y la ira, a la concordia y la acogida del otro sin condiciones ni recompensas. A no juzgar ni pretender comprender, sino a acoger y a respetar, a servir en libertad y con serena alegría.
La docencia, el servicio, el compromiso y el atreverme a saber y a compartir me alejaron del nihilismo y del caos. Valía la pena atreverse a ser uno mismo, a tomar partido por los marginados y excluidos. Arrojar la cara importaba porque el espejo no había por qué. Y así, asumiendo la fragilidad y la contingencia personal, me abrí a los demás y descubrí que la sabiduría primordial y perenne se encontraba en los apólogos y en los cuentos, en las parábolas y en los paradigmas contados con gracia e ingenio, con imaginación y valentía.
El estudio de las tradiciones de otras sociedades y pueblos sin exclusión ni trampas, me sosegaron e hicieron comprender que no el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el entender rectamente las cosas y las relaciones entre los seres vivos, y por vivir.
La realidad real es más auténtica que la soñada, imaginada o inventada. Era cuestión pues de compartir y de abrirse a los demás y a todo cuanto existe. No hacían falta ni cielo ni infierno, ni dioses ni paraísos. Había que disolver la culpa inventada como se disuelve la sal que portábamos en un saco a cuestas cuando nos atrevimos a cruzar hacia la otra orilla.
De ahí estos cuentos usados por un viejo profesor jubilata que prosigue su andadura y que trata de ayudar a quien se acerca con el sentido común y la experiencia propia y ajena.
Veréis la fabulación de un viejo maestro en su relación con un príncipe de nuestros días, que, por supuesto, habita en alguno de los Shangais que vibran ahí, allí y aquí. No hay más que abrir los ojos del corazón, como pidió aquel joven príncipe la víspera de su coronación: Concédeme un corazón a la escucha. (leb shomá Adonai El Shadai).
Las sombras, esas sombras que nos esclavizan son las que tenemos que patear con los pasos de un claqué festivo y consciente. No sirve de nada pretender ignorarlas porque siempre salen por peteneras. Así, bailemos claqué como aquellos esclavos que soñaban con ser libres, después de muertos. No. Liberados, aquí y ahora. Por eso, hoy comienzo una nueva sección “Sabiduría en cuentos”
José Carlos Gª Fajardo
Profesor Emérito U.C.M.
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Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en fajardoccs@solidarios.org.es
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