Necesitamos la celebración siguiendo el curso de la naturaleza. Antes, celebraban la siega o la vendimia, los ritos de amor o de paso. O fiestas religiosas que venían a coincidir con ancestrales costumbres relacionadas con los ciclos de la agricultura. Hoy celebramos el permanecer vivos y tratamos de dar sentido a cada momento de nuestra existencia porque se nos escapa el sentido de la vida. Algo no va bien en el mundo y no nos atrevemos a corregir las causas contentándonos con aliviar algún efecto de esa injusticia estructural, para calmar algo la conciencia. De ahí las limosnas y los aguinaldos. Nos entregamos a un consumismo descabellado. Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo. Corremos el riesgo de convertir al otro en objeto de nuestra solicitud, cuando siempre es sujeto que sale al encuentro y nos interpela.
José Carlos Gª Fajardo