Prólogo a La vida de D. Quijote y Sancho

“Me preguntas si sé la manera de desencadenar un delirio, un vértigo, una locura cualquiera sobre estas pobres muchedumbres ordenadas y tranquilas que nacen, comen, duermen, se reproducen y mueren”.

“Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, duques, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará?… Las cosas se hicieron primero, su para qué después… No hay porvenir, nunca hay porvenir. El verdadero porvenir es hoy. No hay mañana. ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Esta es la única cuestión”.

“¿Por qué haces eso? ¿Preguntó acaso nunca Sancho por qué hacía Don Quijote las cosas que hacía?”.

“Creo que se puede ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón… Lo guardan para que el Caballero no resucite”.

“¿No crees que hay por ahí muchas almas solitarias a las que el corazón les pide alguna barbaridad, algo de que revienten? Ve a ver si logras juntarlas y formar escuadrón con ellas y ponernos en marcha a rescatar el sepulcro que, gracias a Dios, no sabemos dónde está. Ya nos lo dirá la estrella refulgente y sonora”.

“Los esclavizadores saben bien que mientras está el esclavo cantando a la libertad se consuela de su esclavitud y no piensa en romper sus cadenas. Procura vivir dominado por una pasión cualquiera. Sólo los apasionados llevan a cabo obras duraderas y fecundas… Te consume una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos, y la morriña de eternidad… Ponte en marcha solo. Todos los demás solitarios irán a tu lado, aunque no los veas…”.

“Pero, ¿no te parece que en vez de ir a buscar el sepulcro de Don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques, deberíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan… y esperar allí a que resucite y nos salve de la nada?”

Este prólogo me ha acompañado desde mi juventud en momentos claves de mi vida, cuando no sabía qué hacer mientras mi corazón reventaba por ausencias, que no por nostalgias. Por eso me he puesto tantas veces en marcha para comprobar que los viajes son un rodeo en el camino a casa. Pero hay que osar y atreverse a hacerlos.

Es uno de los libros más representativos de Miguel de Unamuno, en que el autor no pretende descubrir el sentido que Cervantes le diera, sino el que le da él, la obra quizá sea también novela, ya que en sus páginas hidalgo y escudero reviven los episodios de la obra cervantina en compañía de un narrador que no se priva del auto-atribuido derecho a injerirse en lo narrado, trasluciendo en el comentario una voluntad tanto crítica como creadora, escriben los doctos hermeneutas. Y añaden que la obra de Unamuno se halla más cerca de lo poético que de lo especulativo: es mucho más lírica que filosófica, más de corazón de que cerebro, más de pasión que de razón.
J. C. García Fajardo

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cfr en www. garciafajardo.org o en fajardoccs@solidarios.org.es
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