La historia de un sueño

 

Juan Luis Arsuaga es uno de los científicos más conocidos de España, una auténtica autoridad en paleo antropología. Es Premio Príncipe de Asturias, junto a sus colegas de las excavaciones de Atapuerca, y autor de best sellers como “La especie elegida”. Por eso, quienes le conocen y le escuchan hablar de “Arte y Carne. La anatomía a la luz de la Ilustración” sabe que se trata de algo muy importante para él. “Sin duda –afirma Arsuaga– esta exposición es el acontecimiento cultural del año. No sólo por el indudable valor de las figuras, sino porque es una exposición que tiene una historia y esto hace pensar, reflexionar, tiene un compromiso, unos valores. Exposiciones con este contenido, con esta carga, no son fáciles de hacer. Los objetos que se muestran son un recreo y un gozo para la vista y para los sentidos. Pero la historia es otra. La historia que cuenta esta exposición es la historia de esta Universidad. Es la historia de un sueño. De un sueño de unos ilustrados, unos profesores de aquí que forman parte de un movimiento y una sensibilidad internacional y que tienen unos valores y unas creencias, y que aspiran a transformar el mundo y a liberar a la humanidad de las cadenas de la ignorancia, proyectando sobre el pueblo la luz de la razón. Piensan que van a crear una humanidad más justa, más fraternal, más feliz, la felicidad de la gente. Tienen ese sueño y se ponen a trabajar por él. Esta es una exposición que tiene un contenido político, ideológico y social, histórico en suma. Es una reflexión sobre la ciencia, la humanidad…”.

La historia que cuenta arranca en la creación del Real Colegio de Cirugía de San Carlos, (allí donde ahora se encuentra el Reina Sofía y el Real Conservatorio de Música,) allá por 1780. Un grupo de personas encabezados por su primer director, Antonio Gimbernat, se propone –a imitación de lo que sucedía en Italia, en Florencia, y en otros centros académicos, instituciones que surgen más o menos al mismo tiempo en distintas partes de Europa durante este periodo de florecimiento del humanismo científico– explicar la anatomía a través de modelos tridimensionales. Hasta ese momento en la docencia se disponía del cadáver o bien de las láminas bidimensionales de los manuales de anatomía. Pero ellos deciden crear modelos tridimensionales para poder estudiarlos desde todas las perspectivas. “Entonces hacen un proyecto internacional de primerísimo nivel, comparable a un proyecto científico de ahora de física de partículas, dice Arsuaga. Se trata de reproducir el cuerpo humano con todo el rigor científico. Y para ello ven que van a necesitar artesanos, gente que maneje la cera; anatomistas, que conozcan la anatomía; artistas, que den una expresión, y, por supuesto, cadáveres. Todo esto muy conectado con la Real Academia de las Artes de San Fernando  y los artistas participan también en este proyecto. Es un gran proyecto, con un pensamiento detrás y unos valores”.

El relato que cuenta la exposición no se queda en el siglo XVIII, sino que llega hasta nuestros días. Arranca en Carlos III, pero continúa en la oscura época de Fernando VII, recorre todo el siglo XIX, el XX y nos lleva hasta la actualidad, hasta nuestro siglo XXI. Para Arsuaga lo transcendente es que todas las personas que intervienen en hacer realidad este “sueño del conocimiento” es que no dejan de ser sus “compañeros, mis colegas, gente que su universidad, la mía, no ha olvidado. Esta exposición es de Antonio Gimbernat, primer director del Colegio de San Carlos, que murió en Madrid, pobre, ciego, loco. Fue depurado por Fernando VII acusado de afrancesado, por haber continuado desarrollando su trabajo durante la ocupación francesa. La Universidad Complutense no lo ha olvidado. Como tampoco ha olvidado los nombres de Martín Martínez, el novator, el precursor de todos ellos, ni de Mariano Ribes, ni de Juan de Navas, ni de Castelló, ni de Argumosa, ni de Santiago Ramón y Cajal, su ilustre continuador, ni de Javier Puerta, de quien el Museo de Anatomía toma su nombre. La Universidad Complutense de Madrid no olvida a sus héroes, antes bien los honra y esa es su grandeza. Son nuestros compañeros del siglo XVIII, esa es la belleza de esta exposición. Somos sus descendientes los que reflexionamos sobre el papel de la ciencia y la universidad”.

Hay un nombre al que quieren hacer justicia. El del doctor Martín Martínez, “uno de mis colegas, de mis predecesores, de nuestros chicos”. Martín Martínez se hizo famoso en su época, comienzos del XVIII, por realizar disecciones públicas de cadáveres. Una de las salas de la exposición recrea aquellas sesiones mostrando la mesa original en las que las llevaba a cabo ante el pueblo de Madrid. Hoy lo llamaríamos divulgación, porque eso es lo que él hacía. Imbuido por aquel espíritu, Martín Martínez pensaba que la ciencia debía ser para la sociedad y no sólo para el especialista.

Ese afán del doctor Martín Martínez por divulgar el saber científico, condiciona la exposición. “A la hora de mostrar las esculturas, estos modelos de anatomía, nosotros hemos hecho un reto simbólico, hemos querido prolongar su función docente. Estas esculturas estaban creadas para la enseñanza de la anatomía, para la sociedad, no sólo para los médicos. No tenemos un cadáver encima de la mesa, no lo diseccionamos en público, pero enseñamos anatomía a la sociedad, para que cualquiera pueda aprender anatomía del cuerpo humano.  La enseñanza de la anatomía estaba entonces en una etapa pre-darwinista, pre-evolucionista. Nosotros hemos dicho: ¿qué mejor servicio podemos hacer a los fines fundacionales de esta colección que actualizarla y prolongar su función docente, que siga siendo útil? Y hemos organizado la exposición con criterios evolucionistas. Ahora ya conocemos la teoría de la evolución y lo podemos tratar así”.

La exposición organiza las figuras en cuatro grandes grupos, que son las cuatro grandes singularidades del ser humano: el pensamiento, el cerebro, el sistema nervioso; la obstetricia, el parto; la locomoción, y el lenguaje. Se exhiben córtex del cerebro en cera que muestran toda su estructura. “Eso es para que todos entendamos cómo se ha incluido el criterio evolucionista en la exposición– es hasta donde el ojo llega y se llegaba entonces. Pero luego viene Ramón y Cajal, que es otro compañero nuestro de universidad ya fallecido, y a través de la microscopía da un paso adelante describiendo la estructura del sistema nervioso y ahí lo mostramos en óleos maravillosos basados en dibujos suyos. El siguiente paso es la funcionalidad del cerebro, la neurociencia cognitiva y la neuroimagen…”, continúa el comisario de la exposición.

Cada una de las cuatro salas, que se completan con otras cuatro sobre el momento histórico, la disección, la historia de las piezas y la colección de dibujos anatómicos de la Facultad de Bellas Artes, muestra obras únicas, de incalculable valor.

Preguntado el propio comisario tiene dudas sobre qué dos objetos salvaría en caso de incendio. Se decanta por salir de las llamas con dos obras: La Parturienta y el Vesalio.

“Para que os hagáis una idea –señala a los periodistas– cuando fui a la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla, donde la Complutense guarda sus libros históricos, me preguntaron qué libro quería ver antes de morir, y elegí el Vesalio. Ese libro  [De humani Corporis Fábrica, de Andreas Vesalius (1543)] lo cambió todo, cambió el mundo, cambió la anatomía, la medicina, las ciencias humana. Supuso una revolución científica. Hasta ese momento la medicina era galenista, y Vesalio es la observación, lo que es el método científico moderno. Forma parte de un movimiento científico anterior, la revolución barroca, con Galileo, Newton, Vesalio, que crean el método científico como lo conocemos hoy, basado en la observación y el experimento. Hubo un debate entre vesalianos y galenistas en estas aulas. Hay una cosa que me emociona mucho, que es una discusión seguramente falsa, pero que como anécdota sirve. Estaban juntos unos y otros y dice el galenista, esto es así, de esta manera y el vesaliano decía que no, que era de otra. El galenista decía pero Galeno lo pone de esta manera y respondía el vesaliano, sin embargo, en el cadáver se ve de esta otra. Y dice el galenista: Pues entonces, se equivoca el muerto”.

La segunda obra que Arsuaga salvaría de la quema es La Parturienta. “Es la figura más emblemática de la colección, porque es de cuerpo completo, es muy dramática. En este proyecto internacional y multidisciplinar de las figuras anatómicas participan también artistas, como Juan Cháez, que les da una expresividad que en otros países no tienen. Es el barroco anatómico. Tienen una expresión que es innecesaria para la enseñanza de la anatomía. Forma parte de una colección de obstetricia que es única, porque en este Real Colegio de Cirugía se creó una cátedra de partos. Creyeron que también las comadronas tenían que recibir una enseñanza académica y científica. En esa cátedra de partos está Juan de Navas. Allí está su libro El arte de partear. Se admitían mujeres casadas, de más de 25 años, reputación intachable y las clases se dan con puerta cerrada”.

Arsuaga disfruta de cada pieza de la colección, conoce su historia, y goza transmitiéndolas. Subraya que el mérito de esta muestra no es suyo, sino de la comunidad complutense, que personaliza en cuatro nombres: “el del profesor Fermín Viejo, director del Museo de Anatomía Javier Puerta, donde se conservan los modelos en cera, que son los principales protagonistas; el de la profesora Alicia Sánchez, que lleva años restaurando esas figuras anatómicas fragilísimas con empeño, sabiduría y mucho amor; el del escultor Martín Chirino, que da un toque de modernidad a la exposición, y el de Milagros Algaba, la museóloga, la madre de esta exposición”.

La idea de Arsuaga y de todo el equipo complutense, que encabeza la vicerrectora María Nagore, es que estos seis meses que va a estar abierta la exposición, se mantenga “viva”. Así, está prevista, además de visitas guiadas para estudiantes de colegios e institutos, la puesta en marcha de diversas actividades o talleres artísticos. “Creo creo que esos valores fundacionales de la Ilustración, la Universidad Complutense los ha conservado siempre. En los momentos difíciles, a lo mejor de una manera menos obvia y evidente, de una manera más clandestina, y en unas épocas más luminosas evidentemente. Son los valores que son el espíritu de esta Universidad”, concluye el comisario de la exposición.

Alberto Martín
Periodista y redactor jefe de Tribuna Complutense

 

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