Basta con mirar

Las cosas más naturales y sencillas, cuando la gente no las comprende, las convierten en magias, prácticas extravagantes o misterios turbios y sospechosos. Por eso, el Buda pronunció el más breve sermón del mundo: “Venid y mirad”. No les dijo, “analizad, juzgad, condenad, ni siquiera “perdonad”. Esa fue la enseñanza de Jesús “¡No juzguéis!”, la revelación a Agustín y a Mahoma “Toma y lee”, y a tantas personas admirables y ejemplares.
– Maestro, ¿por qué me cuentas hoy esto? ¿Te preocupa algo? -, preguntó Sergei que no dejaba escapar una.
– ¿A mí? No, Sergei. Pero escucha lo que le ocurrió a un venerable sanyasin en esa India que tanto te atrae.
Sergei se acomodó en su cojín, arregló los pliegues de su túnica y abrió los de su mente, para dejar espacio sólo a su corazón, y al amor que sentía por su Maestro.
– Resulta que un yogui vivía en las afueras del pueblo y las gentes, en sus paseos del atardecer, solían pararse a distancia para contemplarlo. Sólo eso ya irradiaba paz. Cuando pasaron las lluvias, el sanyasin salía al anochecer para leer las Escrituras a la luz de su candil, mientras que encendía otra vela y la colocaba un poco más alejada. Las gentes comenzaron a murmurar: que si convocaba a espíritus, que si hacía magia, que si era para entrar en trance, que si sería para levitar. Tanta fue la conmoción de la población que trascendió a otros poblados vecinos y, al anochecer, las gentes se sentaban a una prudente distancia y casi herían al venerable sanyasin con sus miradas y murmullos.
Un día, se formó una comitiva de notables y se inclinaron profundamente ante el santo varón para pedirle permiso para hablar. Concedido con una amplia sonrisa del yogui, hablaron.
– “Venerable anciano, ¡por el amor de Shiva, de Brama y de Krisna! ¿Por qué lees a la luz de tu candil y colocas una vela a cierta distancia? ¿Para qué sirve? ¿Esperas un milagro, es un rito mágico, veremos algo extraordinario?”
El renunciante rompió a reír y una abuela tuvo que traerle una taza de té especiado para animarlo a hablar. Entonces, les dijo lleno de compasión:
– “El candil me permite leer y coloco esa vela más brillante a distancia para atraer a su luz fascinante a las polillas y a los mosquitos. Eso es todo, amigos.
Sergei, se levantó, se postró y dijo sutilmente al Maestro desde el suelo:
– Ahora comprendo aquello de que “lo importante es invisible para los ojos; no se aprende bien más que con el corazón”.
– No lo has pillado, mi querido Sergei, no lo has pillado. ¡Basta con mirar! ¡Ven y mira lo que hay! Deja en paz los temores, los sueños y las imaginaciones.
Y acercó su mano firme para dar un toque afectuoso en la cabeza del discípulo cuya mente corría más que sus pies.
José Carlos Gª Fajardo

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Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en garciafajardojc@gmail.com o Facebook Profesor Eméritus Universidad Complutense Madrid, Estudió en universidades Complutense de Madrid Doctor en Derecho, Gregoriana de Roma, Pontificia de Salamanca, Escuela Oficial de Periodismo, Profesor Eméritus Facultad Ciencias de la Información, U.C.M. , Henley College
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