Vamos a predicar

Allá por el siglo XIII, en la Umbría, una mañana de mayo dijo el Hermano Francisco a Fray León:
– Ovejuela de Dios, hoy hace un hermoso día. Vamos a bajar al pueblo a predicar.
– ¡Qué alegría! Hermano Francisco, ardo en deseos de escucharos después de tantas semanas de silencio aquí en el bosque. Prepararé una alforja con algo para comer.
– No te preocupes por eso, Fray León, el Señor proveerá.
– Sí, pero será mejor echarle una mano porque el Señor ayuda a los buenos cuando son más precavidos que los malos.
Francisco no dijo nada. No obstante, el discípulo echó unos nabos, unas manzanas, restos de queso ya muy curado y algunas frutos secos en la alforja de esparto, pues, conociendo a Francisco, igual se tiraban varios días por los valles. También echó un pellejo de vino que les habían dejado unos carboneros.
Llegaron a las primeras casas del pueblo y encontraron a un mendigo con llagas purulentas. Francisco se detuvo, lo abrazó llamándole hermano, le lavó las heridas con agua y le pidió a León que le vertiese algo de vino sobre las llagas y que le diera también algo de beber y de comer al mendigo.
Al cabo de un rato, una mujer salió llorando al camino porque su hija se moría bajo una fiebre ardiente. Francisco entró, puso su mano sobre la frente de la muchacha y la fiebre desapareció. Después, la ayudó a comer una manzana fresca y dio a la madre algo de la comida de la alforja de Fray León.
Así continuaron toda la mañana, cuidando a enfermos, visitando y animando a ancianos, consolando a un viudo mientras le ayudaban a enterrar a su esposa, jugando con unos niños que habían perdido a su padre, y dejando siempre algo de comida que León sacaba de la alforja con gran pasmo porque él sólo había echado unos nabos, unas manzanas y poco más. Pero no abrió la boca ya que Francisco había entrado en el hospital de menesterosos, se había arremangado, ceñido con un delantal y puesto a fregar la estancia, a lavar la ropa, a tenderla y, mientras se secaba en el huerto, consolaba y lavaba a los enfermos. También les daba a cada uno según su hambre y su necesidad.
Ya caía la tarde, León no podía con su alma y se sentía desfallecido por el hambre. Entonces, Francisco le dijo:
– Fray León, Ovejuela de Dios, vamos al convento para llegar a Vísperas y no hacer esperar a los hermanos.
– ¡A cuatro cañas en forma de choza llama vuestra paternidad convento!
– ¿Acaso no es allí en donde nos reunimos para llevar una vida fraternal? Pues eso es un convento y todo lo demás ostentación.
– Dígame, Hermano Francisco, – preguntó León con cautela -, ¿no habíamos bajado al valle para predicar? Vuestra Paternidad casi no ha soltado palabra.
– ¿Y qué hemos hecho, Ovejuela? ¿Acaso no hemos estado predicando durante todo el día?
José Carlos Gª Fajardo

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Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en fajardoccs@solidarios.org.es
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