Silencios cómplices

El buen estado del voluntariado social es uno de los síntomas de una transformación
que se gesta frente a la locura de unos modelos de vida injustos. Se puede engañar a
unos pocos durante un tiempo, pero no a todos indefinidamente. Los datos de la
ciencia, la experiencia compartida de los pueblos y el creciente diálogo intercultural
están en órbita gracias al desarrollo de las comunicaciones que nos permiten ser
testigos de excepción del ocaso de unos modelos de desarrollo que han llegado a un
punto de saturación que no tiene retorno, porque ha alcanzado el techo de su propia
contradicción.
Ignorarlo es no saber escrutar los signos de los tiempos, y silenciarlo es convertirse en
cómplices. Algo no puede ir bien cuando la vida se transforma en espera, muchas
veces sin esperanza. Lo malo es cuando no se actúa por temor a equivocarse o por
dudar de la capacidad para hacer algo por los demás. Durante mucho tiempo, a los
voluntarios sociales nos han presentado como personas extraordinarias.
En realidad, se trata de personas capaces de descubrir a tiempo la radical indigencia
de toda criatura y de comprender que, en el reconocimiento de la propia debilidad,
están las raíces de la auténtica fortaleza. Un día comprendemos que nos
agobiábamos por problemas que perdían su virulencia ante las verdaderas desgracias
que se descubren cuando nos asomamos a los umbrales de la marginación y de la
desesperanza. Uno se pasma de haber estado pasando tantos años junto al dolor y
junto a la soledad de los que estaban ahí, “a la vuelta de la esquina”.
La gota que se sabe océano, la persona que se sabe humanidad y, por lo tanto,
insustituible, única, tiene una actitud radicalmente distinta a las de las gentes
manipuladas por el consumismo, las prisas, la inseguridad y el miedo. No hay que
calentarse la cabeza buscando ocasiones extraordinarias para hacer cosas grandes.
Quizá nunca lleguen esas ocasiones. No existen límites de edad, de sexo o de
condición social para practicar la solidaridad. Lo que importa es echarse a andar,
ponerse en camino y sentir la pasión por la justicia; luego nos damos cuenta de que es
más fácil de lo que suponíamos vivir la experiencia de compartir la soledad de los
demás, su marginación y su abandono.
Nunca es tarde para comenzar porque hoy es siempre, todavía. Siempre se pueden
sacar dos horas a la semana de cualquier actividad. No tenemos que hacer más. Así
no nos cansaremos y podremos ser fieles a esa cita con lo mejor de nosotros mismos:
con el que nos necesita y se agarra a la mano que le tendemos, abierta y pobre, pero
generosa.
José Carlos Gª Fajardo

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Acerca de nesemu o garciafajardojc@gmail.com

cfr en www. garciafajardo.org o en garciafajardojc@gmail.com o Facebook Profesor Eméritus Universidad Complutense Madrid, Estudió en universidades Complutense de Madrid Doctor en Derecho, Gregoriana de Roma, Pontificia de Salamanca, Escuela Oficial de Periodismo, Profesor Eméritus Facultad Ciencias de la Información, U.C.M. , Henley College
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