Las cinco reglas de vida del gran Mandela

La forma más pura de la democracia

Como líder, Mandela tenía una naturaleza incluyente. Su niñez en la zona rural de Cabo del Este, observando cómo los líderes tribales atendían los problemas de la comunidad, le inculcaron un sentido de acuerdos para abordar la política.En prisión y durante su presidencia, Mandela se aseguró de que negros y blancos, xhosa y zulus, ingleses y africanos, comunistas y capitalistas, tuvieran acceso y representación equitativa.Para Mandela, la inclusión de un amplio de grupo de personas en la toma de decisiones era la forma más pura de democracia.

Como líder, Mandela tenía una naturaleza incluyente. Su niñez en la zona rural de Cabo del Este, observando cómo los líderes tribales atendían los problemas de la comunidad, le inculcaron un sentido de acuerdos para abordar la política.
En prisión y durante su presidencia, Mandela se aseguró de que negros y blancos, xhosa y zulus, ingleses y africanos, comunistas y capitalistas, tuvieran acceso y representación equitativa.
Para Mandela, la inclusión de un amplio de grupo de personas en la toma de decisiones era la forma más pura de democracia.

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Cómo superar la muerte de un ser querido

“A aquél que consuela”

Superar el duelo por la muerte de un ser querido no es nada fácil. Afrontar una pérdida nunca es sencillo de encarar. Toda despedida nos requiere de un tiempo para acostumbrarnos a la nueva situación.
A lo largo de la vida, hemos comprendido que ésta es una permanente despedida: decimos adiós a nuestra infancia, a nuestra juventud, a metas que soñamos y jamás alcanzamos, a unos hijos que llenan de alegría y esperanza nuestros hogares y que, alcanzada su madurez, los abandonan para formar el suyo propio, nos despedimos del vigor del que hemos disfrutado en algunas épocas y que, con el paso del tiempo, nos va abandonando de forma tan imparable como imperceptible.
Que todo ello va acompañado de un cierto grado de dolor parece innegable. Hay que aprender a convivir con él y a tratar de transformarlo, poco a poco, en parte de nuestra biografía, en una vivencia que configura nuestro yo y conforma nuestra identidad. Porque si es verdad que las despedidas nos introducen en los predios de las angustias y las incertidumbres, no es menos cierto que los seres humanos atesoramos capacidades que nos permiten elaborarlas para proseguir más fuertes y más maduros nuestro camino, para crecer hacia el interior y alcanzar una más clara conciencia de nuestras posibilidades y de nuestras limitaciones.
Los adioses más tristes, las despedidas más penosas a las que nos enfrentamos los seres humanos, son aquellas que ponen el punto final a la presencia de quienes amamos y por quienes nos sentimos queridos. La muerte de un ser querido es un trance por el que, más pronto o más tarde, todos vamos pasando. No conozco a nadie, sobre todo entre aquellos que han alcanzado esa edad que llamamos madurez, que no haya saboreado ese cáliz de amargura que supone, para la mayoría de los mortales, la muerte de familiares o amigos.
La separación definitiva e irremediable de personas con las que mantuvimos vínculos emocionales poderosos, de seres queridos que nos confortaban con su sola presencia y ocupaban un lugar de privilegio en las mejores estancias de nuestro corazón, constituye una experiencia universal de tintes ciertamente dramáticos.
La muerte, en efecto, como hecho biológico que pone punto final a la vida, es en sí mismo un acontecimiento traumático que desencadena una sucesión de pensamientos y de reacciones impregnadas de una fortísima carga emocional. De nada sirve ignorarlo.
Algunas muertes sobrevienen como resultado de un proceso natural que va anticipando, paulatinamente, en forma de disminución de vigor físico o decadencia psicológica, el desenlace definitivo. Aunque sumamente penosa, porque nos obliga a asistir en primera fila al declive imparable de una persona muy cercana a nuestros afectos, la muerte de un ser querido muy anciano o con una grave enfermedad degenerativa es generalmente bien aceptada como acto final de un proceso vital al que nadie puede sustraerse. El acompañamiento al ser querido que finalmente nos abandona, nos ha permitido adelantar, de alguna manera, el duelo, aminorando así la profundidad de la herida cuando se produce el desenlace definitivo.
Otras muertes, sin embargo, por inesperadaspoco naturales, en función de la edad en que se producen, o traumáticas, atendiendo al cómo acontecieron, dejan heridas profundísimas y de difícil cicatrización. Tienden a seguir sangrando al ritmo que marcan ciertos «tiempos fuertes» como cumpleaños, fiestas señaladas o eventos familiares que avivan la memoria del difunto.
Son estas muertes inesperadas o traumáticas (y en especial, los suicidios) las que nos sumergen en un pozo de dolor, nos desgarran el alma, interrumpen de forma brusca el natural fluir de nuestra existencia, nos envuelven en las sombras del desconcierto y, sobre todo en los momentos iniciales, paralizan nuestra vida e introducen en nuestro ánimo la insidiosa creencia de que ésta ha perdido parte de su sentido.
Superar la muerte de un ser querido sólo es posible desde una auténtica experiencia de duelo. Señalan algunos autores que sólo así podremos incorporarnos al gran ciclo vital humano que significa nacer y morir, decir adiós a lo que acaba y a quienes nos abandonan, y saludar, al mismo tiempo, a la vida que continúa y se renueva permanentemente empujándonos hacia el futuro.
La muerte, aunque pueda parecer contradictorio, es la otra cara de la vida. Involucra al difunto y a quienes le sobreviven en una de las más profundas experiencias: la que reconoce por igual el carácter inapelable y, al margen de las creencias religiosas, definitivo de la muerte y, al mismo tiempo, la continuidad imparable de la vida. Reconocernos como parte de este proceso constituye una de las tareas más complejas, más dolorosas y, consecuentemente, más difíciles de cuantas debemos afrontar a lo largo de nuestras vidas.
Muy a pesar de que en nuestras sociedades postmodernas existe una tendencia cada vez más generalizada a ocultar la muerte, a desterrarla de nuestros entornos más familiares, a negarla, en la medida de lo posible, desde que existe la cultura humana los hombres han recurrido a ritos funerarios que les ayudaban a tomar conciencia de la desaparición del difunto y de los retos de reestructuración que ésta implicaba para su entorno. Cumplen, pues, una importante función. Permiten, por un lado, cerrar el tipo de vinculación mantenido hasta ahora y buscar otro modelo de relación con el fallecido que nos permita tenerlo presente de forma no traumática, de forma serena, como alguien que formó parte de nuestras vidas y cuyo recuerdo nos reconforta. Alguien que no pretendemos borrar de nuestra existencia, sino que irá ocupando, poco a poco, su lugar en el libro de nuestra memoria y en el santuario donde siempre están presentes aquellos a quienes hemos amado.
Pero el proceso de duelo por la muerte de un ser querido no se reduce a los ritos funerarios. Se inicia con ellos y se prolongará a lo largo del tiempo. Si se vive con serenidad y madurez, ayudará a reconciliarse con la vida, a encontrar razones para seguir adelante y a recuperar ilusiones que nos empujen a encarar con esperanza el futuro.
Porque el difunto por significativo que haya sido el papel que haya ocupado en nuestro universo emocional, es una parte muy importante de nuestra vida, pero sería insano hacer de él el eje en torno al cual ha de girar toda ella. Traicionaríamos a quienes siguen estando a nuestro lado y a quienes debemos afecto y solicitud si, por una fidelidad mal entendida hacia el que partió, debilitamos los lazos que nos ligan a nuestros más próximos, perdemos interés por cuanto les concierne y hacemos del fallecido el centro de nuestras conversaciones, de nuestras emociones y de nuestros recuerdos.
Esto, que puede ser natural cuando pierdes a alguien, en los momentos iniciales del duelo, se convierte en disfuncional y patológico cuando se prolonga indefinidamente en el tiempo mucho más allá de lo que sensatamente puede estimarse como razonable.
En algunas tumbas de la antigua Mesopotamia se encontraron, junto a los difuntos, unas pequeñas vasijas en las que se habían recogido las lágrimas vertidas por ellos. En este acto o ritual tan simple se reconocía el significado emocional de la pérdida, de la muerte de un ser querido, del profundo dolor que ésta había causado a los supervivientes, muy certeramente simbolizado en las lágrimas enterradas, el palmario reconocimiento de una profundísima aflicción. Pero al abandonar las lágrimas junto al muerto, expresaban también un inequívoco mensaje de amor a la vida. Sepultando junto al cadáver las lágrimas por él derramadas, probablemente daban por cerrado un capítulo doloroso de sus vidas. Lo importante a partir de ahora sería ya el futuro.
Enterrado el muerto, se inicia una nueva etapa que exigirá capacidad de adaptación, fortaleza para superar la tentación del abatimiento y confianza en que será posible recuperar la estabilidad emocional y los deseos de abrirse, de nuevo, a las llamadas de la vida.
Los profesionales que han dedicado más atención al estudio del duelo por la muerte de un ser querido apuntan algunas pistas que pueden ayudar a adaptarse a las pérdidas y a reorganizar las vidas personales o de los sistemas familiares que han podido quedar desestructuradas tras el fallecimiento del ser amado. Es necesario darse permiso para expresar y compartir toda esa catarata de sentimientos, a veces contradictorios –tristeza, enfado, ira, decepción, alivio, rabia, depresión- que se hacen presentes, por regla general, tras el fallecimiento de alguien que haya significado mucho para quienes le sobreviven. Darse permiso para estar mal, necesitado de consuelo, vulnerable. Aceptar, reconocer y compartir todo ese torbellino de emociones es el primer movimiento que permitirá situar al difunto en una nueva dimensión y ayudará a ir superando la amargura de su pérdida.
Cuando se prohíbe, más o menos expresamente, que afloren los sentimientos más negativos o más dolorosos con el pretexto de que así se protege a los más débiles emocionalmente o en la falsa creencia de que lo que no se expresa no hace daño, se comete un grave error. Los duelos silenciados, aplazados o disimulados suelen ser más difíciles de superar y, con mucha frecuencia, se manifiestan, como alerta Reilly, en conductas sintomáticas.
Porque no se trata de olvidar, ni mucho menos de borrar de nuestra conciencia el recuerdo de quienes nos abandonaron. Se trata de que ocupen un nuevo espacio que nos permita hacerlos presentes con naturalidad, con paz, con serenidad y hasta con gratitud por tantos momentos de vida compartidos, por tanto, intercambio de afectos y de cariños, por tantos inolvidables recuerdos que los mantendrán siempre vivos en nuestra memoria.
Es profundamente terapéutico hablar con naturalidad de la persona fallecida y admitir que el hecho de que ya no esté físicamente a nuestro lado no quiere en absoluto decir que no vaya a ocupar para siempre un lugar en nuestro corazón y en el rincón mejor cuidado de nuestro universo afectivo.
En cualquier caso, un duelo sano exige el esfuerzo por retomar cuanto antes las actividades cotidianas y recuperar los hábitos y las costumbres que se habían venido manteniendo.
En algunos casos, la idealización del muerto, la sensación de fracaso, el miedo irracional a otras pérdidas o la creencia de estar traicionando su memoria cuando tratamos de recuperar las ganas de vivir o cuando experimentamos de nuevo una tenue alegría o notamos que se ha asomado a nuestro rostro un atisbo de sonrisa, nos puede dificultar el esfuerzo por mantener los vínculos con familiares y amigos y seguir con nuestros compromisos.
Pensar que ya todo se ha acabado porque una persona querida ha fallecido es una falsa idea que debe ser revisada. Tampoco conduce a ningún sitio, salvo a la desesperación o la impotencia, caer en dinámicas auto inculpadoras o perderse en un laberinto sin salida en busca de razones que expliquen por qué una muerte de un ser querido nos haya podido coger más de sorpresa.
Tanto organizar la vida en torno a la memoria del difunto como idealizar su recuerdo, convirtiendo el hogar en una especie de capilla donde sus fotos o los objetos que nos lo hacen presente lo invadan todo, son una forma de evocación inadecuada que conduce al sufrimiento estéril y un tanto patológico. La clave está en llegar a comprender que lo verdaderamente sano es normalizar la vida, integrando en ella, con la mayor naturalidad que sea posible, el luctuoso suceso que nos ha sobrevenido.
No es fácil, en cualquier caso, el manejo sano de las despedidas, sobre todo de algunas despedidas. Se impone la paciencia con uno mismo y la disposición a no quemar etapas, a darse tiempo. Dicen los psicólogos expertos en esta materia que los procesos de elaboración del duelo por la muerte de un ser querido duran, por lo común, de uno a dos años.
Sólo cuando estos plazos se prolongan más de lo razonable o la vivencia de la pérdida mantiene la intensidad de los primeros momentos, podremos pensar que estamos rozando lo patológico y aconsejar recurrir a la ayuda de los profesionales de la Psicología.
En cualquier caso, no se debe olvidar que los procesos de duelo por la muerte de un ser querido no pueden ahorrarse ni precipitarse. Cerrados en falso, acaban convirtiéndose en fuente de perniciosas patologías. Aquí no cabe recurrir a recetas mágicas que nos ahorren el dolor de la separación. Habrá que confiar en el valor analgésico del paso del tiempo y en sus efectos terapéuticos.
No está de más, en este sentido, concluir con una reveladora anécdota protagonizada por Voltaire: cuentan que este gran filósofo ilustrado, tras haber perdido a su único hijo, estuvo a punto de morir de dolor. Una buena amiga encargó que le confeccionaran una lista con todos los reyes que habían perdido a sus hijos y, cuando dispuso de ella, se la leyó, en cuanto tuvo ocasión, al filósofo. Éste la escuchó con atención y le pareció muy exacta…, pero no por eso dejó de llorar.
Pasado algún tiempo, volvieron a verse y ambos se asombraron al comprobar que su ánimo estaba mucho más sereno y hasta volvían a hacerse presentes algunas expresiones de finísimo humor. De común acuerdo hicieron erigir una estatua al Tiempo que en su pedestal llevaba grabada la siguiente inscripción: «A aquél que consuela». No creo que Voltaire hubiera olvidado a su hijo. Pienso más bien que, con el transcurrir de los días, había ido integrando su pérdida. Había encontrado, probablemente, la fórmula de cómo superar la muerte del ser querido, que le permitía convivir con su dolor y hacer compatible una forma nueva de presencia del hijo amado con un reencontrado apego a la vida que, para él, todavía continuaba.
José Carlos Gª Fajardo, en duelo por su esposa Valle, ha querido aprovechar y difundir este magnífico trabajo de J. J. RUIZ, Terapeuta familiarpublicado en A VIVIR.

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Aquí sí que hay miga en las palabras del Maestro

“Cuando miramos un naranjo, vemos que produce hermosas hojas, flores y naranjas. Estas son las mejores cosas que un naranjo puede producir y ofrecer al mundo.
Si somos seres humanos, también hacemos ofrendas al mundo en cada momento de nuestra vida diaria: nuestros pensamientos, nuestro habla y nuestras acciones.
Queremos ofrecer el mejor tipo de pensamientos, el mejor tipo de discurso y el mejor tipo de acción; Estos son nuestra continuación, lo queramos o no.”
Thich Nhat Hanh

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Cuando te sientes vacío, destrozado, que no entiendes nada y te faltan fuerzas para seguir… comparte algunos buenos textos de tus amigos

 

Sobre la resurrección después de la muerte del Rabi Jesus, o la tuya propia en una especie de zarpazo al serte arrebatado el ser más querido de tu existencia, y así, sin previo aviso de alguna enfermedad… No. Fue un conductor desalmado a los mandos de un vehículo de gran cilindrada y que conducía a 240 kms por hora en una entrada a la carretera de Madrid. Sé que hay que elaborar el duelo y plegarse ante este mazazo pero… es muy duro y muchas veces creo que estoy pasando una pesadilla y que… voy a despertar…

Es un texto de Pedro Miguel Lamet, buen amigo y gran escritor, sobre la llamada “resurrección”…

. Los discípulos se hacen un lío. María de Magdala, la enamorada, no reconoce a Jesús a primea vista. Los de Emaús huyen atrapados por la murria. Tomás quiere meter su mano en la llaga del costado. Y en el centro la polémica de la tumba vacía, que tanto preocupará a los teólogos-

No hay una prueba física, científica y racional  de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios. Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón.

La experiencia del resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe o en cierto modo la mística. En mi opinión los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.

Hoy abunda la noche, el miedo, las puertas tranqueadas, los corazones solitarios, las tesis e ideas que dividen, el enfrentamiento agresivo de creyentes e increyentes e incluso de fieles entre sí, como siempre hubo, hasta ocasionar incluso guerras de religión. La resurrección ocurre en lo íntimo de cada conciencia y fuera de ella. De poco vale que se demuestre la autenticidad de la sábana santa o que se encuentre un papiro más antiguo para convencer de su verdad. Es una verdad a la vez histórica y metahistórica. Porque la mejor historia es la escrita con las vivencias de los hombres. Resucitar es ver más, romper nuestros códigos, tocar la alegría del Ser. “El que cree en mí tiene vida permanente”. (Jn 5.25)

Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo. Y sin embargo no es un hecho sólo espiritual, sino también material en cuanto cualquier resucitado es capaz de transformar la materia, las injusticias, la dinámica del odio y el dolor, e incluso nuestra falsa sensación de morir. Desde esta perspectiva es un acontecimiento cósmico que disuelve todos nuestros miedos y angustias y que puede experimentar cualquier hombre que se abra a lo profundo del hombre.  Resucitar es descubrir que puedo volar, saberme vivo para siempre, en este momento aquí y ahora, sin depender de las arrugas, el paso del tiempo, el dolor y hasta la misma muerte.

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Después de un tiempo

“Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad, y uno empieza aprender… Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos. Y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad. Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema. Y aprende a plantar su propio jardín y decorar su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… Y con cada adiós uno aprende.
Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado. Con el tiempo comprendes que solo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas. Con el tiempo te das cuenta de que si estas al lado de esa persona solo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla. Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado solo de amistades falsas. Con el tiempo también aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida. Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es solo de almas grandes. Con el tiempo te das cuenta de que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir. Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible. Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sea como esperabas. Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese único instante. Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, extrañarás inmensamente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado. Y aprendes que hay 3 momentos en la Vida que uno no puede remediar: La oportunidad que dejaste pasar, la cita a la que no asististe, la ofensa que ya pronunciaste. Con el tiempo también aprendes sobre El dinero… y entonces comprendes que: Puedes comprarte una Casa, pero no un Hogar, Puedes comprarte una Cama, pero no hacerte Dormir, Puedes comprarte un Reloj, pero no te dará el Tiempo, Puedes comprarte un Libro, pero no Conocimiento o lo que necesitas aprender, Puedes comprarte una Posición, pero no sirve para tener Respeto, Puedes comprarte Medicinas y pagar la consulta al médico, pero no te da Salud, Puedes comprarte Sangre, pero no Vida, Puedes comprarte Sexo, pero no Amor. Con el tiempo también aprendes que la vida es aquí y ahora, y que no importa cuantos planes tengas, el mañana no existe y el ayer tampoco. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido. Pero infortunadamente, todo esto lo aprendes sólo con el tiempo.

Jorge Luis Borges

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Carta de sus nietos a la abuela Valle

Quiero compartir con vosotros la carta que leyeron sus nietos a su abuela, mi querida Valle, con ocasión del trágico accidente que destrozó su clio… un BMW X 5 4×4 que circulaba a 240 por hora en una via de acceso a la VI dirección Madrid.
 
Carta de tus nietos:
Querida abuela, Valle o Vallita, como te llamaban los que te conocían bien.
Te escribe la nieta que ha presumido siempre de parecerse a su abuela. ¡Y qué abuela! No puedes ser más guapa.
Siempre me preguntaba si sería capaz de llegar a tu edad igual que tú. Pero ya no hablo del físico. Hablo de parecerme a tu forma de ser.
Ojalá llegue algún día alguno de tus nietos a tener la mitad de buen carácter que tenías tú, siempre sonriendo, aguantando como una valiente cada obstáculo que te ha puesto la vida. Dispuesta a ayudar sin pedir nada a cambio.
Feliz hasta el final, brindando por la vida y esos 81 años tan maravillosos. Nosotros brindamos hoy por ti desde aquí.
Eres valiente, vital y fuerte, lo has demostrado siempre. Y lo más importante, la persona más buena y que más admiramos y admiraremos de por vida.
Siempre recordaremos las tardes en tu casa viendo las corridas de toros o los grandes del tenis, mientras cosías en tu lado del sofá, al lado del teléfono.
Todos nos acordamos de tus tartas de cumpleaños, a cada año más originales, aunque hubiese que poner arena de playa en un pastel.
La despensa de tu casa, llena de todas las cosas ricas que nunca nos dejaban comer en las nuestras.
Cómo no recordar tus tradiciones. El lacón con grelos el día de Reyes, los huevos de Pascua escondidos por toda la casa, aunque la mitad acaban apareciendo en agosto, el cordero con lazo rojo el día de Pascua, las flores de Carnaval, y por supuesto, los huevos encapotados y en servilleta.
Nunca olvidaremos las partidas de Rumi en el salón.
Recordamos los veranos en Playa América, yendo a tomar un helado a Eladio por las noches y tu extraña manía de pedirte solo el cucurucho. Siempre con tus uñas rojas, tus pulseras de oro y esos ojos tan verdes.
Los nietos nos reímos al recordar tus baños en el mar, diciendo que el agua estaba buenísima; aunque abuela, todos sabíamos que estaba helada. Pero era tu playa, con aquel gorro de baño de flores, hablando con todos los amigos de la playa, comprando barquillos y presumiendo de nietos.
Gracias por todas las veces que has venido a buscarnos al colegio y de paso, llevarnos a comer a un italiano, no sin antes dar de merendar a todo el colegio. Peinarnos por la mañana, dejar la mesa del desayuno preparada la noche anterior y hacer que tu casa fuese nuestro sitio favorito del mundo.
Siempre recordaremos cuando nos regañaba nuestra madre y te llamábamos a ti para que le riñeses tú a ella.
Las personas nunca mueren si alguien las recuerda. Puedes estar tranquila, porque la gente que te queremos no vamos a dejar de hacerlo en ningún momento.
Todos aspiramos a ser como tú, aunque no te lleguemos ni a la suela de los zapatos.
Desde donde estés, abuela, te querremos siempre. Sé que seguiremos aprendiendo de ti desde allí. Sigue cuidándonos como has hecho siempre.
Buen viaje abuela,
Tus nietos que te quieren tantísimo
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Remembranzas 1

La vida es bella, ya verás: La vida, una actitud.
El ser humano siembra un pensamiento y recoge una acción.
Siembra una acción y recoge un hábito.
Siembra un hábito y recoge un carácter.
Siembra un carácter y recoge un destino.

Sivananda
Saber que todo lo bueno es un regalo y que de toda adversidad se puede obtener el fruto de la sabiduría
si uno pone su empeño en dar un sentido a lo vivido y decide seguir andando para compartir  ese fruto
con los que le rodean.
RDM
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