Quienes son los que temen a la justicia

 El Tribunal Penal Internacional (TPI) se creó en la ONU, una vez logradas las ratificaciones de los sesenta países necesarios para su nacimiento. Lo firmaron 139 desde que en 1998 se aprobó su Estatuto en Roma, pero más de la mitad no lo habían ratificado.

Su sede está en La Haya y juzga crímenes contra la humanidad, genocidios y otras violaciones graves contra los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

Después de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, funcionaron los Tribunales de Nürenberg y de Tokio para juzgar a los criminales contra la humanidad que habían perdido la guerra. Nada se hizo contra otros responsables de crímenes similares que bombardearon ciudades abiertas, hospitales, utilizaron bombas incendiarias, asesinaron sin juicio a los oficiales del ejército polaco en las Fosas de Katin, torturaron, expoliaron y deportaron pueblos enteros allende los Urales o la ignominia de las bombas atómicas lanzadas sobre las indefensas ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Ninguna de estas ciudades era objetivo militar ni constituían amenaza alguna. Fue escarmiento para acelerar la rendición de los japoneses. Por orden del presidente Truman, no importaron los medios para conseguir sus fines. Estos criminales de guerra se encontraban en el bando de los vencedores, los Aliados. Los asesinatos, las violaciones y las sevicias contra los vencidos fueron innumerables.

Después, el mundo asistiría atónito a las masacres en la guerra de Indochina por los franceses y en Vietnam por los norteamericanos. Las independencias de los países emergentes del llamado Tercer Mundo se lograron a costa de perder cientos de miles de vidas de nacionales que luchaban por sus países, pero eran tratados como terroristas. Una vez alcanzada la independencia y convertidos en héroes de sus respectivas patrias, las antiguas metrópolis se esforzaron por corromperlos para continuar explotando sus riquezas naturales. Todavía sucede en nuestros días en África, Asia y Latinoamérica. Por otros medios, claro, y bajo el pretexto de ayudarlos en su desarrollo, a costa de mantener vivas varias guerras simultáneas en las que mueren más civiles que militares.

Dentro de esos crímenes destacan los genocidios perpetrados en Ruanda, Burundi, Congo, Camboya, Angola y el criminal sistema del apartheid en Sudáfrica y en la antigua Rodhesia, hoy Zimbabwe, donde ser negro era presunción de culpabilidad. Aparte de que las mejores tierras, igual que en Kenia y otras antiguas colonias, pertenecían y continúan perteneciendo a los extranjeros blancos.

Cuando se aprobó, en 1998 en Roma, el Estatuto del Tribunal Penal Internacional, parecía un sueño que algún día funcionara para perseguir los crímenes contra la humanidad, que no prescriben y que podían perseguirse en cualquier país, fuera cual fuera el rango del criminal.

La globalización de la justicia era una necesidad imperiosa para garantizar los derechos sociales, económicos, humanos. Parecía que las grandes potencias se habían dado cuenta de que no puede haber paz sin justicia; que no es por la guerra, la explotación, la extorsión y la fuerza cómo puede mantenerse un orden justo en un mundo cada vez más interrelacionado.

Pero ¿qué puede esperarse de un Tribunal Penal Internacional si es recusado por EEUU, China, Rusia e Israel entre otros países que se creen por encima del bien y del mal?

La Unión Europea tomó el liderazgo de la puesta en marcha de esta institución fundamental sostenida en todo momento por la presión de la sociedad civil organizada. La ONU, una vez más, se ha mostrado impotente ante la prepotencia de los países que mantienen la tortura, la pena de muerte, que no respetan los derechos humanos ni permiten que sus ciudadanos sean juzgados por otros tribunales que los suyos.

Los casos de EEUU después del 11 de septiembre, de Israel desde su nacimiento y de China desde su sistema totalitario son escandalosos.

Los ataques de EEUU contra el Tribunal Penal Internacional son demoledores y cuestionan seriamente el futuro de esta institución . La argumentación utilizada por sus autoridades de que nada ni nadie entorpecerá su lucha contra el terrorismo es perversa porque parte de esa lucha es ilegal. Y muchas veces criminal e injusta.

Una vez más, tocará a la sociedad civil organizarse para denunciar estas violaciones, amenazas y ataques a pesar de la impresionante e inmoral campaña mediática que EEUU ejerce sobre los grandes medios de comunicación.

José Carlos Gª Fajardo. Profesor Emérito U.C.M.

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Sabias palabras

La humanidad, en pos de la felicidad, ha progresado a pasos agigantados en la ciencia y la tecnología, y estos avances nos han reportado un gran beneficio. Sin embargo, es bastante obvio que el progreso material, por sí solo, es incapaz de garantizar la paz y felicidad verdaderas que buscamos. Para lograr la verdadera felicidad es necesario que nos embarquemos en el desarrollo interno o espiritual. Para lograr felicidad, es importante que progresemos tanto en lo material como en lo espiritual.

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La Tierra ya no puede soportar más

LA TIERRA Y NOSOTROS YA NO PODEMOS MAS!
¿Sabía que Nestlé, Unilever, Procter & Gamble y Mondelez están relacionados con los casi 10.000 incendios que se han producido este año en Indonesia?
 
El problema es el mismo que llevamos años denunciando y los sospechosos son los habituales. Mientras la selva tropical de Indonesia es devorada por las llamas, las grandes marcas de la alimentación siguen comprando aceite de palma a productores relacionados con los incendios y la deforestación.
 
Por mucho que Nestlé y compañía se empeñen en mostrar una “fachada verde y sostenible”, todas las investigaciones señalan que sus cadenas de suministro están manchadas de delincuencia y destrucción de los bosques. Pero siguen sin hacerse responsables.
 
En lo que va de año, más de 900.000 personas en Indonesia han sufrido infecciones respiratorias agudas debido al humo procedente de los incendios forestales, y casi 10 millones de niños corren riesgo de sufrir daños físicos y cognitivos de por vida debido a la contaminación del aire.
 
No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando mientras la industria del aceite de palma sigue destruyendo bosques intactos y poniendo en peligro la salud de millones de personas para obtener beneficios económicos.
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Las ventajas de ser imperfectos

La ventaja de la imperfección

En tiempos de peligro para nuestra libertad es importante que pensemos en su relevancia. Nacemos completos pero imperfectos. No tenemos ningún órgano especializado, como la mayoría de los animales. Para sobrevivir, tenemos que trabajar e intervenir en la naturaleza. Los mitos iluminan esta situación.

Los indígenas guaicuru, del Mato Grosso del Sur, se preguntaban el por qué de la imperfección y del alto significado de la libertad. Tardaron mucho tiempo en llegar a una respuesta. La explicación vino a través del siguiente mito, portador de verdad.

El Gran Espíritu creó todos los seres. Puso gran cuidado en la creación de los humanos. Cada grupo recibió una habilidad especial, para sobrevivir sin mayores dificultades. A unos les dio el arte de cultivar la mandioca y el algodón; así podían alimentarse y vestirse. A otros les dio la habilidad de hacer canoas ligeras y el timbó; de esta forma podían moverse rápidamente y pescar.

Así hizo con todos los grupos humanos en la medida en que se distribuían por el mundo. Pero cuando los gaicuru quisieron partir hacia las vastas tierras, el Gran Espíritu no les dio ninguna habilidad. Esperaron, suplicando durante mucho tiempo y nada les fue comunicado. Así y todo, decidieron partir. Pronto sintieron muchas dificultades para sobrevivir. Resolvieron buscar intermediarios ante el Gran Espíritu para recibir también una habilidad.

Primero, se dirigieron al viento, soplando y rápido siempre: “Tío viento, tú que soplas por los campos, sacudes los bosques y pasas por encima de las montañas, ven a ayudarnos”. Pero el viento que sacudía las hojas, ni siquiera oyó la petición de los guaicuru. Se volvieron entonces hacia el relámpago, que estremece toda la tierra. “Tío relámpago, tú que tanto te pareces al Gran Espíritu, ayúdanos”. Pero el relámpago pasó tan rápido, que ni siquiera escuchó su pedido.

Así, los guaicuru rogaron a los árboles más altos, a las cumbres de las montañas, a las aguas corrientes de los ríos, siempre suplicando:”Hermanos nuestros, intercedan por nosotros junto al Gran Espíritu para que no muramos de hambre”. Pero no pasaba nada.

Medio desesperados, vagaron por varios parajes, hasta que pararon debajo del nido del gavilán real. Éste, oyendo sus lamentos, resolvió intervenir y dijo: “Ustedes, guaicuru, están muy equivocados y son unos grandes bobos”. “Como así?”, respondieron todos. “El Gran Espíritu se olvidó de nosotros. Tú eres feliz, recibiste el don de una mirada penetrante, puedes percibir un ratón en la boca de la cueva y cazarlo…”.

“Ustedes no han entendido nada de la lección del Gran Espíritu”, respondió el gavilán real. “La habilidad que él les dio está por encima de todas las otras. El les dio la libertad. Con ella, ustedes pueden hacer lo que crean oportuno”.

Los guaicuru se quedaron perplejos, y llenos de curiosidad. Pidieron al gavilán real que les explicase mejor esa curiosa habilidad. Lleno de garbo, el gavilán les habló así: “Ustedes pueden cazar, pescar, construir malocas, hacer bellas flechas, pintar sus cuerpos y sus vasijas, viajar a otros lugares y hasta decidir lo que ustedes quieren de bueno para ustedes y para la propia naturaleza”.

Los guaicuru se llenaron de alegría y se decían unos a otros: “Qué tontos hemos sido, pues nunca discutimos juntos la ventaja de ser imperfectos. El Gran Espíritu no se olvidó de nosotros. Nos dio la mejor habilidad, la de no estar sujetos a nada, sino la de poder inventar cosas nuevas, sabiendo las ventajas de nuestra imperfección.

El cacique guaicuru preguntó al gavilán: “¿Puedo experimentar la libertad?” “Puedes”. El cacique tomó una flecha y derribó de lo alto del jaquero una gran fruta de jaca o yaca, deliciosa para todos.

Desde aquel momento, los guaicuru, ejercieron su libertad. Se volvieron grandes caballeros y nunca pudieron ser sometidos por ningún otro pueblo. La libertad les inspiraba nuevas formas de defenderse y de garantizar mejor la habilidad que les había dado el Gran Espíritu.

Los mitos nos inspiran grandes lecciones, especialmente en los días actuales, cuando fuerzas poderosas, nacionales e internacionales, nos quieren someter, limitar y hasta quitarnos nuestra libertad. Debemos ser como los guaicuru: saber defender el mayor don que tenemos, la libertad. Debemos resistir, indignarnos y rebelarnos. Sólo así haremos nuestro propio camino como nación soberana y altiva. Jamás aceptaremos que nos impongan el miedo ni que nos roben la libertad.

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Sonreír, abrir los ojos, amar y seguir

“Puedes llorar porque se ha ido, o puedes sonreír porque ha vivido
Puedes cerrar los ojos y rezar para que vuelva, o puedes abrirlos y ver todo lo que ha dejado;
tu corazón puede estar vacío porque no la puedes ver, o puede estar lleno del amor que compartiste.
Puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío y dar la espalda, o puedes hacer lo que a ella le gustaría: Sonreír, abrir los ojos, amar y seguir

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… para lo mismo responder mañana.

Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí!, ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate agora a la ventana;
verás con cuánto amor llamar porfía»

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

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Celebrar el auténtico voluntariado social

Nada se aleja más de un auténtico voluntariado social que:

– Invadir el terreno de los profesionales. Es preciso colaborar con los profesionales en tareas que sería más difícil realizar puesto que se trata de un modo de actuar que no se encuentra en el mercado laboral.

– Imponer ideologías, políticas, culturales o religiosas, aunque es natural que cada uno tenga sus opciones personales no tiene derecho a imponerlas en su actividad como voluntario social.

– Utilizar al excluido como herramienta para satisfacer su curiosidad o sus necesidades profesionales como si los demás fueran objetos de su curiosidad o, lo que es peor, de su experimentación. Las personas son sujetos, un fin en sí mismas, nunca objetos.

– Crear dependencia con el asistencialismo, pues el voluntario quiere desarrollar en las personas y en los grupos capacidades que los lleven a la autonomía. Reconocemos que muchas veces puede existir un componente asistencial que cubre necesidades urgentes y prepara una actuación para la autonomía a largo plazo del sujeto.

– Dar limosna desde la compasión, pues supera la relación de alteridad para insertarse en la más profunda reciprocidad. En el voluntariado social tenemos claro que lo que se debe en justicia no se ofrece en caridad.

– Confundir los deseos con la realidad. El voluntariado sabe asumir sus límites. En la organización del trabajo voluntario, hay que diseñar programas realistas y factibles pues de otra forma se fomentan la desilusión y la desesperanza, cuando no la pérdida de la confianza en las capacidades de desarrollo humano, económico y social de las personas.

Admiramos a las personas capaces de comprometerse con ideales generosos y de superar ideologías que hacen del ser humano un objeto de mercado, de fascinación o de intercambio. Es posible la esperanza porque es posible decir no y ponernos en camino junto a millares de personas que no quieren resignarse. Nadie nos había prometido que fuera fácil y, si nadie tiene que mandarnos, ¿a qué esperamos?
El voluntariado siempre será necesario porque aporta un plus de humanidad. Nos movemos acuciados por la pasión por la justicia y, en nuestra tarea aportamos la delicadeza en el modo y la firmeza en los fines.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M. Fundador de Solidarios para el Desarrollo

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