Un artículo de Boff espléndido

El eclipse de la ética en la actualidad
Cuando no se puede mejorar un texto formidable como el de Leo Boff, lo mejor es reproducirlo con el reconocimiento del autor y amigo y que analiza los dos factores han alcanzado el corazón de la ética: el proceso de globalización y la mercantilización de la sociedad. 
La globalización ha mostrado los diferentes tipos de ética, según las diferencias culturales. Se ha relativizado la ética occidental, una entre tantas. Las grandes culturas de Oriente y las de los pueblos originarios han revelado que podemos ser éticos de forma muy diferente.
Por ejemplo, la cultura maya centra todo en el corazón, ya que todas las cosas nacieron del amor de los dos grandes corazones del Cielo y de la Tierra. El ideal ético es crear en todas las personas corazones sensibles, justos, transparentes y verdaderos. O la ética del «buen vivir, buen convivir», de los andinos, asentada en el equilibrio de todas las cosas, entre los humanos, con la naturaleza y con el universo.
Tal pluralidad de caminos éticos ha tenido como consecuencia una relativización generalizada. Sabemos que la ley y el orden, valores de la práctica ética fundamental, son los prerrequisitos para cualquier civilización en cualquier parte del mundo. Lo que observamos es que la humanidad está cediendo ante la barbarie rumbo a una verdadera era mundial de las tinieblas, tal es el descalabro ético que estamos viendo.
Poco antes de morir en 2017 advertía el pensador Sigmund Bauman: «O la humanidad se da las manos para salvarnos juntos, o engrosaremos el cortejo de los que caminan rumbo al abismo». ¿Cuál es la ética que nos podrá orientar como humanidad viviendo en la misma y única Casa Común?
El segundo gran impedimento a la ética es la mercantilización de la sociedad, lo que Karl Polanyi llamaba ya en 1944 «La Gran Transformación». Es el fenómeno del paso de una economía de mercado a una sociedad puramente de mercado. Todo se transforma en mercancía, cosa ya prevista por Karl Marx en su texto La miseria de la Filosofía, de 1848, cuando se refería al tiempo en el que las cosas más sagradas como la verdad y la conciencia serían llevadas al mercado; sería el «tiempo de la gran corrupción y de la venalidad universal». Pues estamos viviendo ese tiempo. La economía, especialmente la especulativa, dicta los rumbos de la política y de la sociedad como un todo. La competición es su marca registrada y la solidaridad prácticamente ha desaparecido.
¿Cuál es el ideal ético de este tipo de sociedad? La capacidad de acumulación ilimitada y de consumo sin límites, que genera una gran división entre un pequeñísimo grupo que controla gran parte de la economía mundial y las mayorías excluidas y hundidas en el hambre y la miseria. Aquí se revelan rasgos de barbarie y de crueldad como pocas veces en la historia.
Tenemos que volver a fundar una ética que se enraíce en aquello que es específico nuestro como humanos, y que, por eso, sea universal y pueda ser asumida por todos.
Estimo que en primerísimo lugar está la ética del cuidado, que según la fábula 220 del esclavo Higinio, bien interpretada por Martin Heidegger en Ser y Tiempo, constituye el sustrato ontológico del ser humano, aquel conjunto de factores sin los cuales jamás surgirían el ser humano y otros seres vivos. Por pertenecer el cuidado a la esencia de lo humano, todos pueden vivirlo y darle formas concretas, conforme a sus culturas. El cuidado presupone una relación amigable y amorosa con la realidad, de mano extendida para la solidaridad y no de puño cerrado para la dominación. En el centro del cuidado está la vida. La civilización deberá ser biocentrada.
Otro dato de nuestra esencia humana es la solidaridad y la ética que de ella se deriva. Sabemos hoy, por la bioantropología, que fue la solidaridad de nuestros ancestros antropoides la que permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad. Buscaban los alimentos y los consumían solidariamente. Todos vivimos porque existió y existe un mínimo de solidaridad, comenzando por la familia. Lo que fue fundacional ayer, lo sigue siendo todavía hoy.
Otro camino ético ligado a nuestra estricta humanidad es la ética de la responsabilidad universal, O asumimos juntos responsablemente el destino de nuestra Casa Común o vamos a recorrer un camino sin retorno. Somos responsables de la sostenibilidad de Gaia y de sus ecosistemas, para que podamos seguir viviendo junto con toda la comunidad de la vida.
El filósofo Hans Jonas, que fue el primero en elaborar «El Principio de Responsabilidad», le agregó la importancia del miedo colectivo. Cuando éste surge y los humanos empiezan a darse cuenta de que pueden conocer un fin trágico o incluso llegar a desaparecer como especie, irrumpe un miedo ancestral que los lleva a una ética de supervivencia. El presupuesto inconsciente es que el valor de la vida está por encima de cualquier otro valor cultural, religioso o económico.
Por último, es importante rescatar la ética de la justicia para todos. La justicia es el derecho mínimo que tributamos al otro de que pueda continuar existiendo y recibiendo lo que le toca como persona. Las instituciones especialmente deben ser justas y equitativas para evitar los privilegios y las exclusiones sociales que tantas víctimas producen, particularmente en nuestro Brasil, uno de los más desiguales, es decir, de los más injustos del mundo. De ahí se explica el odio y las discriminaciones que desgarran a la sociedad, venidos no del pueblo sino de las élites adineradas, que siempre viven del privilegio y no aceptan que los pobres puedan subir un peldaño en la escala social. Actualmente vivimos bajo un régimen de excepción en el que tanto la Constitución como las leyes son pisoteadas mediante el Lawfare (la interpretación distorsionada de la ley que el juez practica para perjudicar al acusado).
La justicia no vale sólo entre los humanos, sino también con la naturaleza y con la Tierra, que son portadoras de derechos y por eso deben ser incluidas en nuestro concepto de democracia socio-ecológica.
Éstos son algunos parámetros mínimos para una ética válida para cada pueblo y para la humanidad, reunida en la Casa Común. Debemos incorporar una ética de la sobriedad compartida, para lograr lo que Xi Jinping, jefe supremo de China, llamaba «una sociedad moderadamente abastecida»: un ideal mínimo y alcanzable. En caso contrario podremos conocer un armagedón social y ecológico..
José Carlos Gª Fajardo, como amanuense
Anuncios
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

De la Tribuna Complutense

El profesor José Carlos García Fajardo
Hace 20 años, Gaceta Complutense, el antecedente de esta Tribuna, preguntaba al profesor García Fajardo los motivos que le llevaron a levantar Solidarios. “¿Qué por qué me metí en esto? -se repitió a sí mismo la pregunta- Porque yo explico Historia del Pensamiento Económico, Político y Social, explico el socialismo real, el desastre del capitalismo salvaje, la situación de que hay 29 países del Norte ricos y 160 pobres… Y yo no podía colaborar con esa injusticia. Además de protestar y quejarme, decidí hacer algo”, concluyó su respuesta.
Han pasado 20 años más, y el profesor Fajardo ya hace bastante tiempo que dio el relevo en la presidencia de Solidarios a su alumno Cristóbal. Hace poco la vida le dio un susto, pero no pudo con él. Ya no va cada día a su querida Cantarranas ni puede seguir dando caña a la compostera. Los días los pasa en su casa, pero como no es persona de estarse quieta, y menos intelectualmente, ha creado un grupo de google en el que ha incluido a 400 contactos, la mayoría con pasado o presente en Solidarios. Al grupo le ha llamado RDM, Robadores de Momentos. Allí, una o dos veces al día, sigue lanzando sus reflexiones. Normalmente se inspira en libros que relee, aunque la actualidad, la injusticia que ahí sigue, le obliga a protestar, a quejarse, a seguir haciendo algo. Su gran obra, Solidarios, Solidarios para el Desarrollo como se denominó hace 30 años, sigue viva y haciendo más que algo, mucho, y como siempre de la mano de su Universidad, la Complutense. “Seguimos”, le gusta despedirse al profesor.

Pon tu comentario
José Carlos García Fajardo – 15-07-2018 – 14:15:57h
Me ha emocionado y gustado su redacción periodística, y el afecto con el que ha sido escrita. Y como nosotros decimos… seguimos. Cada uno desde su situación personal y compartiendo saberes por los medios a su alcance. El tiempo, para nosotros, no existe… lo vamos haciendo.
Me ha alegrado mucho y a mi mujer también, que sigue como desde el principio sosteniéndonos, lo que no ha sido ni sigue siendo fácil. Un brindis por ella y por Alfonso, nuestro hijo, que sigue siendo un ejemplo de humanidad y de eficiencia. Y otro para Cristóbal que me sigue desde sus 18 años..¡qué paciencia conmigo! pero, a veces, me sosiego pensando que si no hubiera sido por mi carácter, impaciencia y entrega no sé si hoy seguiría aquí, con el arado en las ya viejas manos y ¿por qué no decirlo? con la paciencia de aguantarme a mí mismo, tal como soy y he sido… xq nadie me pidió permiso para nacer así y por ello no temo a lo que haya de suceder al consumir mis días. Un abrazo fuerte a todos y seguiremos.

José Carlos Gª Fajardo, Profesor Emérito U.C.M

Me gusta

Comentar

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La vida y la muerte están ya en el mismo germen.

¡Espero que mis alumnos busquen! Porque han llegado a saber que se busca sólo para buscar. Que el encontrar es, en efecto, la meta, pero que muy a menudo puede significar también el final de esa tensión fructífera. El alumno debe saber que en todo lo que vive está contenido su propio cambio, desarrollo y disolución. La vida y la muerte están ya en el mismo germen. Lo que hay entre ellas es el tiempo. Así, pues, nada esencial, sino sólo una medida que se llena necesariamente. Con este ejemplo aprenderá el alumno a conocer lo único que es eterno: el cambio, y lo que es temporal: la permanencia.

Arnold Schönberg, compositor austríaco

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Etimología y semántica

Conocer qué decimos cuando hablamos
 
Eón
 
Los eones son eras de duración muy prolongada, aplicables más a la geología y a la paleontología que a la breve historia del hombre sobre la Tierra. Algunas corrientes religiosas esotéricas afirman que un eón corresponde a mil millones de años, lo que equivale grosso modo al tiempo transcurrido desde la aparición de las primeras formas de vida sobre el planeta.
 
La noción de períodos muy prolongados es casi tan antigua como la propia raza humana. Los pueblos prehistóricos indoeuropeos llamaban aiw- a la noción de eternidad. Esta raíz se derivó en diversas formas más o menos equivalentes a lo largo de miles de años. En sánscrito se usó áyu- para referirse al concepto de fuerza vital, y en avéstico ayu denotaba longevidad.
 
En la lengua griega, aiw-en- dio lugar a aion ‘era’, ‘edad histórica’, ‘época’. En latín se formó aevun, con significado similar, de donde provienen palabras como eón, y también longevo —de longus ‘prolongado’, ‘largo’ más aevum—, así como medioevo ‘de la Edad Media’. En latín se registra también aevitas ‘tiempo de la vida de una persona’, ‘edad’ y su contracción aetas, que sobrevivió en castellano como edad. 
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

África, un continente de esperanza

 
Ante la avalancha de inmigrantes que tratan de llegar a Europa, a través de África y del Mediterráneo, los medios de comunicación de la Unión Europea, nos los quieren mostrar como una amenaza para nuestros intereses sin conocer las causas de estas migraciones, la preparación de quienes llegan y las inmensas posibilidades de devolver a ese continente sus modos de vida, de protección del medio y de desplegar sus enormes posibilidades como seres humanos, cuidado de los recursos y reservas naturales para el planeta Tierra.
Avanzo la tesis de que es preciso devolver cuanto los europeos y otros pueblos del Índico expoliaron sus riquezas naturales, esclavizaron a millones de seres y los desestabilizaron emocionalmente con la imposición de religiones y de formas de vida extrañas a su modo de ser.
Puesto que los hemos saqueado y empobrecido es necesario una especie de “Plan Marshall” para que los habitantes de África, recuperen sus señas de identidad, desarrollen sus recursos naturales y aprovechen los avances tecnológicos, patrimonio de la humanidad, para adaptar todo lo mejor y menos dañino para el medio ambiente así como lo más idóneo para asumir una paterno/maternidad basada en la educación, el conocimiento y el adecuado desarrollo: endógeno, sostenible, equilibrado y global.
Pero, antes tenemos la obligación de conocerlos, respetarlos y buscar los medios de reintegrarles todo lo que les hemos expoliado, con el lucro cesante incluido, ya que nunca jamás podremos devolver la vida y la dignidad de los que padecieron y murieron como esclavos.
Los inmigrantes no son invasores, vienen a devolvernos las visitas que les hicimos durante 500 años. No se emigra por placer sino por supervivencia. Llamemos a las cosas por su nombre y preparémonos para organizar bien y junto con sus mejores talentos, la reparación debida.
A punto de concluir su periplo en torno a África, Peter Marshall buscó un sentido para sus experiencias ya que es preciso comprender las causas de sus dificultades actuales antes de considerar vías de solución para las mismas. Y apuntó unas ideas que vinieron a mi mente como puntos de reflexión en mi viaje al corazón de África, durante mi ya lejano Año sabático para la puesta en marcha de Centros de medicina preventiva, en universidades de 20 países de África subsahariana y que recogí en “Encenderé un fuego para ti. Viaje al corazón de los pueblos de África” Edit. Anthropos,1999.
Son distintas de los estereotipos acuñados y de las reiteradas imágenes que los medios de comunicación repiten sin cesar con lo que adormecen nuestras conciencias y hacernos creer en un fatalismo histórico o en una predisposición racial que incapacita a los pueblos africanos para un desarrollo integral, al considerarlos en perenne minoría de edad: “como no saben lo que les conviene ni tienen la madurez necesaria para tomar en sus manos las riendas de su destino, siguen necesitando de la protección y tutela del hombre blanco”.
El gran experto en temas africanos, Basil Davidson, afirma que “la experiencia de África y de los pueblos africanos es única e irreemplazable. Es una tierra maravillosa. ¿Cuál es su hechizo? Se adueña de uno y, una vez que se ha sentido su poderoso influjo, nunca se puede olvidar”.
Davidson se enfrenta con valentía y conocimiento a lo que tantos estudiosos y amigos de los pueblos africanos denominamos “el gigantesco malentendido”. Confundieron mitos y realidades, se multiplicaron leyendas que, han quedado como fundamento de tantas actitudes del racismo que sostiene que “los negros, por su propia naturaleza, son inferiores a los blancos”, como había afirmado el filósofo David Hume. Antes de seguir, hay que reconocer que el racismo es anticientífico porque parte de una premisa falsa: la aplicación a los seres humanos de la división en “razas” cuando no constituimos más que una sola raza.
Davidson recoge afirmaciones que han venido transmitiéndose sin análisis crítico desde el siglo XVIII. Así, David Hume añadía sin el menor conocimiento: “Nunca hubo nación civilizada de tal complexión, ni siquiera individuo alguno que sobresaliera por sus actos o especulaciones. No se dan entre ellos fabricaciones ingeniosas, ni artes, ni ciencias…” Nada menos que Federico Hegel, llegó a escribir, en 1831, en los “Discursos a la nación alemana”: “El negro representa al hombre natural en su estado completamente salvaje e indómito. No hay nada que armonice con la humanidad en este tipo de carácter. Terreno es éste en el que abandonamos África para no volver a mencionarla; pues África no forma parte histórica del mundo.” Hegel jamás había estado en el continente africano ni había conocido a personas africanas que no fueran criados del servicio doméstico. Este era el lugar común para europeos y americanos que se apoyaban en la autosuficiencia de la revolución industrial que parecía ser privilegio de los pueblos de piel blanca. Pasan por alto la inconmensurable aportación de pueblos de otros continentes al progreso de la humanidad en sus diversas civilizaciones: las riquísimas culturas chinas, hindúes, mesopotámicas, y aún de pueblos de la América precolombina. A la incuestionable civilización egipcia, hasta hace unos años nadie la consideraba africana sino que parecía una especie de galaxia extraterrestre.
Los exploradores europeos fortalecieron estas disparatadas ideas que perduran hasta nuestros días, en que profesores, como Ki-Zerbo en su Historia de África, y otros muchos demostraran la falsedad de estas actitudes. Así escribía, en 1860, el aventurero capitán Richard Burton: “El estudio del negro es el estudio de la mente rudimentaria del hombre. Parecería una degeneración del hombre civilizado más que un salvaje que accede al primer escalón si no fuera por su total incapacidad para mejorar. Todo indica que pertenece a una de esas razas aniñadas que, sin elevarse nunca al estado de hombre, se desprenden como eslabones gastados de la gran cadena de la naturaleza animada.”.
Son falacias sin apoyo en el sentido común ni en la ciencia. Por eso, los estudiosos abordaron en los últimos 50 años la historia desvelada del desarrollo humano de África y del diverso talante con el que los blancos han considerado a los negros desde la antigüedad hasta nuestros días. Las obras de este autor, así como las de Ki-Zerbo, son de obligada consulta y un verdadero regalo para el espíritu. Entre nosotros, de lengua española, son formidables trabajos del profesor Ferrán Iniesta así como los de otros jóvenes africanistas. (seguirá)
José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito U.C.M.
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Frases de Alexis Carrell, sabio médico francés

El primer deber de la sociedad es dar a cada uno de sus miembros la posibilidad de cumplir con su destino. Cuando se vuelve incapaz de realizar esta tarea debe ser transformado.
 
 
¿Hasta qué punto es cualquier hombre moralmente responsable de cualquier acto? No lo sabemos.
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Lo pequeño y lo grande

 
“Son muy pocas las horas libres que nos deja el trabajo. Apenas un rápido desayuno que solemos tomar pensando ya en los problemas de la oficina, porque de tal modo nos vivimos como productores que nos estamos volviendo incapaces de detenernos ante una taza de café en las mañanas, o de unos mates compartidos. Y la vuelta a la casa, la hora de reunirnos con los amigos o la familia, o de estar en silencio como la naturaleza a esa misteriosa hora del atardecer que recuerda los cuadros de Millet, ¡tantas veces se nos pierde mirando televisión! Concentrados en algún canal, o haciendo zapping, parece que logramos una belleza o un placer que ya no descubrimos compartiendo un guiso o un vaso de vino o una sopa de caldo humeante que nos vincule a un amigo en una noche cualquiera.
 
Ahora la humanidad carece de ocios, en buena parte porque nos hemos acostumbrado a medir el tiempo de modo utilitario, en términos de producción. Antes los hombres trabajaban a un nivel más humano, frecuentemente en oficios y artesanías, y mientras lo hacían conversaban entre ellos. Eran más libres que el hombre de hoy que es incapaz de resistirse a la televisión. Ellos podían descansar en las siestas, o jugar a la taba con los amigos. De entonces recuerdo esa frase tan cotidiana en aquellas épocas: “Venga, amigo, vamos a jugar un rato a los naipes, para matar el tiempo, no más”, algo tan inconcebible para nosotros. Momentos en que la gente se reunía a tomar mate, mientras contemplaba el atardecer, sentados en los bancos que las casas solían tener al frente, por el lado de las galerías. Y cuando el sol se hundía en el horizonte, mientras los pájaros terminaban de acomodarse en sus nidos, la tierra hacía un largo silencio y los hombres, ensimismados, parecían preguntarse sobre el sentido de la vida y de la muerte.
 
Todo niño es un artista que canta, baila, pinta, cuenta historias y construye castillos. Los grandes artistas son personas extrañas que han logrado preservar en el fondo de su alma esa candidez sagrada de la niñez.
 
El arte es un don que repara el alma de los fracasos y sinsabores. Nos alienta a cumplir la utopía a la que fuimos destinados.
 
Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. Pero hoy, cuántas veces me he preguntado cómo encarnar esta palabra. Antes, cuando la vida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico, como negarse a seguir embarcado en este tren que nos impulsa a la locura y al infortunio. ¿Se le puede pedir a la gente del vértigo que se rebele? ¿Puede pedirse a los hombres y a las mujeres de mi país que se nieguen a pertenecer a este capitalismo salvaje si ellos mantienen a sus hijos, a sus padres? Si ellos cargan con esa responsabilidad, ¿cómo habrían de abandonar esa vida?
 
En esta tarea lo primordial es negarse a asfixiar cuanto de vida podamos alumbrar. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. Un acto de arrojo como saltar de una casa en llamas. Estos no son hechos racionales, pero no es importante que lo sean, nos salvaremos por los afectos”.
 
Ernesto Sabato. La resistencia. 
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario