036 A lomos de mula

El otoño estaba en todo su esplendor el anciano iba feliz sobre su mula contemplando los arces dorados, los estanques de lotos azules, las veredas en las que apuntaban los acebos que florecerían en rojo durante el invierno. El ritmo de su cabalgadura le hacía mover la cabeza y a sus acompañantes les parecía que iba saludando a las plantas y a las ardillas y a los cuervos y a todo lo que le salía al encuentro. Porque ésta era una de las claves de su enseñanza: 
– La paz se manifiesta cuando no tienes que ir a por las cosas, sino que estas salen al encuentro. A eso llaman en Occidente contemplación, dejarse impregnar, invadir, hasta saberse uno con todo lo que existe. No hay que “ir allí” ni “permanecer aquí”, sino simplemente respirar y hacer lo que tienes que hacer, esto es, lo que quieras.
– ¡Maestro! Dicho así parece muy fácil, pero si no tenemos que ir a la montaña ni ésta va a bajar hasta nosotros, ¿cómo podríamos visitar a tu Maestro? – preguntó Sergei que se agarraba con las dos manos al arzón de su cabalgadura.
– La clave está en no “tener que”, sino en hacer lo que sea y donde sea porque sí. El que pretende hacer el bien, ya recibió su recompensa.
– Entonces, ¿no es lícito querer hacer el bien?
– Mejor es hacerlo. Eso es lo que respondió el Primer Patriarca al Emperador de China cuando éste le exponía las buenas obras que hacía. “¿No es esto virtuoso? ¿Acaso no tienen mérito mis acciones, Venerado Maestro? – le preguntó el Emperador”. “No, Hijo del Cielo – respondió Bodhidarma -, porque buscas el mérito en tus acciones”.
– ¿Pero no decías, Maestro, que la felicidad consiste en hacer lo que uno quiere?
– No dije tal cosa, sino en poder hacer lo que uno quiere. Y el único camino que conozco es querer lo que uno hace.
– ¡Cuánto hubiera dado Xavier por cabalgar por las montañas de estas tierras que sólo avizoró desde Japón! – dijo alegre Ting Chang.
– ¿A qué viene ahora evocar a quien pretendía cambiar nuestro modo de vida? -preguntó Sergei.
– Eso es lo que pretendía desde su cosmovisión pero estoy seguro de que, en cuanto llegara aquí y descubriera el Camino del Tao, del Budismo y del Chan en el que ya por entonces había evolucionado, sin duda que lo hubiera abrazado.
– ¿Cómo estás tan seguro, Noble Ting Chang?
– Porque un hombre que afirmó que “la virtud más eminente es hacer sencillamente lo que tenemos que hacer”, ya vivía en el Tao- respondió con una amplia sonrisa el médico mientras el Maestro los miraba con profunda complacencia.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Ciberseminario. 005 Experienciar la soledad

El voluntariado social, a diferencia de otras formas no menos válidas de ayuda a los demás como la beneficencia, la limosna, la filantropía o la caridad, en su dimensión de actividad asistencial y no como virtud teologal cuya proyección no conoce límites, nace de experienciar la soledad y de la conciencia de injusticia social que lleva a una responsabilidad solidaria. El Estado de Bienestar debilitó la tradición del Voluntariado pretendiendo que los poderes públicos eran los únicos sujetos de la vida social, que la relación laboral era la única acreditada y que los especialistas desplazaban a la acción competente nacida de la iniciativa ciudadana. Todo quedaba bajo el control de la Administración o del mercado, aparentemente libre pero realmente dirigido por los intereses que deciden la vida y la muerte de más de dos terceras partes de la humanidad.

Tanto es así lo que afirmamos que, en la Exposición de motivos que precede al articulado de la Ley del Voluntariado española, sin que le tiemble el pulso al Legislador, se dice lo siguiente: “El moderno Estado de derecho debe incorporar a su ordenamiento jurídico la regulación de las actuaciones de los ciudadanos que se agrupan para satisfacer los intereses generales, asumiendo que la satisfacción de los mismos ha dejado de ser considerada como responsabilidad exclusiva del Estado y sociedad”.

¡Como si alguna vez lo hubiera sido!

Cuando el Estado, o más bien la Administración del mismo, considera que es otra cosa que (organon o) instrumento al servicio de la sociedad, ésta padece en sus miembros e instituciones naturales la intromisión de aquél hasta límites que amenazan la convivencia. Pues se corre el peligro de que padezcan los derechos naturales de los ciudadanos, que no dimanan jamás de Institución alguna sino que son consustanciales a la naturaleza del ser humano como persona. Lo más que compete a los órganos de la administración del Estado es el reconocimiento, promoción y salvaguarda de los mismos frente a terceros y ante sí mismo. De ahí que el modelo de crecimiento que atribuye el bienestar social al Estado es injusto y se ha vuelto insostenible. Hay que buscar modelos alternativos al falso dilema “capitalismo salvaje” o “socialismo de Estado”. Donde las estructuras son injustas el derecho de resistencia se convierte en un deber, y el no ejercerlo nos hace cómplices de sus consecuencias.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M. Fundador de Solidarios para el desarrollo

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Cuentos del camino. 038 Señas de identidad

Todavía se reían Ting Chang y el anciano con la versatilidad de Sergei cuando aquél comentó:
– Esto de la identidad tiene sus vertientes.
– Sí – le respondió, mientras aguardaban a los jóvenes monjes-. Me recuerda una salida espectacular del mulá. Nasrudín se acercó a un cambista para hacer efectivo un pagaré que le habían dado en Samarcanda. El banquero lo miró sorprendido de que alguien con tan desaliñado aspecto viniera a cobrar una suma tan importante y como se trataba de un pagaré nominativo le preguntó al mulá “Por favor, ¿podría usted identificarse?” A lo que Nasrudín reaccionó yendo a buscar un espejo en las alforjas que colgaban de la albarda de su asno. Regresó con él ante el cambista y se estuvo contemplando un largo rato ante el estupor del otro, hasta que muy ufano le respondió exultante “¡Menudo susto me habías dado, hermano!, ¡claro que soy yo! ¡El mismo yo que salió hace un año para seguir la Ruta de la seda!

José Carlos Gª Fajardo. Pof. Emérito U.C.M.

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Ciberseminario. 04 El Voluntariado en la sociedad

En tiempos antiguos existía un dinamismo personal que suplía al dinamismo social con que hoy contamos. La solidaridad partía de las familias hacia sus miembros más desafortunados, de los vecinos, de los más cercanos. La limosna es vertical, la solidaridad es horizontal. 

No podemos dar marcha atrás a los avances sociales ni a la posibilidad de que el Estado intervenga en el impulso de aquellos que más les cuesta. Pero sí es necesario seguir fortaleciendo el voluntariado social como aceite que engrasa el aparato, como lubricante que hace que se encuentre la solidaridad personal con la estatal o comunitaria.

Recuerdo un gran escrito de Adela Cortina que refleja el valor del voluntariado como fuerza social: “Las organizaciones cívicas se han convertido en una fuerza social… son capaces de doblegar gobiernos y de poner en un brete a instituciones como el FMI. Su número crece, hasta el punto de que, en nuestro país, parecen superar las 1.500. Y, sobre todo, se están convirtiendo en coprotagonistas del orden global, donde comparten reparto con los Estados y las empresas transnacionales. Forman parte de lo que se ha llamado la “Sociedad Civil Global”.

Sin embargo, “éxito obliga”. Es difícil gozar de una identidad reconocida con tal proliferación de asociaciones, y es difícil influir en el poder político y económico sin adoptar una estructura empresarial o sin asociarse a empresas que ayudan a la organización solidaria a aparecer en público y a tener capacidad de presión. (No hay más que contemplar estos días las campañas de los diversos partidos diz que “políticos”. (¿Recordarán que la política es el arte de hacer posible lo necesario en provecho de todos los ciudadanos habitantes de la polis? Parece que no tienen ni idea, aunque vivan a costa del Erario público, esto es, del Estado… de los ciudadanos.

De ahí que el voluntariado se vea envuelto en sospechas y recelos. Parece, por un lado, que en muchas ocasiones las organizaciones de voluntariado se diría que son “gubernamentales” (que a veces sí lo son, no hay más que analizar sus cuentas reales), pero tampoco se las puede caracterizar como “asociaciones sin ánimo de lucro” porque más bien parecen convertirse en un negocio. Sectores de un progresismo trasnochado les acusan de hacer el juego al sistema, poniendo parches donde lo urgente y necesario es transformar totalmente un sistema perverso. ¿Qué hacer?

A mi juicio, la necesidad de que exista una actividad como la voluntaria se muestra en que proporciona bienes a la sociedad sin los que sería mucho menos humana de lo que ya lo es. Y, en este sentido, el voluntariado ofrece, al menos, un bien al que es imposible renunciar: cobra todo su sentido de bregar por la exclusión cero, a través de la solidaridad personal y voluntaria, de trabajar porque no haya excluidos, invirtiendo en ello parte de la vida. Tarea que alguien tiene que realizar si nuestra sociedad quiere ser fiel a sus más elementales proclamas éticas.

Trata la ética de la forja del carácter êthos para tomar decisiones justas y dignas. Y precisamente la tarea del voluntariado está conectada con la justicia y la felicidad, con lo que hace una vida digna de ser vivida.

En lo que hace a la justicia, en nuestras tradiciones un principio constituye la base: el reconocimiento de que cada persona es un fin en sí misma, que es en sí misma valiosa, y por eso, no se la puede intercambiar por un precio, sino que tiene dignidad. Esta afirmación kantiana de lo que se ha llamado el “fin en sí mismo” ve la luz a finales del siglo XVIII, cuando el primer capitalismo consagra el mundo del intercambio de mercancías y rompe ese círculo del intercambio infinito. Hay algo, una dignidad esencial, que no tiene precio, sino dignidad.

Sin embargo, ¿cómo atender al principio de la dignidad humana en sociedades en que éste forma parte de lo que José Luis Aranguren llamaría “la moral pensada”, lo que creemos que debería de ser, y no de “la moral vivida”, la que funciona en la vida corriente? Porque en la vida cotidiana el que funciona como principio supremo es el principio del intercambio tan útil en la economía de las relaciones humanas.

Como dicen las antropologías más acreditadas, las personas somos “seres de carencias“, necesitamos lo que otras personas y el entorno pueden ofrecernos. E intentamos tomarlo, mediante la fuerza o mediante el intercambio. En sociedades democráticas nos hemos convencido de que el intercambio y la cooperación son más inteligentes que la fuerza bruta, porque hasta el más débil te puede quitar la vida. Y por eso, contemplamos nuestras relaciones sociales desde el cálculo de qué podemos obtener de ellas y qué debemos poner a cambio. Que no siempre es dinero, son también favores y privilegios.

Pero ¿qué ocurre con los que no tienen nada que ofrecer a cambio? ¿Qué ocurre con los aporoi, con los pobres, en un mundo en el que está entrañada la aporofobia, la aversión al pobre, al que no tiene nada que ofrecer?

El que presuntamente no tiene nada interesante que ofrecer a cambio es un excluido, en el más radical sentido de la palabra. No entra en el sistema social el intercambio infinito, queda fuera por definición, y es, en el mejor de los casos, objeto de beneficencia, pero no de reconocimiento en su profunda dignidad. Del principio del intercambio infinito resulta como secuela ese principio, según el cual, al que más tiene más se le dará, y al que tiene poco, hasta lo poco que tiene se le quitará.  Al que tiene cheques de capital financiero, humano o social, más se le dará, y al que no los tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará.

¿Cómo poner en consonancia el principio del intercambio con el principio de la dignidad? ¿Cómo reconocer institucional y personalmente en la vida cotidiana que las personas son dignas de respeto y que es inadmisible la exclusión?

El bien que las organizaciones solidarias ofrecen consiste en trabajar por la inclusión de cualquier persona. Y no sólo porque pueda ofrecer lo que interesa a unos grupos o a otros, sino porque es, por sí misma, valiosa.

Para ello el voluntariado lleva adelante al menos cuatro tareas. Analiza y diagnostica la situación social en la que va a trabajar con todos los instrumentos científicos al alcance: con corazón y con cabeza. Denuncia ante quienes corresponde que no se respetan los derechos básicos o no se promueven las capacidades básicas. Actúa directamente junto con los excluidos, no “haciéndoles” la vida, sino empoderándoles para que la hagan ellos mismos. Porque cada persona tiene derecho a ser protagonista de su vida, a que no le escriban otras el guión. Pero también las personas necesitan ayuda en un tiempo concreto y no pueden esperar, ni todas las necesidades pueden ser satisfechas con medios públicos. Por último, el mundo del voluntariado tiene que descubrir situaciones inéditas de exclusión e idear nuevos caminos de inclusión.

Es evidente que en ello ha de colaborar el poder político cumpliendo sus tareas y apoyando las iniciativas voluntarias más fecundas; porque el voluntario suele tener más sensibilidad social que el funcionario. También las empresas han de asumir su responsabilidad social, en la que cuentan todos los afectados por su actividad. Si algunas quieren asociarse con organizaciones solidarias, importa aprovechar esta sensibilidad, propia de una ética, no del desinterés, pero sí del interés generalizable. Pero si el sector político y el económico tienen que hacer sus deberes, el voluntariado cobra su sentido de bregar por la inclusión social, a través de la solidaridad personal y voluntaria. Y ofrece además un bien, vinculado no sólo con la justicia, sino también conla dignidad. “No andamos sobrados de modelos de vida buena, de modelos de vida digna de ser vivida. Uno de ellos, y bien sugerente, es el de trabajar por la inclusión de quienes no parecen tener nada interesante que ofrecer a unos grupos o a otros, según las medidas del principio social del intercambio infinito.

Jose Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Cuentos del camino. 037 Soy el mismo

037 Soy el mismo

Después de la lluvia caída durante la noche, el río mostró su poder y arrastró algunos troncos en su crecida. Uno de ellos impedía el paso desde el sendero hasta el pequeño embalse donde cuidaban hermosas carpas dorados. El anciano convocó a sus ayudantes y les preguntó si entre los tres serían capaces de quitar aquellos troncos, o debería pedir ayuda al abad del monasterio para que les enviase a algunos monjes. Sergei saltó ofendido y exclamó:
– “¿Qué van a pensar de nosotros esas cabezas rapadas, Maestro, ¿si les pedimos ayuda? Voy a tener tomaduras de pelo durante varios días cuando vaya a por alimentos al almacén del ecónomo”.
 – Mira, Sergei, que hay un tronco que parece pesado y ya no eres la liebre corredora que llegó aquí hace unos años.
 – Maestro, no te fíes de mi aspecto, ¡tengo la misma fuerza que hace años!
Ting Chang sonreía porque ya había ido por la tarde con el anciano a intentar mover el tronco sin resultado.
 – ¡Allá tú, Sergei! Yo que tú recordaría lo que le sucedió al mulá cuando vivía en Uzbequistán. ¿Quieres saberlo?
 – Bueno, Alma Noble. Si insistes…
 – El mulá había ido a pretender trabajo como jardinero a la casa de un letrado para conseguir algo de dinero con el que pagar sus deudas. El letrado miró a aquel enturbantado mulá que se apeaba de su asno y le pareció bastante viejo, pero se dejó convencer cuando el mulá le dijo “Aunque mi aspecto te parezca el de un viejo ¡tengo la misma fuerza que hace cuarenta años!” A los pocos días el letrado le pidió que trasladara unos pilares de piedra al otro lado del jardín. El mulá se fue muy decidido a realizar la tarea, pero, por más que lo intentó, no consiguió mover ni una de las columnas. El viejo letrado le dijo, no sin cierta sorna, “Me pareció haberte oído decir que tenías la misma fuerza que hace cuarenta años”. A lo que Nasrudín le contestó sin inmutarse “Así es, la misma fuerza, lo que ocurre es que, entonces, tampoco hubiera sido capaz de mover estas piedras endemoniadas, ¡porque las carga el mismo diablo!”
– Maestro – intervino rápido Sergei -, nada más hermoso que obedecer a las personas mayores cuya experiencia desborda nuestras posibilidades. De paso que voy a ver al ecónomo a por algo de té, le transmitiré tu deseo de que vengan algunos monjes jóvenes y fuertes para que puedan ejercer la compasión del Buda.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Cuentos del camino. 036 La muerte y el jardín

Paseaban los tres por el jardín, que el anciano iba mostrando a Ting Chang, cuando Sergei preguntó:
– Maestro, ¿por qué hay gente feliz y personas infelices, ricos y pobres, vencedores y vencidos? ¿Acaso el Cielo es injusto?
– ¡Mirad las plantas de este jardín! Hay árboles grandes y chicos, frutos sabrosos y mantillo, piedras y musgo. Hay rododendros y camelias, sencillas hierbas y orquídeas, lotos en aguas casi estancadas y soberbios bambúes. La energía que circula por las cañas de la ribera es la misma que la que fluye por las parras y que se transforma en rico vino, una vez cumplido su ciclo. ¡Las adelfas no quieren ser abetos! Quieren ser adelfas. E igual sucede con cada una de las especies animales o minerales.
– ¡Puestos así! – dijo Sergei que pensaba en el conejo que cuidaba al abrigo de las prohibiciones del monasterio.
– Fung Chang – añadió el anciano complacido -, preguntaba “¿Por qué el pollo no tiene la fuerza del búfalo? ¿Por qué el tigre no tiene la gentileza del perro? ¿Por qué el águila vuela con fuerza en el aire mientras los gorriones parecen tan débiles?” ¿No os parece injusto que las hierbas no sean arces, ni las arenas diamantes o las mariposas efímeras no sean longevos elefantes?
– Perdona, Maestro, por mi atrevimiento – arguyó Sergei -, ¡pero nosotros somos seres humanos! ¡Ni minerales, ni plantas ni animales irracionales!
– ¿Y cómo sabes tú que ellos no sienten ni padecen? Viven con arreglo a su naturaleza, aparentemente sin preguntarse de dónde vienen ni adónde irán. En definitiva, ¿tiene esto alguna importancia?
– ¡Pero la muerte impone, Maestro! Es como si todo se acabase – se le escapó a la liebre de las estepas rusas.
– ¿Y para qué quieres que dure? ¿Dónde estabas antes de nacer, Sergei? ¿Lo echas de menos? ¿Era tu condición más feliz, entonces? Nadie muere eternamente, sólo nos transformamos. La vida está en todas partes. Nuestra tarea es caer en la cuenta, vivir conscientes y observar la vida que fluye, mansa o a borbotones, porque todo cuanto necesitamos está en nosotros.
– Maestro – se atrevió a decir Ting Chang -, ¿qué quiso decir el Buda al afirmar que “la verdad es todo lo que es útil?”
– Todo lo que es conforme a la naturaleza es auténtico, por lo tanto, es hermoso, bueno y armonioso. La falta de equilibrio es enfermedad. La injusticia, lo que daña a otro, atenta contra la armonía del universo. Aunque nosotros no podamos concebirlo, al final, todo es para bien. ¡Contemplad el jardín!

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Ciberseminario 001 El grito de los excluidos

La felicidad personal tiene que ver con la perfección de la humanidad entera, con la maduración de cuanto existe y con aquella actitud ante la vida de una equidad noble que nos anima a “vivir con modestia y pensar con grandeza”.

Ser persona es la capacidad de darse a los demás y saberse parte de la creación entera. El tránsito de ser humano a persona es esa actitud radical de crear espacios de encuentro y ambientes de solidaridad fruto de una convivencia consciente de que la comunión es la más alta expresión de la naturaleza humana, porque se apoya en una voluntad de asumir la realidad más auténtica.

Nada más lejos de la uniformidad y del individualismo que se apoyan en un egoísmo (miope) lastrado por confundir los medios con los fines, instrumentalizándolo todo en aras del interés o de la utilidad como únicos criterios válidos para triunfar por encima de los demás. La felicidad personal tiene que ver con la perfección de la humanidad entera, con la maduración de cuanto existe y con aquella actitud ante la vida de una pobreza noble que nos anima a “vivir con modestia y pensar con grandeza”.

Los poderes de turno pretenden imponernos doctrinas que amenazan con ahogar la libertad de elegir, de ser y de compartir. No nos permiten ni siquiera el derecho a equivocarnos.

Pero por fortuna, cada día somos muchos más los compartimos la suerte de los demás en la convicción de que los hombres somos hermanos y que participamos de un proyecto común. Es preciso juntar esfuerzos para luchar por la humana condición que exige la dignidad como garantía de una libertad auténtica. No libertad para morirse de hambre. Así, seremos capaces de sintonizar con esos millones de personas que padecen hambre, miseria, dolor, marginación y soledad.

Es un error considerar que el voluntariado social que ejercitamos en nuestras comunidades no está íntimamente ligado a la suerte de los más pobres del mundo. Se pierde de vista la auténtica naturaleza del voluntariado social y lo reducen a una beneficencia que perpetúa y se convierte en cómplice de las estructuras de injusticia que padece nuestra sociedad. Esas estructuras causan el subdesarrollo, que no es una etapa en el camino hacia el desarrollo sino un subproducto del mismo basado en una sociedad consumista, opulenta y despilfarradora a costa de la explotación de los pueblos empobrecidos del Sur.

Urge extender este movimiento de solidaridad a todos los seres humanos, comenzando por los más cercanos, por los que están a la vuelta de la esquina, por los que viven a nuestro lado sin que nos hayamos dado cuenta de su indigencia, de su tristeza y de su aislamiento mientras permanecemos ciegos a las manos que se extienden hacia nosotros y nos llaman. Más que enviados, debemos considerarnos llamadosa un quehacer solidario. Al fin y al cabo, la libertad no nos la puede dar nadie, sino que se conquista cada día.

 José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito, U.C.M. 

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Cuentos de todos los tiempos

Cuentos de todos los tiempos, tierras y culturas.

“No pueden los humanos soportar demasiada realidad”.

T.S. Eliot

Advertencia al Lector: Si alguno de los “cuentos” no figura en alguna Antología, civilización o época,

 o no lo ha escuchado en algún zoco o caravan sérail, no se fíe demasiado.

OO2 El ciprés en el jardín

Una tarde, el Maestro echó de menos una campanilla de plata que colgaba en el dintel de la baranda. Su sonido, cuando la agitaba el viento, le llenaba de alegría. Recordaba que uno de los monjes del monasterio le preguntó un día a qué se debía su sosiego y esa alegría que nada parecía turbar, y le había respondido con una sonrisa: “¡Es por el sonido de una campanilla que cuelga del dintel de mi terraza! Cuando el viento la agita, se borran todas las nubes y el corazón recupera su armonía”.
El novicio era inteligente y capaz, pero con una inquietud interior que le desasosegaba. El Maestro sabía que tan sólo unas buenas dosis de humor y la capacidad de reírse de sí mismo podrían aliviar su ansiedad. Así que el joven monje decidió entrar en el recinto del Maestro y robársela mientras éste paseaba junto al río. Creía que si la instalaba en su celda podría disfrutar de esa felicidad que añoraba.
Al cabo de unos días, se presentó el joven monje con la campanilla escondida entre su ropa. Se echó a los pies del Maestro y confesó su falta y su frustración pues, por más que se pasó horas sentado ante la campanilla, el sonido de ésta no hacía más que incrementar su tristeza.
– Maestro – le dijo entre lágrimas -, ¿por qué esta campanilla es para ti una fuente de alegría y para mí ha sido el colmo de mi desolación?
– ¡El ciprés en el patio! – respondió el maestro alzándole del suelo con solicitud y comprensión.
Y ante su asombro prosiguió: – El ciprés en el patio, la tetera al fuego, el trenzado de los juncos o la campanilla de plata ¿qué más da, hijo, qué más da? Se trata de vivir con plenitud cada circunstancia del día, sin esperar ni recompensa ni reconocimiento alguno. No es lo que hacemos sino cómo lo hacemos. Ni aquí ni allí. Ni por premio ni por castigo. Se trata de aceptarnos como somos y de no castigarnos con fantasmas de la mente.
– ¡Ayúdame Maestro para poder reírme de mí mismo!

Prof. José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Cuentos de todos los tiempos

O01 En un antiguo monasterio chino

En China meridional se alzaba un monasterio que había logrado sortear los avatares de las revoluciones y de los cambios políticos. Un Abad lo dirigía ayudado por un Prior, un Ecónomo y un Maestro que se ocupaba de los novicios, junto con los monjes profesos que cooperaban en su formación y en mantener los ritos en el templo. Su prestigio era grande y hasta él llegaban viajeros y peregrinos desde los confines del imperio del Centro, aunque ya no recordaban los tiempos en que el Hijo del Cielo habitaba en la Ciudad Prohibida. Tenían huertas y jardines, aparte de un bosque cercano.

Al atravesar el muro que lo circundaba, había una discreta puerta que conducía a unos terrenos que antes fueran huertas y que ahora también tenía un jardín. Estaba organizado de acuerdo con las estaciones y con los principios tradicionales (del feng shui). Este espacio estaba limitado por la ribera de un río que había servido como embarcadero para las gabarras que transportaron los materiales para reconstruir el antiguo monasterio.
En ese espacio entre el río y la edificación había unas chozas sencillas pero airosas que cercaba una especie de terraza de madera protegida por un barandal en donde se solía sentar el anciano para trabajar en sus esteras y pinturas, y también para descansar al atardecer de los días que se vertían al mar. Una de las chozas le servía como vivienda y espacio para el estudio. En otra había un sencillo ámbito para la meditación con una estera, algún cojín y un cuenco en el que ardía una luz ante una piedra sin pulir. Había otro cuenco con arena en la que el anciano clavaba algún palo de sándalo o de incienso durante sus sesiones. Luego estaba la choza en que habitaba Sergei, el ayudante siberiano del Maestro, que se ocupaba de las comidas y le ayudaba en el mantenimiento del jardín y de las carpas doradas. Es cierto que este pícaro hacía escapadas al monasterio con el pretexto de hacerle recados al Ecónomo y poder así bajar montado en un burro al pueblo cercano. Al anciano le divertía porque era vivo y noble a la vez, muy despierto y deseoso de saber, peropillo y zascandil que hacía honor al apodo de “liebre de las estepas” con que le llamaba el Maestro. No servía para monje, eso estaba claro, pero andaba en busca de su camino y, mientras tanto, era feliz compartiendo esta vida en las chozas que le daba un cierto empaque a la hora de deambular por las cocinas del monasterio dejándoles creer que era el depositario de las confidencias del admirado y venerado anciano. Era conocida su expresión cuando se interesaban por algo de la vida en las chozas “Ah, de eso… soy un mudo”. (Algunos en la cocina se referían a Sergei como al “mudo charlatán”).

Por último, había otra choza tan humilde como las demás para acoger a algún huésped de paso, sobre todo de los antiguos discípulos del Maestro que, a veces, se acercaban a presentarle sus respetos o para hacerle alguna consulta al anciano. También recibía en la terraza sobre la orilla a alguna visita de paso o a algún monje que se lo había pedido cuando iba al monasterio.

Una vez por semana comentaba a los monjes las Escrituras, sobre todo el sutra del Diamante, pero también los grandes textos de Laotzú y de Chuangtzú, pero aquí, en este espacio de serenidad, utilizaba cuentos, proverbios y relatos de las más importantes tradiciones, o que se le ocurrían sobre la marcha. Le encantaba saborear la sabiduría de los maestros chinos, indios, persas, Zen, judíos, sufíes o tibetanos. Su saber era amplio y no abrumaba.

Por lo demás, apenas salía de este recinto si no era para bajar al pueblo a atender a algún enfermo o necesitado a primeras horas de la tarde.

Nadie del Monasterio, ni siquiera el Abad o sus ayudantes pasaban sin previo aviso. Todos respetaban su retiro desde que había abandonado la dirección y responsabilidades en el monasterio que había ido restaurando con un puñado de amigos, pero, al crecer en importancia, hacía años que anhelaba verse liberado de esa carga y regresar a una vida sencilla trabajando la huerta, cuidando el jardín y vacando al silencio y a la contemplación de tanta armonía.

Prof. José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.[JCGF1] 


 [JCGF1]

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031 Rico en tiempo

Estaba el anciano paseando junto al río y se asombraba de la destreza de un pescador al lanzar su red redonda al aire. ¡Iba llena de armonía en su movimiento! Sonreía el Maestro cuando el pescador, cubierto por un simple taparrabos, sintió una cálida frescura en su espalda y volvió el rostro en dirección a la orilla. Los dos se miraron y se sonrieron complacidos.
En esto, llegó Sergei, apurado como siempre, y dijo al anciano:
– ¡Qué contrariedad, Alma noble! Resulta que el Abad tiene la importante visita de un magistrado de Pekín que insiste en saludarte antes de regresar a la Corte. Y el Abad te ruega que lo atiendas, aunque sea unos minutos. 
– ¿Pero no estábamos esperando al peregrino? – preguntó el Maestro.
– Eso me atreví a decirle yo al Abad – respondió compungido el rapaz -.
El Maestro se echó a reír y le preguntó con algo de sorna.
– ¿Y qué te respondió el Abad, Sergei?
– Me dio un bastonazo, y me espetó: “¡El peregrino puede esperar porque tiene todo el tiempo del mundo! Su Señoría es esperado con urgencia en la Corte”.
– ¡Sergei! No tienes por qué imitar la voz del Abad. Eres incorregible. Pero, anda, vete en busca de Su Señoría y hazlo pasar a mi cabaña. Dudo de que fuera capaz de disfrutar de esta puesta de sol. El pescador se inquietaría.
– ¿Qué pescador, Venerable señor?
– ¡Cualquier buscador, Sergei, cualquier buscador! La verdad es que el Abad no hace más que enviarme mensajes de que el aparente peregrino es en realidad una persona excelente y de que mejor podría alojarse en el monasterio.
– ¿Por qué, mi Señor?
– ¿No ves lo rico que es en tiempo? ¡Tiene todo el tiempo del mundo!
– ¡Pero si el tiempo no existe, Maestro! Tú dices que lo vamos haciendo.
– Por eso, zorro de la estepa, por eso.
Sergei se fue volando para acompañar al gran magistrado que tuvo dificultades al recoger su ampulosa túnica para caminar por el estrecho sendero de guijarros que conducía al Maestro. Cuando llegó ante la cabaña, miró al asistente que le indicaba la entrada con la mano. El alto mandarín tuvo que inclinarse para poder entrar y, al ver al anciano sentado tejiendo un cesto, no pudo contenerse y mirando las desnudas paredes, exclamó:
– Maestro, ¿Dónde están tus muebles?
– ¿Dónde están los tuyos, noble Magistrado?
– ¿Los míos? Pero si yo sólo estoy de paso. No voy a llevar mi morada a cuestas. El viaje requiere ir ligero de equipaje.
– Lo mismo me sucede a mí – respondió con una amplia sonrisa el anciano que vio alejarse con tristeza al noble mandarín de la Corte.
José Carlos Gª Fajardo, Emérito U.C.M.

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