La realidad es transformable

No acaban con la pobreza
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción y de cambio,
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizás desencadenen
la alegría de hacer, y la traduzcan en actos.
Y al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad y cambiarla,
aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable.

Eduardo Galeano

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Los Gazules. Boxeo

El boxeo

En Getsemaní había un amplio local llamado la Curva Adulta en el que se celebraban los encuentros de boxeo. Las gentes de los Gazules y de sus alrededo­res eran asiduos los sábados por la noche. Don Guzmán era un gran aficionado y el señor Aureliano, allá en sus tiempos, había sido “manager” de jóvenes pro­mesas. El boxeo era algo increíble.

Las gentes se apretujaban para entrar. Las mujeres gritaban y empujaban más que nadie. Nosotros entrá­bamos por una puerta lateral porque mi padrino, si no arbitraba, era uno de los jueces. Y ahí me tenéis por los vestuarios, escuchando a masajistas, entrenadores, “managers” y toda la morralla que vive a la sombra de esos pobres desventurados que se largarían felices y contentos con un contrato de trabajo en el bolsillo y una buena cena por delante. Pero no. “¡Hala!, ¡a pe­garse!” Esta podía ser la noche.

“Está fulano que ha venido a verte. A ver esa zur­da”. “Dale fuerte, que no ves un duro más. Los Reyes Magos se acaban”. “Piensa en lo que dijo de ti a los de la prensa. Fuerte, mantén la guardia y castiga el híga­do. Mira, así”.

Esto lo decía un escuchimizado alfeñique al que llamaban Vicente Goliat, que todavía era más escuáli­do que el Satur y que, encima, tenía chepa y era corto de piel. Allí todos opinaban.

Olía bien. A mi me gusta el olor de linimento de Sloan. También me gusta el olor de la bencina y del pe­tróleo. Pero esto era porque mi padrino se lo echaba al pelo y se friccionaba delante del espejo con su camise­ta de tirantes y canelones.

La gente entraba y salía de los vestuarios y todos daban consejos y describían a los infortunados gladia­dores cómo iba a ser la secuencia de la pelea. ¡Qué sal­vajes! Estos no hacían más que ir al water. Y se enjuaga­ban la boca haciendo gárgaras, porque el entrenador no les dejaba beber. Pegaban golpes al aire, sorbían por la nariz, movían el morro como los conejos, avanzaban el hombro, bajaban la cara, ladeaban la cabeza, esquiva­ban un imaginario directo, saltaban sobre el propio te­rreno y hacían fintas con amagos de esquivar un golpe que venía certero. Se les caían, a lo mejor, los pantalones porque se los habían prestado. Eran de raso o de satén y estaban recién planchados. Entonces, había que lla­mar a una mujer para que viniera a darle unas punta­das. Esta, mientras cosía, algo andaría haciendo con la mano izquierda, que se le distraía poniéndose tonta, di­go yo, porque el entrenador le espetaba “¡No lo calien­tes, leche!” “Pues si sale frío, contestaba la frescachona muy plantada y sacando el pecho, quien lo va a calen­tar va ser el Angelito que dice de éste que está sonado”.

¡Dios la que se armó! El Nene, que era el púgil del calzón ancho, comenzó a decir en un puro ataque de histeria “¡Sujetadme!, ¡sujetadme!, que no sé lo que me hago. ¡Sujetadme, que no soy dueño! ¿Sonado yo? ¡Su­jetadme, que lo mato, que lo mato…!”

Armó tal alboroto que entró el señor Vitelino. Es­te era un guardia con la nariz avinada y que estaba or­gulloso de ser el máximo representante de la autoridad en el barrio. Durante la guerra, cuando llegaba a una trinchera, lo primero que hacía era subirse al parapeto y echar una meada mientras insultaba a los “rojos, ma­sones y ateos”. Cuando éstos reaccionaban y se deci­dían a disparar, ya estaba el Vitelino en el suelo de la trinchera pisado por la bota del sargento que no sopor­taba aquellas chuladas en su Compañía.

La verdad era que el sargento era carlista y aque­llas obscenidades de Vitelino le parecían propias de ro­jos y no de cruzados. El Vitelino se tiraba todo el com­bate tumbado en el suelo de la trinchera porque, claro, los rojos se cabreaban y, una vez iniciado el tiroteo, no paraban hasta que no se les acababan las balas. Y de na­da valía que Modesto ni el Campesino ni la Pasionaria ni la Nelke les dijeran “¡Apuntad bien, compañeros cabrones, que se nos acaba la munición! ¡Apuntad con ira!”

Esto lo decían para contrarrestar al Ángel del Al­cázar que, según la propaganda fascista, decía a los soldados “¡Hijos míos, apuntad bien, pero sin ira!” “¡Toma ya!”, decía Pasionaria mientras se echaba un pulso con el General Rojo o con Miaja, “Así aciertan, en cambio estos hijos de puta con la furia y todo eso, no dan una, vamos, es que no dan una”, terminaba Pasionaria, después de haber tumbado al general, en la mesa de juego se entiende, aunque ella no era mu­jer que se parase en un quíteme allá unos rojos. Y se arreglaba el moño que llevaba sujeto con horquillas envenenadas que le mandaba de Rusia el compañero Stalin.

Bueno, pues el señor Vitelino, intentaba poner or­den, calmaba al Nene y salía frotándose las manos “Esto se va a poner bueno, pero que muy bueno. Al Angelito le han ido a decir que el Nene decía de él que era marica, es que me meo”. El señor Aureliano lo cal­maba “No, Vitelino, aquí no, ahora no hay rojos ni es­tamos en las trincheras”.

Y es que al señor Vitelino, en una de estas, le decí­as que entre el público había algún rojo encubierto y lo mismo se subía al ring y sacaba la gaita y empezaba a llamarle masón, judío y ateo. Era así.

Del vestuario del Nene nos íbamos al del Angelito. A un kilómetro se oían sus gritos “¿Marica, yo? ¿Marica yo? Brrrrr. Ya verá ese lo que es bueno. Lo voy a destro­zar. Le voy a dar así y así y así…” Y accionaba con tanto brío que a mi padrino le pasó una rozándole el pelo.

Cuando vio que éramos nosotros, el Angelito quedó más corrido que una mona en un concurso de televisión. Se le cayeron con tal fuerza los brazos que yo creí que tendríamos que recogerlos del suelo, sacó el labio inferior, sorbió los mocos, hundió el pecho, em­pezó a sacar la quijada, más y más, hasta que casi se le descoyuntó y entre el masajista y el entrenador venga a colocársela en su sitio.

Pero no había forma. Le sobresalía una cuarta. Pa­recía una burra preñada. El fotógrafo del diario local, que era más bien pequeño, se le subió en un bíceps y ayudaba lo que podía usando la correa de la máquina. Nada. La quijada seguía saliéndole al Angelito, que co­menzaba a poner los ojos en blanco y a gimotear. “¡Eso no, eso no! Angelito, por tu madre, no llores. ¡Que don Guzmán te perdona!”, le decía el entrenador. “Ange­lito, por Dios, no seas niño, si no fue nada”, decía el masajista. “¿Verdad que no, Don Guzmán?”

Y mi padrino, los rasgos duros, los pies algo sepa­rados, los brazos caídos, las manos tensas junto a las pistolas, el mentón hacia delante, la mirada de acero, moviendo, de vez en cuando, una de las aletas de la na­riz… de repente, dio un paso al frente. Es decir, avanzó la punta del zapato derecho, que era su forma de desa­fiar. “¡No, por favor don Guzmán!”, decían todos los del vestuario, “que fue sin querer, el Angelito no sabía que iba a entrar usted. Que si no, a buenas horas, iba a hacer el pobre chico algo semejante”.

Entonces, mi padrino comenzaba a relajar el pe­cho, se iba decontrayendo, les dejaba algo de aire a los demás para que fueran respirando y decía, con voz ba­ja, suave, mortífera, “Angelito, hoy te va a matar el Nene en el quinto asalto, ¿entendido?”… Tenso silen­cio… “Bien. Te perdonamos. Y mañana, de nuevo a tra­bajar en la fábrica de don Alan”.

Miraba a todos, se volvía en silencio y yo seguía comiendo orejones que me había comparando Isolda en la señora Domitila la Luenga. Mi padrino metía la mano en el bolsillo, sacaba unos cacahuetes y una piña de plátanos y se los tiraba por el aire al Angelito que los cogía en la mandíbula inferior y luego daba saltos de contento.

Nos dirigíamos a nuestros puestos. Al pasar por cerca de Alan, Belisario y demás compañeros de parti­da, mi padrino levantaba el sombrero tantas veces cuantos fueran el número de asaltos que le hubiera di­cho al Angelito de turno. Y ellos tiraban del puro muy circunspectos.

 La canalla vociferaba, gritaba y aullaba para res­ponder a los saludos del Nene que iba envuelto en un albornoz prestado, de color azul noche y con unas le­tras que anunciaban una marca de Vermout. Mi padri­no se sentaba entre los jueces, talmente como Débora la de Israel, o como Sansón o como un circunciso piado­so. Yo me dedicaba a mirar al público, sobre todo a las mujeres que se desgañifaban gritando y accionando y jurando en caldeo. Por aquel entonces nadie se atrevía a usar el hebreo. Por si acaso.

 Cuando apareció el Angelito, se oyó el retumbar del trueno. Todos habían apostado por él y el ruido era ensordecedor. Yo recordaba el aviso que le había dado mi padrino y lamentaba no disponer de algunos dóla­res sueltos para apostarlos a favor del pobre Nene, ya que la inversión era segura.

Sonó el gong. Comienza el primer asalto. Arbitra­ba el señor Sebastián, que era trompetista en la banda municipal de Valladares y que había sido seminarista y todavía le quedaba un no se qué que mismo parecía que, al andar, iba dándole al vuelo de la sotana para no pisarla. Iba en mangas de camisa y llevaba pajarita.

El Angelito iba perdiendo ante el asombro del Ne­ne y de todo el público que bramaba. El Nene que se anima y le lanza un gancho que casi coloca en el híga­do de Angelito.

La gente echa espuma por la boca. Ya se han co­mido los puros, ahora están mordiendo los cojines de esparto. El Nene se envalentona y hace un amago de uno dos tres cuatro y la gente ya no sabe qué comer, la mayor parte tiene los sombreros hechos trizas. Las mu­jeres aúllan. El gong los salva del desastre.

Cuando va a comenzar el segundo asalto, el An­gelito hace como que juega y pone al Nene boca abajo, con el culo para arriba y los brazos cruzados debajo. El árbitro empieza a contar, el Angelito palidece y un ca­bo de vela se le enciende en su micro mollera, sin dejar de mirar al Nene al que con sus vibraciones ayuda a le­vantarse. El Nene se tambalea. Un ojo le ha quedado prendido junto a la nariz y empieza a moverse presa de un tic que contagia al Angelito y al árbitro. Una mujer grita, “¡En guardia, Angelito, que eso es una treta!”

Pero el Nene, en una de éstas resbala y, para no ca­er, extiende las manos que van a dar en el estómago del Angelito que no lo esperaba. La gente ríe. Las mujeres ululan. “¡Toma castaña!”, dice una a la que llamaban “la Chata”. Y ya era mala idea porque para leer el pe­riódico tenía que apoyarlo en una silla y, mientras ha­cía calceta, pasaba las páginas con la nariz. Angelito se recupera y el gong lo salva. El público comienza a in­quietarse. La Chata dice que aquí hay tongo. “¡Tongo, sí señor! ¿Qué pasa?” Y nadie le responde, porque na­die había dicho nada. “¡A ver!”, dice otra que no pue­de moverse de apretada que lleva la faja.

El marido era más pequeño que el Satur y le lla­maban “mil homes pequeno”. La gente es que es mala. Porque a ella, él le llamaba “Nenita”. Tenían un puesto de castañas y frutos secos junto a la parada de tranvía. Dentro había un gran cartelón que ponía:

“Hoy no se fía, mañana sí,
porque si fío, pierdo lo que es mío.
Si doy, pierdo la ganancia de hoy.
Si presto, al pagar ponen mal gesto. Para librarme de esto:
Ni doy, ni fío, ni presto.”

 Y “Nenita” se sentaba en una silla a la entrada y fulminaba con la mirada a todas las mujeres que entra­ban. Estaba convencida de que todas iban atraídas por su Fidel. Y éste sonreía dentro de su mandilón a rayas que le habían hecho entre Nenita y su madre.

Al tercer asalto, el Angelito se da cuenta de que tiene que hacer algo para que no se le vaya a romper el Nene. Tiene que durarle hasta el quinto asalto. Le va a colocar un directo algo templado al Nene cuando este, de improviso, y sin venir a cuento no se le ocurre más que llamarle “¡Marica!” al Angelito.

¡Oh cielos! El Angelito se revuelve, los ojos le bai­lan en las órbitas, la gente es traspasada por el silencio que precede a las tormentas. Algunos piensan en un paralís. Pero, de repente, el Angelito empieza a recoger quijada, bate el terreno con el pie derecho, escarba y se va a por el Nene.

¿Para qué seguir? ¿Sabéis como queda un sello de correos después de que lo aplaste un elefante? Pues así tuvieron que sacar al Nene, casi con quitamanchas. Cuando se lo quitaron de entre los guantes, el Angelito se echó a las cuerdas y se puso a morderlas. Se daba cuenta de la que había hecho. Aquella fue su última pelea. No se podía andar jugando con un suspicaz que pegaba por un quítame allá ese insulto.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M

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Los Gazules.

Chimenta

Encima de la Carioca vivían Chimenta, patas tuertas, y su innumerable familia. Dicen, yo no lo pu­de comprobar, que las treinta y siete mujeres que habí­an acudido a Paca la Carioca, habían salido todas de la casa de Chimenta. Y yo me lo creo. Nunca pudimos saber cuanta gente vivía en aquel piso de cinco habita­ciones. Chimenta era pequeña, oscura, fea y con las piernas en arco de trescientos sesenta grados. Cuando tenía prisa, se echaba a rodar para llegar antes. No te­nía buen carácter y provenía de la aldea. No es que tu­viera una pensión ni, ya no digamos, un cuartel, sino que, sin ella saberlo, pues era analfabeta y además no sabía francés, tenía un “pied á terre”. Y por allí entra­ban y paraban y salían todas las gentes de la provincia de Borotono, aún parte de Mangustelén, que venían por nuestra ciudad. Nadie supo a ciencia cierta cuanta gente llegó a estar al mismo tiempo en casa de Chi­menta. Pero una idea nos la puede dar el hecho de que, en aquella ocasión, sin contar hombres, ni niños, soldados sin graduación, mutilados de guerra, viejas palmas, camisas nuevas, antiguos militares, cordíge- ros, marineros en tierra, etc, se pudieron contar treinta y siete mujeres.

Chimenta era algo extraña. Cuando se cabreaba, y me imagino que no le faltaría motivo con aquella patu­lea en su piso, se enrollaba y se ponía a dar vueltas por nuestra entrañable calle particular de los Gazules. Da­ba un par de miles de vueltas y, ya más calmada, se de­senrollaba se pasaba un peine, ponía los pies en su si­tio y volvía a subir las escaleras sin hablar con nadie. Chimenta, era, en verdad, algo pintoresca.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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El violín y Dios

“Mi vida eran el violín y Dios”, escribe. Fue un músico precoz forjado con una férrea disciplina que le llevó a ser, con 20 años, el instrumentista más joven admitido por la Orquesta Nacional de España. Pero al confesar su homosexualidad a sus padres, profundamente religiosos, pasó de ser su orgullo a su decepción. Para salvar su alma, le pegaron, le aterrorizaron y lo encerraron en la iglesia de una isla surcoreana hasta que “cambiara”. Lo explica con elegancia, huye de los momentos escabrosos. No excusa cómo se comportaron, pero lo entiende. Se niega a ser una víctima. Cuenta esa historia, la que vivió en su adolescencia, en Yo soy el que soy (Letrame), cuya versión como musical, en la que Lee toca el violín, se estrena en enero en el teatro Kamikaze de Madrid.

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¡Qué desvergüenza y qué estulticia!

Dar ejemplo
Escasa autoridad moral tienen los líderes políticos —del Gobierno, la oposición del PP y Ciudadanos, la Comunidad o el Ayuntamiento de Madrid— cuando participan en reuniones sociales masivas mientras están exigiendo a los ciudadanos justamente que no lo hagan. Resulta chocante que representantes de los dos principales partidos, tan desacostumbrados al consenso, hayan coincidido en un error y una imprudencia a todas luces evidente. En un tiempo difícil por las restricciones de los contactos, por la pérdida de empleos, por el ascenso de los contagios a pesar de todas las medidas y por la tensión a la que se ven sometidos los equipos sanitarios, varios ministros (de Sanidad, Defensa, Cultura y Justicia), el presidente del PP, la de la Comunidad de Madrid y el alcalde de la capital, entre otros representantes políticos, participaron en la noche del lunes en el Casino de Madrid en una entrega de premios organizada por un periódico, dudosa actividad esencial como aquellas a las que se reclama que se limiten los ciudadanos.A pesar de las distancias de seguridad, las separaciones de mesas o el supuesto cumplimiento del aforo y los protocolos que alegan los organizadores, lo cierto es que los representantes políticos han faltado al deber de ejemplaridad que cabe esperar de ellos, especialmente en el inicio de un estado de alarma que llega para quedarse durante largo tiempo y mientras las medidas restrictivas se multiplican sin un horizonte claro de eficacia ni temporalidad. El comisario de Comercio de la UE, Phil Hogan, tuvo que dimitir en agosto al trascender que había asistido a una cena de gala en un club de golf en Irlanda con más de 80 personas cuando las autoridades del país limitaban a un máximo de 15 la asistencia a actos públicos.El ministro Salvador Illa se disculpó ayer en el Congreso por lo ocurrido y reconoció que se equivocó, lo que le honra. El decreto del estado de alarma plantea nuevas restricciones y, muy probablemente, impedirá la normal celebración de la Navidad a las familias, lo que hace aún más incomprensible la fiesta celebrada en el Casino de Madrid. Los contagios siguen aumentando en la mayor parte de España a pesar de los confinamientos perimetrales, del cierre de la hostelería en Cataluña o demás medidas que ruedan ya desde hace semanas. Numerosos expertos advierten de la presión creciente sobre las UCI y el sistema sanitario en general, que puede verse desbordado en noviembre. La conveniencia de restricciones más duras, como los confinamientos domiciliarios, está ya bajo debate. Y el teletrabajo vuelve a extenderse como herramienta cotidiana. Muchas razones para que quienes van a imponer obligaciones ejerciten con especial pulcritud la ejemplaridad. Ninguna otra actitud se comprenderá
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Remembranzas. No todo puede ser negocio

Remembranzas 28 10 2020

Recordaba hoy que, hace como un año vinieron a cenar dos jóvenes que se casaban pronto y nos explicaban lo atareados que andaban, porque “todo en esta vida es negocio”
“¿Hasta el matrimonio?”, pregunté. Ella saltó, “pues claro, se trata de un contrato”. “Pero hacer el bien, apunté, amar a alguien, compartir saberes, acoger a quien lo precisa, amar a los hijos, familiares, alumnos y visitar a enfermos terminales… ¿esto también es negocio?” 
Sonrieron y al unísono respondieron los dos, titulados por prestigiosos centros de estudios superiores en España y en otros países: “Pues claro, al final, todo es negocio y cada uno busca siempre su interés y su beneficio”. 
“Pero beneficio e interés no pueden ser sinónimo de económico, apunté. Ese fue el error de Marx al interpretar el concepto de interés o beneficio de J. Locke como interés económico con la historia de que “si vamos al carnicero él no nos entrega la compra por generosidad sino por su propio interés; al igual que el cervecero”.
Por eso, ellos habían enviado a los invitados el número de una cuenta bancaria para que pudieran ingresar su “regalo”. “Es más práctico y todo el mundo lo hace” (sic). Mi mujer y yo nos miramos, y ya no dijimos nada más porque ambos podríamos, al cabo de 54 años, recordar a quienes nos habían hecho cada regalo por nuestra boda. Y uno de los regalos, de unos abuelos nuestros, se lo habíamos entregado en mano con la grabación en la panera de plata, de sus iniciales que coincidían con las del… biznieto.
Sonrieron con cierta condescendencia, y como anfitrión y familiar de más edad, capté la mirada de mi mujer y pasamos a otra cosa.
Pero en mi interior sentí pena. En un lapso infinitesimal “se presentaron”, como en un relámpago sin “tiempo cronológico pero sí kairológico, retazos de una vida dedicada a compartir saberes, experiencias vividas, viajes por más de 80 países, como enviado especial,  como escritor, como profesor de universidad en su año sabático y como presidente de la ONG Solidarios para el desarrollo, por veinte países del África subsahariana para dar conferencias y charlas en sus universidades y animar a sus rectores y profesores, junto siempre con la presencia de nuestro embajador, para garantizar el envío del material y de los medicamentos, y de su recogida en los aeropuertos a nombre de nuestra embajada por ser más rápido y seguro. 
Se trataba de poner en marcha Centros de Medicina Preventiva en universidades públicas, no privadas, para las que se comprometiesen a cuidar con esmero el material que le enviaríamos para consultorio, enfermería, laboratorio y farmacia. Nos encargaríamos de reponer los medicamentos y los específicos para el laboratorio siempre que fuesen para todos los alumnos sin excepción, pero sin la respetable, pero no asumible costumbre de incluir a todos sus “parientes”. Nuestros diplomáticos y yo conocíamos bien las admirables costumbres africanas y su concepción de la grande famille, pero se trataba de abrir Centros de Medicina Preventiva, sostenidos por la ONG, por el que pasarían todos los alumnos al comienzo de curso y cuando lo necesitasen. 
La Universidad de cada país africano visitado se comprometía a aportar dos profesores de Medicina, para turnarse en la consulta; un profesor de Química farmacéutica para el laboratorio junto con uno o dos laborantes, así como algún profesor de Farmacia con ayudante y las enfermeras necesarias. 
Todos los alumnos tendrían su ficha y el seguimiento de su estado de salud durante todos sus estudios, así como el relato de todas las analíticas realizadas y la dispensación responsable de medicamentos, no así el de las atenciones en enfermería. Toda esa información confidencial les serviría para sus investigaciones y estudios, tesinas y documentación de primera calidad puesto que a esas universidades acudían los mejores alumnos de cada comunidad, etnia o grupo social. También podrían hacer “prácticas” alumnos bien seleccionados por su capacidad y responsabilidad.

A los jóvenes estudiantes sólo les pedía en mis charlas abiertas que compensasen esa atención médica al regresar a sus lugares y poblados compartiendo información sanitaria seria y cuidados sobre higiene, vacunas, alimentación, sexualidad responsable, etc. 
Y en ese lapso sin tiempo se “mostraron” treinta años de aulas de cultura en diez centros penitenciarios de España organizados por la ONG que había fundado con un grupo de alumnos y de alumnas de nuestra facultad de CC de la Información, así como las visitas semanales a enfermos terminales o a los que nadie visitaba, a los enfermos de SIDA desde sus comienzos, a los asilos de ancianos, o a quienes viviesen solos en sus casas, la atención a inmigrantes, el voluntariado en Don Orione, en hospicios  y hospitales para jugar con niños y distraerlos, la Vivienda compartida entre más de cien ancianos y cien alumnos en  varias ciudades de España, la recogida en sus casas de estudiantes impedidos para traerlos a la UCM y llevarlos a sus casas, la atención cada noche en varias ciudades de España a Personas sin hogar haciendo nuestras rutas con comida, café con leche caliente y capacidad de escucha sin juicio alguno pero facilitando a quienes lo pedían un tríptico con los lugares en la ciudad en donde podrían recibir atención médica, comida, ropa, ducharse, descansar, información sin esperar nada a cambio… pour le plaisir de partâger como me habían enseñado mis padres y L’abée Pièrre, fundador de Los Traperos de Emaús, en Paris, cuando yo tenía apenas 18 años, y otros inolvidables maestros.

También formábamos voluntarios para otras ONG que trabajaban en campos especializados como cáncer, prostitución, personas con alguna discapacidad, etc porque nosotros teníamos la fortuna de poder acceder a muchos estudiantes en nuestra universidad. Igual sucedió en varios países de Latinoamérica y en muchos países del norte y del África subsahariana occidental, así como en Palestina, Siria, Iraq e Irán para sus centros de salud y envío de bibliotecas muy seleccionadas de 3000 o de 6000 libros a Escuelas de Magisterio en esos países de América y en los departamentos de español de universidades subsaharianas. 
Por no seguir, pues fue como un relámpago y había comprendido que para quien tiene otra concepción del vivir apoyada en “cuanto más, mejor y no en cuánto mejor, más” intentar convencer a quienes tenían ejemplos de sobra de solidaridad, de justicia social y de sobriedad compartida sería no sólo inútil sino “contrario” a las normas de la hospitalidad. 
Cuando pasamos de la mesa al salón a tomar café y charlar… me sentía como “algo” extraño, como campana sin badajo, como agua en un cesto o como un sombrero lleno de lluvia. Como címbalo que retiñe… sin sonido. Por eso, me apoyé en el privilegio de la edad para retirarme y sentarme en mi estudio a hacer un rato largo de silencio, antes de acostarme. Uno no se puede venir abajo sin tener presente el consejo de Chuang Tzú 
“No olvides cuando caigas que el suelo te ayudará a levantarte”.

José Carlos García Fajardo

Prof. Emérito U.C.M.

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La mayor de epidemia de tuberculosis mortal en el mundo

https://elpais.com/planeta-futuro/2020-10-21/286-millones-de-muertos-y-175-billones-de-dolares-la-factura-de-no-erradicar-la-tuberculosis-en-2030.html#?sma=newsletter_planeta_futuro20201028

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Las dudas del PP

Casado debería mostrar un claro rechazo a los planes de Vox para España
Casi dos años y medio después de la caída del Gobierno de Rajoy, el Congreso de los Diputados afronta esta semana una nueva moción de censura. Será la quinta de la democracia y la tercera desde 2017, otra consecuencia más de la fragmentación política, que ha permitido que nuevos partidos como Podemos, hace tres años, y Vox, ahora, alcancen fuerza suficiente (un 10% de los diputados) para promover esta iniciativa con el propósito de sustituir al Ejecutivo.Las mociones de censura, incluso las condenadas al fracaso, pueden lanzar definitivamente una carrera política, como la de Felipe González en 1980, o hundirla para siempre, caso del olvidado Antonio Hernández Mancha, siete años después. Son apuestas políticas de riesgo: brindan oportunidades y al mismo tiempo están llenas de trampas. Lo peculiar de la moción de la extrema derecha que empezará a debatirse mañana es que la trampa no amenaza tanto al grupo que la promueve ni al Gobierno contra la que se dirige. La emboscada más bien parece concebida para el primer partido de la oposición. La estrategia de Abascal es evidente. Su propósito es llevar al hemiciclo el espíritu de las caceroladas que se sucedieron la pasada primavera, con más estridencia que seguimiento popular. Agarrado a la bandera como si solo fuera suya, el líder ultra se erige en la voz de los que han hecho al Gobierno culpable universal de la pandemia y urdidor de un secreto plan bolivariano para España. En ese aspecto (el discurso desbocado) y en el resultado de la votación (amplísima derrota), la cita del Congreso resulta muy previsible. La incógnita principal es qué hará el PP, atrapado entre el ruido de las cacerolas y su condición de partido institucional; colocado en la tesitura de hacer seguidismo de Vox o de ser tachado de traidor con esa grandilocuencia de gesta medieval tan grata a su líder. Por momentos, da la impresión de que Pablo Casado y la dirección del PP viven presos de una paradoja. Cuanto más repiten su manido propósito de ser una formación “sin complejos”, más dan la impresión de sucumbir al complejo de “derechita cobarde” ante Abascal. Por eso mismo, la moción abre un escenario inmejorable para que Casado se libre de prejuicios y demuestre que se puede hacer una crítica rotunda al Gobierno —los evidentes errores y contradicciones internas de este le proporcionan material— sin caer en un tremendismo que solo legitima el discurso de Vox. La Constitución estableció que las mociones de censura son constructivas, es decir, que el Congreso no votará el simple rechazo al Gobierno de Sánchez, sino la aceptación del programa y el candidato que presentan la extrema derecha. Esa circunstancia convertiría en incomprensible cualquier decisión del PP que no fuese su voto en contra. Así lo ha expresado incluso alguien tan poco sospechoso de complacencia con el Ejecutivo como el expresidente Aznar. Es lo que harían las fuerzas del centroderecha de los grandes países europeos. Lo que están haciendo Angela Merkel, sin ceder un milímetro ante Alternativa para Alemania, o el conservadurismo francés desde hace muchos años frente a Le Pen y sus epígonos. El PP no puede dar su aval, aunque sea mediante la abstención, a un hipotético Gobierno de extrema derecha, con todo su bagaje de intolerancia y desprecio a los hechos. Por el bien de la política española y del propio PP como gran partido de nuestra democracia.
Editorial de El País
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Por la libertad

Solo desde la fortaleza y un coraje ejemplares se puede afrontar una barbarie como la decapitación de un profesor en Francia
La decapitación de un profesor en Francia por un terrorista islamista no es solo un atentado espeluznante contra una vida humana, sino un ataque a la laicidad, a la libertad de expresión, de pensamiento y a la institución de la enseñanza, pilares de los valores republicanos que el país vecino puede enarbolar con orgullo en una Europa democrática.El terrorismo islamista ha venido desafiando con virulencia esos valores y la convivencia en Francia en los últimos años. Los atentados indiscriminados contra los miembros de la revista Charlie Hebdo, contra los turistas y paseantes que se congregaban a ver unos fuegos artificiales en Niza o contra los clientes de la discoteca Bataclan y otros locales, por mencionar los más emblemáticos, han supuesto una arremetida frontal contra la tolerancia y el modo de vida en Francia. En las últimas semanas, el inicio del juicio contra los sospechosos del atentado contra la revista por publicar unas caricaturas de Mahoma fue el contexto elegido para un nuevo ataque a la libertad de expresión. Charlie Hebdo no solo ha sufrido la pérdida de sus principales creadores y de un equipo humano insustituible, sino que ha mantenido su valentía intacta hasta el punto de volver a publicar las caricaturas en vísperas de ese juicio. El poder de la sátira como instrumento de la inteligencia y la libertad frente a la intolerancia ha encontrado una heroicidad fuera de lo común en la revista. El caso del profesor salvajemente decapitado el viernes después de dar una clase a sus alumnos sobre la libertad de expresión y de exponer el caso de las caricaturas de Mahoma se suma ahora, desgraciadamente, a este campo de batalla por los valores republicanos que nunca debió ser sangriento, sino pacífico y que solo debió librarse en el terreno de los argumentos. El presidente Macron ha defendido esos valores republicanos, incluida la escuela. Es vital que, frente a los discursos del odio tentados por el terrorismo, la Francia y la Europa democráticas mantengan una calma, una fortaleza y un coraje ejemplares ante la barbarie. Solo desde ahí puede defenderse la liberta
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La nueva Enciclica

La política como ternura y amabilidad

La nueva encíclica del Papa Francisco, firmada sobre la sepultura de Francisco de Asís, en la ciudad de Asís, el día 3 de octubre, será un marco en la doctrina social de la Iglesia. Es amplia y detallada en su temática, buscando siempre sumar valores, hasta del liberalismo que él critica fuertemente. Ciertamente va a ser analizada en detalle por cristianos y no cristianos pues se dirige a todas las personas de buena voluntad.

Resaltaré en este espacio lo que considero innovador respecto al magisterio anterior de los Papas.

En primer lugar tiene que quedar claro que el Papa presenta una alternativa paradigmática a nuestra forma de habitar la Casa Común, sometida a muchas amenazas. Hace una descripción de las “sombras densas”, que equivalen, como él mismo afirmó en varios pronunciamientos, “a una tercera guerra mundial por partes”.

Actualmente no hay un proyecto común para la humanidad pero un hilo conductor pasa por toda la encíclica: «la conciencia de que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos». Este es el proyecto nuevo, expresado en estas palabras: Entrego esta encíclica social como una humilde contribución a la reflexión para que frente a las diversas formas de eliminar o de ignorar a los otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social.

Debemos comprender bien esta alternativa. Venimos y estamos todavía dentro de un paradigma que está en la base de la modernidad. Es antropocéntrico. Es el reino del dominus: el ser humano como dueño y señor de la naturaleza y de la Tierra, que sólo tienen sentido en la medida en que se ordenan a él. Cambió la faz de la Tierra, trajo muchos beneficios pero también creó un principio de autodestrucción. Es el actual impasse de las “densas sombras”. Frente a esta visión del mundo, la encíclica Fratelli tutti propone un nuevo paradigma: el del frater, el hermano, el de la fraternidad universal y la amistad social. Desplaza el centro: de una civilización técnico-industrial e individualista a una civilización de solidaridad, de preservación y cuidado de toda la vida. Esta es la intención original del Papa. En este viraje está nuestra salvación; superaremos la visión apocalíptica de la amenaza del fin de la especie humana por una visión de esperanza, de que podemos y debemos cambiar de rumbo.

Para eso necesitamos alimentar la esperanza. El Papa dice: «Os invito a la esperanza que nos habla de una realidad arraigada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive». Aquí resuena el principio esperanza, que es más que la virtud de la esperanza, es un principio, un motor interior para proyectar nuevos sueños y visiones, tan bien formulado por Ernst Bloch. Destaca «la afirmación de que los seres humanos somos hermanos y hermanas, que no es una abstracción sino que se hace carne y se concreta, nos plantea una serie de retos que nos descolocan, nos obligan a asumir nuevas perspectivas y a desarrollar nuevas reacciones» . Como se deduce, se trata de un nuevo rumbo, de un viraje paradigmático.

¿Por dónde empezar? Aquí el Papa revela su actitud básica, repetida a menudo a los movimientos sociales: «No esperéis nada de arriba porque siempre viene más de lo mismo o todavía peor; empiecen por ustedes mismos». Por eso sugiere: Es posible comenzar desde abajo, desde cada uno de nosotros, a luchar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo. El Papa sugiere lo que hoy es la punta de la discusión ecológica: trabajar la región, el biorregionalismo que permite la verdadera sostenibilidad y la humanización de las comunidades y articula lo local con lo universal .

Tiene largas reflexiones sobre la economía y la política, pero subraya: «la política no debe someterse a la economía y la economía no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia» . Hace una contundente crítica al mercado: «El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, como único camino para resolver los problemas sociales» (nº 168). La globalización nos hizo más cercanos pero no más hermanos . Crea sólo socios pero no hermanos .

De la mano de la parábola del buen samaritano, hace un análisis riguroso de los diversos personajes que entran en escena y los aplica a la economía política, culminando con la pregunta: «¿con quién te identificas (con el herido del camino, con el sacerdote, con el levita o con el extranjero, el samaritano, despreciado por los judíos)? Esta pregunta es cruda, directa y decisiva. ¿A cuál de ellos te pareces?». El buen samaritano se convierte en modelo del amor social y político.

El nuevo paradigma de fraternidad y amor social se despliega en el amor en su concretización pública, en el cuidado de los más frágiles, en la cultura del encuentro y del diálogo, en la política como ternura y amabilidad.

En cuanto a la cultura del encuentro, se toma la libertad de citar al poeta brasileño Vinicius de Moraes en su Samba da Bênção en el disco Encuentro en Al bon Gourmet de 1962 donde dice: La vida es el arte del encuentro aunque haya tantos desencuentros en la vida. La política no se reduce a la disputa por el poder y a la división de poderes. Afirma de manera sorprendente: Incluso en la política hay lugar para el amor con ternura: a los más pequeños, a los más débiles, a los más pobres; ellos deben enternecernos y tienen el ‘derecho’ de llenar nuestra alma y nuestro corazón; sí, son nuestros hermanos y como tales debemos amarlos y tratarlos de esta manera . Se pregunta qué es la ternura y responde: es el amor que se hace cercano y concreto; es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos . Esto nos recuerda la frase de Gandhi, una de las inspiraciones del Papa, junto con San Francisco, Luther King, Desmond Tutu: la política es un gesto de amor al pueblo, el cuidado de las cosas comunes.

Junto con la ternura viene la amabilidad que nosotros traduciríamos por gentileza, recordando al profeta Gentileza que en las calles de Río de Janeiro proclamaba a todos los que pasaban: Gentileza genera gentileza y Dios es gentileza, muy al estilo de San Francisco. Define así la amabilidad: un estado de ánimo que no es áspero, duro, rudo, sino afable, gentil, que sostiene y conforta. La persona que posee esta cualidad ayuda a los demás a hacer más llevadera su existencia . Este es un desafío para los políticos, hecho también a los obispos y sacerdotes: hacer la revolución de la ternura.

La solidaridad es uno de los fundamentos de lo humano y lo social. Se expresa concretamente en el servicio que puede adoptar formas muy diferentes y asumir para sí mismo el peso de los demás; es en gran medida cuidar de la fragilidad humana. Esta solidaridad demostró estar ausente y sólo después ser eficaz en la lucha contra la Covid-19. Impide que la humanidad se bifurque entre mi mundo y los otros, ellos, ya que muchos dejan de ser considerados seres humanos con una dignidad inalienable, y pasan a ser sólo ‘ellos’ . Y concluye con un gran deseo: Ojalá que al final ya no estén ‘los otros’ sino sólo ‘nosotros’ .

Para ese desafío de dar cuerpo al sueño de una fraternidad universal y de amor social convoca a todas las religiones, pues ellas ofrecen una valiosa contribución en la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad .

Al final evoca la figura del hermanito de Jesús, Charles de Foucauld, que en el desierto del norte de África junto a la población musulmana quería ser definitivamente el hermano universal . El Papa Francisco observa: Sólo identificándose con los más pequeños llegó a ser hermano de todos; que Dios inspire este sueño en cada uno de nosotros. Amén .

Estamos ante un hombre, el Papa Francisco, que, siguiendo a su fuente inspiradora, Francisco de Asís se ha convertido también en un hombre universal, acogiendo a todos e identificándose con los más vulnerables e invisibles de nuestro cruel e inhumano mundo. Él suscita la esperanza de que podemos y debemos alimentar el sueño de la fraternidad sin fronteras y del amor universal.

Él ha hecho su parte. Nos corresponde a nosotros no dejar que ese sueño sea sólo un sueño, sino el principio fundamental de una nueva forma de vivir juntos, como hermanos y hermanas más la naturaleza, en la misma Casa Común. ¿Tendremos el tiempo y la sabiduría para dar este salto? Seguramente las densas sombras continuarán, pero tenemos una lámpara en esta encíclica de esperanza del Papa Francisco. No disipa todas las sombras, pero es suficiente para vislumbrar el camino a ser recorrido por todos. 

Leonardo Boff, autor

Amanuense Prof. García Fajardo

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