Contra la despoblacion-desertización

https://elpais.com/opinion/2020-09-11/el-negocio-de-la-despoblacion.html

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Este es un texto indignado

Cuatro sombras oscuras se abaten sobre un país solar que nunca pudieron ser disipadas por nuestra conciencia e inconsciencia colectivas: 

La sombra del genocidio de los pueblos originarios, los primeros dueños de estas tierras. De seis millones que eran, quedaron solamente un millón, la mayoría por no poder soportar el trabajo esclavo o por las enfermedades de los invasores contra las cuales no tenían ni tienen hoy inmunidad. 

La sombra de la colonización que ha saqueado nuestras tierras y nuestras selvas y nos ha hecho dependientes siempre de alguien de fuera, impidió forjar nuestro propio destino. 

La sombra de la esclavitud, nuestra mayor vergüenza nacional, por haber convertido a la gente traída de África en esclavos y carbón para ser consumidos en los ingenios azucareros. Nunca vistos como personas e hijos e hijas de Dios sino como “piezas” para ser compradas y vendidas, construyeron casi todo en este país. Y hoy en día, considerados perezosos y con frecuencia encarcelados, constituyen más de la mitad de nuestra población, arrojados a las periferias. Soportan el odio y el desprecio que antes se imponía a sus hermanos y hermanas de la Senzala y que ahora se les transfiere con violencia, como lo demuestra el sociólogo Jessé Souza (A elite do atraso: da escravidão à Lava Jato, 2007, p.67), hasta que pierden su sentido de dignidad. 

La sombra de las élites atrasadas que siempre han ocupado el estado frágil, usándolo para su beneficio. Nunca forjaron un proyecto de nación que incluyera a todos, sino, con las artes perversas de reconciliación entre los ricos, un proyecto solo para ellos. No bastaba con despreciar a los marginados, sino que había que molerlos a palos por si se levantaban, como ocurrió varias veces en su heroica historia de resistencia y rebelión. 

Cuando un superviviente de esta tribulación, a través de caminos de piedras y abismos, se convirtió en presidente e hizo algo para sus hermanos y hermanas, pronto crearon las condiciones perversas para destruir su liderazgo, excluirlo de la vida pública, y finalmente bajarlos del poder a él y a su sucesora. Esta sombra ha adquirido los contornos de una “tormenta procelosa y nocturna sombra” (Camões), bajo el actual gobierno que no ama la vida, pero exalta la tortura, alaba a los dictadores, predica el odio y deja al pueblo a su suerte, atacado letalmente por un virus, contra el que no tiene ningún plan de rescate e, inhumano, se muestra incapaz de cualquier gesto de solidaridad. 

Estas sombras, por ser una expresión de deshumanización, anidaron en el alma de los brasileños y rara vez pudieron conocer la luz. Ahora se han creado las condiciones ideológicas y políticas para ser lanzadas al aire como las lavas de un volcán, hechas de ofensa, de violencia social generalizada, de discriminación, ira y odio de grandes porciones de la población. Sería injusto culparlas a ellas. Las élites del atraso se han internalizado en sus mentes y corazones para hacerlas sentirse culpables de su destino y así acabar haciendo suyo el proyecto de aquellas, que, en realidad, va en su contra. Lo peor que puede suceder es que el oprimido internalice al opresor con un engañoso proyecto de bienestar, que le será negado siempre. 

Sérgio Buarque de Holanda en su conocido libro Las raíces de Brasil (1936) difundió una expresión, malinterpretada en beneficio de los poderosos, de que el brasileño es “un ser cordial” por la llaneza de su trato. Pero tenía un ojo observador y crítico como para añadir a continuación que “sería un error suponer que esta virtud de la cordialidad puede significar buenas maneras y civismo” (p. 106-107), pues “la enemistad puede ser tan cordial como la amistad, ya que ambas nacen del corazón” (p. 107, nota 157). 

En el momento actual, lo “cordial del incivismo” brasilero irrumpe del corazón, mostrando su perversa forma de ofensa, calumnia, palabras gruesas, noticias falsas, mentiras directas, ataques violentos a los negros, los pobres, los quilombolas, los indígenas, las mujeres, a los políticos de oposición LGBT, hechos enemigos y no adversarios. Ha estallado, violenta, una política oficial, ultraconservadora, intolerante, de connotaciones fascistoides. Los medios de comunicación social sirven de arma para todo tipo de ataques, desinformación y mentiras que muestran espíritus vengativos, mezquinos e incluso malvados. Todo esto forma parte de la otra cara de la “cordialidad” brasilera, hoy en día expuesta a la luz del sol y a la abominación mundial. 

El ejemplo viene del propio gobierno y de sus seguidores fanáticos. De un presidente se esperarían virtudes cívicas, y el testimonio personal de valores humanos que uno quisiera ver realizados en sus ciudadanos. Por el contrario, su discurso está lleno de odio, desprecio, mentiras y vulgaridad en la comunicación. Es tan inculto y estrecho de miras que ataca lo que es más preciado para una civilización, que es su cultura, su saber, su ciencia, su educación, las habilidades de su pueblo y el cuidado de su salud y de la riqueza ecológica nacional. 

Nunca en los últimos cincuenta años se ha apoderado de ningún país una barbarie tan grande como en Brasil, acercándolo al nazismo alemán e italiano. Estamos expuestos a la irrisión mundial, convertidos en un país paria, negador de lo que es el consenso entre los pueblos. La degradación ha llegado al punto en que, el jefe de estado, realiza el humillante rito de vasallaje y sumisión, al presidente más extraño y “estúpido” (P. Krugman) de toda la historia norteamericana. 

Nuestra democracia ha sido siempre de baja intensidad. Hoy en día se ha convertido en una farsa, porque no se respeta la constitución, se pisotean las leyes y las instituciones sólo funcionan cuando los intereses de las empresas están amenazados. La propia justicia se hace cómplice ante las clamorosas injusticias sociales y ecológicas, como la expulsión de 450 familias que ocupaban una hacienda abandonada, transformándola en un gran productor de alimentos orgánicos; saca a la fuerza a los niños aferrados a sus cuadernos y destroza sus escuelas; tolera la deforestación y las quemas del Pantanal y de la selva amazónica y el riesgo de genocidio de naciones indígenas enteras, indefensas ante la Covid-19. 

Es humillante ver que las más altas autoridades no tienen el valor patriótico de dirigir, dentro del marco legal, la remoción o el impeachment de un presidente que muestra signos inequívocos de incapacidad política, ética y psicológica para presidir una nación de las proporciones de Brasil. Se puede hacer amenazas directas de cerrar el más alto tribunal, hacer declaraciones de volver al régimen de excepción con la represión estatal que ello implica, y no pasa nada, por razones arcanas. 

La oposición, duramente difamada y vigilada, no consiguen crear un frente común para oponerse a la insensatez del poder actual. 

No se debe culpar al pueblo de la degradación de las relaciones sociales, especialmente entre la gente sencilla, sino a las clases oligárquicas atrasadas que han logrado internalizar en él sus prejuicios y su visión oscurantista del mundo. Estas clases nunca han permitido que arraigase aquí un capitalismo civilizado, lo mantienen como uno de los más salvajes del mundo, ya que cuenta con el apoyo de los poderes estatales, legales, mediáticos y policiales para derribar cualquier oposición organizada. La “racionalidad económica” se revela descaradamente irracional debido a los efectos perversos sobre los más desvalidos y sobre las políticas sociales dirigidas a los que más sufren socialmente. 

Este es un texto indignado. Hay momentos en que el intelectual se obliga, por razones de la ética y la dignidad de su oficio, a dejar el lugar del saber académico y venir a la plaza a expresar su ira sagrada. Para todo hay límites soportables. Aquí superamos todo lo que es soportable, sensato, humano y mínimamente racional. Es la barbarie instituida como política de Estado, envenenando las mentes y los corazones de muchos con odios y rechazos, que lleva a la frustración y a la depresión de millones de compatriotas, en un contexto de los más atroces, que nos ha arrebatado por el virus invisible a más de cien mil seres queridos. Guardar silencio sería rendirse a la razón cínica que, insensible, es testigo del desastre nacional. Se puede perder todo menos la dignidad del rechazo, de la acusación y de la rebeldía cordial e intelectual.  

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La covid-19 nos hace descubrir espíritu en el cosmos, en el ser humano y en Dios

La covid-19 nos hace descubrir espíritu en el cosmos, en el ser humano y en Dios

2020-08-16

[El próximo artículo de Leonardo será el artículo número MIL, que nos ha ido alimentando, a lo largo de mil semanas, casi dieciocho años… Si usted es lector/a asiduo/a, le invitamos a recogerse un momento en silencio, y a sentir la comunión con el autor y con todos los lectores, agradeciendo cordialmente este don que ha sido, que es, y que esperamos que siga siendo, para tantas personas y comunidades, nuestro hermano de caminhada, Leonardo BOFF

Gracias, Leonardo, gracias por tu servicio tan generoso, y además, tan fiel, semana tras semana, sin pausas ni vacaciones, increíble… Recibe un sincero abrazo virtual de comunión de toda la comunidad internacional de tus lectores y lectoras.

En su nombre, los Servicios Koinonía].




Vivimos en una época particularmente anémica de espíritu. La falta de políticas gubernamentales por parte del actual Presidente de Brasil para atacar la Covid-19, muestra algo más que falta de empatía y de solidaridad con los más de cien mil muertos causados ya en el país. Muestra –lo que es más grave– falta de espíritu. Parece que el Presidente vive aún en el estadio pre-humano de los primates. No cuida ni ama la vida, la vida de su pueblo.

Hay que añadir, además, que la cultura del capital, que se basa en el consumo, ahogó el espíritu en la materialidad opaca. Y sin espíritu perdemos lo que hay de mejor en nosotros: la comunicación libre, la cooperación solidaria, la compasión amorosa, el amor sensible y la sensibilidad cordial por el otro lado de todas las cosas, de donde nos vienen mensajes de belleza, de grandeza, de admiración, de respeto, de veneración y de trascendencia.

En una de las más importantes fiestas de la tradición cristiana, Pentecostés, los cristianos celebran la irrupción del Espíritu sobre los atemorizados seguidores de Jesús. Los transformó en valientes mensajeros de su mensaje liberador, alcanzándonos hasta el día de hoy. En este momento trágico en que se ahoga el espíritu, que es lo mismo que el asesinato de la vida, abandonada a causa de un virus, que el actual Presidente negacionista considera como una simple gripe, cabe una reflexión sobre el espíritu con minúscula, y el Espíritu con mayúscula.


El espíritu: primero en el Universo, después en nosotros

Somos singularmente portadores de gran energía. Es el espíritu en nosotros. El espíritu, en la perspectiva de la nueva cosmología (la ciencia que estudia el surgimiento del universo, su expansión y evolución, hacia dónde se dirige, cuál es su sentido y cuál nuestro lugar dentro de este proceso), es tan ancestral como el cosmos. Espíritu es la capacidad que los seres tienen –incluso los más originarios, como los hadrones, los topquarks, los protones y los átomos– de relacionarse, intercambiar informaciones y de crear redes de inter-retro-conexiones, responsables de la unidad compleja del todo. Es propio del espíritu crear unidades cada vez más altas y elegantes.

El espíritu, en primer lugar está en el mundo; sólo después está en nosotros. Entre el espíritu de un árbol y el nuestro, la diferencia no es de principio. Ambos son portadores de espíritu. La diferencia radica en el modo de realización. En nosotros, los seres humanos, el espíritu aparece como autoconciencia y libertad. En el árbol, por su vitalidad y relaciones con el suelo, con los rayos solares, las energías de la Tierra y del cosmos, él se siente, se relaciona, se nutre y nutre la propia naturaleza, captando CO2 y dándonos oxígeno, sin el cual no podemos vivir.

El espíritu humano es ese momento de la conciencia en que ella se siente parte de un todo mayor, capta la totalidad y la unidad y se da cuenta de que un hilo une y reúne todas las cosas, haciendo que sean un cosmos y no un caos. Por relacionarse con el Todo, el espíritu en nosotros nos hace ser un proyecto infinito, una apertura total a los demás, al mundo y a Dios.

La vida, la conciencia y el espíritu pertenecen por lo tanto al cuadro general de las cosas, al universo, más concretamente a nuestra galaxia, la Vía Láctea, al sistema solar y al planeta Tierra, el lugar donde vivimos. Para que surgieran fue necesario un ajuste refinadísimo de todos los elementos, especialmente de las llamadas constantes de la naturaleza (la velocidad de la luz, las cuatro energías fundamentales, la carga del electrón, la radiación atómica, la curvatura del espacio-tiempo, entre otras). De no haber sido así, no estaríamos aquí escribiendo/leyendo sobre esto.

Refiero sólo un dato tomado del clásico libro del astrofísico y matemático Stephen Hawking, Una Breve Historia del Tiempo (2005): «Si la carga eléctrica del electrón hubiera sido ligeramente diferente, habría roto el equilibrio de la fuerza gravitatoria y electromagnética de las estrellas, y, o habrían sido incapaces de quemar el hidrógeno y el helio, o habrían explotado. De una u otra forma la Vida no habría podido existir» (p. 117). La Vida pertenece al cuadro general de todas las cosas y es vida poseída por el espíritu.


El principio antrópico débil y fuerte

Para facilitar la comprensión de esta refinada combinación de factores, se acuñó el término «principio antrópico» (que tiene que ver con el ser humano, anthopos). Por él se trata de responder a esta pregunta que se plantea naturalmente: ¿por qué las cosas son como son? La respuesta sólo puede ser: porque si hubieran sido diferentes, nosotros no estaríamos aquí. Respondiendo así, ¿no caeríamos en el famoso antropocentrismo que afirma que todas las cosas sólo tienen sentido cuando se ordenan al ser humano, considerado el centro de todo, el rey y la reina del universo?

Existe ese riesgo. Por eso los cosmólogos distinguen el principio antrópico fuerte y el débil. El fuerte dice: las condiciones iniciales y las constantes cosmológicas se organizaron de tal manera que, en un momento dado de la evolución, la vida y la inteligencia debían surgir necesariamente. Esta comprensión favorecería la centralidad del ser humano. El principio antrópico débil es más cauteloso y afirma: las precondiciones iniciales y cosmológicas fueron articuladas de tal manera que la vida y la inteligencia podrían surgir. Esta formulación deja abierto el camino de la evolución, que se rige cada vez más por el principio de indeterminación de Heisenberg, y por la autopoiesis de Maturana-Varela.

Pero mirando hacia atrás, a los miles de millones de años transcurridos, constatamos que en realidad ocurrió así: hace 3.800 millones años surgió la vida y hace unos cuatro millones de años, la inteligencia. En esto no hay una defensa del «diseño inteligente» o de la mano de la Divina Providencia. Sólo que el universo no es absurdo. Viene cargado de propósito. Hay una flecha del tiempo que apunta hacia adelante. Como dijo el astrofísico y cosmólogo Freeman Dyson: «Parece que el universo de alguna manera sabía que algún día íbamos a llegar», y preparaba todo para que pudiéramos ser acogidos y hacer nuestro camino de ascensión en el proceso evolutivo» (Breuer, Das anthropologische Prinzip). Curiosamente, cuando en el proceso evolutivo aparecieron las flores (antes era todo verde), en ese momento surgió nuestro antepasado. Parece que el universo y Dios le prepararon una cuna de flores para resaltar la alta calidad de este ser que estaba iniciando su jornada por los siglos hasta llegar a nosotros.


El universo autoconsciente y portador de espíritu

El gran matemático y físico cuántico Amit Goswami, que viene mucho a Brasil, apoya la tesis de que el universo es autoconsciente (El universo autoconsciente, 2002). En el ser humano se encuentra una manifestación singular, por la cual, el propio universo, a través de nosotros, se ve a sí mismo, contempla su majestuosa grandeza y alcanza cierta culminación. Cabe también considerar que el cosmos está en génesis, autoconstruyéndose. Cada ser muestra una propensión a irrumpir, crecer y brillar. El ser humano también. Apareció en escena cuando ya estaba el 99,96% de todo lo demás. Él es expresión del impulso cósmico hacia formas más complejas y altas de existencia.

Algunos lanzan la siguiente idea: ¿pero no será todo pura casualidad? El azar no se puede excluir, como lo muestra Jacques Monod en su libro El azar y la necesidad, que le valió el Premio Nóbel de biología. Pero el azar o el acaso no lo explica todo. Los bioquímicos han demostrado que para que los aminoácidos y las dos mil enzimas subyacentes a la vida pudieran aproximarse, constituir una cadena ordenada y formar una célula viva serían necesarios billones y billones de años. Más tiempo, por lo tanto, que el que tienen el universo y la Tierra. Tal vez el recurso al azar podría mostrar nuestra ignorancia. Es mejor decir que no sabemos.

En este sentido, la visión del universo, de Pierre Teilhard de Chardin , según la cual se vuelve cada vez más complejo y así permite la aparición de la conciencia y la percepción de un punto Omega de la evolución hacia el que nos estamos dirigiendo, tal vez sea la más apropiada para expresar la dinámica misma del universo.

¿No sería aconsejable callar, reverentes y respetuosos, ante el Misterio de la existencia y el sentido del universo?

Después de estas reflexiones ya estamos preparados para poder abordar la dimensión teológica del espíritu como Espíritu Creador.


El Espíritu Creador y la cosmogénesis

Y por excelencia. Está presente en la primera página de la Biblia cuando se narra la creación del cielo y de la tierra. Se dice que sobre tohuwabohu, sobre el caos, más bien, sobre las aguas primordiales “soplaba una ruah” (un viento, una energía) impetuosa (Gn 1,2). Sacó todo de aquel caos, los seres inanimados, los animados y el ser humano. A éste, sacado del polvo como todos los demás, Dios le “insufló en sus narices ruah de vida, el espíritu, y se convirtió en un ser vivo” (Gn 2,7). En el capítulo 37 de Ezequiel irrumpe de forma incomparablemente plástica la fuerza vital del espíritu. Cuando éste viene, los huesos resecos se cubren de carne y se transforman en vida.

También las expresiones más nobles del ser humano se atribuyen a la presencia del espíritu en él, como la sabiduría y la fortaleza (Is 11,2), la riqueza de ideas (Jo 32,28), el sentido artístico (Ex 28,3), el ardiente deseo de ver a Dios, el sentimiento de culpa y la consiguiente penitencia (Ex 35,21; Jr 51,1; Esd 1,1; Sal 34,19; Ez 11,19; 18,31).


Dios “tiene” espíritu

Esta fuerza creadora y vivificante es poseída eminentemente por Dios. Las Escrituras hablan a menudo del espíritu de Dios (ruah Elohim). Se le da a Sansón para tener fuerza portentosa (Jue 14,6; 19,15), a los profetas para tener el valor de denunciar en nombre de los pobres de la tierra las injusticias que padecen, para hacer frente al rey y a los poderosos, y anunciarles el juicio de Dios.

Especialmente en el judaísmo inter-testamentario se esperaba para el fin de los tiempos la efusión del espíritu sobre toda criatura (Jl 2,28-32; Hch 2,17-21). El Mesías será “fuerte en espíritu” y vendrá dotado de todos los dones del espíritu (Is 11,1).

En este contexto de judaísmo tardío surge la tendencia a personificar el espíritu. Sigue siendo una cualidad de la naturaleza, del ser humano y de Dios, pero su acción en la historia es tan densa que comienza a ganar autonomía. Así se dice, por ejemplo, que “el espíritu exhorta, se aflige, grita, se alegra, consuela, reposa sobre alguien, purifica y santifica y llena el universo”. Nunca se piensa en él como una criatura, sino como algo de la dimensión divina que, cuando se manifiesta en la vida y la historia, las transforma.


El Espíritu es Dios, Dios es Espíritu

Esta comprensión empezó a cambiar cuando se acuñó una expresión decisiva: espíritu de santidad o “espíritu santo”. Esta formulación tiene una cierta ambigüedad, pues se puede decir espíritu santo para evitar decir el nombre de Dios, cosa que los judíos evitan hasta hoy, como para designar al mismo Dios. “Santo”, para la mentalidad hebraica, es el nombre de Dios por excelencia, lo que equivale a decir en la comprensión griega: Dios como trascendente, es decir, distinto de todo y de cualquier ser de la creación.

En resumen, podemos afirmar: con la palabra espíritu (ruah) aplicada a Dios (Dios “tiene” espíritu, Dios envía a su espíritu, el espíritu de Dios) los judíos expresaban la siguiente experiencia: Dios no está atado a nada, irrumpe donde quiere, confunde los planes humanos, muestra una fuerza que nadie puede resistir, revela una sabiduría que vuelve estulticia todo nuestro saber. Así Dios se mostró a los dirigentes políticos, a los profetas, a los sabios, al pueblo, especialmente en tiempos de crisis nacional (Jue 6,33; 11,29; 1Sm 11,6).

Del mismo modo que se le da al rey para que gobierne con sabiduría y prudencia, en el caso del rey David (1Sm 16,13). Así también se le dará al siervo sufriente, carente de toda pompa y grandilocuencia (Is 42,1). En Isaías 61,1 se dice explícitamente: “El espíritu de Yavé está sobre mí, porque Yavé me ha ungido… para anunciar la liberación a los cautivos y la buena noticia a los pobres”, texto que Jesús se aplica a sí mismo en su primera aparición en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,17-21). Finalmente, el espíritu de Dios no sólo señala su acción innovadora en el mundo, sino que apunta al propio ser de Dios. El espíritu es Dios. Y Dios es Espíritu. Como Dios es santo, el Espíritu será el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo penetra todo, abarca todo, está más allá de cualquier limitación. “¿A dónde podré ir lejos de tu espíritu?, ¿a dónde escaparé de tu mirada? Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si bajo al abismo, allí también te encuentro” (Sal 139,7). Incluso el mal no está fuera de su alcance. Todo lo que tiene que ver con cambio, ruptura, vida y novedad tiene que ver con el espíritu. El Espíritu Santo está tan unido a la historia que ella se transforma de profana en historia santa y sagrada.


El Espíritu en un mundo sin espíritu y en degradación

Hoy sentimos la urgencia de la irrupción del Espíritu Santo como en la primera mañana de la creación. La «Carta de la Tierra», ante una crisis mundial ecológica con energías negativas que nos pueden arrastrar al abismo, afirma: «Como nunca antes en la historia, el destino común nos invita a buscar un nuevo comienzo… Esto requiere un cambio de la mente y del corazón. Requiere un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal… Todavía tenemos mucho que aprender de todos los que participan en la búsqueda de la verdad y la sabiduría (final)».

El Papa Francisco dice igualmente en su encíclica sobre el cuidado de la Casa Común: “Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos”. «Si no cambiamos nuestro actual estilo de vida insostenible sólo puede terminar en catástrofe»

Cabe al Espíritu iluminar nuestra mente y transformar nuestro corazón. Si no hacemos esa conversión, difícilmente escaparemos de las amenazas que pesan sobre el sistema-vida y el sistema-Tierra. Cabe al Espíritu la capacidad de transformar el caos destructivo en caos creativo, como obró en el primer momento del Big Bang. Él puede transformar la tragedia, como la actual de Covid-19, en una crisis acrisoladora que nos permita dar un salto cualitativo hacia un nuevo orden, más alto, más humano, más cordial, más amoroso y más espiritual. El universo, la Tierra y cada uno de nosotros somos templos del Espíritu. Él no permitirá que sea desmantelado y destruido. Esta es una petición urgente en la actual situación, cuando la Tierra como un todo es atacada por un virus letal que está diezmando muchos miles de vidas.

Es importante suplicar al Espíritu: ¡Ven, Espíritu Creador! “Ven a renovar la faz de la Tierra”, “Ven pronto y con urgencia”, calienta nuestros corazones, y abre un horizonte de sentido y de esperanza a nuestra realidad humana deshumanizada y ahora en peligro, porque están desapareciendo miles y miles de personas víctimas de la Covid-19. La ciencia, la técnica y la vacuna son fundamentales; pero sólo con ellas no está garantizado que evitemos volver a lo que era antes. Para eso necesitamos otro espíritu, que dé centralidad a lo que importa: la vida, la cooperación, la interdependencia, la generosidad y el cuidado de la naturaleza y de unos a otros. Si no hacemos este giro paradigmático, este cambio de paradigmas, podemos ser atacados nuevamente y de forma aún más letal. 

Leonardo Boff

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Padecer un orgasmo… tanto tiempo perdido

Por José Carlos García Fajardo -09/08/2020

Este texto pertenece a la serie Remembranzas

2020 08 09

Sea lo que sea lo que puedas o sueñes que puedes, comiénzalo. El atrevimiento posee genio, poder y magia. Comiénzalo ahora. Son palabras de Goethe y de muchas personas que han asumido el reto de atreverse a emprender esa oportunidad que, a veces, se presenta como problema, desgracia o adversidad. Tú puedes, si crees que puedes. Así decían los latinos: Possunt quia posse videntur.  Y otros que han salido adelante porque han transformado las dificultades en desafíos, en oportunidades, en challenges. Se cierra una puerta, pero puede ser para que se abra otra. También sólo se pueden abrir o cerrar, o son de vaivén, o en ciertas tradiciones no existen. Muchas veces lo que no hay o no existe es lo que da sentido a la cosa: imaginad una casa “sin puertas ni ventanas”, un cuenco “sin vacío” o una rueda “sin radios”. O lo que es peor y fue el castigo de esos “dioses” tan peculiares que le hicieron a Sísifo lo de la roca que éste tenía que subir penosamente hasta la cima de un monte para que ella sola se fuese monte abajo, y Sísifo vuelta a cargar con ella: ¡con lo fácil que le hubiera sido subirse y mearle encima!, porque la roca nunca había existido más que en una mente enferma.  También hay mucho de esto en concepciones hindúes, taoístas quizá, pero sobre todo en la budista que sostienen las reencarnaciones, algo, en mi opinión, absurdo pero que millones de personas han creído y sostienen.
Tenemos otras perspectivas en la Biblia en la que las gentes se reían de Jeremías quien, ante la inminencia de la deportación a Babilonia…, ¡se compró un huerto! Como años antes se había paseado por las calles con un yugo sobre sus hombros y la gente lo tuvo por loco, pero… el cautiverio de Israel ya estaba próximo y la “gente” no lo veía. No digamos ya en palabras y en parábolas del Rabí Jesús. Aunque eso de la eternidad y del cielo… La Historia de la humanidad está llena de “momentos estelares”, ocasiones perdidas como escribió Stefan Zweig y otros muchos, que elucubran sobre lo que, según ellos, pudo haber sido y no fue.  Cuando surjan el problema, la pérdida, el desaire, el dolor, (no el sufrimiento que es cosa de la mente), el despido, el suspenso en unas oposiciones o la no elección en algún proyecto, o aquella relación que mantuvimos como si fuera el culmen de nuestras vidas.
Párate un poco, camina mirando todo lo que te rodea, respira hondo o siéntate en silencio y, ahora sí, comienza a repasar mentalmente cuánto de positivo, dichoso, feliz, ha sucedido y sucede a diario en tu vida… desde el amanecer hasta el alba próxima. Sí, porque hasta mientras dormimos, respiramos y se abren ocultos canales que ni los podríamos haber soñado. Algunos aún dicen “consultar con la almohada”, que es una de las cosas con las que no debemos consultar ni tratar nada. Por eso, muchos amigos, después de cepillarse los dientes y ponerse el pijama, no se lanzan de un salto a la cama… salvo que alguien les esté esperando, porque entonces sí que no se acaba el día vital. Me refiero al día a día y lo mismo al despertarte, si no tienes que aliviar alguna hormona. El despertarte, a no ser que la necesidad impere, conviene tomarlo como una despedida… y un renacer con toda la experiencia que has acumulado, aún y quizás sobre todo, mientras tu cuerpo dormía, pero no tu corazón ni tus pulmones ni millones de células, órganos y sistemas.
Conviene respirar hondo, “despertarse” mentalmente, y saludar al pasado y comprender, de (cum prehendere) aunque no lo entiendas (intendere o intus leggere), y abrirse al nuevo día… no te preocupes, el alba comienza cuando tú te despiertas al igual que puedes recordar momentos en tu vida pasada en que pareció hacerse de noche el mediodía.

Quizás te extrañe la serenidad de los sabios y maestros al abrirse a la muerte como nos “abrimos” a la vida, sea en el útero o con el primer vagido. Dime, con la confianza y serenidad que dan el saberse querido, aceptado tal como eres, ¿recuerdas dónde estabas y lo que sufrías, que no padecías, antes de haber nacido? ¿Lo has echado alguna vez de menos, lo añoras o te sientes desalojado en el destierro del exilio?
Porque, en ocasiones, hemos padecido el exilio, y, hasta no pocos de nosotros, el “destierro”, que no son lo mismo. No nos preocupamos porque no podemos echar de menos aquello de lo que no hemos tenido conciencia y que no ha existido con nosotros de protagonistas responsables, ¿Qué razones podemos aducir para temer lo que no conocemos?
Tengo presente la distinción que hacía el Damasceno entre temor y miedotemor es preocupación ante un posible dolor que podemos tener en espera de una cirugía, prueba, desafío o separación de una persona querida; miedo es siempre ante lo desconocido, que muchas veces, está en nuestra mente, fantasía, supersticiones, ignorancia, tabúes de la tribu o del entorno. ¡Cuántas veces hemos vencido el miedo con encender la luz y ver que el “miedo” era ante una prenda de ropa colgada y movida por el viento…! apagamos y no hubo nada, se esfumó… como toda fantasía que no intentamos cosificar pues, entonces, nos movemos en otros campos, como son los de dolencias psicológicas o mentales. No son idénticas. Son como los mitos, alucinaciones, y otros corsés que también contribuimos a imponernos sutilmente o como “mal menor” para tener algo manejable con lo que padecer, (de patior). Aunque se puede padecer deliciosa y deleitosamente un orgasmo, con el cuerpo dormido o bien despierto y en activo. ¡Cuánto daño nos han hecho con esa falacia de que el goce sexual “sólo” es ¡permisible! ¿por quién, cuándo, dónde? En el sacramento del matrimonio. ¡Qué aberración y cuánto daño innecesario han h echo y continúan haciendo! y sin fundamento real y válido alguno. Siempre que sea libre, asumido, sabrosamente a solas o compartido y sin forzar a nadie; como la circulación de la sangre, las lágrimas, el sudor o un firme y profundo abrazo. (No se me escandalicen: a miles de millones de seres humanos, como nosotros, “los han condenado a las más terribles tinieblas o infiernos por beber alcohol, comer carne de cerdo para miles de millones de musulmanes, o comido carne de vaca para millones de hindúes, o pescado sin escamas o marisco para millones de judíos, y un larguísimo y lamentable etcétera… ¿Y lo de las ¡castas!? Siga usted, lector amigo, porque yo me canso y entristezco a la vez. (Estoy releyéndome los tres libros de Harari y sigo subrayando o discrepando en ocasiones. Pero ¡qué maravilla toparse con trabajos así, abierto siempre a discrepar, a veces, tanto como a disfrutar de manera indescriptible porque, vivir es ver volver y sabernos responsables solidarios… in solidum!

José Carlos Gª Fajardo, Emérito U.C.M.

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Sabernos corresponsables solidarios



Somos responsables unos de otros porque nos sabemos obligados por lazos de reconocimiento mutuo. Estos lazos nacen de un vínculo entre las personas y son superiores a los del frío deber. Esa es la auténtica solidaridad, hacer propios las necesidades y los goces ajenos. Es la clave de nuestra concepción de la vida y de la actitud que debe informar nuestra conducta.
Pero el concepto de desarrollo ha sido manipulado al servicio de intereses que en bastantes casos han hecho de la cooperación para el desarrollo un nuevo colonialismo, asimilable a la esclavitud o a la guerra. Peor que el de los estados del Norte sobre el Sur porque aquellos aún se ocupaban de algunas actividades sociales pero los intereses de los grandes capitales son ciegos, ocultos e insaciables, llegando a actuar como auténticos terroristas, inhumanos por despiadados.
El premio Nobel de Economía, Amartya Sen, afirma que el desarrollo humano consiste en un proceso de expansión de las libertades reales de los individuos, de tal manera que cada ser humano esté en disposición de poder desarrollar todo su potencial como persona, de poder poner en práctica sus capacidades.
Frente a las concepciones utilitaristas y economicistas, que asimilan el desarrollo con el crecimiento económico, el desarrollo humano sostenible (DHS) pone el acento en otras dimensiones que suelen olvidarse. Es tremendo el disparate de tratarnos como recursos humanos y naturales para ser explotados con el fin de obtener los mayores beneficios. Esta es la lógica del mercado: cuanto más, mejor; en lugar de cuanto mejor, más. El concepto de desarrollo humano sostenible debería incluir un componente económico que trate la creación de una riqueza auténtica y mejores condiciones de vida material, equitativamente distribuidas; un ingrediente social medido en términos de salud, educación, vivienda y empleo; una dimensión política que abarque valores como los derechos humanos, la libertad política, la emancipación legal de la persona y la democracia representativa; un elemento cultural que reconozca el hecho de que las culturas confieren identidad y autoestima a las personas; un medio ambiente sano y el paradigma de la vida plena, referido a los sistemas y creencias simbólicas en cuanto al significado último de la vida, la historia, la realidad cósmica y las posibilidades de trascendencia.
Con esta dimensión social del desarrollo estamos de acuerdo siempre que se atenga a las cuatro normas también básicas para nosotros: que sea endógeno, sostenible, equilibrado y global. De ahí que la actividad de una organización social humanitaria sea inconcebible sin una ética como saber que nos orienta para tomar decisiones justas y equitativas.
La ética del desarrollo se pregunta, ¿qué entendemos por desarrollo? Si es crecimiento económico eso es un modelo de desarrollo economicista y corre el peligro de confundir medios con los fines del desarrollo.
Este tiene unos bienes internos que se manifiestan en reconocer que no se pueden imponer a otras formas de vida que consideremos buenas para nosotros. No es legítimo porque el desarrollo es una actividad que tiene que satisfacer exigencias básicas de justicia para desarrollar planes de vida dignos.
Hay que humanizar el trabajo, reconocer el valor de cada persona para aumentar su autoestima, su esperanza y los medios de vida necesarios. No podemos considerar mejores nuestros valores, en lugar de dialogar y de aprender de las tradiciones de otras culturas que nos pueden enriquecer y mejorar nuestra relación interpersonal. No podemos olvidar que cada uno nos hacemos personas porque otros nos reconocieron como tales. ¿Qué sería el uno sino fuera por el dos? ¿Qué sería de mí sino fuera por tú?
Algunas personas parecen temer a las obligaciones que confunden con los deberes, que son impuestos. Obligación proviene de ob-ligatio, cuando uno descubre que tiene un vínculo con otra persona. Cuando reconocemos el vínculo con otras personas nos sentimos obligados porque ese sentimiento brota del corazón, no hay que forzarlo. La auténtica felicidad y no el bienestar efímero de la epidermis, no se logra sino por el descubrimiento de la obligación que tenemos con otras personas.
Nuestra responsabilidad no surge de firmar contratos sino de responder por otro porque uno ha descubierto el vínculo que nos une y que origina una obligación solidaria. La clave de la vida social y de los derechos humanos es el reconocimiento de que los otros también tiene esos derechos morales que anteceden a cualquier legitimación jurídica. Si tenemos un vínculo entre los humanos, tenemos que recuperar el mutuo reconocimiento y no temer a las obligaciones que, en su ámbito, también tenemos con los animales y con el medio ambiente pues, al fin y al cabo, formamos parte del universo.
José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid.
Fundador de Solidarios para el desarrollo.

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El pasado no es nuestro hogar

Remembranzas 001

2020 08 01

El pasado no es nuestro hogar

Todos hemos padecido sufrimientos que a menudo recordamos.
Por ejemplo, una bofetada que quedó registrada en tu subconsciente como una impresión a fuego.
Pero eso es algo que sucedió en el pasado y tú ya no estás en el pasado, sino en el presente. Es cierto que sucedió, pero pasó en un momento que desapareció hace mucho.

Si te asientas en el presente, podrás contemplar el pasado desde una perspectiva diferente. y transformar tu sufrimiento. El niño, con sus miedos y sus deseos, sigue vivo en nuestro interior…. Cada noche en nuestro subconsciente volvemos atrás, y al volver esas “películas/recuerdos”, sufres.

Y el futuro que tanto puede preocuparnos no es más que una proyección de miedos y deseos procedentes del pasado. Esto se debe a nuestra tendencia a vivir en el pasado. Dile al niño que hay en tu interior que el pasado no es tu hogar, que tu hogar está aquí, donde realmente vives.

Cuando reconocemos que tenemos el hábito de reproducir viejos eventos y reaccionar ante los nuevos como si fueran viejos, podemos empezar a advertir su desaparición, y de que tenemos otras posibilidades. Tenemos que enseñar al niño que hay en nosotros. Tenemos que invitarle a vivir con nosotros en el presente. Si nos asentamos en el presente, podremos mirar hacia el pasado y, sin verte desbordado ni lastrado, aprender de él.

Cuando realmente estás anclado en el presente, planearás mejor el futuro… por muy oscuro que te parezca el trance de dolor que estás padeciendo, y desde el que tratamos de sobrevivir.
El pasado es un fantasma. Es irreal. Y cuando reconocemos que no hay, en él, realidad alguna sino tan sólo imágenes y “películas”, te liberas.

Esa, dicen los Maestros, es la esencia de la práctica de la plena consciencia, aquí y ahora o meditación caminando o sentado, unos minutos… tómate tu tiempo ya que, no por mucho madrugar, amanece más temprano. Ni el tiempo es lineal ni fatalmente recidivo. Siempre hay lugar para la esperanza y para nuevos amaneceres.

Tomemos lo que nos parecen pruebas y desgracias, hasta la más desgarradora de perder, de repente, al ser más amado de tu vida… como si fueran challenges y oportunidades que se abren ante tu corazón herido. Sólo así podremos entregarnos y compartir con los demás cuanto hemos recibido o conseguido.
Sí. Tenemos que levantarnos desde el suelo, aunque sea a rastras y con lágrimas, para poder celebrar la vida, con tus seres queridos y hasta con los todavía no conocidos.

Eso significa ser Robadores de momentos. Porque el ladrón se apodera de lo que no es suyo, pero el robador toma lo que le pertenece, desde largo tiempo, aunque no lo supiera. Así veo yo, en estos momentos, el consejo que Rilke daba a un joven poeta

“Es menester que nada extraño nos acontezca fuera de lo que nos pertenece desde largo tiempo”.

Celebremos la presencia y la vida y la amistad y el presente.

José Carlos Gª Fajardo

Profesor Emérito U.C.M.

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Remembranzas 002

Remembranzas

Por José Carlos García Fajardo -02/08/2020

Cómo trepar al árbol de la vida, tirar piedras contra uno mismo y bajar sin romperse los huesos ni el espíritu. RB

Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a vomitar, a morir o a desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse ebrio de escritura para que la realidad no lo destruya. En estas páginas resonarán las mismas verdades de auto revelación explosiva y asombro continuo ante lo que el hondo pozo contiene cuando uno se arma de valor y da un grito. Saberse fresco y despierto es conservar y desarrollar la capacidad de asombro, uno tiene presente que está vivo y que este privilegio es más que un derecho, es una dulce y tremenda responsabilidad. Máxime cuando no olvidas la edad que has alcanzado pero que desconoces lo que te resta de vida y en qué circunstancias, de un vivir con sentido; adecuado a las realidades de cada día en salud, ánimo, posibilidades de seguir creciendo y compartiendo saberes.
La creatividad, el arte puede revitalizarnos y dar forma acomodada a la realidad presente. Espacio, tiempo atmosférico, salud, control médico, medicamentos específicos, comida adecuada y sin nostalgia alguna de otros tiempos y circunstancias que no existen o que nunca han podido existir desde la realidad presente porque era inédita, quizás era, pero no existía.

Caer en la cuenta, to realise, despertar, inventar, descubrir, destapar, encontrar etc, no son creaciones desde la nada, pues nada existe ex nihilo, sino como resultado del proceso de transformaciones continuas. “Caer en la cuenta” de esto, aceptarlo, adaptarse, no condenar ni lamentarse ni sufrir por ello, ni culpabilizarse ni quejarse; sino aceptarlo como un don, como la más personal realidad instante. De ahí, que no quepa vanagloriarse ni mucho menos alardear o ser soberbios, pues todo, ta panta, “está siendo” en este preciso instante y a cada uno toca la responsabilidad de asumirlo, trabajarlo, transformarlo o… dejarlo pasar, que no es sino una forma de hacer sin hacer: el wu wei de la sabiduría china.
Todos los grandes escritores conocían el gozo de crear en formas amplias o reducidas, en telas ilimitadas o estrechas. Son los hijos de los dioses. Sabían divertirse, gozar y ser felices al expresarse ellos mismos desde el hondón del alma, del cuerpo, de la realidad circunstante y global, inmensa de este Cosmos en el que vivimos, nos movemos y somos. Todos somos, en gran parte, responsables de nosotros mismos si no desaprovechamos la imprevisibilidad de las circunstancias. Ante ellas, en lugar de enfadarse, lamentarse o fantasear, es preferible imitar a los sauces que se inclinan mientras pasa la riada, para luego, alzarse y aprovechar la experiencia, que siempre enriquece, lo tomes como lo tomes. Sin olvidar que es el suelo lo que nos ayudará a levantarnos, como afirmaba Chuang Tzú.  Adecuarnos, adaptarnos, asumir y actuar con cabos, velamen y timón los cambios de la mar y de los vientos. Todo sirve. Recuerdo esta frase de Saulo: “todo sucede para el bien de los buscadores y hacedores de la paz como fruto de la justicia”. Hasta el dolor por el destierro junto a los canales de Babilonia, que les obligaba a colgar de los sauces sus cítaras mientras les pedían que “cantasen y bailasen” … pero ¿cómo cantar en el exilio y en el destierro…” Si me olvidare de ti, Jerusalén, que se me pegue la lengua al paladar y se me paralice la mano derecha”, pero hasta ese dolor se transformó en la inmensa poesía del salmo 136 y se armoniza con el 125… “Cuando cambió nuestra suerte, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas y la lengua de cantares. Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares”.

Así es con nosotros, las personas mayores en años, pero no insensibles, ni incapaces de aportar y de compartir sus experiencias, sus sueños e ilusiones, sus conquistas y derrotas; su vivir con plenitud cada instante como aquí y ahora. Todo es como un inacabado tapiz de estambre urdido para tejerlo y, en esa inmensa urdimbre, se van entrelazando los hilos de seda de la trama para forma una tela o alfombra… pero que nosotros vemos como a través del cedazo.

José Carlos Gª Fajardo

Prof. Emérito, U.C.M.

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Un texto admirable, y que se escribió hace siglos

«Gran cosa es el amor. Es un bien verdaderamente inestimable que por si sólo vuelve suave lo que es penoso y soporta sereno toda adversidad. Porque lleva la carga sin sentir el peso, torna lo amargo dulce y sabroso… El amor desea ser libre, y sin amarras que le impidan amar con totalidad. Nada más dulce que el amor, nada más fuerte, nada más sublime, nada más profundo, nada más delicioso, nada más perfecto o mejor en el cielo y en la tierra… Quien ama, vuela, corre, vive alegre, se siente liberado de todas las amarras. Da todo a todos y posee todo en todas las cosas, porque más allá de todas las cosas, descansa en el Sumo Bien del cual se derivan y proceden todos los bienes. No mira las dádivas, se eleva por encima de todos los bienes hasta aquel que los concede. El amor muchas veces no conoce límites pues su fuego interior supera toda medida. Es capaz de todo y realiza cosas que quien no ama no comprende; quien no ama se debilita y acaba cayendo. El amor vigila siempre y hasta duerme sin dormir… Sólo quien ama comprende el amor»

“Imitación de Cristo”

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El tiempo apremia

El principio de autodestrucción y el combate contra la Covid-19

Desde que se lanzaron dos bombas atómicas primarias en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, la humanidad ha creado para sí una pesadilla de la que no ha podido liberarse. Por el contrario, se ha transformado en una realidad que amenaza la vida sobre este planeta y la destrucción de gran parte del sistema-vida. Se han creado armas nucleares mucho más destructivas, químicas y biológicas que pueden acabar con nuestra civilización y afectan profundamente a la Tierra viva.

Aún peor, hemos diseñado la inteligencia artificial autónoma. Con su algoritmo, que combina miles de millones de informaciones recogidas en todos los países, puede tomar decisiones sin que nosotros lo sepamos. Eventualmente, puede, en una combinación enloquecida, penetrar en los arsenales de armas nucleares o en otros de igual o mayor poder letal y lanzar una guerra total de destrucción de todo lo que existe, incluso de sí misma. Es el principio de autodestrucción. Es decir, está en manos del ser humano poner fin a la vida visible que conocemos (ella es sólo el 5%, el 95% son vidas microscópicas invisibles).

Debemos enseñorearnos de la muerte. Ella puede ocurrir en cualquier momento. Se ha creado ya una expresión para nombrar esta fase nueva de la historia humana, una verdadera era geológica: el «antropoceno», es decir, el ser humano como la gran amenaza al sistema-vida y al sistema-Tierra. El ser humano es el gran satán de la Tierra, que puede diezmar, como un anticristo, a sí mismo y a los otros, a sus semejantes, y liquidar los fundamentos que sostienen la vida.

La intensidad del proceso letal es tan grande que ya se habla de la era del «necroceno», es decir, la era de la producción en masa de la muerte. Ya estamos dentro de la sexta extinción masiva. Ahora se ha acelerado irrevocablemente, dada la voluntad de dominación de la naturaleza y de sus mecanismos de agresión directa a la vida y a Gaia, la Tierra viva, en función de un crecimiento ilimitado, de una acumulación absurda de bienes materiales hasta el punto de crear la sobrecarga de la Tierra.

En otras palabras, hemos llegado a un punto en el que la Tierra no consigue reponer los bienes y servicios naturales que le fueron extraídos y comienza a mostrar un proceso avanzado de degeneración a través de tsunamis, tifones, descongelación delos casquetes polares y del permafrost, sequías prolongadas, tormentas de nieve aterradoras y la aparición de bacterias y virus difíciles de controlar. Algunos de ellos como el coronavirus actual pueden llevar a la muerte a millones de personas.

Tales eventos son reacciones y puede que sean represalias de la Tierra ante la guerra que realizamos contra ella en todos los frentes. Esa muerte en masa ocurre en la naturaleza, millares de especies vivas desaparecen definitivamente cada año, y en las sociedades humanas, donde millones pasan hambre sed y toda suerte de enfermedades mortales.

Crece cada vez más la percepción general de que la situación de la humanidad no es sostenible. De continuar con esta lógica perversa se va a construir un camino que lleva a nuestra propia sepultura. Demos un ejemplo: en Brasil vivimos bajo la dictadura de la economía ultra neoliberal, con una política de extrema derecha, violenta y cruel para las grandes mayorías pobres.

Perplejos, hemos visto las maldades que se han hecho, anulando los derechos de los trabajadores e internacionalizando riquezas nacionales que sostienen nuestra soberanía como pueblo.

Los que en 2016 dieron en Brasil un golpe contra la presidenta Dilma Rousseff aceptaron la recolonización del país, convertido ahora en vasallo del poder dominante, Estados Unidos, condenado a ser sólo un exportador de commodities y un aliado menor y subordinado del proyecto imperial.

Lo que se está haciendo en Europa contra los refugiados, rechazando su presencia en Italia e Inglaterra y peor aún en Hungría y en la muy católica Polonia, alcanza niveles de inhumanidad de gran crueldad. Las medidas del presidente de Estados Unidos, Trump, arrancando a los hijos de sus padres inmigrantes y colocándolos en jaulas, denotan barbarie y ausencia de todo sentido humanitario.

Ya se ha dicho: “ningún ser humano es una isla… no preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por mí, por toda la humanidad“. Si grandes son las tinieblas que abaten nuestros espíritus, aún mayores son nuestras ansias de luz. No dejemos que la demencia antes mencionada tenga la última palabra.

La palabra mayor y última que grita en nosotros y nos une a toda la humanidad es de solidaridad y compasión por las víctimas, es por paz y sensatez en las relaciones entre los pueblos. Las tragedias nos dan la dimensión de la inhumanidad de la que somos capaces, pero también dejan surgir lo verdaderamente humano que habita en nosotros, más allá de las diferencias de etnia, ideología y religión. Lo humano en nosotros hace que nos cuidemos juntos, nos solidaricemos juntos, lloremos juntos, nos enjuguemos las lágrimas juntos, recemos juntos, busquemos juntos la justicia social mundial, construyamos juntos la paz y renunciemos juntos a la venganza y a todo tipo de violencia y guerra.

La sabiduría de los pueblos y la voz de nuestros corazones lo confirman: no es un estado convertido en terrorista, como Estados Unidos bajo el presidente estadounidense Bush, el que vencerá el terrorismo. Ni el odio a los inmigrantes latinos, difundido por Trump, el que traerá la paz. El diálogo incansable, la negociación abierta y el trato justo eliminan las bases de cualquier terrorismo y fundan la paz. Las tragedias que nos golpearon en lo más hondo de nuestros corazones, particularmente la pandemia viral que ha afectado a todo el planeta, nos invita a repensar los fundamentos de la convivencia humana en la nueva fase planetaria, y cómo cuidar la Casa Común, la Tierra, como pide el Papa Francisco en su encíclica sobre ecología integral “sobre el cuidado de la Casa Común” (2015).

El tiempo apremia. Y esta vez no hay un plan B que pueda salvarnos. Tenemos que salvarnos todos, pues formamos una comunidad de destino Tierra-Humanidad. Para eso necesitamos abolir la palabra «enemigo». El miedo crea al enemigo. Exorcizamos miedo cuando hacemos del distante un próximo y del próximo, un hermano y una hermana. Alejamos el miedo y al enemigo cuando comenzamos a dialogar, a conocernos, a aceptarnos, a respetarnos, a amarnos, en una palabra, a cuidarnos.

Cuidar nuestras formas de convivir en paz, solidaridad y justicia; cuidar nuestro medio ambiente para que sea un ambiente completo, sin destruir los hábitats de los virus que provienen de animales o de los arborovirus que se sitúan en los bosques, un ambiente en el que sea posible el reconocimiento del valor intrínseco de cada ser; cuidar de nuestra querida y generosa Madre Tierra.

Si nos cuidamos como hermanos y hermanas, las causas del miedo desaparecen. Nadie necesita amenazar a nadie. Podemos caminar de noche por nuestras calles sin miedo a ser asaltados y robados. Este cuidado solo será efectivo si viene acompañado de la justicia necesaria para satisfacer las necesidades de los más vulnerables, si el Estado está presente con medidas sanitarias (lo importante que fue el SUS frente a la Covid-19), con escuelas, con seguridad y con espacios de convivencia, cultura y ocio.

Sólo así disfrutaremos de una paz posible de ser alcanzada cuando hay un mínimo de buena voluntad general y un sentido de solidaridad y benevolencia en las relaciones humanas. Ese es el deseo inquebrantable de la mayoría de los humanos. Esta es la lección que la intrusión de la Covid-19 en nosotros nos está dando y que tenemos que incorporar en nuestros hábitos en los tiempos pos-coronavirus.        

Leo Boff  

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No eran héroes ni heroínas. No contaban con superpoderes que les permitieran realizar su labor sin esfuerzo. Eran servidores públicos con los que la sociedad tiene una deuda que es muy grande, aunque no es imposible de pagar

La España de Aroa López tiene un mensaje para la España oficial y también para todos nosotros

Iñigo Sáenz de Ugarte@guerraeterna

Aroa López, en su intervención en el homenaje a las víctimas del coronavirus.
Aroa López, en su intervención en el homenaje a las víctimas del coronavirus.

No es habitual encontrar altas dosis de emoción en los actos oficiales de homenaje, y eso que la música clásica pone mucho de su parte. Un ejército de altos cargos y representantes políticos. Una organización marcada por el protocolo y las jerarquías. Discursos encorsetados que transmiten obviedades con una pizca de sentimiento. Un desfile de trajes oscuros. Medios de comunicación que destacan como muy importantes detalles bastante nimios. Políticos que aprovechan a la salida para colar su mensaje de la semana y olvidarse de la razón del acto. Las recurrentes críticas a algunas mujeres por cómo van vestidas (por lo visto, sin demasiado color negro en la ropa o enseñando pierna, lo que es dramático).

El homenaje a las víctimas del coronavirus celebrado el jueves en el Palacio Real fue un reconocimiento necesario a la sociedad, en especial a aquellos que más han sufrido. Pero fue con las intervenciones de dos representantes de eso que se llama de forma pedante la sociedad civil –¿la hay de otro tipo?– cuando el acto recordó a todos con la emoción necesaria qué hemos perdido y qué debemos tener en mente para evitar que se repita una tragedia como esta. Hernando Fernández Calleja y Aroa López Martín hablaron del recuerdo por los fallecidos y de nuestra responsabilidad ante los que estuvieron en primera línea.

El momento clave de la intervención de Aroa López –enfermera y supervisora de urgencias en el Hospital Vall d’Hebron– fue cuando hizo referencia a un elogio que se ha oído mucho y que ella quiso poner en el contexto adecuado. “Hemos vivido situaciones que te dañan el alma. Porque quien había detrás de los EPIS no eran héroes. Éramos personas que se alejaban de sus familias para protegerlas de un posible contagio. Personas que salíamos del hospital cargadas con todas esas emociones, y que regresábamos a nuestro trabajo desde la soledad y el agotamiento, un día más”.

Habló en nombre del personal sanitario y de los demás trabajadores que forman el imprescindible personal de apoyo y también de todos aquellos que realizaron labores esenciales fuera de los hospitales: “Fueron miles de hombres y mujeres los que cuidaban con su trabajo a los millones de españoles confinados”.

Solos y agotados al final de cada jornada. Porque no hacían únicamente el trabajo profesional para el que están cualificados y por el que les pagan. Vivían situaciones que les obligaban a mucho más: “Hemos sido mensajeros del último adiós para personas mayores que morían solas, escuchando la voz de sus hijos a través de un teléfono. Hemos hecho videollamadas, hemos dado la mano y nos hemos tenido que tragar las lágrimas cuando alguien nos decía: ‘No me dejes morir solo'”. La frialdad de un homenaje de Estado –porque el Estado puede llegar a ser una maquinaria muy fría– temblaba cuando Aroa López nos devolvía a todos a los momentos que nos contaron no hace muchos meses y que no podemos olvidar. Ante una enfermedad sin tratamiento ni vacuna, al personal sanitario sólo le quedaba al final coger la mano de un enfermo que ya no podía resistir más y estar a su lado para que no muriera solo.https://www.youtube.com/embed/9XR4LQQOxq4?enablejsapi=1&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es

No eran héroes ni heroínas. No contaban con superpoderes que les permitieran realizar su labor sin esfuerzo. Eran servidores públicos con los que la sociedad tiene una deuda que es muy grande, aunque no es imposible de pagar. También los políticos que asistían al acto, entre los que estaban los presidentes de todas las Comunidades Autónomas. Estos días, somos testigos de la aparición diaria de brotes que en conjunto no son alarmantes, pero que sí indican que no se puede bajar la guardia. Por la parte que toca a las Administraciones, resulta básica su detección y rastreo cuanto antes, y en ese punto los resultados están aún lejos de ser óptimos.

La Generalitat ha cambiado su sistema de rastreo para incorporar a 500 personas más que harán su labor en la Atención Primaria, como habían reclamado los profesionales sanitarios. Se trata de evitar los errores cometidos en Lleida. Madrid informa del mayor número de casos de coronavirus, pero la cifra de brotes es mínima. De momento, la duda está entre el misterio y el ocultamiento. O sencillamente que no hay un sistema de rastreo que cumpla con su función. Los profesionales alegan que no hay personal suficiente para llevarlo a cabo. El Gobierno de Díaz Ayuso se comprometió a contratar a 400 personas para reforzar la plantilla de Salud Pública (no es pedir mucho, hay 80.000 personas en las plantillas gestionadas por la Consejería de Sanidad). Luego, dijo que serían 172 y ahora en julio la cifra se ha quedado en treinta, según El País.

“Nuestra sociedad ha dado estos meses una lección de inmenso valor”, dijo Felipe VI en su discurso, al demostrar “civismo, madurez, resistencia y compromiso con los demás”. Es una buena idea destacarlo, si bien no se puede hacer ya balance y pensar que la pandemia ha acabado o que el riesgo de volver a los meses de marzo y abril ha desaparecido. Todo eso depende ahora de la conducta de los ciudadanos de todas las edades y de las medidas que tomen los gobiernos para rastrear los brotes y limitar los contagios. Sabiendo además que la situación puede ser mucho peor a partir del otoño.

La deuda con el personal sanitario y los fallecidos y sus familias existe y no se ha pagado con el homenaje de Estado del jueves. Aroa López recordó en qué consiste: “Quiero pedir también a los poderes públicos que defiendan la sanidad de todos. Que recuerden que no hay mejor homenaje a quienes nos dejaron que velar por nuestra salud y garantizar la dignidad de nuestras profesiones”.

La sanidad de todos no nos salvará otra vez si no recibe la atención que requiere.

No valen ya aplausos como los de hace unos meses ni homenajes oficiales. Toca aprender la lección, dijo López. La pregunta con la que cerró su intervención vale para todos, para los gobiernos y para los ciudadanos: “¿Quién cuidará de nosotros si la persona que nos cuida no puede hacerlo?”.

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