La Privada moderna

Capítulo 23

El boxeo

En El Calvario había un amplio local llamado la Curva en el que se celebraban los encuentros de boxeo. Las gentes de la Privada moderna y de sus alrededo¬res eran asiduos los sábados por la noche. Don Guzmán era un gran aficionado y el señor Aureliano, allá en sus tiempos, había sido “manager” de jóvenes pro¬mesas. El boxeo era algo increíble.
Las gentes se apretujaban para entrar. Las mujeres gritaban y empujaban más que nadie. Nosotros entrá¬bamos por una puerta lateral porque mi padrino, si no arbitraba, era uno de los jueces. Y ahí me tenéis por los vestuarios, escuchando a masajistas, entrenadores, “managers” y toda la morralla que vive a la sombra de esos pobres desventurados que se largarían felices y contentos con un contrato de trabajo en el bolsillo y una buena cena por delante. Pero no. “¡Hala! ¡a pe¬garse!” Esta podía ser la noche.
“Está fulano que ha venido a verte. A ver esa zur¬da”. “Dale fuerte, que no ves un duro más. Los Reyes Magos se acaban”. “Piensa en lo que dijo de ti a los de la prensa. Fuerte, mantén la guardia y castiga el híga¬do. Mira, así”.
Esto lo decía un escuchimizado alfeñique al que llamaban Vicente Goliat, que todavía era más escuáli¬do que el Satur y que, encima, tenía chepa y era corto de piel. Allí todos opinaban.
Olía bien. A mí me gusta el olor de linimento de Sloan. También me gusta el olor de la bencina y del pe¬tróleo. Pero esto era porque mi padrino se lo echaba al pelo y se friccionaba delante del espejo con su camise¬ta de tirantes y canelones.
La gente entraba y salía de los vestuarios y todos daban consejos y describían a los infortunados gladia¬dores cómo iba a ser la secuencia de la pelea. ¡Qué sal¬vajes! Estos no hacían más que ir al wáter. Y se enjuaga¬ban la boca haciendo gárgaras, porque el entrenador no les dejaba beber. Pegaban golpes al aire, sorbían por la nariz, movían el morro como los conejos, avanzaban el hombro, bajaban la cara, ladeaban la cabeza, esquiva¬ban un imaginario directo, saltaban sobre el propio te¬rreno y hacían fintas con amagos de esquivar un golpe que venía certero. Se les caían, a lo mejor, los pantalones porque se los habían prestado. Eran de raso o de satén y estaban recién planchados. Entonces, había que lla¬mar a una mujer para que viniera a darle unas punta¬das. Esta, mientras cosía, algo andaría haciendo con la mano izquierda, que se le distraía poniéndose tonta, di¬go yo, porque el entrenador le espetaba “¡No lo calien¬tes, leche!” “Pues si sale frío, contestaba la frescachona muy plantada y sacando el pecho, quien lo va a calen¬tar va ser el Angelito que dice de éste que está sonado”.
¡Dios la que se armó! El Nene, que era el púgil del calzón ancho, comenzó a decir en un puro ataque de histeria “¡Sujetadme!, ¡sujetadme!, que no sé lo que me hago. ¡Sujetadme, que no soy dueño! ¿Sonado yo? ¡Su¬jetadme, que lo mato, que lo mato…!”
Armó tal alboroto que entró el señor Vitelino. Es¬te era un guardia con la nariz vinosa y que estaba or¬gulloso de ser el máximo representante de la autoridad en el barrio. Durante la guerra, cuando llegaba a una trinchera, lo primero que hacía era subirse al parapeto y echar una meada mientras insultaba a los “rojos, ma¬sones y ateos”. Cuando éstos reaccionaban y se deci-dían a disparar, ya estaba el Vitelino en el suelo de la trinchera pisado por la bota del sargento que no sopor¬taba aquellas chuladas en su Compañía.
La verdad era que el sargento era carlista y aque¬llas obscenidades de Vitelino le parecían propias de ro¬jos y no de cruzados. El Vitelino se tiraba todo el com¬bate (el de verdad no el del ring) tumbado en el suelo de la trinchera porque, claro, los rojos se cabreaban y, una vez iniciado el tiroteo, no paraban hasta que no se les acababan las balas. Y de na¬da valía que Modesto ni el Campesino ni la Pasionaria ni Margarita Nelke les dijeran “¡Apuntad bien, compañeros cabrones, que se nos acaba la munición! ¡Apuntad con ira!”
Esto lo decían para contrarrestar al Ángel del Al¬cázar que, según la propaganda fascista, decía a los soldados “¡Hijos míos, apuntad bien, pero sin ira!” “¡Toma ya!”, decía Pasionaria, mientras se echaba un pulso con el General Rojo o con Miaja, “Así aciertan, en cambio estos hijos de puta con la furia y todo eso, no dan una, vamos, es que no dan una”, terminaba Pasionaria, después de haber tumbado al general, en la mesa de juego se entiende, aunque ella no era mu¬jer que se parase en un quíteme allá unos rojos. Y se arreglaba el moño que llevaba sujeto con horquillas envenenadas que, decían las malas lenguas, se las mandaba de Rusia el compañero Stalin.
Bueno, pues el señor Vitelino, intentaba poner or¬den, calmaba al Nene y salía frotándose las manos “Esto se va a poner bueno, pero que muy bueno. Al Angelito le han ido a contar que el Nene decía de él que era marica, es que me meo”. El señor Aureliano lo cal¬maba “No, Vitelino, aquí no, ahora no hay rojos ni es¬tamos en las trincheras”.
Y es que, al señor Vitelino, en una de estas, le decí¬as que entre el público había algún rojo encubierto y lo mismo se subía al ring y sacaba la gaita y empezaba a llamarle masón, judío y ateo. Era así.
Del vestuario del Nene nos íbamos al del Angelito. A un kilómetro se oían sus gritos “¿Marica, yo? ¿Marica yo? Brrrrr. Ya verá ese lo que es bueno. Lo voy a destro¬zar. Le voy a dar así y así y así…” Y accionaba con tanto brío que a mi padrino le pasó una rozándole el pelo.
Cuando vio que éramos nosotros, el Angelito quedó más corrido que una mona en un concurso de televisión. Se le cayeron con tal fuerza los brazos que yo creí que tendríamos que recogerlos del suelo, sacó el labio inferior, sorbió los mocos, hundió el pecho, em¬pezó a sacar la quijada, más y más, hasta que casi se le descoyuntó y entre el masajista y el entrenador venga a colocársela en su sitio; la quijada, digo. Pero no había forma.
Le sobresalía una cuarta. Pa¬recía una burra preñada. El fotógrafo del diario local, que era más bien pequeño, se le subió en un bíceps y ayudaba lo que podía usando la correa de la máquina. Nada. La quijada seguía saliéndole al Angelito, que co¬menzaba a poner los ojos en blanco y a gimotear. “¡Eso no, eso no! Angelito, por tu madre, no llores. ¡Que don Guzmán te perdona!”, le decía el entrenador. “Ange¬lito, por Dios, no seas niño, si no fue nada”, decía el masajista. “¿Verdad que no, Don Guzmán?”
Y mi padrino, los rasgos duros, los pies algo sepa¬rados, los brazos caídos, las manos tensas junto a las pistolas, el mentón hacia delante, la mirada de acero, moviendo, de vez en cuando, una de las aletas de la na¬riz… de repente, dio un paso al frente. Es decir, avanzó la punta del zapato derecho, que era su forma de desa-fiar. “¡No, por favor don Guzmán!”, decían todos los del vestuario, “que fue sin querer, el Angelito no sabía que iba a entrar usted. Que, si no, a buenas horas, iba a hacer el pobre chico algo semejante”.
Entonces, mi padrino comenzaba a relajar el pe¬cho, se iba relajando poco a poco, les dejaba algo de aire a los demás para que fueran respirando y decía, con voz ba¬ja, suave, mortífera, “Angelito, hoy te va a matar el Nene en el quinto asalto, ¿entendido?”… Tenso silen¬cio… “Bien. Te perdonamos. Y mañana, de nuevo a tra¬bajar en la fábrica de don Alan”.
Miraba a todos, se volvía en silencio y yo seguía comiendo orejones que me había comprado Isolda en la señora Domitila la Luenga. Mi padrino metía la mano en el bolsillo, sacaba unos cacahuetes y una piña de plátanos y se los tiraba por el aire al Angelito que los cogía en la mandíbula inferior y luego daba saltos de contento.
Nos dirigíamos a nuestros puestos. Al pasar por cerca de Alan, Belisario y demás compañeros de parti¬da, mi padrino levantaba el sombrero tantas veces cuantos fueran el número de asaltos que le hubiera di¬cho al Angelito de turno. Y ellos tiraban del puro muy circunspectos.
La canalla vociferaba, gritaba y aullaba para res¬ponder a los saludos del Nene que iba envuelto en un albornoz prestado, de color azul noche y con unas le¬tras que anunciaban una marca de Vermout. Mi padri¬no se sentaba entre los jueces, talmente como Débora la de Israel, o como Sansón o como un circunciso piado-so. Yo me dedicaba a mirar al público, sobre todo a las mujeres que se desgañifaban gritando y accionando y jurando en caldeo. Por aquel entonces nadie se atrevía a usar el hebreo. Por si acaso.
Cuando apareció el Angelito, se oyó el retumbar del trueno. Todos habían apostado por él y el ruido era ensordecedor. Yo recordaba el aviso que le había dado mi padrino y lamentaba no disponer de algunos dóla¬res sueltos para apostarlos a favor del pobre Nene, ya que la inversión era segura.
Sonó el gong. Comienza el primer asalto. Arbitra¬ba el señor Sebastián, que era trompetista en la banda municipal de Valladares y que había sido seminarista y todavía le quedaba un no sé qué… que parecía que, al andar, iba dándole al vuelo de la sotana para no pisarla. Iba en mangas de camisa y llevaba pajarita.
El Angelito iba perdiendo ante el asombro del Ne¬ne y de todo el público que bramaba. El Nene que se anima y le lanza un gancho que casi coloca en el híga¬do de Angelito.
La gente echa espuma por la boca. Ya se han co¬mido los puros, ahora están mordiendo los cojines de esparto. El Nene se envalentona y hace un amago de uno dos tres cuatro y la gente ya no sabe qué comer, la mayor parte tiene los sombreros hechos trizas. Las mu¬jeres aúllan. El gong, una vez más, los salva del desastre.
Cuando va a comenzar el segundo asalto, el An¬gelito hace como que juega y pone al Nene boca abajo, con el culo para arriba y los brazos cruzados debajo. El árbitro empieza a contar, el Angelito palidece y un ca¬bo de vela se le enciende en su micro mollera, sin dejar de mirar al Nene al que con sus vibraciones ayuda a le-vantarse. El Nene se tambalea. Un ojo le ha quedado prendido junto a la nariz y empieza a moverse presa de un tic que contagia al Angelito y al árbitro. Una mujer grita, “¡En guardia, Angelito, que eso es una treta!”
Pero el Nene, en una de éstas resbala y, para no ca¬er, extiende las manos que van a dar en el estómago del Angelito que no lo esperaba. La gente ríe. Las mujeres ululan. “¡Toma castaña!”, dice una a la que llamaban “la Chata”. Y ya era mala idea porque para leer el pe¬riódico tenía que apoyarlo en una silla y, mientras ha¬cía calceta, pasaba las páginas con la nariz. Angelito se recupera y el gong lo salva. El público comienza a in¬quietarse. La Chata dice que aquí hay tongo. “¡Tongo, sí señor! ¿Qué pasa?” Y nadie le responde, porque na¬die había dicho nada. “¡A ver!”, dice otra que no pue¬de moverse de apretada que lleva la faja.
El marido era más pequeño que el Satur y le lla¬maban “milhomes pequeno”. La gente es que es mala. Porque a ella, él le llamaba “Nenita”. Tenían un puesto de castañas y frutos secos junto a la parada de tranvía. Dentro había un gran cartelón que ponía: “Hoy no se fía, mañana sí, porque si fío, pierdo lo que es mío. Si doy, pierdo la ganancia de hoy. Si presto, al pagar ponen mal gesto. Para librarme de esto: Ni doy, ni fío, ni presto.”
Y “Nenita” se sentaba en una silla a la entrada y fulminaba con la mirada a todas las mujeres que entra¬ban. Estaba convencida de que todas iban atraídas por su Fidel. Y éste sonreía dentro de su mandilón a rayas que le habían hecho entre Nenita y su madre.
Al tercer asalto, el Angelito se da cuenta de que tiene que hacer algo para que no se le vaya a romper el Nene. Tiene que durarle hasta el quinto asalto. Le va a colocar un directo algo templado al Nene cuando este, de improviso, y sin venir a cuento no se le ocurre más que llamarle “¡Marica!”, al Angelito. ¡Oh cielos! El Angelito se revuelve, los ojos le bai¬lan en las órbitas, la gente es traspasada por el silencio que precede a las tormentas. Algunos piensan en un paralís. Pero, de repente, el Angelito empieza a recoger quijada, bate el terreno con el pie derecho, escarba y se va a por el Nene.
¿Para qué seguir? ¿Sabéis cómo queda un sello de correos después de que lo aplaste un elefante? Pues así tuvieron que sacar al Nene, casi con quitamanchas. Cuando se lo quitaron de entre los guantes, el Angelito se echó a las cuerdas y se puso a morderlas. Se daba cuenta de la que había hecho. Aquella fue su última pelea. No se podía andar jugando con un suspicaz que pegaba por un quítame allá ese insulto. Total… si lo decía, algo sabría.

José Carlos Gª Fajardo. Profesor Emérito U.C.M.

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La privada moderna. Cap 21 Doña Claudia

Capítulo 21 Doña Claudia

Era un caso curioso en cuanto a los niños. No se podía decir que nos odiase, como la madre del general. Pero tampoco nos quería. Es decir, casi no nos prestaba atención. Nunca se paraba a hablar con nosotros ni, por lo demás, participaba en la vida de aquella peque­ña comunidad. Nos resultaba un personaje singular­mente extraño. Siempre con las ventanas cerradas y acechando detrás de los cristales. Lo curioso es que tampoco nos infundía miedo como la Chon. Pero no abria sus ventanas ni su sonrisa hacia nosotros, como doña Amancia y sus hijas. Estas parecían como si vieran en todos nosotros al hijo que se había ido a la guerra apretando los puños para no llorar al despedirse de los paisajes que recorriera con su padre.
¿Qué ocurría con doña Claudia? Porque lo cierto es que los padres de todos los niños les inculcaban un claro respeto. Quizá porque vieran la consideración con que la trataban Don Guzmán y Doña Margarita. Y eso pesaba. Por eso nadie se hubiera atrevido a llamar a su puerta y echar a correr.
Tendría unos cincuenta y tantos años, pero apa­rentaba muchos más. Era alta y morena. Estaba avejen­tada y en su mirada se traslucía esa angustia que que­da después del mucho sufrir y de las ilusiones perdi­das. No se pintaba ni se arreglaba. Vestía de oscuro y daba la sensación de pasar necesidad. Vestía batas es­tampadas sobre fondo negro, abotonadas por delante y de manga larga. Como casi siempre estaba en casa, cal­zaba zapatillas de piel o una especie de zapatos bajos.
Su marido, debía frisar los sesenta y era calvo, al­to y de ojos claros. Tenía varios dientes de oro, fumaba mucho y tenía los pies bastante grandes. Siempre ves­tía con traje y corbata. Tampoco participaba ni andaba por el medio. Se le veía entrar y salir de su casa a horas probablemente de trabajo, pero nadie sabía dónde tra­bajaba.
También me parece recordar que tenían dos hijos de veintitantos años a quienes apenas veíamos. Quizá vivían fuera o estaban casados. Era la familia más mis­teriosa de los Gazules. Pero todos los respetaban y los niños hubiéramos querido hacerle recados a doña Clau­dia, no se sabe por qué, ya que nunca se paraba con no­sotros para hablar o para hacernos preguntas. Pero al­go nos decía que aquella señora, detrás de los cristales, no nos espiaba ni jamás nos denunciaría, aunque nos viera haciendo las mayores travesuras en el campo de atrás.
Vivían en el primer piso izquierda del número seis. Encima de la señora Escolástica la rara y enfrente de Don Guzmán. Ya sabéis que en el bajo izquierdo vi­vía la señora Martina la dentista.
Doña Claudia era víctima de la Revolución Fran­cesa. Sí. Lo que pasa es que se había equivocado de si­glo. Tanto ella como su marido se habían educado en el espíritu liberal de la Institución libre de Enseñanza. A eso habían añadido la más sana inquietud social que les acercara peligrosamente a la otra revolución. A la de Octubre en San Petersburgo. Pero habían reacciona­do a tiempo porque, por encima de todo, veneraban y respetaban la libertad.
Los dos se habían hecho maestros antes de la dic­tadura del General Primo de Rivera y no se habían ca­racterizado por sus simpatías hacia la Institución mo­nárquica. Aquí era donde se sentían ciudadanos fran­ceses celosos de la Declaración de Derechos del Hom­bre y del Ciudadano. Por todas las escuelas por donde habían pasado habían colgado de sus muros el texto enmarcado de la Declaración. Y aunque no hubieran votado por la ejecución de Luis XVI y de María Antonieta, sí consideraban esa forma de gobierno y el en­torno que la asfixiaba como algo anacrónico y carente de sentido. La monarquía, para ellos, era obsoleta y no soportaba el menor análisis lógico.
Sus hijos habían aprendido a leer en las Actas de las Cortes de Cádiz y jamás se habían privado de cri­ticar como algo insólito y absurdo a aquel Rey Fernan­do VII y a su descendencia. Para ellos, nuestra patria vivía con siglo y medio de retraso y, a veces, se querían convencer de que no había existido el siglo XIX. Y es que, en el fondo, no lo aceptaban y les parecía una la­mentable regresión en el progreso de la nación y en la madurez cívica de los ciudadanos.
Por ello, habían saludado con contenida esperan­za los sucesos de Rusia y todos los movimientos revo­lucionarios y libertarios. En alguna ocasión, habían bordeado la utopía anarquista y se entregaron con de­dicación plena a la formación de los hombres del ma­ñana.
Revolucionaron los sistemas de enseñanza. Saca­ron a los niños al campo para que vivieran en contacto con la naturaleza. Le daban clases al aire libre, les ex­plicaban los momentos estelares de la humanidad co­mo hitos de un proceso grandioso en la conquista de la justicia, de la libertad y de la cultura. Les contaban la historia como una peripecia personal que les acuciaba a todos en el presente. Los hacían sentirse responsables del mundo y de la humanidad en marcha. Su palabra clave era solidaridad. “Todos somos ciudadanos del mundo, les decían, somos parte del cosmos. Lo que su­cede es que todo cambia, nosotros somos cambio, sin cesar. Por eso, “nuestro destino es universal”. Y se atre­vían a explicarles que universo provenía unus-vertere, regresar a la unidad. “Vivid, vivid apasionadamente el instante presente. Eso es lo que cuenta. Nada perma­nece”. “Las clases sociales son un invento del egoísmo humano.” “La propiedad privada es germen de dis­cordia, de desigualdad y de explotación de unos hom­bres por otros”. “Nada es de nadie. Sólo somos admi­nistradores”. “Todos los seres son iguales por naturale­za, es la sociedad la que nos corrompe. Nadie nace es­clavo ni siervo ni proletario. Nos hacen”. Y así seguían con las más hermosas frases de Sócrates a Epicuro, de Zenón a Milton y a Stuart Mili o a Rousseau, de Weitling y de Proudhon o al más grande de los poetas, se­gún ellos, Walt Withman. Les leían poemas de Neruda y páginas de Tagore. Se olvidaban de la edad de sus alumnos y dejaban que de sus corazones brotase el an­sia de libertad, de justicia y de verdad. “Ah, solían ter­minar, si hubieran seguido las enseñanzas de aquel hombre…” Pero no decían más porque se sentían pro­fundamente anticlericales. Toda esta burocracia, como ellos le llamaban, son el mayor mentís a aquellas pa­labras de amor entre todos los hombres y entre todos los seres. Eran unos santos laicos.
Y no vacilaban en volver los ojos a Inglaterra y en­salzar el espíritu de comprensión y de respeto que ha­bían sabido llevar a América. Así, en sus escuelas, ha­bían organizado a los chicos como “boy- scouts” y can­taban las canciones de Mowgli, el niño de la selva. Cualquier niño, después de haber estudiado con ellos, se sabía de memoria el poema “If”, de Kipling.
Todo era una mezcla de liberalismo, socialismo, anarquismo, naturalismo y alegría. Sobre todo, ale­gría. La primera obligación de los educadores era for­mar niños felices supliendo las eventuales limitacio­nes en sus hogares, de niños de escuelas estatales que no podían acceder a los colegios privados donde les hablaban de un cielo, de un infierno y de una felici­dad para ultratumba. Doña Claudia y su marido que­rían formar generaciones de hombres y mujeres feli­ces aquí en la tierra con su trabajo, con sus familias, con su parte de responsabilidad en esta formidable aventura de la creación en la cual se hallaban insertos y de la que, en cierta medida, les hacía sentirse res­ponsables. El pájaro, la estrella, el trigo, la sonrisa. Todos eran dones del ser Supremo. En su estilo eran un matrimonio de una sensibilidad cósmica, profun­damente religioso.
Pero no se habían integrado en el sistema tradi­cional de este país y tuvieron que pagar siempre el tri­buto a la incomprensión de los detentadores de la ver­dad y de la luz y nada menos, que de la salvación eter­na. Para ellos la luz era la del conocimiento, la de la ciencia, la de la razón y la del corazón. Amaban todo lo creado y habían hecho de sus vidas una consagración por medio de la enseñanza. A uno de sus hijos le habí­an puesto Juan Jacobo y al otro Emilio, aunque bien sa­bían lo alejada que estaba la literatura de la realidad “Pero hacen falta ideales, utopías y sueños, para poder vivir una existencia que tenga sentido”.
La curiosidad del marido los llevó a indagar en to­da suerte de movimientos humanos y filantrópicos. Ella, por su parte, siguió muy de cerca la peripecia de la Revolución Rusa sin decidirse a militar nunca en las filas de sus epígonos porque, desde muy pronto, intu­yó que se amenazaba la libertad que, para ellos, estaba por encima de todos los demás valores. Era un bien no pactable, un derecho indiscutible. Habían renunciado a muchas cosas para poder seguir difundiendo ese mensaje de fraternidad universal, de comprensión y de respeto.
Y llegó la ansiada República. Pareció que el ama­necer se hacía realidad. Llenaron de flores la escuela y, felices por no haber sido necesario ningún derrama­miento de sangre, cantaron con los niños canciones de primavera. Y redoblaron su esfuerzo pues, al fin, en­treveían el fruto de sus anhelos.
Ya comenzaron a sufrir cuando comenzaron las persecuciones religiosas y la quema de iglesias. No lo entendían. No les cabía en la cabeza semejantes actitu­des de intolerancia en nombre de la libertad. Se dolie­ron de la cerrazón de las clases poderosas, anquilosa­das en su letargo secular. Era precisa la transformación agraria, la revolución social, pero sin derramamiento de sangre, como querían Condorcet y Holbach: “La ra­zón no derrama sangre”.
La locura de la intransigencia y de la persecución, el totalitarismo extremista y los maximalismos que agostaban la vida y abortaban las esperanzas les su­mieron en un profundo abatimiento. Sobre Doña Clau­dia y sobre su marido cayó un velo de tristeza. Sentían como una losa por la incomprensión y la barbarie. Ellos eran castellanos y pronto fueron “liberados” pero no comprendían muy bien de qué.
Allí comenzó su personal calvario. Cárcel, inte­rrogatorios, depuración. Fueron “depurados”. Y no sabían de qué ni por qué ni por quienes. Ella nunca su­po lo que su marido tuvo que ceder a cambio de con­servar la vida. Lo que sí sabía era que ya nunca más podrían enseñar en las escuelas estatales ni en ningún sito. Para ellos no había lugar en el nuevo orden. Y co­menzaron a arrugarse, a encerrarse en sí mismos, a no comprender nada. Se les acababa el sentido de sus vi­das y comenzaba a carecer de sentido el mero vivir. Pe­ro había que hacerlo por los chicos. “Por los chicos”. Habían sido educados para otro mundo, para otras co­ordenadas y se veían de hoz y coz sumidos en el siste­ma que, desde casi dos siglos antes de nacer, habían re­pudiado.
No se sabe cómo vinieron a parar a la Privada moderna. Ni tampoco pudo nunca saber Doña Claudia en qué se ocupaba su marido, en ese diario salir para traer un po­co de dinero con el que sobrevivir. Salía blanco y regre­saba gris.
“No me hagas preguntas, Claudia, por favor, no me preguntes. Por los chicos”.
La puerta cerrada, las contras echadas, el silencio se adueñó de aquella casa. El miedo a cualquier ruido, a toda persona, a los pasos de cualquier mendigo. Siempre podía volver a comenzar el torvo juego del amanecer, el dejar de ser. ¿Más todavía? “Los chicos, por los chicos. Sí. Por los chicos”. Qué estafa, que frus­tración, haber estado cosiendo sin hilo. Condenados a dar vueltas a una muela sin trigo, a una noria sin can­gilones. Y cuando nadie la veía, se asomaba detrás de las contras entreabiertas y contemplaba a los niños mientras jugaban. A sus labios afloraban mudos los viejos poemas, se marchitaban en sus lágrimas secas las viejas canciones.
Por eso, quizá, los niños jugábamos bajo su venta­na y cantábamos canciones y romances al coro o a la comba o sentados en el suelo. Ella nunca nos hablaba, pero ahora comprendo que de aquella ventana bajaba un efluvio, había un aura que nos encantaba y nos cau­tivaba.
Doña Claudia no se mezclaba, no participaba. Pe­ro todas las personas la respetaban. Y la mujer de don Guzmán la ayudaba con una gran delicadeza y la visi­taba a menudo. Ahora comprendo. Sí, su inmenso co­razón y su insondable tristeza. “Por los niños, Clau­dia, lo he tenido que hacer por los niños…” “Pero si ya son hombres”. ” … “. “Habrá un mañana…” ” … “. “De nuevo…” “…”. “Tal vez, Claudia…” “…”. “Tal vez”. Por eso, desde la calle, veíamos empañados los cristales de aquellas semiocultas ventanas. Y en ellos, cuando llovía, rebotaba el agua. Era como si estuvieran encerados. Esto nos daba mucha tristeza. ¡No podían mojarse! ¡No podían mojarse!
Menos mal que, cuando llegaban los vientos, sa­caban las hopalandas.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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PODEMOS SALVAR LA ANTÁRTIDA

Permitidme que ceda hoy mi espacio a esta carta enviada por Javier Bardem y que suscribo “desde la cruz a la fecha”, como decía mi madre.

Lo acabo de firma uniéndome a esa imprescindible tarea y os pido, amigos y lectores, que la suscribáis y que apoyemos entre todos a esta admirable ONG Green Peace

Hola josé carlos:

Nuestros océanos están ahora más amenazados que nunca en la historia. La contaminación por plásticos, la sobrepesca, la minería en fondos marinos y por supuesto la crisis climática están acechando a unos océanos que cada vez necesitan protección más urgente.

Por esa razón, la semana que viene estaré con Greenpeace en la sede de Naciones Unidas, donde representantes de los gobiernos de todo el mundo tienen una oportunidad histórica: van a negociar un Tratado Global de los Océanos que podría proteger las aguas que se extienden más allá de las fronteras nacionales. ¡Únete a mí para decirles que el mundo entero está pendiente de lo que pase en la ONU! >>

El año pasado me uní a Greenpeace en su expedición a la Antártida, para investigar el estado de los océanos y acercar toda esa increíble biodiversidad a la gente que quizás nunca tenga la oportunidad de contemplarla. Vi pingüinos sumergirse en el agua, un mundo de majestuosas ballenas y el hielo brillar en infinitas tonalidades de blanco y azul. Junto al equipo científico, me metí en un pequeño submarino para bajar a las profundidades del océano, donde muy pocas personas han estado antes. Me siento un privilegiado por haber podido visitar las gélidas fronteras de nuestro planeta.

Después de todo lo que vi en la Antártida, no podía volver a casa y seguir con mi vida como si nada. Siento que estoy en deuda con todas esas maravillosas criaturas del océano Antártico y del resto de los mares del mundo.

La ciencia lo tiene claro: tenemos que crear santuarios marinos en al menos el 30% de nuestros océanos para 2030. Como si fuesen parques nacionales en el océano, esas áreas quedarían fuera del peligro de la actividad humana y así podrían recuperarse tras años y años de sobreexplotación y hacer frente a los peores impactos del cambio climático y la contaminación plástica. Necesitamos un tratado ambicioso que permita todo esto, y esta vez no podemos fallar.

Por favor, únete al movimiento de más de un millón y medio de personas que están pidiendo la protección de nuestros océanos y de las ballenas, tortugas y pingüinos que ven en peligro su hogar. Firma la petición para que los líderes políticos de tu país apoyen un Tratado Global de los Océanos antes del próximo 19 de agosto >>

Javier Bardem,
Actor y embajador de los océanos con Greenpeace.
(Por la traslación, Prof, Gª Fajardo. Eméritus U.C.M.

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Sergei lee a Confucio

Sergei lee a Confucio

Andaba Sergei ocupado en leer los Aforismos de Confucio y se atrancaba al querer establecer su relación con Lao Tsé. Se dirigió al Noble Ting Chang en busca de enseñanza y éste le dijo:
– Si quieres, Sergei, podríamos comentar algunas de las máximas de Confucio que vienen en sus Analectas. Verás que no se trata sino de una manera de comportarse la persona educada.
– ¿Acaso no es una religión?
– ¡Ni mucho menos! Confucio es la sensatez en persona y algunas tradiciones religiosas no tienen muy en cuenta al ser humano con los pies sobre la tierra. Reenvían los problemas a un hipotético paraíso.
– Y tú, Noble señor, ¿cómo te organizas?
– Antes de venir al monasterio junto al Maestro, trataba de conducir mi vida según la vía del taoísmo, pero si hubiera tenido que gobernar un reino seguiría las ideas de Confucio.
– Rostro sereno, ¿Y desde que has topado con la enseñanza del Buda?
– Ahora, cuento cuentos para que Sergei se gane algún dinero cuando los publique.
– ¿Yo? ¡Noble Señor!
– Primero el té, y luego…
– …, las lecciones, pero antes, dame una pista, Ting Chang.
– “Nueve son las cosas en las que piensa la persona virtuosa: ver claramente cuando mira; escuchar con precisión; ser cortés; tener un porte respetuoso y digno; ser reverente en sus ocupaciones; preguntar cuando duda; pensar en las consecuencias de su ira; pensar en la justicia siempre que haya una posible ganancia”.
– ¡Voy de vuelo, Noble Ting Chang!
José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Noches de hopalandas

El policía secreto

Y para terminar con ese número cinco, ¿qué os voy a contar del siniestro policía secreto?
Se llamaba Diego Pinillas, tenía cuarenta y tantos años, ojos claros, glaucos, mentón prominente, con cierto prognatismo que él acentuaba al andar para po­ner énfasis en sus pisadas. Usaba sombrero con la par­te delantera del ala echada sobre los ojos, vestía gabar­dina con cinturón apretado y el cuello subido. Medía 1,62, calzaba un nueve, era Rh negativo, oriundo de Lugo, casado con la Emeteria, mujer de cuidado y, se­gún algunas lenguas, muy suelta de andares y de otras menudencias, y tenían una hija medio enana que se lla­maba Restituta. Pero él, erre que erre, siempre decía que era policía secreto.

No tenía teléfono, claro, y cuando quería transmi­tir un mensaje cifrado se iba a la tienda de abastos y allí montaba el número. La verdad es que él era analfabeto y por eso tenía problemas con las claves. El marido de la tende­ra, que era asturiano como ella, y muy curiosón y has­ta algo cojo, muy leedor de novelas, y con una fantasía digna de mejor causa, era el que le leía las claves y le iba codificando las palabras. Pero no podía dejar de despachar, ya que buena era ella, y así, ora pesando el azúcar, ora cortando el bacalao, o bien dándole vueltas al manubrio del molinillo del café iba deletreándole a gritos las palabras del mensaje cifrado.

Diego Pinillas estaba en el ángulo de la tienda con el teléfono pegado a la oreja, sombrero puesto con el ala caída y el cuello de la gabardina subido. El tendero, que se llamaba Severino, iba y venía entre las mujeres gritándole las pa­labras y así podían estarse seis o siete horas transmi­tiendo el mensaje de marras.

Aunque, la verdad, a veces, eran algo pintorescos. Porque tiene su aquél que a la señora Hipocandria se le moviera el parche de un ojo para el otro. Vamos, como para ponerse a llover diecisiete años seguidos. Pero, esta vez tampo­co. Por culpa de los bomberos. Eran muy suyos. Y co­mo lo que quita el frío quita el calor los bomberos esta­ban hartos de apagar incendios y lo que, de verdad, querían era abortar un diluvio. Por eso, en los Gazules nos teníamos quietos cuando sucedía alguna pequeña extravagancia ya que, de verdad de verdad, lo que a aquellas gentes nos gustaba era ver llover.

Llover a cántaros. Y juntarnos todos para llorar bajo nuestros inmensos paraguas de carpas. Los había muy llamativos y, a veces, los hacíamos girar para provocar el arco iris. Se nos rompían muchos palos de la veloci­dad que les metíamos a las carpas circenses. Pero ¿pa­ra qué estaba allí el aserradero? Pues, claro. Y con las gomas de Alan hacíamos “tira estrellas” y nos largába­mos con el viento. En noches de volandas bajo la lluvia, hartos de llorar a gusto, nos reconciliábamos hasta con la Rusa.

Éramos muy nuestros en los Gazules. Sí. Nos gustaban las hopalandas y todo el mundo tenía una guardada en casa y almidonada para salir por las ventanas en las noches de siroco a dibujar signos cabalísticos en un mutismo imponente. ¡Qué noches aquellas! Hasta la Rara tenía su hopalanda y, en aquellas ocasiones, su hi­ja Ciscla, no bajaba a la ciudad a trabajar, como ella de­cía. Eran gentes curiosas. Cuando soplaba ése viento y vestíamos las hopalandas era como si se firmase una tácita tregua. Desde Encarna hasta Casilda y la Eufe­mia, desde la señora Celeste hasta el Capullo y los die­cisiete hijos del Talabartero, que recuperaban su edad verdadera, todos salíamos envueltos en el silencio y nos dejábamos llevar hasta el convento de las clarisas, que también subían, ya lo creo y con sus hábitos grises y el cíngulo blanco. Nunca nos fallaban el rubio dueño de la fábrica de gomas, a quien llamábamos “Alan” por el del cine, claro, y los del aserradero también se elevaban soltando lluvias de aserrín que llevaban en sacos.

Nadie decía nada, nos comunicábamos por truenos y por variaciones de destellos. Los extraños no nos podí­an ver y por eso se reconciliaban todas las gentes. Era una catarsis, algo nuestro que nunca se había escrito hasta ahora por respeto a Crista y a Doña Margarita. Sí. Todos participábamos, hasta las gallinas, los gatos y los crisantemos. Las pasiones se aquietaban, los instintos dormían y habíamos trascendido las cárceles de la ra­zón sin producir monstruos en nuestros vuelos.
Noches de hopalandas, ¡cuánto os echo de menos!

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M

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Cuando el goce sexual era celebrado en la Iglesia romano-católica durante más de mil años, conocida con el nombre de risus paschalis, la “risa pascual”.

Mi amigo y admirado Leo Boff no cesa de ilustrarnos y de compartir saberes:

Cuando la sexualidad era celebrada en la Iglesia romano-católica durante más de mil años

Es idea común que la moral católica en lo tocante a la sexualidad es rigorista y con prejuicios. Eso se debe en gran parte a la influencia de San Agustín que interpretaba la transmisión del pecado original, que mancha toda la existencia humana, a través de la relación sexual. Todos los que nacen de esa relación son portadores de ese pecado. A causa de esta interpretación que se volvió doctrina dominante, se estableció una relación negativa y llena de prejuicios entre sexo y pecado.

Sin embargo no siempre fue así. Dentro de la misma Iglesia hay tradiciones y doctrinas que ven en el placer y en la sexualidad una manifestación de la creación buena de Dios, una centella de lo Divino y la participación en la naturaleza misma de Dios. Esta línea se liga a la tradición bíblica que ve con naturalidad y hasta con regocijo el amor entre un hombre y una mujer. Con fuerte carga erótica, el libro del Cantar de los Cantares celebra el juego del amor, la belleza de los cuerpos de los amantes, de los pechos, de los labios y de los besos. Curiosamente en este libro bíblico nunca aparece el nombre de Dios. Aunque no nombre a Dios, este libro fue recogido en el Canon de los libros tenidos como inspirados. No necesitaba referirse a Dios, pues San Juan nos revela que la verdadera naturaleza de Dios es amor (1Jn 4,16). Dios estaba anónimamente ahí.

La base teológica para esta visión positiva radica en la fe en la encarnación del Hijo de Dios. Él asumió todo lo que es humano, por lo tanto también la sexualidad, la libido, el imaginario ligado a ella y el amor. De ahí que se diga que ya no existe nada de profano en sí. Todo fue tocado y transfigurado por la realidad divina, hecha humana. Por la encarnación, la sexualidad forma parte del Hijo de Dios. La sexualidad aquí no debe ser reducida a la genitalidad, significa toda la implicación afectiva y los intercambios amorosos, con las características propias de lo femenino y lo masculino respectivamente.

Tal visión trajo a la sexualidad humana una dimensión sagrada. Después de la encarnación de Dios, ella ya no puede ser un tabú, una pesadilla o un medio que transmite la desgracia del pecado original. Es una dimensión privilegiada en la cual el ser humano experimenta la fuerza volcánica del deseo, la ternura, el amor y el placer. Todo esto puede fundamentar una experiencia placentera de Dios. El propio Dios se revela en las vidas de los seres humanos diferentes y deseantes. De este encuentro nace el mayor fruto de la cosmogénesis, que es la vida humana.

Para ilustrar esta tradición, cabe referir aquí una manifestación que perduró en la Iglesia romano-católica durante más de mil años, conocida con el nombre de risus paschalis, la “risa pascual”. Ella significaba la simbolización del placer genital-sexual en el espacio sagrado, en la celebración de la mayor fiesta cristiana, la Pascua.

Se trata del siguiente hecho, estudiado con gran erudición por una teóloga italiana Maria Caterina Jacobelli (Il risus paschalis e il fondamento teologico del piacere sessuale, Brescia 2004). Para resaltar la explosión de alegría de la Pascua en contraposición a la tristeza de la Cuaresma, el sacerdote en la misa de la mañana de Pascua debía suscitarla risa en el pueblo. Y lo hacía por todos los medios, sobre todo recurriendo a la simbólica sexual. Contaba chistes picantes, usaba expresiones eróticas y hacía gestos que sugerían relaciones sexuales. Y el pueblo ríe que te ríe. Traducía de esta manera el carácter inocente y decente de la risa pascual.

Esta costumbre está atestiguada por fuentes históricas ya en 852 en Reims (Francia). Se extendió por todo el Norte de Europa, por Italia y España, hasta 1911 cerca de Frankfurt en Alemania. El celebrante asumía la cultura de los fieles en su forma popular, y a nosotros, que hemos perdido la naturalidad del sexo, nos parece hasta obscena. El propio teólogo Joseph Ratzinger, después Papa, en uno de sus escritos se refiere, aunque críticamente, al risus paschalis para expresar la vida nueva inaugurada por la Resurrección. Afirmaba además que solamente a partir de la creencia en la Resurrección volvió verdaderamente la sonrisa a la humanidad y no solo la risa. La sonrisa franca y libre, manifestada en la “risa pascual” sexual expresaría la alegría que la resurrección trajo al mundo.

Podemos discutir el método poco adecuado para suscitar tal risa, pero revela otra postura en la Iglesia, positiva y no condenatoria de la sexualidad. Plantear tales hechos no significa querer escandalizar a los fieles o cuestionar la doctrina de la Iglesia. Pero ella nos obliga a relativizar la rigidez oficial frente a la sexualidad, acentuada de modo especial en los últimos Papas pero superada en el documento del Papa Francisco Amoris Laetitia cuyo título lo dice todo: La alegría del amor. En el fondo se trata de devolver sentido y alegría a la vida humana, llamada a más vida y no sólo a la renuncia y al sacrificio. ¿Y por qué no expresarla en el lenguaje de la sexualidad creada y querida por Dios?

Hay que reconocer que esta visión más natural predomina en la vida concreta de los cristianos. Estos obedecen más a la lógica de los reclamos profundos de la existencia humana sexuada y atravesada por el deseo que a las doctrinas frías de la moral y de la ética cristianas de cariz rigorista. La alegría de la vida que triunfa definitivamente por la resurrección encontró en el risus paschalis una expresión de la sexualidad redimida, inocente, placentera y sagrada. ¿Por qué no recordarla alegremente?           

Leo Boff scripsit

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El viento Solano

El Maestro se retiró unos días en silencio. Paseaba por la orilla del río, revisaba los desagües de los remansos para que pudieran recibir las próximas subidas de las aguas, acondicionó con algas y rocas pequeñas los refugios de las carpas doradas y fue amontonando hojas secas para hacer un buen compost con ceniza del fogón y desechos de la cocina. Sergei le pidió permiso para acompañar a la ciudad a la viuda de Nanking a visitar a sus parientes. (Como si el Maestro fuera tonto, pero Sergei no era monje sino un pícaro simpático y de buen corazón) .La verdad era que el Maestro se estaba preparando para acoger, de nuevo, al doctor Ting Chang cuando regresase para su especial retiro intensivo.
El Abad había venido a visitar al Maestro, cosa extraña en él porque cuando necesitaba decirle algo le esperaba a la salida de sus conferencias a los monjes, y le “encareció” que no obstaculizase los caminos del Cielo influyendo en la decisión que, al parecer, ya había tomado el noble Ting Chang.
– O el noble y poderoso círculo de su padre por él – le dijo con calma el Maestro.
– No hay que olvidar las decenas de miles de personas que viven del trabajo que les ofrece ese imperio industrial – argumentó el Abad.
– Por supuesto, por eso Vuestra Paternidad y yo nos hemos retirado a un monasterio y hemos descuidado el contribuir a la propagación de la especie. Vivimos en un oasis que, a veces, corre el peligro de ignorar demasiado la vida de las gentes en el campo y en las ciudades.
– Maestro, nosotros somos una reserva espiritual y contribuimos al orden establecido por el Cielo.
– Dime, Honorable Abad, cuando yo resigné mi puesto en el monasterio e “hice que te eligieran” para gobernarlo, ¿estabas seguro de que obedecíamos a los dictados del Cielo o te creías preparado para ese puesto?
– No sé adónde quieres llegar, Venerable Luz de todos nosotros.
– Te veo algo crecido. Escucha esta historia: Había una ostra que reposaba en el fondo del mar con sus valvas abiertas en espera de que entrase alguna arena que la hiriese y estimulase. Pero resulta que una hermosa perla debió desprenderse desde otra ostra y descendía radiante entre las aguas. La ostra la atrapó, pero no se la quedó dentro, sino que la colocó sobre la arena, a su lado. Se dijo, “si los pescadores de perlas la ven, la cogerán y a mí me dejarán tranquila”. Vana ilusión, los pescadores de perlas estaban acostumbrados a distinguir las ostras en el fondo del agua, pero no las perlas reluciendo su nácar sobre la arena. Así que, se llevaron la ostra y la perla sigue reposando tranquilamente sobre el fondo del océano. ¿Lo coges, Abad? ¿Cuidas la perla o te afanas en exceso por el bienestar de las ostras?
– No podemos rechazar la bendición del Cielo expresada en la generosidad del Noble señor Chang.
– Estás tú bueno, Abad, estás tú bueno. Veremos adónde nos lleva todo esto. Me da la sensación de que los monjes andan medio disipados. Por eso he dejado de darles las charlas durante unos días, no son capaces de recibir nada. Sus vibraciones no me gustan. Me llamaré al silencio hasta que pase este viento solano, del que dicen que enloquece.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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