El sereno de Asilah. Cap. 001 El lugar

EL SERENO DE ASILAH, la medina amurallada

 Capítulo 1. El lugar

 Aquí comienza la historia del sereno de Asilah. Esta medina se encuentra a 40 kilómetros de Tánger, según bajas, a la derecha. Es blanca y transparente como las olas del mar que la bañan, es misteriosa y sabe guardar los secretos de los enamorados. Como Mogador, como Tombuctú o como la isla de Lemu, cerca de Zanzíbar, y tantas otras. Son espacios que sólo se abren para acoger a quienes caminan con el corazón a la escucha, a los buscadores de luz y de silencio, a las gentes de paz. Encerrada entre murallas, es sabrosa como la sal y dulce como las vigilias de los enamorados.

En esta medina hay un Sereno que recibió el cargo por mensajero real. Como aquel jardinero que quiso llegar cuando ya todos se habían ido porque sólo pretendía ser jardinero de su jardín, de Tagore. En Asilah, las gentes lo conocen y lo saludan con respeto al pasar, pero todos saben que no es hombre de palabras sino de silencios y ellos agradecen que él se ocupe de “abrir” y de “cerrar” las cinco puertas de la medina. Al menos, pueden dormir tranquilos y los niños no tienen pesadillas, ni las mujeres nostalgias ni los hombres urgencias. Todo funciona como debe ser. Cada cosa a su tiempo, como el curso del sol, las mareas y los desplazamientos de la luna.

Pero antes de nada fijaos bien en esta fotografía, miradla bien y permaneced atentos para estar seguros de que no pasaréis de largo cuando el corazón os lleve en busca de lo mejor de vosotros mismos. envuelta entre estas murallas se encuentra la medina blanca de Asilah:

 Esto había escrito yo en mi Blog, en septiembre de 2005, para los amigos que me habían acompañado en febrero de ese año a un largo viaje de estudios por Marruecos y que, como siempre, se detuvo unas horas en Asilah. Yo había de regresar en agosto para participar en el Moussem y así se lo “contaba” a los bloggers: En un cahier de voyâge no hay que buscar tanto fríos datos, que también, y más adentro, como impresiones, sabores, olores, brisas, silencios… ausencias que sientes en la piel y en las fosas nasales. Es inefable. Y, por la noche o al subir al coche o al transporte que sea, sacas el cahier para precisar alguna abreviatura, trazo, rasgo que, más tarde, no comprenderías. Y entonces, muchas veces, sientes que se conmueve y estremece o vibra esa zona que los hindúes denominan chacra mouladara y que no siempre se traduce físicamente sino… quién lo experimentó, lo sabe.

 Volveremos a Asilah

Ayer, entré en mi casa y me encantó; me gustó su ambiente, su disposición y estructura. Apoyé la maleta y la mochila, y me fui derecho a la terraza a saludar a las plantas y a las flores que, en nuestra ausencia, cuida un jardinero. Todo estaba en orden, fresco, limpio y fragante. Toqué aquí y allá, removí alguna hoja seca y me fui a cambiar. No se puede saludar a las cosas con ropas de viaje.

 En África, y en otros países de Oriente, cuando llega el viajero se le saluda a la entrada de la ciudad, se le ofrece de beber y agua para sus cansados pies. Después, se le conduce hacia la estancia que se le ha preparado para su descanso. Se le muestra lo que contiene, se le presenta a la persona designada para ayudarle si necesitara algo, y se le deja en paz… para que se recupere. “Recuperarse” uno a sí mismo… ¡qué de sugerencias!

 Al cabo de unos días, depende de las circunstancias, se le va a buscar para presentarlo ante la comunidad que aguarda bajo el árbol de la palabra. Al llegar al centro, se le señala a la persona principal a la que saluda con una inclinación de cabeza, recibida la sonrisa y el gesto de bienvenida, el viajero fuente de noticias, saluda a los tres lados de la plaza restantes, jamás a su espalda pues “el huésped no tiene espalda”. Luego, se le conduce a su asiento que ocupa después de haberse descalzado en señal de respeto. Coloca las palmas de sus manos sobre sus rodillas y espera. La voz del Jefe, rey o mayor notable, presenta al viajero ante la comunidad, explica quién es, sus señas de identidad que no pueden reducirse a los datos de DNI sino a aspectos personales y curiosos que os sorprenderían, su itinerario a grandes trazos, y nunca habla de la razón de su viaje ni comete la grosería de referirse a la fecha de su partida. El Jefe o rey nunca habla directamente sino por medio de otra persona de su máxima confianza que será la responsable de cualquier error que se produzca – de ahí el origen de que los Reales Decretos vayan siempre refrendados por la firma de un ministro que es el responsable, pues el Rey es irresponsable ante la Ley, y así figura en nuestra Constitución.

Después, ofrecen bebida al huésped y flores o alguna tela propia del lugar o un vestido o bastón o un espanta moscas pequeño. Es el momento en el que el Jefe o Rey, hace una señal a su portavoz que traduce como el permiso para hablar. Entonces, se suspende el tiempo, ya no hay prisas ni nada más importante que escuchar al viajero. Las madres amamantan a sus niños o los limpian o los mecen, los hombres asienten con sus cabezas, los ancianos permanecen inmutables y atentos a que no se introduzcan elementos de desorden y desasosiego con las palabras del viajero, pues ellos son los depositarios de la justicia que trae la paz y la prosperidad a las gentes. Inch Allah! Nunca interrumpirán al “portador de noticias”, pero saben lo que después, tendrán que precisar o aclarar en sus ambientes propios…

Y así continua un proceso que puede durar horas, pues nada gusta más a las gentes de culturas y tradiciones orales que una historia bien contada.

 Así me encontraba yo ayer al regresar de mi viaje a Asilah. Contra mi costumbre, dejé la maleta en el vestíbulo, la abrí y saqué toda la ropa que debería de meter en la lavadora. Después, llevé a mi despacho los casi diez quilos de notas y de libros que traía, abrí ventanas y levanté persianas, me duché y me vestí adecuadamente para caminar descalzo y recuperar mi casa. Sentí como si le debiera algo, la necesidad de darle las gracias por esperarme, por estar todo en su sitio, por los cuadros y los muebles, las alfombras recogidas en verano y los libros, la loza y las porcelanas en la cocina, los dormitorios vacíos, por supuesto, que no hablo con las paredes, pero sabía que caminando entre ellos y con esa sonrisa agradecida que sin duda llevaba se sentían gratificados.

Durante el verano en Madrid, suelo vestir por casa sérual y chilaba fresca, larga y ancha. Esa sonrisa… uno de esos días plenos de Asilah, caminaba yo por la Avda. Ibn Kaldum de regreso al Palacio Raissouni, y de frente venía el ministro de AAEE de Marruecos y alcalde de la ciudad, Mohamed Benaïssa, acompañado de su séquito, como siempre.

Nos paramos uno enfrente del otro, extendí mi mano para saludar y él dijo en alta voz y con una sonrisa admirada: “Profesor, ¿qué ha sucedido? Votre mine est resplendissante! Vous avez de la lumière dans votre visage!

Le sonreí y comprendió que no me había sucedido nada especial, que sería el rostro de felicidad que habría de ver durante toda mi estancia en Asilah. Por eso, a los pocos días, en otro de esos encuentros en medio de tanta gente en salones y conferencias, se acercó y me dijo: “Vous pouvais rester à Asilah autant que vous voudrez, si vous êtes à l’aise au palais… restez pendant tout le temps que vous désirez!… 
Le respondí convencido: “Je suis aux ânges, vous le savez, cher frère, mais je ne voudrais pas abusser de votre hospitâlité… et aussi, je dois rentrer chez moi…”

“Je le sais mais vous nous faites l’honneur avec votre presence et vous savez que vous pourrez retourner à Asliah quand vous le désirez!

“Je le sais, cher Ministre et ami. Je le sais! ¡Elhamdullah!

Y todos los sabían en Asilah, las gentes, los oficiales, los invitados y los sirvientes.

En la casa de Benaïssa, su esposa Lalla, mujer adorable, gran señora en el trato y en la forma de acoger, de atender y de hacer sentirse cómodo a todo el mundo, vestida con uno de sus espléndidos caftanes hablaba a cada uno en su propio idioma. Es dulce y sonríe sin alzar nunca la voz, dirige a todo el servicio con una mirada, no se apresura, se desplaza sin caminar.

Te sientes acogido y agasajado con ese colmo de la hospitalidad que es hacer que el huésped se sienta desbordado por las gracias que le dan ¡por haber venido!

Así fue mi estancia en Asilah, cada día y cada noche, cada amanecer y cada “puesta” de estrellas.

Después de cumplir mis deberes como Sereno de la ciudad, habiéndome cambiado de ropa y desayunado me iba caminando al Centro de Estudios Internacionales Hassan II en donde se desenvuelven los cursos de verano de la Universidad Al Moutamid Ibn Abbad, que fuera el cultivado y encantador rey de Sevilla, pero ¿quién nos habló de él durante el Bachillerato y en nuestras respectivas opciones universitarios y de las inmensas riquezas que nos dejó para siempre el Islam? Personalidades políticas y diplomáticas, escritores y pensadores, profesores y artistas…se reúnen en la paz de Asilah para debatir grandes temas como los que nos ocuparon durante mi estancia aquí de casi diez días.

Prof. José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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Cuentos de Ricky

RICKY 013

 “VALLE DE LA LUNA “

Ricky y Roy, ante un mate de coca, esperan el postergado vuelo a Sucre por causa del mal tiempo. Se levantaron temprano con el soreche a cuestas, se vistieron. Hicieron como pudieron su maletín de alcance para dos días en Sucre y abajo estaba el fiel chofer, Rubén, el hombre que siempre recogía a Ricky cuando venía a la Paz para llevarlos al aeropuerto.

El soreche era fuerte, Ricky y Roy habían cometido el error la víspera de no hacer caso al médico del aeropuerto, que les había dicho que comieran muy poco, una dieta ligera, muchos líquidos no carbónicos ni alcohólicos y sobre todo frutas y que descansaran. Mientras el médico del aeropuerto decía esto, un Ricky un poco afectado por la altura, Roy daba un par de bocanadas hondas a su pipa, y en sus ojos, en esas pupilas suyas que vibraban de especial manera cuando estaba absolutamente en contra de lo que estaba oyendo, en el fondo se decía: “Ya, ya, se va a quedar Ricky descansando en el hotel.”

Así fue, nada mas salir del hotel, ya les tenía Rubén preparado un proyecto. Darles un paseo, ya acomodados en el hotel, por la Paz, su barrio de las brujas, sus mercados, la plaza de las armas, sus calles llenas de artesanos, de cholitas con polleras, manta y sombrero ladeado, niños de mejillas rojas por el fino viento de las cumbres, pasaron ante la preciosa Iglesia de San Francisco, Palacio del Congreso, Palacio Presidencial con su guardia tan característica del XIX, de color rojo; bajaron a la zona residencial. Hasta medio millón de campesinos, los cholitos viven en la parte alta de la ciudad, donde se respira peor y donde el soroche dificulta más. Sin deshacer las maletas, Ricky y Roy se subieron al coche de Rubén, que les fue explicando como siempre las maravillas, los encantos, el modo de vivir de una ciudad, de la capital es la mas alta del mundo. No existe ninguna capital del estado a la altura de la Paz.

Al dar una vuelta, el coche se detuvo y, sin decir una palabra, Rubén miró hacia atrás, y Ricky ya le tenía cinco bolivianos en la mano. Roy se dio cuenta de que había un entendimiento entre ellos, pero que él recordase no había hablado ni un solo momento a solas Ricky con Rubén. Él había estado todo el tiempo, hasta cuando subieron a la habitación. Roy se calló y al cabo de dos minutos regresó el chofer, Rubén Luna con una bolsa de plástico grande, como de cuarto de quilo, llena de hojas de coca. Roy miró a Ricky y Ricky dijo: “¿Y la lejía?”. Contestó: “Va dentro, señor”.

Ricky, con toda la naturalidad del mundo, abrió su coca, extrajo unas siete hojas, las juntó, partió una especie de serpiente hecha de lava volcánica a la que llaman lejía y que se añade a la coca para producir un efecto químico. Como los indios Kinballas y los Chamanes, y los mascadores, y los masticadores de coca en Colombia utilizan la cal que llevan en sus póporos pegados al cuello. A falta de lejía, a falta de cal, a falta de esa lava volcánica se utiliza la ceniza del cigarro, del cigarro puro, mejor que del cigarrillo.

Ricky estaba dispuesto, si no hubiera habido lejía a encender un Davidoff de los que había traído de Cuba, para ir echándoselo en la mano y de la mano a la boca la ceniza, lo cual abría producido, sin duda alguna, el mayor asombro de Roy.

Ricky cortó un trocito, como la mitad de la uña del meñique, puso la lejía dentro de las hojas de coca, las envolvió y le dijo a Roy: “abre la boca”. Roy, que siempre confiaba en Ricky, aunque tantas veces no comprendiera sus gestos, sus silencios o sus palabras, abrió la boca y Ricky, con toda suavidad le colocó el envoltorio entre la encía y la mejilla. Y le dijo: “Tranquilo. De vez en cuando, lo cambias de un carrillo para otro, a eso se llama bolear. ¿Recuerdas cuando visitamos el museo del oro?”.

Ricky, a continuación, cogió para él diez hojas, metió un trozo de lejía un poco más grande, quizás el doble, lo metió en la boca, cogió otro montón de hojas y las comenzó a masticar. Ricky nunca tuvo paciencia para nada. Nunca supo hacer antesala, ni guardar cola alguna. Y así, mientras en una mejilla tenía la bola con la lejía dentro, para que se fuera empapando de saliva, iba mascando las otras hojas y le explicó a Roy que Rubén, siempre que le esperaba en el aeropuerto, le tendría ya su consabida bolsa de coca.

Rubén siempre escogía las hojas de coca de los “Yungas”, que era la buena y no la de “chaparé”, que es la que se utilizaba para extraer la cocaína. Al hecho de mascar la coca se le denomina en Bolivia acullicar, “acullicu” es mascar la coca. Y así iban los dos acullicando, mascando su coca y esperando Roy con interés, a conocer los efectos de la misma. La verdad es que, al cabo de un rato, sintieron que el soroche había desaparecido, como una mayor perceptividad, mejor sonido las luces que se veían a lo lejos, las formas… todo eso les daba una cierta “paz” que ellos estaban analizando. Porque Rubén, de vez en cuando, volvía la cabeza y preguntaba: “señor, ya va notando los efectos de la coquita”. Y él les explicó, que cuando tenía que salir para un viaje largo desde el aeropuerto a Cochabamba pues mascaba sus hojitas de coca que le mantenían despierto. Al fin y al cabo, la coca mascada y unida con una cal produce una mayor excitabilidad y aguantas mejor la gran altura; de hecho, todos los hoteles de La paz tienen servicio médico las veinticuatro horas para acudir al que se sienta atacado por el Soroche o mal de las alturas y, en el aeropuerto, al médico lo ve uno pasear con su bata blanca y un fonendo al cuello. Por todas partes hay atención médica gratuita a los que padecen de ese mal.  Rubén les contó que los mineros, todavía en nuestros días acullican cuatro veces al día. Antes de entrar en la mina, se reúnen en círculo y cogen sus hojas de coca y las mastican con la ceniza; después, en mitad de la mañana y, después, con la comida. Dicen que quita el hambre, lo cual es cierto. También es cierto que los mantiene más despiertos y les permite seguir trabajando.

Dice Rubén que la coca da buena dentadura, de hecho, en las regiones en las que se masca y es la buena coca de los yungas, los ancianos tienen perfecta la dentadura. También contó Rubén que las hojitas de coca se utilizan para los sahumerios, que su madre que era indígena les hacía los sahumerios para que la Pachamama, la diosa madre tierra les protegiese. “A todos los hermanos nos hace. Cuando yo tengo que salir de viaje a hacer mi trabajo, mi madre coge un coche de dulce, unos hilos de colores y luego ella le añade otras cosas, un feto de oveja y les añade otros aditamentos; entonces, la madre lo quema y lleva las cenizas al monte mas alto, al lugar más alto donde ella se encuentre ella, y las tira al viento, para que la Pachamama proteja a su hijo Rubén, que es taxista. Un poquito de la ceniza en una bolsita se la da para que Rubén la lleve consigo durante todo el viaje.

Así, con toda naturalidad, Rubén les iba contando, aunque son católicos Romanos, cómo insiste mucho para distinguirse de las sectas evangélicas que se llaman cristianos, dicen que la Pachamama, que es la madre tierra, pues que existe y que no hay un buen boliviano, ni un buen peruano, que, cuando abre una botella de vino, no vierta el primer chorro en el suelo y diga “para la Pachamama” y que no hay un buen boliviano o un buen peruano que, cuando inaugura una casa, no invite a amigos y conocidos y haga sahumerios, y esos sahumerios con feto de llama, con feto de alpaca u oveja, los rocía por el suelo y por las paredes. La Pachamama es la que, al fin y al cabo, nos protege y Dios está mas allá de la Pachamama.

Es lo que impresionó mucho a Rubén: cuando yo, en Lima, charlaba con aquel doctor y rector de la Universidad, hablaba de Wiracoha, como el supremo Dios de lo creado, como lo que estaba más allá, como lo que estaba antes: Wiracocha, aquel al que fue ofrendada la ciudad de Cuzco sagrada. Es el Machu Pichu, que no tiene sentido ninguno comercial, ni siquiera estratégico, ni ningún tipo, ni industrial, que es en lo alto de una montaña, talladas unas formas, unos volúmenes, unos espacios, de homenaje y de ofrecimiento al gran Wiracocha. Esta realidad la conocían los nobles, pero al pueblo se les hacía creer que había dioses para todo, en el mar, en todas partes, el sol, la luna, los ríos, y los tenían sometidos, porque todos ellos, los Incas nobles sabían que no era cierto que hubiera un solo espíritu que iluminara las cosas. Con igual naturalidad, Rubén contaba como la Pachamama lo recibe todo, lo preside, todo viene de ella y todo vuelve a ella. Lo demás son formas, formas para expresar.

Así llegaron al Valle de la Luna. Estaba atardeciendo. El paisaje se iba tornando en la gama de los tostados, en las montañas a los fucsias, a los violáceos, a los grises; había retazos cárdenos. El encanto iba envolviendo a Roy a Ricky y a Rubén. Rubén cada vez hablaba menos y ellos miraban mascando su coca, por las ventanillas. El Illimani, a lo lejos, presidía, con su protección secular, la ciudad de la Paz.

Cruzaron el río Chocqueiapu y cada vez el paisaje fue cambiando más, recordando esa ceremonia de los sahumerios que los indios llaman Chaya y en la que los sacerdotes participan también, porque se dan cuenta que no pueden erradicarlos de las costumbres y de las tradiciones y del folklore; lo que hacen ellos es añadir un poco de agua bendita. Así también, en las vidas de los indígenas coexisten, por mor del lenguaje y de las diferentes tradiciones, ancestrales creencias, seculares tradiciones con nombres y formas nuevas. Es un tema impresionante: cómo se imprime, cómo se expresa la fe en lenguajes nuevos, con formas nuevas. Cuando el sentimiento y lo que nos alienta son siempre lo mismo.

En el Valle de la Luna detuvieron el coche. Ya era el silencio. La Luna era llena este catorce de Julio. El cielo de azul fuerte que estaba se fue tornando plata. El Valle de la Luna es mágico, misterioso, con formas caprichosas que el viento ha tallado durante miles de años. Hay un solo animalito que vive allí, de la familia de los conejos. Viven en tobas, pero no vive nadie más. De vez en cuando, algún campesino caminando por la carretera, pero lo que impresionaba era la paz, la inmensidad, la soledad.

Valle de la Luna, no podía ser de otro modo. Roy con la pipa amagada entre sus labios, sus manos dentro de los bolsillos de su cazadora por el frío viento. Mientras Rubén se alejaba un poco, Riky le dijo a Roy, “ahora comprendes por qué teníamos una cita en este lugar desde hacía millares de años”.

Los vientos y las arenas habían tallado en esta tierra este Valle de la Luna, esperando a que llegásemos para redescubrirlo. Saborea el silencio Roy, que aquí en este Valle comprenderás lo mismo que hace un tiempo intuiste en Tikal: Que hay lugares cargados de energía, cargados de presencia mágica, que nos están llamando desde millares de kilómetros y de años, y que somos torpes si no nos preparamos para estos encuentros. Ya ves que no hemos podido subir a Machu Pichu. No estábamos preparados. Hay lugares a los que sólo se tiene acceso después de una adecuada iniciación, después de una purificación. Aquí hay que entrar con los pies descalzos. Hay que merecerlo. Hay que prepararse. Tus fotografías captaran mañana esta belleza. Mi verbo, mis palabras ilustrarán el relato, pero nada será parecido a este silencio. Y así, mientras en el poniente se ponía un arrebol de fucsia y de mora, de colores violáceos, y la Luna esplendente aparecía por el Illimani… el Valle de la Luna se había calado de un silencio denso que estremecía el corazón de los dos amigos. Se dieron cuenta de que valía la pena sufrir un poco. Que lo que importa es la meta. Seguir la voz que oímos dentro supone también estar dispuesto a arrastrar contrariedades y aún, a veces, algunas fatigas. El Valle de la Luna no es más que una etapa.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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La realidad es transformable

No acaban con la pobreza
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción y de cambio,
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizás desencadenen
la alegría de hacer, y la traduzcan en actos.
Y al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad y cambiarla,
aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable.

Eduardo Galeano

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Los Gazules. Boxeo

El boxeo

En Getsemaní había un amplio local llamado la Curva Adulta en el que se celebraban los encuentros de boxeo. Las gentes de los Gazules y de sus alrededo­res eran asiduos los sábados por la noche. Don Guzmán era un gran aficionado y el señor Aureliano, allá en sus tiempos, había sido “manager” de jóvenes pro­mesas. El boxeo era algo increíble.

Las gentes se apretujaban para entrar. Las mujeres gritaban y empujaban más que nadie. Nosotros entrá­bamos por una puerta lateral porque mi padrino, si no arbitraba, era uno de los jueces. Y ahí me tenéis por los vestuarios, escuchando a masajistas, entrenadores, “managers” y toda la morralla que vive a la sombra de esos pobres desventurados que se largarían felices y contentos con un contrato de trabajo en el bolsillo y una buena cena por delante. Pero no. “¡Hala!, ¡a pe­garse!” Esta podía ser la noche.

“Está fulano que ha venido a verte. A ver esa zur­da”. “Dale fuerte, que no ves un duro más. Los Reyes Magos se acaban”. “Piensa en lo que dijo de ti a los de la prensa. Fuerte, mantén la guardia y castiga el híga­do. Mira, así”.

Esto lo decía un escuchimizado alfeñique al que llamaban Vicente Goliat, que todavía era más escuáli­do que el Satur y que, encima, tenía chepa y era corto de piel. Allí todos opinaban.

Olía bien. A mi me gusta el olor de linimento de Sloan. También me gusta el olor de la bencina y del pe­tróleo. Pero esto era porque mi padrino se lo echaba al pelo y se friccionaba delante del espejo con su camise­ta de tirantes y canelones.

La gente entraba y salía de los vestuarios y todos daban consejos y describían a los infortunados gladia­dores cómo iba a ser la secuencia de la pelea. ¡Qué sal­vajes! Estos no hacían más que ir al water. Y se enjuaga­ban la boca haciendo gárgaras, porque el entrenador no les dejaba beber. Pegaban golpes al aire, sorbían por la nariz, movían el morro como los conejos, avanzaban el hombro, bajaban la cara, ladeaban la cabeza, esquiva­ban un imaginario directo, saltaban sobre el propio te­rreno y hacían fintas con amagos de esquivar un golpe que venía certero. Se les caían, a lo mejor, los pantalones porque se los habían prestado. Eran de raso o de satén y estaban recién planchados. Entonces, había que lla­mar a una mujer para que viniera a darle unas punta­das. Esta, mientras cosía, algo andaría haciendo con la mano izquierda, que se le distraía poniéndose tonta, di­go yo, porque el entrenador le espetaba “¡No lo calien­tes, leche!” “Pues si sale frío, contestaba la frescachona muy plantada y sacando el pecho, quien lo va a calen­tar va ser el Angelito que dice de éste que está sonado”.

¡Dios la que se armó! El Nene, que era el púgil del calzón ancho, comenzó a decir en un puro ataque de histeria “¡Sujetadme!, ¡sujetadme!, que no sé lo que me hago. ¡Sujetadme, que no soy dueño! ¿Sonado yo? ¡Su­jetadme, que lo mato, que lo mato…!”

Armó tal alboroto que entró el señor Vitelino. Es­te era un guardia con la nariz avinada y que estaba or­gulloso de ser el máximo representante de la autoridad en el barrio. Durante la guerra, cuando llegaba a una trinchera, lo primero que hacía era subirse al parapeto y echar una meada mientras insultaba a los “rojos, ma­sones y ateos”. Cuando éstos reaccionaban y se deci­dían a disparar, ya estaba el Vitelino en el suelo de la trinchera pisado por la bota del sargento que no sopor­taba aquellas chuladas en su Compañía.

La verdad era que el sargento era carlista y aque­llas obscenidades de Vitelino le parecían propias de ro­jos y no de cruzados. El Vitelino se tiraba todo el com­bate tumbado en el suelo de la trinchera porque, claro, los rojos se cabreaban y, una vez iniciado el tiroteo, no paraban hasta que no se les acababan las balas. Y de na­da valía que Modesto ni el Campesino ni la Pasionaria ni la Nelke les dijeran “¡Apuntad bien, compañeros cabrones, que se nos acaba la munición! ¡Apuntad con ira!”

Esto lo decían para contrarrestar al Ángel del Al­cázar que, según la propaganda fascista, decía a los soldados “¡Hijos míos, apuntad bien, pero sin ira!” “¡Toma ya!”, decía Pasionaria mientras se echaba un pulso con el General Rojo o con Miaja, “Así aciertan, en cambio estos hijos de puta con la furia y todo eso, no dan una, vamos, es que no dan una”, terminaba Pasionaria, después de haber tumbado al general, en la mesa de juego se entiende, aunque ella no era mu­jer que se parase en un quíteme allá unos rojos. Y se arreglaba el moño que llevaba sujeto con horquillas envenenadas que le mandaba de Rusia el compañero Stalin.

Bueno, pues el señor Vitelino, intentaba poner or­den, calmaba al Nene y salía frotándose las manos “Esto se va a poner bueno, pero que muy bueno. Al Angelito le han ido a decir que el Nene decía de él que era marica, es que me meo”. El señor Aureliano lo cal­maba “No, Vitelino, aquí no, ahora no hay rojos ni es­tamos en las trincheras”.

Y es que al señor Vitelino, en una de estas, le decí­as que entre el público había algún rojo encubierto y lo mismo se subía al ring y sacaba la gaita y empezaba a llamarle masón, judío y ateo. Era así.

Del vestuario del Nene nos íbamos al del Angelito. A un kilómetro se oían sus gritos “¿Marica, yo? ¿Marica yo? Brrrrr. Ya verá ese lo que es bueno. Lo voy a destro­zar. Le voy a dar así y así y así…” Y accionaba con tanto brío que a mi padrino le pasó una rozándole el pelo.

Cuando vio que éramos nosotros, el Angelito quedó más corrido que una mona en un concurso de televisión. Se le cayeron con tal fuerza los brazos que yo creí que tendríamos que recogerlos del suelo, sacó el labio inferior, sorbió los mocos, hundió el pecho, em­pezó a sacar la quijada, más y más, hasta que casi se le descoyuntó y entre el masajista y el entrenador venga a colocársela en su sitio.

Pero no había forma. Le sobresalía una cuarta. Pa­recía una burra preñada. El fotógrafo del diario local, que era más bien pequeño, se le subió en un bíceps y ayudaba lo que podía usando la correa de la máquina. Nada. La quijada seguía saliéndole al Angelito, que co­menzaba a poner los ojos en blanco y a gimotear. “¡Eso no, eso no! Angelito, por tu madre, no llores. ¡Que don Guzmán te perdona!”, le decía el entrenador. “Ange­lito, por Dios, no seas niño, si no fue nada”, decía el masajista. “¿Verdad que no, Don Guzmán?”

Y mi padrino, los rasgos duros, los pies algo sepa­rados, los brazos caídos, las manos tensas junto a las pistolas, el mentón hacia delante, la mirada de acero, moviendo, de vez en cuando, una de las aletas de la na­riz… de repente, dio un paso al frente. Es decir, avanzó la punta del zapato derecho, que era su forma de desa­fiar. “¡No, por favor don Guzmán!”, decían todos los del vestuario, “que fue sin querer, el Angelito no sabía que iba a entrar usted. Que si no, a buenas horas, iba a hacer el pobre chico algo semejante”.

Entonces, mi padrino comenzaba a relajar el pe­cho, se iba decontrayendo, les dejaba algo de aire a los demás para que fueran respirando y decía, con voz ba­ja, suave, mortífera, “Angelito, hoy te va a matar el Nene en el quinto asalto, ¿entendido?”… Tenso silen­cio… “Bien. Te perdonamos. Y mañana, de nuevo a tra­bajar en la fábrica de don Alan”.

Miraba a todos, se volvía en silencio y yo seguía comiendo orejones que me había comparando Isolda en la señora Domitila la Luenga. Mi padrino metía la mano en el bolsillo, sacaba unos cacahuetes y una piña de plátanos y se los tiraba por el aire al Angelito que los cogía en la mandíbula inferior y luego daba saltos de contento.

Nos dirigíamos a nuestros puestos. Al pasar por cerca de Alan, Belisario y demás compañeros de parti­da, mi padrino levantaba el sombrero tantas veces cuantos fueran el número de asaltos que le hubiera di­cho al Angelito de turno. Y ellos tiraban del puro muy circunspectos.

 La canalla vociferaba, gritaba y aullaba para res­ponder a los saludos del Nene que iba envuelto en un albornoz prestado, de color azul noche y con unas le­tras que anunciaban una marca de Vermout. Mi padri­no se sentaba entre los jueces, talmente como Débora la de Israel, o como Sansón o como un circunciso piado­so. Yo me dedicaba a mirar al público, sobre todo a las mujeres que se desgañifaban gritando y accionando y jurando en caldeo. Por aquel entonces nadie se atrevía a usar el hebreo. Por si acaso.

 Cuando apareció el Angelito, se oyó el retumbar del trueno. Todos habían apostado por él y el ruido era ensordecedor. Yo recordaba el aviso que le había dado mi padrino y lamentaba no disponer de algunos dóla­res sueltos para apostarlos a favor del pobre Nene, ya que la inversión era segura.

Sonó el gong. Comienza el primer asalto. Arbitra­ba el señor Sebastián, que era trompetista en la banda municipal de Valladares y que había sido seminarista y todavía le quedaba un no se qué que mismo parecía que, al andar, iba dándole al vuelo de la sotana para no pisarla. Iba en mangas de camisa y llevaba pajarita.

El Angelito iba perdiendo ante el asombro del Ne­ne y de todo el público que bramaba. El Nene que se anima y le lanza un gancho que casi coloca en el híga­do de Angelito.

La gente echa espuma por la boca. Ya se han co­mido los puros, ahora están mordiendo los cojines de esparto. El Nene se envalentona y hace un amago de uno dos tres cuatro y la gente ya no sabe qué comer, la mayor parte tiene los sombreros hechos trizas. Las mu­jeres aúllan. El gong los salva del desastre.

Cuando va a comenzar el segundo asalto, el An­gelito hace como que juega y pone al Nene boca abajo, con el culo para arriba y los brazos cruzados debajo. El árbitro empieza a contar, el Angelito palidece y un ca­bo de vela se le enciende en su micro mollera, sin dejar de mirar al Nene al que con sus vibraciones ayuda a le­vantarse. El Nene se tambalea. Un ojo le ha quedado prendido junto a la nariz y empieza a moverse presa de un tic que contagia al Angelito y al árbitro. Una mujer grita, “¡En guardia, Angelito, que eso es una treta!”

Pero el Nene, en una de éstas resbala y, para no ca­er, extiende las manos que van a dar en el estómago del Angelito que no lo esperaba. La gente ríe. Las mujeres ululan. “¡Toma castaña!”, dice una a la que llamaban “la Chata”. Y ya era mala idea porque para leer el pe­riódico tenía que apoyarlo en una silla y, mientras ha­cía calceta, pasaba las páginas con la nariz. Angelito se recupera y el gong lo salva. El público comienza a in­quietarse. La Chata dice que aquí hay tongo. “¡Tongo, sí señor! ¿Qué pasa?” Y nadie le responde, porque na­die había dicho nada. “¡A ver!”, dice otra que no pue­de moverse de apretada que lleva la faja.

El marido era más pequeño que el Satur y le lla­maban “mil homes pequeno”. La gente es que es mala. Porque a ella, él le llamaba “Nenita”. Tenían un puesto de castañas y frutos secos junto a la parada de tranvía. Dentro había un gran cartelón que ponía:

“Hoy no se fía, mañana sí,
porque si fío, pierdo lo que es mío.
Si doy, pierdo la ganancia de hoy.
Si presto, al pagar ponen mal gesto. Para librarme de esto:
Ni doy, ni fío, ni presto.”

 Y “Nenita” se sentaba en una silla a la entrada y fulminaba con la mirada a todas las mujeres que entra­ban. Estaba convencida de que todas iban atraídas por su Fidel. Y éste sonreía dentro de su mandilón a rayas que le habían hecho entre Nenita y su madre.

Al tercer asalto, el Angelito se da cuenta de que tiene que hacer algo para que no se le vaya a romper el Nene. Tiene que durarle hasta el quinto asalto. Le va a colocar un directo algo templado al Nene cuando este, de improviso, y sin venir a cuento no se le ocurre más que llamarle “¡Marica!” al Angelito.

¡Oh cielos! El Angelito se revuelve, los ojos le bai­lan en las órbitas, la gente es traspasada por el silencio que precede a las tormentas. Algunos piensan en un paralís. Pero, de repente, el Angelito empieza a recoger quijada, bate el terreno con el pie derecho, escarba y se va a por el Nene.

¿Para qué seguir? ¿Sabéis como queda un sello de correos después de que lo aplaste un elefante? Pues así tuvieron que sacar al Nene, casi con quitamanchas. Cuando se lo quitaron de entre los guantes, el Angelito se echó a las cuerdas y se puso a morderlas. Se daba cuenta de la que había hecho. Aquella fue su última pelea. No se podía andar jugando con un suspicaz que pegaba por un quítame allá ese insulto.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M

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Los Gazules.

Chimenta

Encima de la Carioca vivían Chimenta, patas tuertas, y su innumerable familia. Dicen, yo no lo pu­de comprobar, que las treinta y siete mujeres que habí­an acudido a Paca la Carioca, habían salido todas de la casa de Chimenta. Y yo me lo creo. Nunca pudimos saber cuanta gente vivía en aquel piso de cinco habita­ciones. Chimenta era pequeña, oscura, fea y con las piernas en arco de trescientos sesenta grados. Cuando tenía prisa, se echaba a rodar para llegar antes. No te­nía buen carácter y provenía de la aldea. No es que tu­viera una pensión ni, ya no digamos, un cuartel, sino que, sin ella saberlo, pues era analfabeta y además no sabía francés, tenía un “pied á terre”. Y por allí entra­ban y paraban y salían todas las gentes de la provincia de Borotono, aún parte de Mangustelén, que venían por nuestra ciudad. Nadie supo a ciencia cierta cuanta gente llegó a estar al mismo tiempo en casa de Chi­menta. Pero una idea nos la puede dar el hecho de que, en aquella ocasión, sin contar hombres, ni niños, soldados sin graduación, mutilados de guerra, viejas palmas, camisas nuevas, antiguos militares, cordíge- ros, marineros en tierra, etc, se pudieron contar treinta y siete mujeres.

Chimenta era algo extraña. Cuando se cabreaba, y me imagino que no le faltaría motivo con aquella patu­lea en su piso, se enrollaba y se ponía a dar vueltas por nuestra entrañable calle particular de los Gazules. Da­ba un par de miles de vueltas y, ya más calmada, se de­senrollaba se pasaba un peine, ponía los pies en su si­tio y volvía a subir las escaleras sin hablar con nadie. Chimenta, era, en verdad, algo pintoresca.

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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El violín y Dios

“Mi vida eran el violín y Dios”, escribe. Fue un músico precoz forjado con una férrea disciplina que le llevó a ser, con 20 años, el instrumentista más joven admitido por la Orquesta Nacional de España. Pero al confesar su homosexualidad a sus padres, profundamente religiosos, pasó de ser su orgullo a su decepción. Para salvar su alma, le pegaron, le aterrorizaron y lo encerraron en la iglesia de una isla surcoreana hasta que “cambiara”. Lo explica con elegancia, huye de los momentos escabrosos. No excusa cómo se comportaron, pero lo entiende. Se niega a ser una víctima. Cuenta esa historia, la que vivió en su adolescencia, en Yo soy el que soy (Letrame), cuya versión como musical, en la que Lee toca el violín, se estrena en enero en el teatro Kamikaze de Madrid.

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¡Qué desvergüenza y qué estulticia!

Dar ejemplo
Escasa autoridad moral tienen los líderes políticos —del Gobierno, la oposición del PP y Ciudadanos, la Comunidad o el Ayuntamiento de Madrid— cuando participan en reuniones sociales masivas mientras están exigiendo a los ciudadanos justamente que no lo hagan. Resulta chocante que representantes de los dos principales partidos, tan desacostumbrados al consenso, hayan coincidido en un error y una imprudencia a todas luces evidente. En un tiempo difícil por las restricciones de los contactos, por la pérdida de empleos, por el ascenso de los contagios a pesar de todas las medidas y por la tensión a la que se ven sometidos los equipos sanitarios, varios ministros (de Sanidad, Defensa, Cultura y Justicia), el presidente del PP, la de la Comunidad de Madrid y el alcalde de la capital, entre otros representantes políticos, participaron en la noche del lunes en el Casino de Madrid en una entrega de premios organizada por un periódico, dudosa actividad esencial como aquellas a las que se reclama que se limiten los ciudadanos.A pesar de las distancias de seguridad, las separaciones de mesas o el supuesto cumplimiento del aforo y los protocolos que alegan los organizadores, lo cierto es que los representantes políticos han faltado al deber de ejemplaridad que cabe esperar de ellos, especialmente en el inicio de un estado de alarma que llega para quedarse durante largo tiempo y mientras las medidas restrictivas se multiplican sin un horizonte claro de eficacia ni temporalidad. El comisario de Comercio de la UE, Phil Hogan, tuvo que dimitir en agosto al trascender que había asistido a una cena de gala en un club de golf en Irlanda con más de 80 personas cuando las autoridades del país limitaban a un máximo de 15 la asistencia a actos públicos.El ministro Salvador Illa se disculpó ayer en el Congreso por lo ocurrido y reconoció que se equivocó, lo que le honra. El decreto del estado de alarma plantea nuevas restricciones y, muy probablemente, impedirá la normal celebración de la Navidad a las familias, lo que hace aún más incomprensible la fiesta celebrada en el Casino de Madrid. Los contagios siguen aumentando en la mayor parte de España a pesar de los confinamientos perimetrales, del cierre de la hostelería en Cataluña o demás medidas que ruedan ya desde hace semanas. Numerosos expertos advierten de la presión creciente sobre las UCI y el sistema sanitario en general, que puede verse desbordado en noviembre. La conveniencia de restricciones más duras, como los confinamientos domiciliarios, está ya bajo debate. Y el teletrabajo vuelve a extenderse como herramienta cotidiana. Muchas razones para que quienes van a imponer obligaciones ejerciten con especial pulcritud la ejemplaridad. Ninguna otra actitud se comprenderá
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Remembranzas. No todo puede ser negocio

Remembranzas 28 10 2020

Recordaba hoy que, hace como un año vinieron a cenar dos jóvenes que se casaban pronto y nos explicaban lo atareados que andaban, porque “todo en esta vida es negocio”
“¿Hasta el matrimonio?”, pregunté. Ella saltó, “pues claro, se trata de un contrato”. “Pero hacer el bien, apunté, amar a alguien, compartir saberes, acoger a quien lo precisa, amar a los hijos, familiares, alumnos y visitar a enfermos terminales… ¿esto también es negocio?” 
Sonrieron y al unísono respondieron los dos, titulados por prestigiosos centros de estudios superiores en España y en otros países: “Pues claro, al final, todo es negocio y cada uno busca siempre su interés y su beneficio”. 
“Pero beneficio e interés no pueden ser sinónimo de económico, apunté. Ese fue el error de Marx al interpretar el concepto de interés o beneficio de J. Locke como interés económico con la historia de que “si vamos al carnicero él no nos entrega la compra por generosidad sino por su propio interés; al igual que el cervecero”.
Por eso, ellos habían enviado a los invitados el número de una cuenta bancaria para que pudieran ingresar su “regalo”. “Es más práctico y todo el mundo lo hace” (sic). Mi mujer y yo nos miramos, y ya no dijimos nada más porque ambos podríamos, al cabo de 54 años, recordar a quienes nos habían hecho cada regalo por nuestra boda. Y uno de los regalos, de unos abuelos nuestros, se lo habíamos entregado en mano con la grabación en la panera de plata, de sus iniciales que coincidían con las del… biznieto.
Sonrieron con cierta condescendencia, y como anfitrión y familiar de más edad, capté la mirada de mi mujer y pasamos a otra cosa.
Pero en mi interior sentí pena. En un lapso infinitesimal “se presentaron”, como en un relámpago sin “tiempo cronológico pero sí kairológico, retazos de una vida dedicada a compartir saberes, experiencias vividas, viajes por más de 80 países, como enviado especial,  como escritor, como profesor de universidad en su año sabático y como presidente de la ONG Solidarios para el desarrollo, por veinte países del África subsahariana para dar conferencias y charlas en sus universidades y animar a sus rectores y profesores, junto siempre con la presencia de nuestro embajador, para garantizar el envío del material y de los medicamentos, y de su recogida en los aeropuertos a nombre de nuestra embajada por ser más rápido y seguro. 
Se trataba de poner en marcha Centros de Medicina Preventiva en universidades públicas, no privadas, para las que se comprometiesen a cuidar con esmero el material que le enviaríamos para consultorio, enfermería, laboratorio y farmacia. Nos encargaríamos de reponer los medicamentos y los específicos para el laboratorio siempre que fuesen para todos los alumnos sin excepción, pero sin la respetable, pero no asumible costumbre de incluir a todos sus “parientes”. Nuestros diplomáticos y yo conocíamos bien las admirables costumbres africanas y su concepción de la grande famille, pero se trataba de abrir Centros de Medicina Preventiva, sostenidos por la ONG, por el que pasarían todos los alumnos al comienzo de curso y cuando lo necesitasen. 
La Universidad de cada país africano visitado se comprometía a aportar dos profesores de Medicina, para turnarse en la consulta; un profesor de Química farmacéutica para el laboratorio junto con uno o dos laborantes, así como algún profesor de Farmacia con ayudante y las enfermeras necesarias. 
Todos los alumnos tendrían su ficha y el seguimiento de su estado de salud durante todos sus estudios, así como el relato de todas las analíticas realizadas y la dispensación responsable de medicamentos, no así el de las atenciones en enfermería. Toda esa información confidencial les serviría para sus investigaciones y estudios, tesinas y documentación de primera calidad puesto que a esas universidades acudían los mejores alumnos de cada comunidad, etnia o grupo social. También podrían hacer “prácticas” alumnos bien seleccionados por su capacidad y responsabilidad.

A los jóvenes estudiantes sólo les pedía en mis charlas abiertas que compensasen esa atención médica al regresar a sus lugares y poblados compartiendo información sanitaria seria y cuidados sobre higiene, vacunas, alimentación, sexualidad responsable, etc. 
Y en ese lapso sin tiempo se “mostraron” treinta años de aulas de cultura en diez centros penitenciarios de España organizados por la ONG que había fundado con un grupo de alumnos y de alumnas de nuestra facultad de CC de la Información, así como las visitas semanales a enfermos terminales o a los que nadie visitaba, a los enfermos de SIDA desde sus comienzos, a los asilos de ancianos, o a quienes viviesen solos en sus casas, la atención a inmigrantes, el voluntariado en Don Orione, en hospicios  y hospitales para jugar con niños y distraerlos, la Vivienda compartida entre más de cien ancianos y cien alumnos en  varias ciudades de España, la recogida en sus casas de estudiantes impedidos para traerlos a la UCM y llevarlos a sus casas, la atención cada noche en varias ciudades de España a Personas sin hogar haciendo nuestras rutas con comida, café con leche caliente y capacidad de escucha sin juicio alguno pero facilitando a quienes lo pedían un tríptico con los lugares en la ciudad en donde podrían recibir atención médica, comida, ropa, ducharse, descansar, información sin esperar nada a cambio… pour le plaisir de partâger como me habían enseñado mis padres y L’abée Pièrre, fundador de Los Traperos de Emaús, en Paris, cuando yo tenía apenas 18 años, y otros inolvidables maestros.

También formábamos voluntarios para otras ONG que trabajaban en campos especializados como cáncer, prostitución, personas con alguna discapacidad, etc porque nosotros teníamos la fortuna de poder acceder a muchos estudiantes en nuestra universidad. Igual sucedió en varios países de Latinoamérica y en muchos países del norte y del África subsahariana occidental, así como en Palestina, Siria, Iraq e Irán para sus centros de salud y envío de bibliotecas muy seleccionadas de 3000 o de 6000 libros a Escuelas de Magisterio en esos países de América y en los departamentos de español de universidades subsaharianas. 
Por no seguir, pues fue como un relámpago y había comprendido que para quien tiene otra concepción del vivir apoyada en “cuanto más, mejor y no en cuánto mejor, más” intentar convencer a quienes tenían ejemplos de sobra de solidaridad, de justicia social y de sobriedad compartida sería no sólo inútil sino “contrario” a las normas de la hospitalidad. 
Cuando pasamos de la mesa al salón a tomar café y charlar… me sentía como “algo” extraño, como campana sin badajo, como agua en un cesto o como un sombrero lleno de lluvia. Como címbalo que retiñe… sin sonido. Por eso, me apoyé en el privilegio de la edad para retirarme y sentarme en mi estudio a hacer un rato largo de silencio, antes de acostarme. Uno no se puede venir abajo sin tener presente el consejo de Chuang Tzú 
“No olvides cuando caigas que el suelo te ayudará a levantarte”.

José Carlos García Fajardo

Prof. Emérito U.C.M.

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La mayor de epidemia de tuberculosis mortal en el mundo

https://elpais.com/planeta-futuro/2020-10-21/286-millones-de-muertos-y-175-billones-de-dolares-la-factura-de-no-erradicar-la-tuberculosis-en-2030.html#?sma=newsletter_planeta_futuro20201028

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Las dudas del PP

Casado debería mostrar un claro rechazo a los planes de Vox para España
Casi dos años y medio después de la caída del Gobierno de Rajoy, el Congreso de los Diputados afronta esta semana una nueva moción de censura. Será la quinta de la democracia y la tercera desde 2017, otra consecuencia más de la fragmentación política, que ha permitido que nuevos partidos como Podemos, hace tres años, y Vox, ahora, alcancen fuerza suficiente (un 10% de los diputados) para promover esta iniciativa con el propósito de sustituir al Ejecutivo.Las mociones de censura, incluso las condenadas al fracaso, pueden lanzar definitivamente una carrera política, como la de Felipe González en 1980, o hundirla para siempre, caso del olvidado Antonio Hernández Mancha, siete años después. Son apuestas políticas de riesgo: brindan oportunidades y al mismo tiempo están llenas de trampas. Lo peculiar de la moción de la extrema derecha que empezará a debatirse mañana es que la trampa no amenaza tanto al grupo que la promueve ni al Gobierno contra la que se dirige. La emboscada más bien parece concebida para el primer partido de la oposición. La estrategia de Abascal es evidente. Su propósito es llevar al hemiciclo el espíritu de las caceroladas que se sucedieron la pasada primavera, con más estridencia que seguimiento popular. Agarrado a la bandera como si solo fuera suya, el líder ultra se erige en la voz de los que han hecho al Gobierno culpable universal de la pandemia y urdidor de un secreto plan bolivariano para España. En ese aspecto (el discurso desbocado) y en el resultado de la votación (amplísima derrota), la cita del Congreso resulta muy previsible. La incógnita principal es qué hará el PP, atrapado entre el ruido de las cacerolas y su condición de partido institucional; colocado en la tesitura de hacer seguidismo de Vox o de ser tachado de traidor con esa grandilocuencia de gesta medieval tan grata a su líder. Por momentos, da la impresión de que Pablo Casado y la dirección del PP viven presos de una paradoja. Cuanto más repiten su manido propósito de ser una formación “sin complejos”, más dan la impresión de sucumbir al complejo de “derechita cobarde” ante Abascal. Por eso mismo, la moción abre un escenario inmejorable para que Casado se libre de prejuicios y demuestre que se puede hacer una crítica rotunda al Gobierno —los evidentes errores y contradicciones internas de este le proporcionan material— sin caer en un tremendismo que solo legitima el discurso de Vox. La Constitución estableció que las mociones de censura son constructivas, es decir, que el Congreso no votará el simple rechazo al Gobierno de Sánchez, sino la aceptación del programa y el candidato que presentan la extrema derecha. Esa circunstancia convertiría en incomprensible cualquier decisión del PP que no fuese su voto en contra. Así lo ha expresado incluso alguien tan poco sospechoso de complacencia con el Ejecutivo como el expresidente Aznar. Es lo que harían las fuerzas del centroderecha de los grandes países europeos. Lo que están haciendo Angela Merkel, sin ceder un milímetro ante Alternativa para Alemania, o el conservadurismo francés desde hace muchos años frente a Le Pen y sus epígonos. El PP no puede dar su aval, aunque sea mediante la abstención, a un hipotético Gobierno de extrema derecha, con todo su bagaje de intolerancia y desprecio a los hechos. Por el bien de la política española y del propio PP como gran partido de nuestra democracia.
Editorial de El País
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